Recuperar las calles

Nlogo-delegacion-derecha21o soy el alcalde de la ciudad, no lo seré, no tengo posibilidades ni pretensiones de serlo jamás, pero si lo fuera, o me preguntaran, no lo dudaría: cerremos las calles del centro de la ciudad, de las ciudades, de los pueblos. Con consensos, diálogo y proyectos, democráticamente, pensando en futuros mejores.

Sí, cerremos las calles al tráfico de vehículos, hagamos avenidas peatonales, sitios para caminar tranquila y gozosamente en las mañanas o en las tardes. Sembremos árboles allí donde hoy tenemos baches o adoquines, y pongamos bancas, jardines, flores. Llenemos de sombras y gente.

Recuperemos la ciudad para los niños, los viejos, para nosotros, los adultos que precisamos caminar más y estar menos tiempo frente a la televisión o la pantalla de la computadora.

Enterremos, con la fuerza de la razón, este vicio nuestro de llegar a todas partes en auto, de pararnos hasta la puerta y evitar el menor esfuerzo, estacionarnos en doble fila e irrespetar al peatón.

Aprendamos a conocer la ciudad, a reconocerla a través de nuestros pies. Por supuesto, tenemos el derecho de transitar libremente sin el temor de ser arrollados, pero también la obligación de respetar las calles, de mantenerlas limpias, de conservar lo que estando allí es público pero tiene dueño: todos, los que somos y los que vendrán.

Cerremos las calles de las ciudades y de los pueblos, para que abramos los ojos y volvamos a mirar lo que vimos antes, lo que muchos niños hoy no pueden ver.

Cambiemos el ruido y el humo de los motores por las risas de los niños y el aroma de los cafés, los gritos de la gente, y regresemos la vista cuando salimos de allí para desear volver mañana o el siguiente fin de semana.

Conquistemos las calles de la ciudad para la gente, reconquistemos el derecho y la posibilidad de educarnos a nosotros, a los niños. Hagamos una ciudad limpia, amable y educadora, y no solo de concreto, para motores. Revitalicemos las ciudades, repintemos el paisaje, humanicemos las calles.

 

Comentarios

  1. Luis Porter dice:

    Las calles deben penetrar a la universidad y la universidad debe de salir a la calle. Las profesiones y los oficios, se han encerrado dentro de los muros de la universidad. Las carreras, como han sido ancestralmente concebidas, continúan con la tendencia histórica de encerrarse en si mismas, excluir la vida y con ello, excluir el arte. Pensemos en cualquier carrera y preguntémonos en qué momento sale a la calle en busca de la música, la literatura o la poesía, a que horas se abre un espacio para discutir sobre teatro, cine o danza. Nada tienen que hacer allí esos asuntos, se erradicaron de la misma manera que hoy se tiende a erradicar la tesis. Lo que importa es encerrar a los alumnos en compartimentos estancos, amoldarlos, dentro de los indicadores que incluye una buena eficiencia terminal. Lo que se hace a un lado es formar egresados capaces de ofrecerle algo más que obediencia a las fuentes de trabajo que lo lleguen a contratar. En el mercado no abundan egresados jóvenes, libres e innovadores que estén por encima de las tareas que se les asignen. Ante esta falta de calidad humana, el mercado se aprovecha de la enorme oferta, ofreciendo magros salarios, y ejerciendo una decepcionante evaluación final del egresado. Al estudiante no se le ha advertido de antemano, que los años de estudios universitarios no son suficientes para ejercer ninguna profesión. No se les dice que en los países del primer mundo, todo egresado de la institución que sea, está obligado a ejercer varios años de práctica profesional diversificada, antes de que se le someta a un examen (a cargo de instancias gubernamentales) para poder registrarse en la secretaría de trabajo y finalmente, después de muchos años, ejercer libre y legalmente su profesión. Entre nosotros al egresado con unos pocos semestres de estudio, se le regala una cédula profesional y se le deja a su suerte en un mercado confuso e indiferente, a ver qué hace. Este tipo de conducta no tiene otro apelativo que el de fraude.

    Una manera radical de resolver este problema, la han sugerido muchos estudiosos, uno de ellos del campo de la arquitectura es Oriol Bohigas, quien propuso, sin ser el primero, ni el único, sacar la escuela de arquitectura de la universidad. En otras palabras, esa idea encierra la idea de que la sociedad (la ciudad con sus calles) recupere las profesiones, quitándoles la indumentaria académica, para pasar de la simulación a la realidad. Como seres humanos, nos formamos en la escuela de la vida, pero el sistema social, desde el siglo XIX, ha ampliado el poder de la escuela formal intentando educarnos exclusivamente en ella. Han sacado la escuela de la calle y la han encerrado con puertas, sin dar acceso a padres y madres, hermanos y amigos. Como bien lo ilustra el salón de clases, la escuela formal ha hecho todo lo posible por dejar afuera a la escuela de la vida. Pero la escuela de la vida, que se nutre de la cultura popular, de las raíces étnicas y culturales, de la historia y de las costumbres y tradiciones, termina teniendo mayor poder formativo que la escolaridad. Cuando hablamos de escuela de la vida, pensamos también en la tecnología y su capacidad de crear redes sociales, Internet, correo electrónico, Facebook, Twitter, el uso de blogs, wikis, descargar y compartir libros, videos, películas, conciertos, etc. Los jóvenes de hoy hacen del uso de dispositivos móviles de conexión personal, no para perder el tiempo, como piensa el prejuicioso profesor tradicional, sino en su dimensión de medios de entretenimiento, recreación, comunicación, y a la postre conocimiento. Además del celular, la juventud de hoy, marginada y por ello cada vez mas confinada a su territorio, que es su cuerpo, siguen desarrollando hábitos y destrezas que llamamos “corporales-artísticas-creativas”. Éstas incluyen desde las relacionadas con el arreglo personal: vestido, tatuajes, perforaciones y otros tipos de intervenciones, que entre sus muchos significados (leer a Adrián De Garay) tienen una intención estética. Pasan por las que se desarrollan con la intención de usar el cuerpo de manera especial y hábil, en forma autodidacta, como el dominio de la patineta (skate-board), ciclismo, malabarismo, equilibrismo, danza aérea, pole dance, manifestaciones como el hip-hop o el muralismo callejero. Y llegamos a las que requieren una mayor disciplina y entrenamiento formal como bailes urbanos o regionales, formas diversas de las artes marciales, el yoga, el performance, destrezas circenses y otras. Si los docentes conociéramos mas y mejor la vida cotidiana de los estudiantes, nos estaríamos asomando a una fuente de recursos que ubicarían al estudiante en un lugar mas preponderante y respetado. Es un error ver al estudiante como un ser mal-preparado. No son hojas en blanco, son adultos, igual que sus docentes, y no hay mayor diferencia entre ellos, mas que el papel que van a jugar durante un determinado período de tiempo. Es lógico entonces, pensar que cuando la escuela de la vida logra penetrar en la escuela formal, la transforma, de la misma manera que la escuela formal, al penetrar en la realidad circundante debería nutrirla.

    Por eso afirmamos que el modelo de universidad basado en salones de clase, en su versión tradicional, ya no se sostiene, menos aún si incorporamos las nuevas tecnologías que guían el consumo cultural popular de los estudiantes y el nuestro. Los cuatro muros del aula estallan ante la nueva realidad, se derrumban, llevándose consigo mesas y pupitres para volverse a acomodar en los nuevos espacios que esperan. Algunos investigadores las llaman ZAT (zonas autónomas temporales), como sitios informales, donde ocurren conversaciones entre estudiantes y docentes, bajo proyectos suyos, camuflados bajo la inamovible oferta ancestral. Estas zonas surgen por las fracturas del mal funcionamiento institucional, en los tiempos libres, en los entre-lugares, tanto físicos como virtuales. La universidad está distraída en su gestión financiera y administrativa, en el constante llenado de formatos, en el cumplimiento de políticas, en el llenado de requisitos que demanda el sistema. Los funcionarios están preocupados por sus viajes, por sus documentos empastados en piel de cabretilla. La decadencia e inmovilidad aparente de la institución universidad, acentúa las fracturas del sistema, las grietas del organigrama, los intersticios de los programas blindados por la normativa contra todo cambio o actualización. Se van abriendo así espacios informales donde maestros y alumnos, establecen y operan proyectos, acciones experimentales, procesos aleatorios, que son los que a la postre educan y mantienen educados y actualizados a aquellos elementos de la planta de profesores que no han sido vencidos por la burocratización o consumidos por las tentaciones de los viajes propios de los que siguen la carrera política. Esta verdadera interacción ocurre en la calle, en esas calles que tenemos que recuperar para convertir nuestras ciudades en ciudades educativas

  2. Martha Gomez dice:

    me encanto, una gran propuesta, que se puede a ser para que esto no se quede a si, solo en buenas propuestas, o buenas intenciones hagamos que esta idea se haga realidad, ojala colima se anotara un diez en esto saludos…

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