Mis maestros

La celebración del 15 de mayo es buena ocasión para recordar a los excepcionales maestros que cada quien tuvo en su vida escolar. En mi caso, suelo recordarlos grata y frecuentemente, pues de ellos aprendí, más que datos o conocimientos, la pasión por su oficio. En esa palabra, pasión, resumo la nota común de todos mis mejores maestros. Su intensidad emocional y claridad intelectual primero me mostraron el horizonte de la docencia como vocación, y más adelante me confirmaron que la academia es la única que pude haber tomado en la vida, incluso si hubiese estudiado una carrera ajena al campo pedagógico.

En mi recuento es imposible olvidar las vibrantes disertaciones del profesor Goyo Macedo en el bachillerato. En licenciatura, José Miguel Romero de Solís me sedujo con la historia, mientras asistía a sus clases de “Historia de la educación” e “Historia de la educación en México”. Fue tal mi tentación que me propuse leer –y lo logré-, entre otros, los dos gruesos textos más significativos de Francisco Larroyo, un gigante de la pedagogía mexicana.

La UNAM fue un encuentro de otra dimensión con el mundo intelectual universitario, indescriptible e imborrable. Ver pasar hacia su clase los lunes a Adolfo Sánchez Vázquez, el viejo y sabio filósofo nacido en España, o deambular en los pasillos a Leopoldo Zea, no menos docto, son experiencias que recuerdo como si las viviera hoy. Por cierto, ambos siempre con libros bajo el brazo. Tal vez por eso no logro concebir, entre las ciencias sociales y humanidades, a un profesor rumbo al aula sin libros en las manos, ni siquiera en tiempos de lap top e Internet.

En las sesiones del consejo de posgrado, por dos años, fui uno de los dos afortunados estudiantes que convivieron con personajes emblemáticos de todas las carreras que alberga la Facultad de Filosofía y Letras, con el liderazgo de una mujer excepcional, nuestra directora, Juliana González, filósofa e inteligente sin par. Estar sentado allí, al lado de todas y todos ellos no figura en mi curriculum vitae, porque no lo tengo, y porque no podría reconstruir lo aprendido.

Mi lista de maestros excepcionales creció en la mejor facultad de humanidades de Iberoamérica. Sin orden de prioridad, como me vienen a la memoria del corazón, tengo a Juan Carlos Geneyro, argentino y estupendo conversador, con quien trabé amistad que perdura; excelentísimo orador que dejó su huella en varias generaciones de la maestría en educación en la Universidad de Colima. Ángel Díaz Barriga, un monstruo a quien escuchábamos expectantes cada miércoles, en un salón atestado de estudiantes mexicanos y de otros países. Alfredo Furlán, el querido Alfredo, convertido luego en mi tutor de tesis, ejemplo de vitalidad y lucidez intelectual, quien pese a terrible enfermedad sigue siendo un modelo.

Junto a ellos encontré a otro grupo de seres humanos que me dejaron honda huella, sin haber estado en sus listas de asistencia. Pablo Latapí, hombre de cien mil enseñanzas y no preciso decir más. Carlos de la Isla, desafiante sexagenario que sobrevivió ideológicamente al ITAM (una de las más exclusivas universidades privadas de élite), que hoy seguirá, no dudo, soñando en un mundo mujer. Luis Porter y Hugo Casanova, colegas y amigos ya, son un lujo en la última etapa de mi formación doctoral. Mujeres excepcionales también aparecieron: Martha Corenstein y Ana María Salmerón en la UNAM, y la admirable maestra Sara Lourdes Cruz, en Colima.

Ese es mi propio cuadro de honor, las mujeres y hombres a quienes debo la pasión por lo que hago y en quienes encontré -y sigo abrevando- inspiración y ejemplo. Con ellos y ellas es posible afirmar lo que escribió Rubem Alves: “Enseñar es un ejercicio de inmortalidad. De alguna forma continuamos vivos en aquellos cuyos ojos aprendieron a ver el mundo por la magia de nuestra palabra. El profesor, así, no muere jamás.” Por eso siguen conmigo, por eso peregrino sobre los rastros que deja su estela.

Fuente: Periódico El Comentario

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