¿Milagro finlandés?

En “¡Basta de historias! La obsesión latinoamericana con el pasado y las 12 claves del futuro” (México, Debate/Mondari, 2010) el periodista Andrés Oppenheimer se introduce al campo educativo para descubrir el hilo negro: por qué son exitosos algunos países del mundo y por qué en Latinoamérica no podemos progresar.

Para comprobar su tesis visitó varios países y entrevistó a distintos protagonistas. El caso de Finlandia me resulta atractivo para compartir, porque se ha convertido en uno de los más atendidos y admirados, en especial, por los elevados puntajes que alcanzan sus estudiantes en la llamada prueba PISA, de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos.

¿Por qué el éxito de Finlandia? Dice Oppenheimer que hay varias razones. La primera y muy importante: buenos maestros, bien pagados y apreciados socialmente. Para enseñar en jardín de infantes se requiere licenciatura, y en educación básica los titulares deben poseer un posgrado en educación en institución acreditada. Y no es fácil tener una maestría: sólo uno de cada diez es admitido en la Escuela de Educación de la Universidad de Helsinki.

En educación básica cada grupo tiene tres maestros, dos en el salón y uno en cuarto contiguo para enseñar en clases personalizadas (uno o dos alumnos) a quienes tienen problemas de aprendizaje en un tema o contenido. Ese tercer maestro, maestra principalmente, deben ser las más experimentadas. El efecto es evidente: no existen disparidades entre los estudiantes y no se rezagan. Un dato no menor: cada grupo tiene 20 ó 22 estudiantes.

Una explicación más es un programa de computación, Wilma, vehículo de comunicación mediante el cual los maestros envían mensajes a los padres sobre tareas y conductas a corregir. La educación se asume, en forma efectiva, como una responsabilidad compartida.

Una elevada exigencia para ingresar a la secundaria favorece el estudio y la disciplina. Quien no tenga 7.5 en séptimo, octavo y noveno grados no va al ciclo secundario y se inscribirá en una escuela vocacional para aprender un oficio (plomería, electricidad…), que no son mal pagados.

Otro factor es el ingreso altamente selectivo a las universidades, para recibir educación gratuita (desde la primaria lo es, rasgo poco grato a Oppenheimer) y con apoyo de una beca de unos 300 euros mensuales: “el gobierno le paga a los estudiantes por estudiar”, respondió un ex rector al autor del libro.

Una razón de peso y pesos también contribuyó al milagro finlandés, si así queremos llamarle: en la década de 1980 decidieron invertir el dos por ciento del PIB en investigación y desarrollo (ID). El principal impulsor de la innovación, el ex primer ministro Aho, le confesó a Oppenheimer: “En 1991, cuando yo era primer ministro, el PIB finlandés cayo 7 por ciento, y cortamos casi todas las partes del presupuesto, menos la educación y la investigación.” En nuestros países sucede lo contrario. La muestra son los porcentajes destinados a educación superior e investigación y desarrollo que no han crecido en dos décadas, mientras que en 2008 el presupuesto finlandés para ID alcanzó el 3.5 por ciento del PIB, el tercero más alto del mundo.

En resumen, el modelo finlandés se asienta en un estado poderoso, más benefactor que neoliberal, que apuesta fuerte a la investigación y al desarrollo tecnológico, con educación gratuita hasta la universidad y becas a los alumnos de 3,600 dólares anuales, fuertemente vinculado con las empresas nacionales, a las que protege y financia porque ellas también están comprometidas.

Los finlandeses aplican lo contrario a lo que dictan las recetas del Banco Mundial para los países subdesarrollados. ¡Vaya paradoja! Si Finlandia tuviera un modelo así, entonces, no habría milagro finlandés ni un sistema educativo envidiado en todo el mundo. Nosotros, estacionados en el andén, los vimos pasar de largo hace algunos años.

Fuente: Periódico El Comentario

Comentarios

  1. Arthur Edwards dice:

    Un problema grave que tenemos es que como país, jugamos bajo las reglas impuests por otros paises. Cuando jugaba canicas de niño, pronto me di cuenta de que el que impone las reglas casi siempre gana! Me pregunto si no estaríamos mejor si no jugaramos canicas.

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