Elogio de la estupidez

cipollaHace seis años y un mes publiqué el contenido de este artículo. Varias señales en el horizonte me hicieron volver la vista al pasado y creer que es buen momento para repasarlo y, en la medida posible, prevenirnos de la estupidez.

En una vieja librería del sur de la Ciudad de México conseguí un libro que me sedujo por el título y la portada. Se llama Allegro ma non troppo, escrito por Carlo M. Cipolla, profesor e historiador en universidades europeas y norteamericanas. La obra, publicada inicialmente en Italia a finales de los ochenta, fue traducida al español e impresa en 1991 por la estupenda Editorial Crítica, con sede en Barcelona.

De la obra conviene ofrecer algunas referencias que tomo de la solapa: los dos ensayos que componen el libro fueron escritos en inglés no para ser publicados ni vendidos, sino para compartir a los amigos. El gusto que provocaron originó que se reprodujeran masivamente en fotocopias e incluso manuscritos. Cipolla no tuvo más remedio que publicarlo; en dos semanas se agotó la edición inicial, y 50 mil ejemplares en pocos meses.

El primero de los ensayos se titula “El papel de las especias (y de la pimienta en particular) en el desarrollo económico de la Edad Media”. El segundo, al que aludiré, “Las leyes fundamentales de la estupidez humana”; contenido excepcional, pero desacertado el nombre, pues no creo que se pueda calificar como estupidez los comportamientos animales o de otras especies, solo atribuibles a los humanos.

El ensayo sobre la estupidez es un espléndido ejercicio humorístico: “El término humorismo –dice Cipolla– deriva del término humor y se refiere a una sutil y feliz disposición mental sólidamente basada en un fundamento de equilibrio psicológico y de bienestar fisiológico.” En otras palabras, “es, claramente, la capacidad inteligente y sutil de poner de relieve y destacar el aspecto cómico de la realidad. Pero es también mucho más que eso. En primer lugar, tal como escribieron Devoto y Oli, el humorismo no debe suponer una posición hostil, sino más bien una profunda y a menudo indulgente simpatía humana”.

Enfatizo: humorístico y no irónico. La diferencia es sutil en la escritura pero radicalmente distinta en actitud: el irónico se ríe de los demás; el humorístico se ríe con los demás. Este es un texto humorístico sobre la estupidez: “una de las más poderosas y oscuras fuerzas que impiden el crecimiento del bienestar y de la felicidad humana”.

Cinco son las leyes fundamentales de la estupidez, a saber:

1) “Siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo”. Quizá la mexicana expresión “un chingo” pueda ayudar, pero siempre será ambiguo el cálculo. Ciertamente, dice Cipolla, el número de personas estúpidas no es infinito, porque es finito el número de personas vivas.

2) La estupidez es una prerrogativa indiscriminada de todos los individuos y de todos los grupos humanos, que se distribuye uniformemente, por tanto, la probabilidad de ser estúpido es independiente de cualquier otra característica de la persona. En otras palabras, y eso favorece la equidad, no hay más mujeres estúpidas (como se creyó durante largos periodos de la historia), ni tampoco se es más estúpido por nacer en el mundo subdesarrollado (como algunas ideologías y algunos locos quieren hacer creer), ni por ser de un color de piel o hablar una lengua distinta al inglés, alemán, francés o japonés (como suponen algunos todavía).

3) La tercera ley presupone que todos los seres humanos caben en una de cuatro categorías: incautos, inteligentes, malvados y estúpidos. La definición de estúpido es simple: una persona que causa daño a otra persona o grupo, sin obtener provecho para sí, o incluso obteniéndolo. Se ejemplifica aún mejor: “Nadie sabe, entiende o puede explicar por qué esta absurda criatura hace lo que hace. En realidad, no existe explicación –o mejor dicho– sólo hay una explicación: la persona en cuestión es estúpido”.

4) “Las personas no estúpidas subestiman siempre el potencial nocivo de la personas estúpidas”. Los no estúpidos olvidan con frecuencia que en cualquier momento, lugar y circunstancia, tratar o asociarse con estúpidos se traduce infaliblemente en un costosísimo error.

5) La quinta es la más conocida de las leyes: el estúpido es la persona más peligrosa que existe, más que el malvado.

Como esta colaboración ya se hizo larga, dejo a cada quien las conclusiones, pues supongo, sin dudarlo, que a estas alturas solo los inteligentes me leen.

 

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