Educación como práctica de la libertad

Cuando llegué a la Facultad ignoraba casi todo. Cuando egresé, nueve semestres después, había avanzado algunos casilleros en el camino de la alfabetización pedagógica.

De los 60 cursos que tomé para obtener un título como licenciado en Educación Superior, de varios podría hacer un comentario medianamente verídico. De otros recuerdo algo que haya usado en todos los años que siguieron, por relevancia curricular y curva del olvido.

De lo más valioso que encontré en la incipiente primera facultad universitaria de Colima fue a Paulo Freire. Lo repito incesante: el más grande de los educadores latinoamericanos, uno de los pilares de la pedagogía del siglo XX.

No se leía mucho a Freire, porque en Colima teníamos poco acceso. Tres títulos recuerdo, de los tres, conservo los ejemplares que compré entonces, de los primeros que formaron mi biblioteca: La educación como práctica de la libertad, Pedagogía del oprimido y ¿Extensión o comunicación?: la concientización en el medio rural. Los leí más de una vez. No sé cuánto entendí cada vez que los releía. En mi biblioteca ocupan un sitio especial.

Este 19 de septiembre Paulo Freire habría cumplido 99 años. Su presencia crece en el mundo, como la obsesión del nefasto presidente brasileño de borrar su legado. Este año nuestra Facultad de Pedagogía cumplió 35 febreros; los festejos, apagados por la pandemia del COVID-19, tienen su nombre. En el mundo entero habrá celebración por el centenario durante 2020 y 2021.

Lo he escrito más de una vez: Paulo Freire había aceptado el doctorado honoris causa de la Universidad de Colima; habría sido la única universidad mexicana que se lo entregara. No pudo ser, y en cada fecha donde lo recordamos, como ahora, no dejo de revivir el imborrable momento en que pude hablar con él por teléfono para ofrecerle la distinción, las palabras que cruzamos y todas las emociones de aquellos momentos, previos a su infausta partida.

A veces pienso que soñé. Que nunca hablé con Paulo. Luego hurgo en mi archivo y encuentro el fax donde me respondió que sí, que aceptaba, entonces vuelvo a sonreír y celebro la felicidad de haberle leído, de seguirle leyendo y escucharlo por unos minutos, con un eco cada vez más lejano.

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