LECCIONES DE LA CONTINGENCIA

Observo la contingencia pedagógica desde distintos ángulos: como padre de dos hijos, una en secundaria, otro en primaria, en escuelas con gestión escolar diferente; como profesor en la Universidad de Colima, responsable de un curso que ahora será en línea; como estudiante del idioma francés en la misma Universidad, y como profesional de la educación.

Nada de lo que sucede me es ajeno en uno o más de esos ámbitos. El cruce de perspectivas, siendo limitado, me ayuda a no perderme en un solo hilo. Procuro divisarlos todos, y revisar lo que sucede en otros países ante la pandemia.

Las dos semanas de vuelta a las actividades de esto que llamaríamos “aprender en casa y enseñar desde casa”, ya ofrecen un conjunto de lecciones interesantes para los análisis, pero caóticas para las realidades en muchas familias. Enseguida, un brevísimo repaso desde el mirador personal.

Es inevitable la improvisación ante lo inesperado. Difícilmente cabía esperar algo sustancialmente superior. Planear la educación no es cosa sencilla, requiere ingredientes que se complican con la distancia, entre otros: la comunicación (whatsapp es insuficiente), la discusión o deliberación como base para la toma de decisiones (las plataformas de moda también tienen limitaciones) y  la propia complejidad de las tareas de rediseño curricular, como debemos afrontar en la Universidad, por ejemplo. Pero las reacciones de las autoridades, en principio, tienen desempeños desiguales; las crisis son oportunidad pero también peligros, templan y desbaratan.

Las condiciones materiales, habitacionales y tecnológicas dibujan mapas de inequidades tremendas. Lo sabíamos, pero su efecto se potencia ante la improvisación y no pocas veces el desorden.

Las actitudes están a la vista. Resabios de autoritarismo o de complacencia, compromiso genuino de maestros y simulación, son parte de otro coctel. Me incordia que después de la contingencia prevalezcan los triunfalismos que exuda el secretario de Educación Pública en sus discursos, ajenos a algunas realidades.

La bulimia de tareas gana la batalla por ahora en muchos frentes. Mariano Narodowski tuiteaba en la semana, que en un preescolar del conurbano bonaerense (Argentina) se reportaban 102 tareas a los niños. Me abstuve de preguntar en casa a mis hijos. Si me inquieta la cantidad, me abruma la relevancia, es decir, la irrelevancia.

Frente a las tareas hay una exigencia mayúscula, salvada la pertinencia. Su evaluación, quiero decir, la valoración de los maestros y maestras y su devolución a los estudiantes. Mi profesora de francés en la Facultad de Lenguas Extranjeras, el sábado anterior me regresó los ejercicios con las correcciones puntuales. ¿Están haciendo eso los profesores?

El factor tiempo es otra variable crucial. Las madres denuncian, por donde pueden, apabullante cantidad de trabajo volcado a la casa, donde ellas no tienen menos quehaceres. La situación de maestras y maestros no es relajada, entre las tensiones de ser madres, cuidar su salud, las tareas domésticas y las instrucciones de directores y autoridades, más las incesantes exigencias desde la casa de los niños.

Además de la resiliencia y la imaginación, entre otras cualidades o necesidades, hoy los profesores (los padres y madres, por supuesto) debemos establecer un orden, reglas claras para la relación, consensuadas donde sea necesario con todos los protagonistas. Porque profesores y mamás o papás no podemos pasarnos 18 horas al día pegados al teléfono para atender peticiones o dudas durante toda la semana; tampoco es sano dedicarle demasiado tiempo a revisar el correo para ver si cayeron nuevas tareas o falta enviar algunas. Ya la vida se volvió muy complicado en estos meses, y los niveles de angustia y estrés no pueden crecer con las tareas escolares.

Hay un tiempo para que los profesores estemos atendiendo preguntas o dando instrucciones; el que sea más conveniente. Debe haberlo para que los niños estudien y los papás y mamás les apoyen, pero ellos, los infantes, no pueden dejar su otra gran responsabilidad, la principal: ser niños, jugar y aprender, y aprender es un ejercicio que va más allá de la escuela, especialmente de una escuela virtual vertical, aburrida y basada en hacer tareas, sin compañeros con quienes jugar, horas de recreo y los buenos momentos de convivencia.

Si no somos capaces de fijar límites con acuerdos razonables, el resto de la contingencia lo viviremos unos y otros como un castigo por delitos no cometidos. Las víctimas seremos todos, de alguna manera, pero en especial, los estudiantes más pequeños.

 

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