Niños diputados por un día

La idea de los cabildos o congresos integrados por niños un día me parece demagógica en extremo casi insoportable. Una suerte de mea culpa, de falsa corrección política, de inclusión fácil, de mercadotecnia política agotada.

Sucede cada año por estas fechas, ante la llegada del 30 de abril. En un síntoma de anemia mental, no hay nada nuevo cada año, a nadie se le ocurre imaginarse (y actuar) algo distinto, creíble, formativo, trascendente más allá de la nota efímera. No digo que no resulte (o pueda serlo) una experiencia inolvidable para los niños elegidos, pero no produce impacto alguno en la sociedad.

En el mundo se han ensayado ideas para atreverse a resonancias o apuestas mayores; por ejemplo, un cabildo infantil permanente, que sesione un día cada mes, una mañana o una tarde, integrado por representantes de las escuelas del municipio, con un encargado de coordinar, tomar notas, llevar seguimiento, ayudar en las gestiones. Ese cabildo llevaría a las sesiones el sentir de sus compañeros de los centros escolares, plantearía problemas, propondría soluciones, en suma, ejercería el derecho de los niños a opinar sobre los temas de interés colectivo.

Un cabildo así [no solo eso, claro], un ejercicio de esa naturaleza ayudaría en la tarea constitucional de que la educación contribuya a la democracia como forma de vida. Acercaría la escuela a un taller de formación ciudadana genuina, que se vive y práctica, no en exámenes, sino en la toma de decisiones sobre ámbitos que atañen a los estudiantes y la comunidad. Esos parlamentos en Colima, por ejemplo, opinarían sobre el destino de la zona militar de calzada Galván. Allí, la infantil, es una voz ausente.

Francesco Tonucci, fundador de La Ciudad de los Niños, en Italia primero y luego expandidas por el mundo, lo dice con claridad inapelable: una ciudad que es buena para los niños es buena para los viejos, los hombres, las mujeres, los jóvenes, para todos. Una ciudad que es buena para los niños es una ciudad que obligadamente recoge las opiniones de los niños, mientras no seamos capaces de tomarlos en serio y no en espectáculos precarios de unas horas, humos de fuego artificial.

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