Revalorización del magisterio

La reforma a los artículos 3º, 31 y 73 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos se consumó con la aprobación de la mayor parte de los congresos locales. Todavía habrá de escribirse la historia del fin de la reforma anterior, las complejas negociaciones para lograr las votaciones suficientes y los acuerdos políticos con los sectores implicados, especialmente con las organizaciones sindicales reacias a los cambios.

Una de las bondades que se promueven con la reforma es la muerte de la evaluación docente con “fines punitivos” y la instauración de una nueva escuela mexicana; otra etapa, donde se reconozca la importancia social del oficio magisterial, cuyo eje se centrará, dicen, en la formación y no en la evaluación. El cambio es notable; los resultados, dependerán. Suponer que con decretar la revalorización del magisterio y colocarla en la Carta Magna ya comenzará a surtir efectos positivos es un acto de ingenuidad. El prestigio social o la importancia de una profesión se construyen, son producto de políticas y hechos, de una cultura y prácticas consistentes y perdurables.

Una medida necesaria, para muchos urgente, es la reforma de las escuelas normales; sobre el tema, en este proceso de discusión, se ha escrito mucho y sugerido ideas para una transformación sustancial. Veremos de qué calado son las estrategias gubernamentales.

Otra clave es la carrera docente, esto es, el ingreso, la promoción, el reconocimiento y la evaluación del desempeño de educadoras y maestros. Las lecciones del pasado en México y en otros países, así como la pedagogía comparada ofrecen abundante material que nos revelan por dónde no se avanza hacia cambios favorables.

Es prematuro el juicio sobre los progresos que podrían alcanzarse con la promesa de prestigiar la tarea docente. Si en verdad se lo proponen, habrá que ser osados en las propuestas, inéditas o no, y enviar señales que revelen, genuinamente, que no se trata de gatopardismo, sino del paso a un futuro venturoso.

Indispensable será atender al colectivo docente y a cada profesor en lo individual, porque el profesor también es una persona y, por tanto, para que rindan mejor deben ser atendidos en su integralidad, esto es, capacitarlos en las materias y pedagogías, como en su formación personal. Me pregunto, por ejemplo: ¿habría voluntad para instaurar el año sabático en la carrera de los maestros de educación básica, como ya existe en el Estado de México? En Colombia existe así en su Ley General de Educación desde 1997, y dentro de sus derechos, los maestros pueden gozar de un año sabático para su formación.

Si la docencia, como sostiene la investigación educativa, es una profesión desgastante física y emocionalmente, un año sabático, adecuadamente regulado, acompañado y evaluado con sentido, podría enriquecer de manera extraordinario al profesorado, alentarlo y comprometerlo.

¿Qué opinarían los maestros de un año sabático después de 5 o 6 años laborando en una escuela? ¿Es factible, es deseable? ¿Cuáles serían los costos para el Estado y cuáles los beneficios para las escuelas y sus maestros?

 

Comentarios

  1. Julio Cesar Torres dice:

    Hola maestro. Muy interesante su postura. A lo que he escuchado, solo se comenta que para los maestros de Educación Básica se quitarà carga horaria administrativa, aunque eso no quita que la docencia sea una profesión desgastante física y emocionalmente como lo menciona usted.
    Todavía estamos en la incógnita de que pasara con los mecanismos de ingreso al sistema, porque la semana pasada hice examen de Educación Media y al parecer también se cancelo ese examen.

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