DISQUISICIONES SOBRE LA UNIVERSIDAD

En la conferencia que presenté durante el IV Encuentro Regional de Tutorías de la región centro occidente de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior, la semana pasada en Irapuato, rememoré la ocasión en que Federico Mayor Zaragoza, siendo director general de la UNESCO, recibió el doctorado honoris causa de la Universidad de Colima hace casi dos décadas. En su magistral discurso, Mayor Zaragoza definió el trabajo de la educación como una misión de transformación social de hondo calado, y no solo como un empleo.

Al hilo de esa idea recuerdo ahora otra magistral definición que José Saramago acuñara sobre la universidad y su significado: la universidad, dijo, no es una isla donde desembarcan los estudiantes para egresar cinco o seis años después con un diploma; es un espacio de confrontación del joven con el mundo y con los demás, con lo otro, lo diferente.

Dichas definiciones encierran dos componentes sustanciales de la visión que muchos sostenemos sobre la universidad. No son unánimes los acuerdos, por supuesto. Ambas enfrentan las posturas de quienes defienden que la educación, un derecho y un bien público, es una mercancía; la escuela una empresa; el estudiante o su familia el cliente; y el profesor, por tanto, un proveedor, o un medio del circuito de producción de ganancias para los empresarios. Son abiertamente antagónicas con quienes emparentaron la pedagogía con el marketing y ligan el sentido de la educación solo a la preparación para un empleo, que reducen la educación a la instrucción de profesionistas competentes para insertarse en el mercado laboral o autoemplearse.

Quienes construyen este nuevo discurso y otras prácticas en la universidad no son un sector marginal y ganan terreno con pasmosa facilidad. Ejemplos abundan: hoy es común que las universidades públicas mexicanas organicen congresos sobre calidad y sus expositores principales sean los gerentes y promotores de aquellos discursos, los mismos que, si estuviera en sus manos, recortarían los presupuestos de las universidades públicas.

¿Ambas posturas, en blanco y negro, representan pasado y futuro? No, no desde mi perspectiva, porque ni una quedó enterrada, ni es ondeada por nostálgicos del ayer, y la otra no es la fase de un proceso de evolución natural al que se llegó porque era inevitable. Cierto que hoy domina un bando, especialmente entre quienes controlan las universidades, pero la otra prevalece en muchos núcleos del mundo académico y subsistirá a pesar de las políticas e instrumentos públicos que pulverizaron el auténtico trabajo colegiado, como los programas de incentivos.

Contra esta visión neoliberal dominante en las universidades, de las políticas públicas y lo público, es más urgente que nunca que las universidades y los universitarios discutamos la esencia de esas instituciones, su sentido en nuestro siglo y su presente y futuro. Que reconozcamos su naturaleza política y contribuciones (su responsabilidad) en la edificación de sociedades democráticas, justas y con perspectivas sustentables.

Algunas pistas son más o menos claras: lo que no cabe ya en el horizonte es una universidad pública aislada de la sociedad, ajena a la problemática social y a todos los sectores, pero tampoco una que se asuma como apéndice del mercado, como una universidad empresarial. Las funciones sustantivas, que siguen teniendo vigencia, son norte y sur en este proceso dialéctico, freireano (de Paulo Freire), de denunciar lo que ya no funciona y oponer alternativas: nuevas universidades para las sociedades actuales, para  nuevos sujetos sociales en realidades múltiples, heterogéneas y complejas.

Por mi parte, comparto la tarea social de la universidad tal como la expresa Pablo Gentili: “La lucha por la universidad pública y la lucha por la justicia social son indivisibles, inevitables e impostergables”. La universidad es mucho más que una fábrica de títulos. Solo de la universidad, entendida como un espacio excepcional de confrontación de los estudiantes con otros estudiantes, con otras culturas, con otras inteligencias, con otros valores y sensibilidades, habrán de provenir las generaciones que aporten a sociedades democráticas y justas. Porque la universidad es, como aseveró Federico Mayor Zaragoza en Manzanillo, una misión de transformación social que no puede ser epidérmica.

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