La educación no es neutral

Participo en un grupo de WhatsApp conformado por más de 250 profesores y profesoras de distintos países, cuya intención es compartir materiales, ideas, iniciativas, artículos; también difundir eventos nacionales e internacionales a través de las plataformas de moda.

Estoy seguro que los resultados de ese tipo de intercambios virtuales entre desconocidos en la vida real, pero ejecutantes del mismo oficio, es una de las marcas más positivas de esta pandemia, y sólo por eso conviene permanecer allí, tratar de aprovecharlo y enriquecerlo en la medida de las posibilidades de cada cual.

Hace unos días, en el grupo, una maestra compartió un texto de esos que no tienen firma pero llamaba a reflexionar el voto y alejarse de las posiciones y preferencias electorales del partido que gobierna nuestro país, Morena, frente a varios argumentos ahí expuestos.

A la publicación sucedieron varios mensajes pidiendo que se retirara, pues no estaba en el “espíritu” del intercambio académico o pedagógico del grupo. Aludían a otro de esos lugares tan comunes como pueriles: mejor no discutamos de política y religión porque no saldremos bien librados.

La posición me sorprendió un poco, pero me parece natural porque se repite por doquier. Hay un concepto mal entendido en el fondo: la educación es un asunto neutral. Falso. No discutamos porque no nos pondremos de acuerdo. Falso.

La educación no es neutral. Discutir o intercambiar ideas tampoco tiene como sentido final que todos nos pongamos de acuerdo, nos tomemos de la mano (virtualmente) y repitamos mantras. No existe la uniformidad en educación, y la diversidad es una de sus riquezas máximas.

En la idea de que no se polemiza de política en educación porque afea o rompe la cordialidad, hay un germen de excesiva sensibilidad, al mismo tiempo que un cuidado ciertamente necesario para evitar proselitismos fáciles. Pero discutir la problemática de un país, un estado o un sistema educativo no sólo es válido: es una necesidad del quehacer pedagógico, porque el trabajo educativo es político, se quiera o no.

La educación es una forma de intervención en el mundo, afirmaba Paulo Freire, el más grande educador de nuestro continente, quien escribió el libro La naturaleza política de la educación, y a lo largo de toda su obra aparece imbricada la politicidad del hecho educativo, al grado tal de definir a la educación como sustantivamente política y adjetivamente pedagógica.

Cuando educamos, no formamos ángeles, ni nos movemos en un territorio etéreo, alejado de autoridad, tentaciones, poderes y excesos, o de ilusiones y sueños.

Pedagogía de la indignación o Pedagogía de la autonomía, otras dos obras de Freire, ofrecen un arsenal de argumentos en favor de asumir el carácter político de la educación de manera coherente. No me explayo.

¿Por qué, entonces, evitar la falsa neutralidad de la educación? ¿Por qué pretender que el trabajo del educador es falazmente aséptico?

Los educadores trabajamos en favor de un proyecto y en contra de algo. En favor de la justicia, de combatir la fatalidad del hambre, contra la ignorancia y la insalubridad; para construir mejor ciudadanía, en sociedades más democráticas, con clases políticas menos corruptas, en un planeta habitable para las personas dentro de 50 años. Al mismo tiempo, debemos luchar contra la injusticia, la discriminación, la intolerancia, la destrucción del planeta o la perversidad de los políticos.

Dario Sztajnzrajber, filósofo argentino, afirma: no hay espacio más político que el aula. La política entendida como posibilidad de construcción de acuerdos que hagan factible aquella sociedad justa y democrática, de eliminar sus males y formar buenos ciudadanos. La política como el espacio de lo público, de todos.

¿Por qué, repito, eludir el debate político en la educación? ¿Por qué evitar el análisis crítico de la política educativa? No. La educación no es un tema neutral. Es una apuesta política para la formación de un ciudadano, no de súbditos que perpetuen y consagren los males sociales en un mundo angelical sólo en algunas cabezas.

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