Morir en el aula

Cuando llegó la pandemia me propuse escribir con el tono más optimista posible, sin caer en cursilerías. Era una manera personal de abrir un espacio lejos del miedo o la tensión de jugarse la salud cada vez que sales de casa. A veces no se puede: he tenido que contar hechos tristes o duros. Hoy es uno de esos días.

Si un gesto de heroísmo dramático hacía falta en el gremio docente, ocurrió en Argentina. Mientras daba clases a sus alumnos en Zoom, Paola Regina De Simone perdió la vida ante las miradas estupefactas de sus alumnos en la Universidad Argentina de la Empresa.

La noticia sacudió a la sociedad bonaerense y conmueve más allá, especialmente a los educadores. Es una obligada invitación a detenernos un momento, por lo menos, para reflexionar sin anestesia.

Los hechos funestos de enfermeros, médicos y personal de salud que perdieron la vida en todo el mundo son incomparables, sin duda; en esa contabilidad, se sabe, México es campeón del mundo. Pero en otras profesiones los riesgos también son altos, como la docencia, sobre todo cuando volvieron las clases a las aulas. Ahí están los ejemplos recientes de Francia, o los debates en España por el retorno a las escuelas.

Paola Regina De Simone no es la única maestra que pierde la batalla contra el coronavirus, pero el escenario que la rodeó en los últimos instantes alcanza dimensiones terribles. Además, el hecho duele y conmueve por solidaridad gremial. En esas derrotas no hay segundas oportunidades.

Me gustaría no escribirlo, ni siquiera pensarlo, pero Aprende en casa, y la propia pandemia, podría causar daños emocionales (y físicos) tremendos a profesores sometidos a jornadas extenuantes, bajo presiones externas y controles a veces absurdos, sin entrenamientos indispensables ni acompañamiento; incluso, con escasa comprensión en muchos momentos.

Pienso, como he escrito antes, en la instrucción que dio el secretario de Educación Pública para que los maestros se pongan de acuerdo con los padres y se comuniquen cuando las familias puedan. Siendo loable, es tremenda la carga laboral y emocional para un docente que podría empezar su jornada laboral a las 7 de la mañana y terminarla a las 11 de la noche, sólo en la relación con padres y madres. ¿Y qué tienen a cambio los profesores por parte del gobierno o los sindicatos?

Ya conozco los casos de varias colegas y amigos que siguen trabajando sábados y domingos en estas circunstancias. No es para aplaudirse. No son héroes lo que necesita la educación, solamente profesores que cumplen sus trabajos en horarios y condiciones dignas. Nada más.

Es verdad que la pandemia cambia las circunstancias, pero justamente la adversidad tiene que conducirnos por los rumbos de la cordura y, en estas condiciones, el imperativo categórico es la vida, la buena salud.

Pongamos aparte el caso del personal sanitario, que merece otras condiciones. La docencia también es una profesión de riesgo. No hacen falta más víctimas para reflexionar en la vulnerabilidad de una profesión ejercida con mucha voluntad de sus practicantes; ella es necesaria, pero no suficiente.

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