Carta a un profesor jubilado

Durante el periodo de vacaciones estudiantiles en la Universidad una mañana llegué muy temprano al cubículo. El olor a café despertó las ganas y subí por mi taza. Bajé apenas acomodar mis libros en la mesa y encender la computadora para desahogar el único asunto urgente. El edificio todavía estaba solo, pero una luz al final, en planta baja, me atrajo y acudí para saludar a uno de mis más apreciados colegas.

Me sorprendió ver su espacio vacío de objetos personales, libros, recuerdos, su termo. Nuestra última conversación en pie, justo afuera de la cocineta, se había deslizado hacia ese terreno: muchos meses atrás había iniciado el trámite para la jubilación y luego de sufrir con una ronda de trámites largos en el Seguro Social, se había consumado ya, a juzgar por su cubículo solitario.

El maestro Juan, Juanito, Juanillo, como decían sus alumnos, no está más por la facultad. Por suerte para él, porque así lo deseaba, descansa vivo y en paz, alejado del quehacer universitario, dedicado ahora a la escuela secundaria y su pasión (eso lo imagino por sus confesiones): los animales, los caballos, el campo.

A Juan lo conocí como estudiantes, él dos años adelante en la carrera. Luego, apenas concluir, se convirtió en mi profesor de Sociología de la Educación. La relación entre ambos siempre fue estupenda, imperturbable. No puedo afirmar que somos los más grandes amigos, pero sí que fluyó la estimación sincera.

Casi tres décadas pasaron desde que lo conocí. Hoy su ausencia en este edificio me pesó un poco. La decisión estaba tomada y sus razones fueron convincentes cuando le reclamé por qué se retiraba tan temprano. No fue prolijo en su explicación, sí contundente; inapelables sus argumentos. No voy a exponerlos aquí, pero me turbaron los síntomas de su diagnóstico.

Goza de buena salud, juventud y tiene proyectos que le ilusionan. Solo por eso debe ser respetado; sin embargo, no puedo dejar de pensar lo que expliqué alguna vez a los profesores de otra facultad el año pasado: no concibo una escuela universitaria de buena calidad integrada únicamente por maestros jóvenes, aunque tengan muchos doctorados y hartas publicaciones. La juventud, por más escalones en el mandarinato escolarizado, no concede lo que la vida real, la práctica, el ejercicio profesional, el campo laboral.

Las universidades, estoy convencido, tendrían que establecer atractivos programas para retener y estimular a los profesores maduros excepcionales, forjados en batallas docentes, comprometidos con las funciones sustantivas y no nada más frente a las credenciales pirotécnicas.

Las universidades, dijo José Saramago en la Complutense de Madrid, no son islas donde desembarcan los alumnos para salir con un título cuatro o cinco años después. La idea aplica para docentes: las universidades tampoco son, para los maestros, ínsulas donde refugiarse en sus proyectos desconectados de los problemas reales y obligados a dar clases como mal necesario.

Mientras eso no suceda, seguiré lamentando que los cubículos de esos “viejos” profesores (que suelen tener menos de 60 años) se vacíen llevándose consigo el enorme tesoro de la experiencia y su pasión extinta por la universidad.

Comentarios

  1. ALMA MORFIN dice:

    Me encanto Doctor, que lastima visualizar el panorama en los diferentes planteles universitarios personas que ni siquiera el perfil tienen para desempeñar su FUNCION. Estan por servir nada mas.

  2. Gla dice:

    No pudo describirlo mejor. En la misma sintonía. credenciales pirotécnicas de “gran impacto”.

    Saludos!

  3. Carmen Alicia Salazar Barajas dice:

    Mi hermano el maestro Rogelio Salazar Barajas (La Eminencia) murió estando activo como catedrático de Matemáticas pues a pesar de tener el tiempo para la jubilación amaba estar frente a grupo innovando métodos para sus clases Ojalá la Unversudad brindara un reconocimiento a esos maestros que le tenían una alta estima y buscaban siempre honrar y poner en alto a la Universidad

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