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Adiós a La Medusa

Esta noche pasé por La Medusa, el restaurante que se ubicaba en Ignacio Sandoval. Se ubicaba, dije bien. Me sorprendió ver que está desmontada la terraza y cerrado. Otra víctima de la pandemia.

Lamenté el cierre por los buenos recuerdos en los poco más de 20 años en que, en ciertos momentos, lo visité.

Lo lamenté, sobre todo, por los probables desempleados que dejó y por su dueño, Memo Santana, a quien respeto y estimo.

Fue imposible no revivir momentos ahí o en su sede original, por Sevilla del Río.

En los años más recientes La Medusa se había convertido en sitio donde pasé muchas horas con Rubén Carrillo y, con frecuencia, nos encontramos para, entre mil temas, contarle de mis esbozos de libros y luego, cuando fructificaban, revisar las correcciones de estilo implacables que realizaba.

Puedo decirlo sin fatuidad: ahí se parieron las versiones definitivas de más de un libro y, por eso, a mi lamento, sumo una dosis de tristeza.

Fin de cursos en la Universidad

Terminaron las clases en la Universidad. Esta mañana hice algunos balances del semestre. Encuentro muchos aprendizajes: cosas buenas y no tanto. Claroscuros. Tareas que pulir, prácticas evitables.

Una actividad extrañé mucho durante el semestre. Explico. Suelo comenzar mis clases de pie frente al grupo, con libro entre las manos y dedicando unos minutos a la lectura. Casi nunca elijo textos relacionados directamente con la materia. Son más literarios que pedagógicos. José Saramago o Eduardo Galeano, por ejemplo, son invitados habituales.

Me gusta levantar la cara de las páginas y mirar el rostro expectante de los estudiantes, de la mayoría; verlos concentrados. Verlas. La gran mayoría son mujeres. Me gusta escuchar el silencio que se instala con las pausas. Siento ese momento como especial, lo disfruto.

Quiero imaginar que al final de la clase alguno, alguna de ellas buscará ese libro, querrá saber algo más de los autores que nos acompañan. Y que tal vez, llegando a su casa, hará lo propio con la familia en la hora de la cena o la comida.

Este semestre, como no me ocurría hace muchos años, no hubo esos minutos de lectura ningún día.

Cada día me siento menos incómodo con las pantallas. Se vuelve habitual esperar a los alumnos en Classroom, pero no me atrevo al sacrílego acto de leerles a los estudiantes sin mirarles a la cara, sin escuchar la respiración del grupo, sin palpar el silencio entre nosotros. Nunca me acostumbraré a una clase sin lectura.

Tal vez el próximo semestre sea posible volverles a leer. Tal vez.

Días de gozo

Dentro de la tormenta, en la larga noche de dolor y muerte, hay días donde el Sol asoma con fuerza para calentarnos un poquito la piel y el corazón. Me pasa hoy. Luego de una semana de trabajo intenso, hemos terminado las pruebas finales para la edición que se imprimirá del libro Lecciones y reflexiones. Mi vida en el Instituto.

Gracias al apoyo invaluable de Rubén Carrillo, corrector y mentor en estas lides, la nueva versión del libro en sus dos formatos, digital de descarga abierta e impresa, en un tiraje personalísimo, tendrá una presentación mejorada con el ojo diestro.

Cierro así todas las actividades que implicaba la preparación editorial, abro algunas pocas para su difusión, y sigo en las tareas a que dedicaré la mayor parte del año.

En 2021 se cumplirán los cien años del nacimiento de Paulo Freire. Será un año de conmemoraciones en el mundo. En mi agenda anoté en primer lugar la relectura de su obra completa como proyecto central. Tal vez algún producto salga de la faena, entre tantas horas y apuntes.

Regreso a clases

Con el regreso a clases en las pantallas y la transición entre Esteban Moctezuma y Delfina Gómez, se reabre la discusión sobre la vuelta a las escuelas en el país.

A pesar de las cifras record que observamos en infectados y muertos, las voces que claman por el regreso escalonado, seguro y paulatino se escuchan con mayor fuerza.

Los argumentos a favor y en contra de la presencialidad son amplios. Todos se preocupan por los niños y sus madres, especialmente por los más pobres, los más perjudicados con la situación actual. Dejo el asunto a un lado, por ahora.

La pregunta que debemos hacernos es por la garantía de seguridad que brindará el Estado mexicano a todos, a los maestros, a los estudiantes y sus familias, especialmente en miles de escuelas precarias en sus condiciones materiales, en los servicios y en el personal que labora

¿Cómo se hace una escuela segura y saludable en donde no hay baños, drenaje, agua, jabones, gel y personas que colaboren en la limpieza?

El presidente de la República pidió a los estados con semáforo en verde que vuelvan a las escuelas. A propósito de la petición, escuché una entrevista al secretario de Educación de uno de esos estados, Campeche. El periodista radiofónico le preguntó: ¿ya están haciendo la remodelaciones necesarias en donde haga falta? No, fue la respuesta del secretario.

Mientras eso pasa, seguimos viviendo en mundos paralelos. En distintos mundos. El triunfalista de la SEP, con sus buenas cuentas, y las otras realidades donde estalla la uniformidad: escuelas privadas, escuelas públicas, niños conectados diariamente, otros que se conectan a veces, muchos que se desconectaron.

Las escuelas ya están preparadas para otra era de la educación, dijo este lunes con grandilocuencia un delirante Esteban Moctezuma.

No podemos volver a las mismas escuelas que abandonamos antes de la pandemia. No sólo en su infraestructura y servicios, aunque hoy son muy importantes.

No podemos volver a la misma pedagogía, con los mismos recursos educativos, planes de estudio y formas de organización escolar.

Si eso sucede, entonces ya podemos certificar que de poco sirvieron tanto dolor y muerte, y tantas lecciones como debimos aprender en este año aciago.

 

 

Derechos del lector

De madrugada leo a Daniel Cassany. El libro se llama Laboratorio lector. En las páginas finales encuentro un pasaje familiar: los derechos imprescindibles del lector que propuso Daniel Pennac en 1992. Vale la pena recordarlos y compartirlos.
1. El derecho a no leer.
2. El derecho a saltarse páginas, si te aburren, e ir directamente a la parte que te interesa.
3. El derecho a no acabar un libro, si no te convence.
4. El derecho a releer, si te ha gustado mucho un libro.
5. El derecho a leer cualquier cosa, sea buena o mala.
6. El derecho a querer los libros de la infancia o la adolescencia (aunque sean cursis y de poca calidad o nos avergüencen).
7. El derecho a leer en cualquier lugar, sea ruidoso o lleno de gente o frío o caluroso.
8. El derecho a hojear, adelante y atrás, sin orden ni concierto.
9. El derecho a leer en voz alta, si quieres escuchar cómo suena un fragmento.
10. El derecho a callar, es decir, a no comentar, hablar, publicar un post después de haber leído un libro.