OFICIO DOCENTE: GRATITUD SIN FRONTERAS

Hace mucho tiempo descubrí que el reconocimiento más esencial como profesor no se debe buscar como objeto perdido, tampoco como pieza de colección. Que cuando lo ganamos, normalmente llega tiempo después de habernos encontrado por última vez con los estudiantes en el salón de clases, cuando aquilatan nuestro trabajo, lo comparan con su práctica, con otros maestros que conocieron o con quienes ahora trabajan. Entonces, transcurridos los años, al dar vuelta en una esquina, en la plaza o en cualquier parte, nos reconocen, nos reconocemos y aparecen palabras que indican que no hay solo un gesto amistoso, sino gratitud genuina. También se cosechan esos frutos, cuando sembramos, repito, en algunos momentos de la vida.

Con esa idea peregrino en mi labor docente, sin pretender conquistar los premios de popularidad (a los que nunca aspiré) o buenaondez. Voy al salón de clases para dejarlo todo en cada sesión; a veces sale buena la clase, otras fatal. A veces quisiera no haber llegado, pero también escucho en otras, los “gracias” de los estudiantes al final de la sesión. Ese gracias, mientras salen huyendo con la mochila, es un pequeño dulce en la boca del niño durante el recreo.

Este sábado encontré en Facebook uno de esos regalos y me conmoví. Más que eso. Lo sentí en la piel y en el alma. Me emocioné, perdonen la fatuidad. Es un párrafo escrito desde alguna parte de España por una educadora, Marina Espada, que vino a la Universidad de Colima un año, durante el cual ella y su compañera de viaje estudiantil, Gloria Lanchas, tomaron cursos conmigo; sobre Paulo Freire, recuerdo.

Sus palabras fueron el regalo más lindo que recibí en mucho tiempo a propósito del oficio de profesor. Escribió: “uno de mis mejores maestros, si no el mejor. Gracias por enseñarme a reflexionar y a cuestionar cada pensamiento, cada idea, cada afirmación (incluidas las tuyas). Me enseñaste con tu ejemplo otra manera de estar en el aula. Hoy día, como maestra y más de 10 años después de haber sido tu alumna, a veces me pregunto: ‘¿Cómo haría esto Juan Carlos?’. Gracias por ser mi referente.” Lo releo para escribirlo y me exalto.

Marina, estupenda estudiante, de lo mejor en todos estos años, me agradece por un par de prácticas que muchas veces caen en desuso en las aulas universitarias: reflexionar y cuestionarnos, incluso al profesor, como admite. Porque hoy es usual que se confunda aprender a “hacer cosas” con responder rápido, sin profundizar, sin pensar, con el menor esfuerzo y, lo peor, con frecuencia, sin comprender la pregunta.

Para ser buen profesor no basta con querer. Se tiene que ejercer el oficio con pasión, que significa, aprender con emoción y enseñar con alegría; pero siempre necesitamos que del otro lado, enfrente, esté alguien dispuesto a aprender, a preguntarse y preguntar, a reflexionar, a superarse. Sin esos alumnos, como Marina, los maestros no somos. ¡Gracias, Marina!

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