La pandemia en mi infancia

Esta noche, con la influencia de El profesor artesano, de Jorge Larrosa, y un tequila con hielo, para refrescar la noche, dejé las páginas del libro del profesor catalán para imaginarme como estudiante de primaria en una epidemia durante la ya remota infancia.

Tengo muchas imágenes de lo que sucede en este momento. He visto a Mariana y a Juan Carlos interminables horas escuchando sus clases a través de la pantalla. He conversado con varias maestras y maestros, con padres y madres, y sé, más o menos, cómo se vive hoy, pero lo que ocurriría entonces, no habría sido ni un poquito semejante. Creo.

El universo que intento recrear es de otro planeta temporal, de otra dimensión cultural y tecnológica. Sucedió en la década de los años setenta en el siglo pasado.

Entonces, en un pueblo de pocos miles de habitantes, el arsenal para nuestros aprendizajes era precario: provenía de los libros de texto gratuito, los paquetes de útiles escolares que nos regalaba el ingenio azucarero a los hijos de los obreros, los libros que mis padres compraron para la casa, luego llegó una máquina de escribir manual, y siempre, un puñado infinito de ganas de aprender y una madre atenta.

¿Si en aquellos años hubiera explotado la epidemia o la pandemia del COVID-1974, cómo habríamos vivido el ciclo escolar? ¿Habríamos tenido mejores o peores profesores que ahora? ¿Qué formas de comunicación tendrían las maestras con nuestras mamás? ¿Cuánto habríamos dejado de aprender? ¿Seríamos hoy peores ciudadanos o más incultos?

No lo sé. No tengo respuestas. No puedo imaginarme. Si mirar adelante me cuesta, en el pasado, a veces, me pierdo. Tal vez falta un tequila doble.

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