Elogios de lo cotidiano

¡Tengo nuevo libro! Disculpen la confesión: me desborda la alegría. Con el pequeño entre las manos cerré una pausa de dos años esperando el momento irrepetible en que abrimos por primera vez las páginas [en este caso] de un producto que costó esfuerzo, incalculables horas, algunos sufrimientos, larga demora y caudalosas satisfacciones.

Con Elogios de lo cotidianoincursiono en un campo distinto al habitual. No es un texto de pedagogía, educación o didáctica, territorios naturales, donde me muevo con cierta familiaridad. Pero tampoco los olvida y, de alguna forma, emerge de su simiente.

No es un libro académico o técnico. A pesar de la confesión, faltaría a la verdad si no reconozco que lo inspiran dos grandes fuentes: la lectura que una noche abrasadora de mayo hice de Georges Perec, escritor francés poco conocido y, por otro lado, los atributos que me parecen imprescindibles en la tarea compleja y apasionante de la educación: la memoria, la lectura, la escritura, la pasión y el valor de reconocer la trascendencia de lo infraordinarioen nuestras vidas, esas pequeñas piezas casi insignificantes que forman el Lego de las vidas humanas.

Cada una de esas motivaciones, la memoria, la lectura, la escritura y la pasión son componentes del ethos pedagógico. A ellas sumo mi afecto por los detalles, por el recuerdo que parecía perdido, abrevado en distintas fuentes, de Joan Manuel Serrat, por ejemplo, cuando elogiaba “aquellas pequeñas cosas, que nos dejó un tiempo de rosas, en un rincón, en un papel…”; o Philippe Jackson en La vida en las aulas, ese formidable texto que me abrió al entendimiento de la compleja atmósfera cotidiana de las escuelas, donde las minucias tejen la vida escolar.

Finalmente, aunque tal vez debía comenzar por aquí, Elogios de lo cotidianoes un libro que escribí rememorando a Quesería, mi pueblo, para honrarlo desde la memoria que conservo, y con él, a mis amigos de la escuela, de la calle, a sus calles, a las estrellas de su cielo, a mi madre.

Es el libro más personal, inesperado, que no tenía en proyecto, y se me apareció una noche. Regalo para festejar un año más de vida que, en el balance final, hasta aquí, presenta saldo feliz, con las arrugas del inoxidable paso del tiempo.

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