Más de… ¿Estudiante o sujeto de crédito?

 

La decisión gubernamental de lanzar un programa para financiamiento a estudiantes de carreras y posgrados en instituciones de educación superior privadas fue rechazada por especialistas y autoridades universitarias. Distintas aristas se abordaron en medios y reuniones para cuestionar el Programa Nacional de Financiamiento a la Educación Superior, como se denomina.

No resultó grato a los sectores educativos públicos que el paquete financiero tenga una mayor cantidad de recursos que el destinado en 2010-2011 al Programa Nacional de Becas para los jóvenes de las instituciones públicas, el PRONABES. Mientras se desgranan las preocupantes cifras sobre la deserción en el bachillerato, o se esconden las no menos graves del nivel superior, el anuncio pone en cuestión el endeble fondo de la equidad que, se dice, promovería el programa para fortalecer la educación privada. Sin avances sustanciales en la promoción del derecho a la educación media superior y superior, las becas crédito no son una medida edificante ni oportuna. La lección chilena es contundente y peligrosa. Solo desde la miopía se explica su desdén.

Por supuesto, también hay voces que defienden el programa, algunas por convicción y muchas por ignorancia. Se dice, por ejemplo, con cierta candidez, que si no fuera por medidas como las enunciadas, es decir, préstamos bancarios (tal cual), los estudiantes pobres no podrían pagar sus estudios. Hay que decir con algunas evidencias que los pobres-pobres difícilmente llegaron a la educación media superior, menos a la superior. Las únicas cifras que conozco en el caso mexicano fueron proporcionadas en el Programa Nacional de Educación de Vicente Fox, en el cual se presentaron datos escuetos sobre el perfil socioeconómico de los estudiantes universitarios.

En aquellos datos, de principios de la década del 2000, se concluía que la educación superior era un privilegio reservado a cerca de la mitad de la clase media urbana del país, y que las probabilidades de asistir a la escuela superior se reducían severamente para los segmentos urbano marginales, rurales, pobres e indígenas, estos últimos, cuya población en aquel tiempo no alcanzaba siquiera el uno por ciento de la matrícula. Así, afirmar hoy que las becas crédito o préstamos son para los estudiantes más pobres es, por lo menos, una afirmación sin sustento.

Algunos especialistas califican la medida como lamentable y absurda, como un desdén a la educación superior pública, enfrentada a múltiples procesos de evaluación para demostrar calidad, mientras las instituciones privadas rehuyen dichos esquemas y, de acuerdo con los datos disponibles, no exhiben precisamente calidad en los parámetros que se exigen a las universidades públicas.

Otro sector universitario alzó la voz para reclamar que los recursos podrían utilizarse para enfrentar el doble problema de la jubilación y renovación de plantas docentes con sólida calidad profesional. Temas de una extraordinaria delicadeza y con un potencial explosivo insoslayable.

Si hace tres años algunos advertimos que ya estaba perdido el sexenio educativo, tenemos que revisar aquella afirmación y matizar: sí, sí era posible llegar a la última parte en peores condiciones. El tiempo nos ha dado la razón, pero sigue siendo el juez más severo e inapelable.

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