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Días con magia

Algunas mañanas abro la puerta de mi estudio. A veces escucho, involuntariamente, las clases de Mariana, cuando no usa audífonos; o sus participaciones.

Así sucedió una mañana hace algunas semanas. Me sorprendió el tono y el contenido. Me asomé a la puerta con discreción y la vi absorta. La dejé y volví a mi silla. Al terminar la jornada le pregunté por aquello que había escuchado. Es un monólogo, me dijo. Me gustó, me gustó mucho, respondí. Aparentó no darle importancia. Entonces le propuse publicarlo. Se lo pedí para leerlo con calma y accedió.

Estuvo guardado en mi pantalla hasta que la semana pasada lo retomé. Corregí pocos detalles: alguna repetición, eliminé dos o tres palabras, puse un punto. La tarea normal de corrección. Se lo pasé y pedí su aprobación. Sí, si te parece, publícalo.

Hoy, en el portal de El Centinela, donde colaboro semanalmente, apareció y me sentí muy contento de ver su historia y luego, en Facebook, leer comentarios, palabras de aliento y felicitaciones para Mariana Belén.

No, no heredó nada mío. No tengo mayor mérito. Lo suyo fue creación pura. Lo mío es distinto. Es ella, sólo ella quien marcará metas y límites. Yo la seguiré, aplaudiré y festejaré cada pequeña o gran victoria. Seré el más orgulloso de los padres. Siempre. Y cuando el resultado sea distinto, estaré dos veces, las que sea necesario.

Pandemia: tiempo de aprendizajes

Los efectos perniciosos de la pandemia en los sistemas educativos están a la vista y documentados con panorámica amplitud; su profundidad todavía no podemos estimarla con mediana precisión (¿cuánto dejarán de aprender los estudiantes más pobres?, ¿cuántos millones de niños no volverán a las escuelas en México o América Latina?, por ejemplo), pero podría rebasar nuestras predicciones.

Un hecho, por ahora, asalta mi optimismo: el cierre de colegios privados en Colima. El jueves me enteré que el Colegio Jorge Septién, en mi pueblo, tuvo que cerrar hace meses, con seis décadas de existencia. Mientras escribo estas líneas conozco de otro que anunció su clausura y tiene a la venta mobiliario y equipo. Las fotos que envió Mario de Anda me estrujaron. No pensé en los objetos, sino en los niños que se sentaron en esas sillas y trabajaron en las mesas, y, sobre todo, en los colegas que perderán su empleo de muchos o pocos años.

La cara oscura de la realidad que vivimos es inocultable y dolorosa, como en el cuadro esbozado. Pero también ofrece otras posibilidades, en otros planos. En estos meses de confinamiento hemos visto una explosión mundial de generosidad sin par: las bibliotecas compartieron sus libros, los museos diseñaron visitas virtuales, las grandes universidades en Estados Unidos abrieron sus cursos. Los seminarios webs y conferencias son abundantes y es imposible seguirlas todas.

No todos los profesores vivimos una situación relativamente estable; algunos subsistemas, como los telebachilleratos, no cobran con regularidad o padecen situaciones precarias. También he leído de profesores en escuelas particulares que vieron reducido su salario. Ese es un problema de primera importancia, pero sin minimizarlo y dándole su justa dimensión, la pandemia también es la oportunidad para un proceso de reinvención profesional y pedagógica.

Los desafíos que tenemos enfrente los podemos encarar con distintas actitudes: esperando que las instituciones donde trabajamos nos los resuelvan, opción fácil y errónea, porque casi siempre nos darán menos condiciones de las deseables; escamoteando la labor, como los estudiantes que se esconden en la espalda de los compañeros para que el maestro no les pregunte, o asumiéndose como aprendiz en un momento que reclama encontrar preguntas certeras y respuestas osadas.

Estudiar es un camino. Leer. Leer todo lo que podamos en los tiempos libres. Pasar menos tiempo en redes sociales, por ejemplo, y un poco más entre páginas de libros. Les dejo dos recomendaciones garantizadas, o les regreso su tiempo: El arte de dar clases, de Daniel Cassany, y El profesor artesano. Materiales para conversar sobre el oficio, de Jorge Larrosa.

El de Daniel Cassany se publicó hace un mes. Es un texto breve, impecablemente escrito, ligero de contenido, que reúne un buen número de sugerencias e ideas sobre la enseñanza, especialmente de la lengua, pero no restringido a esas materias. Jorge Larrosa es de otro calado, más profundo y provocador, con la lucidez para removernos las certezas que estorban. Dice Inés Dussel en la presentación del autor: “Un libro sabio y generoso, como un cofre de tesoros, sobre qué es ser profesor hoy”.

Si un virus debemos contagiarnos, dicen los colegas argentinos de Pansophia Project, es el del pensamiento. Y el pensamiento pasa por la lectura. La pandemia es tiempo de aprendizajes y reinvenciones.

El caso Salgado Macedonio

Medianamente enterado de lo que sucede en el país, el ciudadano común conoce el caso de Félix Salgado Macedonio y su, por ahora, diluida candidatura al gobierno de Guerrero.

El tema me da para dos brevísimas reflexiones. La primera, en realidad, es una pregunta: ¿podemos, los ciudadanos no miembros de un partido, inmiscuirnos en sus decisiones internas? ¿Podemos, quienes no simpatizamos con éste o aquel partido tratar de tomar parte en sus decisiones? Entiendo aquello de “nada humano me es ajeno”, pero también, que tenemos ámbitos de actuación y derechos.

Desde la no militancia partidista, me da lo mismo si en Guerrero o Colima los partidos proponen a éste o aquella candidata. Es su decisión. No quiere decir que no me importa quién gobernará; soy el observador distraído e involuntario de una fiesta ajena, de un partido de fútbol de tercera división en Mozambique.

Mi respuesta es que la decisión interna de Morena, del PRI o el PAN, es de ellos, y ya verán las consecuencias en las urnas. Cuando me toque, votaré en consecuencia, anularé mi voto o me abstendré. O iré a ese partido, me inscribiré y lucharé con sus reglas.

La otra reflexión es, en realidad, una indignación interrogativa: ¿por qué un sujeto acusado de violación por dos o tres mujeres (según la fuente crece o disminuye el número) no puede ser juzgado ya y declarado culpable o no? Por qué la impunidad? ¿Es el fuero?

¿Y si Salgado Macedonio no es culpable después del juicio?

El abandono escolar en México

Entre los consensos que deja la pandemia en los sistemas educativos destacan, por su gravedad, la inevitable expulsión masiva de estudiantes y una merma en la calidad de los aprendizajes de quienes persistan, especialmente, entre los sectores sociales depauperados.

Se pueden hipotetizar distintas razones y de eso tendremos cada vez más literatura en los próximos meses y años, producto de investigaciones y ensayos.

Por ahora, el hecho contundente es que las organizaciones internacionales, como Unesco o Unicef, y los ministerios de educación, advierten con preocupación que en regiones de desarrollos incipientes, el problema podría alcanzar tintes dramáticos.

En México no escapamos al fantasma del abandono escolar. Esta semana, la organización Mexicanos Primero puso el tema en la mesa con una declaración dura. En 6 millones calculan el número de estudiantes desconectados. La cifra aterra.

El problema no es estadístico ni técnico. Es político y ético, además de pedagógico. Lo sufren los estudiantes y podrían padecerlo el resto de su vida, al verse impedidos del derecho a la educación, un derecho llamado bisagra, porque permite alcanzar los otros.

El cálculo de Mexicanos Primero es peor que los escasos números proporcionados por el gobierno federal. Si sus cifras se comprueban cuando se publiquen los datos oficiales, todavía ocultos después de siete meses del inicio del ciclo lectivo, el boquete en el sistema escolar sería terrible.
Seis millones de estudiantes menos equivale a regresar a la matrícula de hace 20 años; o a borrar a todos los estudiantes de educación media superior del país.

Veámoslo con otra perspectiva, si es que hace falta llamar la atención. Seis millones representarían haber perdido a casi 18 mil estudiantes cada uno de los días desde el inicio de la pandemia.

Es el presente y el futuro lo que nos estamos jugando con las decisiones que se tomen sobre la escuela. Lo que hagan las autoridades educativas y escolares para recuperar al mayor número posible de esos estudiantes, definirá también el futuro y el presente de cada uno de esos niños y adolescentes.

 

Sangría brutal en el sistema educativo

Esta mañana escuché las estimaciones de la organización Mexicanos Primero sobre el abandono escolar por la pandemia. En 6 millones calculan el número de estudiantes desconectados. La cifra aterra.

Por supuesto, México no es el único país que enfrenta el problema. Lo sufren los estudiantes y podrían padecerlo el resto de su vida, al verse impedidos del derecho a la educación. Las organizaciones internacionales, como Unesco o Unicef, observan con preocupación los saldos cruentos de la pandemia en América Latina.

El cálculo de Mexicanos Primero es peor que los escasos números proporcionados por el gobierno federal. Seguramente, como es habitual, dirán que tienen otros datos, pero no aparecen. Su ausencia agrava el panorama y funda sospechas.

Si las cifras de la organización privada se comprueban, el sistema escolar sufriría una terrible pérdida de incalculables daños personales y sociales. Equivaldría regresar a la matrícula de hace 20 años; o a borrar a todos los estudiantes de educación media superior.

Es el presente y el futuro lo que nos estamos jugando con las decisiones que se tomen sobre la escuela.