La insoportable brevedad del poder

Nadie es tan poderoso para sentarse impávido a mirar cómo transcurre la eternidad. Nadie. Aunque los acólitos y jilgueros de la prensa no se cansen de repetirle, un día sí, otro también, que nadie es más guapo, inteligente y carismático, la cortina del poderoso termina por desvelarse suavemente o caerse en pedazos. Como cayeron los tiranos de distintas épocas y geografías, con más o menos infortunio.

¿Qué es un político en este medio mexicano, colimense, sin un aparato propagandístico fina y generosamente aceitado con pesos y regalos? ¿Qué es un político sin micrófonos siempre a su disposición, sin reporteros que olvidaron las fronteras de la dignidad profesional? No digo que no habrá de otra calaña, pero la gran mayoría son de oropel.

Pepe Mujica, viejo sabio (no me canso de repetirlo y él de confirmarlo), volvió a hacer declaraciones para la prensa española hace diez días. Los políticos, aunque se ubiquen en las antípodas del ex presidente uruguayo, harían bien en escucharle, aunque no admitan nada ni lo declaren.

De la entrevista rescato, sin querer queriendo, estas oraciones de construcción simple y profunda verdad:

-el poder es como unos zapatos nuevo que te aprietan, cuando te los quitas te liberas.

-no se llega a ser presidente por sabio, si no el mundo iría mejor.

-me idealizan, me hacen un estereotipo. Y no soy yo, es una caricatura. Y yo soy un viejo común y corriente.

No puedo evitar una leve sonrisa irónica cuando pienso en las noticias de esos mismos días: no encuentran al ex gobernador de Colima para notificarle de un proceso en su contra. Hace poquitos meses era semidios; las alabanzas, ruborizaban. Hoy, se acomoda ya en el lugar justo que le depara la historia.

Con una sonrisa más abierta, me río de los imbéciles (de género y génera), que creen que su presencia mediática, los aplausos que escuchan, las sonrisas que les prodigan y los besos que reciben son por ellos y no porque tienen un cargo, un triste cargo bien pagado pero que un día dejarán y entonces, solo entonces, cuando caminen por la calle (si se atreven), sin suburbans ni guardaespaldas, podrán reconocer su real tamaño y la autenticidad de quienes, otrora, les aplaudían y halagaban.

Deja tu comentario