Pequeño homenaje al maestro Goyo

El inminente retorno a clases de los niños, los primeros momentos del nuevo curso escolar en la Universidad, las nostalgias por tiempos de infancia y un mal pasajero que resiste, me indujeron a no escribir una columna semanal, sino a compartir un pequeño texto que escribí para “Elogios de lo cotidiano”, como homenaje a uno de esos maestros de escuela y de vida que son imborrables, de los que nos vendría bien agradecer antes de que sea tarde.

Pequeño homenaje al maestro Goyo

No puede exigirse a maestros y educadoras que sientan pasión por la enseñanza. A nadie. A mí me parece imprescindible y puedo afirmar que, sin pasión, la docencia no es.

Estudié en la Secundaria por cooperación número 21, en mi pueblo. Fui parte de la última generación. La entrega de certificados fue su clausura. Veinte o veinticinco cohortes egresamos de sus aulas. Laborábamos en el turno vespertino, en las instalaciones de la Eva Sámano de López Mateos, la primaria donde estudié. Después de nosotros tomó la estafeta la Secundaria Técnica número 13, a donde asistirían mis hermanas.

 La 21, como llamábamos, fue obra inmensa de un maestro oriundo, Gregorio Medina González. Después de ejercer su docencia por otros lugares, habrá decidido que era el momento de cubrir un hueco en su pueblo. Con pura voluntad y gran capacidad de persuasión convencía a profesores para que le acompañaran todos los días a darnos clases. La paga salía de los bolsillos de nuestros padres y las becas que teníamos los hijos de obreros azucareros.

Me acuerdo de Goyo Medina y su disciplina; era cabrón. Su mira telescópica le indicaba cuando a los hombres el pelo nos había crecido un centímetro más. Pausado pero firme, sonrisa traviesa y ojos vivos atrás de sus lentes, se acercaba para decirnos suavecito: “mañana visita al peluquero”, “quiero verte las orejas”, “dile a tus papás que ya te corten las greñas”. A la tarde siguiente nuestras orejas mostraban su desnudez.

Con Goyo Medina la hora de entrada era exacta. No había demora, ni después del recreo. Jalar los diablitosera una medida extrema, pero nadie rezongaba, ni se traumó. Joaquín o Jorge Rodríguez, treinta centímetros más altos, 30 años más potentes, no se atrevían a enfrentarlo. Los campeones del basquetbol, ellos, o el más pequeño del grupo, le respetábamos sin cuestionamientos.

Quesería, su pueblo y el mío, le debe reconocimiento al maestro Goyo. Sin él, muchos jamás habríamos podido salir para seguir estudiando. Sin su voluntad y sacrificio, porque puso trabajo y dinero a cambio de la misión pedagógica, muchos seríamos más analfabetas. Una calle, una biblioteca, una escuela, un parque público tendrían que honrar a quien más hizo por la educación de todas esas generaciones.

 

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