CONFUSIONES LAMENTABLES

Portada del libro de MeirieuI. Las últimas horas trabajando en el cubículo las dediqué a leer “Una llamada de atención. Carta a los mayores sobre los niños de hoy”, de Philippe Meirieu, uno de los pedagogos de quien más aprendo y disfruto en los años recientes, desde que descubrí su “Frankenstein educador”. La elección del libro y el autor obedece a dos motivos: uno, la abundante sabiduría que suelo encontrar entre las páginas del profesor francés, que por decisión voluntaria pasó de dirigir un instituto nacional de investigación pedagógica, a trabajar en un liceo suburbial de Lyon, para conocer aspectos de la problemática escolar en un ámbito distinto. La otra razón es que se trata de uno de los textos que elegí para preparar la participación que tendré en agosto dentro de un congreso al que fui invitado por el Instituto Politécnico Nacional. Aunque el tema del libro es totalmente ajeno al de mi participación, el instinto me seduce a creer que en las reflexiones del profesor Meirieu hallaré ideas que inspiren otras para un auditorio distinto.

El genero epistolar empieza a cobrar (o recobrar) una vigencia y valía considerables. En las últimas décadas cartas escribieron, entre otros, Paulo Freire a quienes pretenden enseñar; el propio Meirieu a un joven maestro; Zygmunt Bauman redactó 44 cartas desde el mundo líquido y ahora, entre mis manos, estas cartas dirigidas a “señoras y señores” madres y padres de familia, para compartir puntos de visto sobre cuestiones éticas, pedagógicas, psicológicas, culturales y sociales. Interesante es un adjetivo gastado para definir el libro, pero lo recomiendo a quienes quieren ser padres o lo son, pero también para quienes ejercen la docencia, o pretenden ejercerla con sensibilidad distinta a la dominante.

 II. En una carta muy singular basada en una lectura pedagógica sobre la historia de Pinocho, de Carlo Collodi, Philippe Meirieu escribió una frase que con otros términos leí en Pablo Gentili: “En la educación conocer las causas aunque sea con gran precisión, no basta para identificar el ‘remedio’.” Es tan obvia como complicada en nuestros días, en un mundo escolar que pareciera el reino del absurdo.

En el pasaje aludido don Meirieu pone el dedo sobre una enorme llaga: creer que la aplicación reiterada de exámenes basta para mejorar la calidad educativa,  porque supone que los exámenes “identifican” como por arte de magia las causas y que los remedios vienen en automático, milagrosamente. Nada tan alejado de la verdad como esa raquítica aunque popular suposición.

Sus ejemplos son sencillos pero contundentes: “Yo puedo conocer las causas de que un alumno no preste atención en clase sin tener ningún método pedagógico que le permita aprender a concentrarse. Puedo identificar perfectamente los motivos de la fobia escolar de un niño sin ser capaz de imaginar a qué clase de centro le gustaría ir. Puedo saber dónde y por que la mente de un alumno se cierra ante una explicación sin disponer del buen ejemplo, de la buena situación que le permita abrirse…”

Personalmente se lo expresé a Salvador Malo cuando fungía como director general del Centro Nacional de Evaluación para la Educación Superior (CENEVAL) y aceptó mi cuestionamiento cuando le decía, palabras más, palabras menos: los reportes de los exámenes de ingreso a bachillerato o facultades que nos envía CENEVAL a las universidades no sirven para saber lo que saben o lo que ignoran los sustentantes, muchos menos nos permiten siquiera hipotetizar con algún fundamento por qué saben lo que saben e ignoran lo que desconocen. Entonces, si conocer con precisión las causas no nos concede el don de acertar en el remedio, no saber las causas nos imposibilita siquiera entender el problema. Eso, en pocas palabras, es una parte del drama que hoy enfrenta la educación mexicana, prisionera de esa pseudopedagogía que no entiende los problemas, rehuyó precisar las causas y se creyó el único remedio inocuo que encontró en el camino: más y más exámenes inspirados en una visión positivista de la evaluación. No es el único, no es el mejor, pero sí es la más fácil de las vías, porque es más sencillo aplicar y aplicar exámenes, que identificar problemas, diseñar alternativas y cambiar prácticas.

“En la educación tenemos que inventar”, dice también Meirieu, pero eso es algo distinto a las gracejadas y ocurrencias que suelen poblar las decisiones entre nosotros. Tal vez esa confusión, y la escasa importancia del sistema escolar y la educación, expliquen en buena medida por qué nos pasa lo que nos pasa, por qué estamos como estamos, festejando, por ejemplo, reformas de papel como si fueran la gran epopeya de la educación mexicana, con una cascada de discursos rancios y falaces.

 

 

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