LA DIFÍCIL TAREA DE PENSAR EL FUTURO

Si pensar en el futuro inmediato, en cinco, veinte o treinta años parece una tarea desmesurada en las sociedades vertiginosas y complejas que vivimos, intentar una aproximación al siglo XXII podría parecer un despropósito. Pero es la tarea a la que se dedicaron un grupo de investigadores y profesores convocados por Francisco Imbernón y Beatriz Jarauta, cuyo resultado es el libro “Pensando en el futuro de la educación. Una nueva escuela para el siglo XXII” (Barcelona, Graó, 2012).

El título mismo constituye una provocadora invitación a analizar ese incierto y lejano horizonte, no pocas veces teñido de tonos sombríos por espléndidos pensadores, como Zygmunt Bauman. La solvencia de la estimulante incitación la confirman plumas de primera línea en el mundo educativo de habla hispana, como José Gimeno Sacristán, Juan Carlos Tedesco, Francesco Tonucci y Miguel Ángel Santos Guerra.

El grupo de autores asumieron la tarea de escribir un capítulo en donde proyectaran, cada uno en un tema específico, el futuro imaginario de la educación en el siglo XXII. El resultado es desigual, pero vale la pena leerse y discutirse. Arranca de forma estupenda, con un par de textos escritos por José Gimeno Sacristán (el prólogo) y Juan Carlos Tedesco, que abren el panorama y confirman expectativas sobre la valía del tema y la obra.

El tercer capítulo, de autores inexplicablemente anónimos (supongo que los coordinadores), es un fracasado intento de pensar el futuro de la formación del profesorado en la mitad del siglo XXII. Chato de imaginación, sin demasiadas luces, el fallido documento es una constatación de las dificultades para idear el futuro. Dice Miguel Ángel Santos Guerra en su introducción al capítulo que las realidades conocidas condicionan todas las respuestas, y en algunos de los textos, como el citado, es muy evidente la determinación.

Dos problemas mayúsculos encuentro: la incomprensión del mundo social que rodea a la escuela, y el aislamiento del aparato escolar, como si fuera posible constituir una escuela al margen de la sociedad y la historia. El otro, la rigidez del pensamiento y la escasa imaginación, que no despegan los pies y solo abortan un proyecto que concluye como un estéril acápite.

En los capítulos no sorprende la calidad de la mayoría de autores. Uno me parece revelador: el italiano Francesco Tonucci, quien, sin artilugios verbales, muestra su sabiduría con un repertorio de conceptos más que interesantes, aunque de una simpleza tal que deslumbran: “La escuela será mejor cuando sus docentes sean buenos maestros… y un mal maestro no podrá hacer una buena escuela por más buenas que sean las leyes”. Una verdad tan grande como el sistema solar.

Pensar el futuro y construir un ejercicio de imaginación para la educación es tarea necesaria, solo posible, me parece, articulando la reflexión sobre la escuela al mundo social y pensando críticamente los problemas con otras lógicas o, como dice Edgar Morin, reformando la mente y el pensamiento, la forma y el contenido. No es fácil, pero al menos augurará resultados menos opacos que otear el futuro en el espejo retrovisor, cuando las respuestas, la historia y las lecciones de la experiencia abruman y solo son invisibles a quienes cerraron los ojos y la lucidez.

 

 

Comentarios

  1. arthur edwards dice:

    Necesitamos pensar mucho más a futuro…pero con tanta atención prestada a solamente sobrevivir, es difícil para la gente común y corriente pensar en el futuro. Sin embargo, demos gracias a personas que se dedican a este importante ejercicio. Espero que este tipo de ejercicio influya a personas, políticos e instituciones planear a futuro. Planear a futuro es como un carro. Si no le das mantenimiento pensando en el futuro, se te va a descomponer de manera todavía más grave!

Deja tu comentario