Sucesión rectoral en la UdeC: otra perspectiva

En su libro La evaluación: un proceso de diálogo, comprensión y mejora, Miguel Ángel Santos Guerra cuenta una leyenda que atribuye a los persas: en el principio de los tiempos, dice, los dioses partieron la verdad en pedazos y la repartieron; en consecuencia, nadie la posee y quien la pretenda, debe reunir todos los trozos. Luego aplica la lección al ámbito educativo: nadie tiene la verdad, ni el director sobre la escuela, ni el maestro sobre el aula; tampoco el secretario de educación sobre el sistema, o el rector sobre la universidad. Nadie.

La lección, válida para quien se asuma medianamente democrático, exige del concurso de todos: la opinión de los miembros del colectivo escolar, aúlico o universitario. Me gusta decir que en algunos temas, como hábitos higiénicos, por ejemplo, la persona que limpia los baños y asea las aulas puede opinar con más argumentos que nadie en la escuela o, por lo menos, ofrece otros elementos fehacientes.

Pensar democráticamente, como afirma Miguel Ángel Santos Guerra, y como define la propuesta de Ley General de Educación Superior que analizaremos este lunes en Colima, exige replantear las visiones centralistas y cuasi míticas que a veces prevalecen en las instituciones educativas superiores.

El nuevo rector (o rectora) de la Universidad de Colima, desde esta perspectiva, tendrá la oportunidad de practicar esa visión de la autoridad, dando cabida a todas las opiniones, o ejercerla de otras formas, que no admitan verdades distintas a las suyas, vicio encarnado en la cultura política mexicana. Y las universidades no son entidades angelicales. Paulo Freire aseguraba: la educación es sustantivamente política y adjetivamente pedagógica.

Cambio de coordenada al interior del campus. Hace diez años, cuando se celebraron los 70 de la Universidad de Colima, uno de los homenajeados el 16 de septiembre fue Ángel Díaz-Barriga, reconocido experto en México y América Latina. En el discurso por la obtención del doctorado honoris causa, Ángel postuló como tesis central que la tarea de pensar a la universidad es una obligación intelectual, social y ética. Al mismo tiempo, pensar a la universidad implica pensarnos a nosotros, quienes en ella laboramos.

La sucesión rectoral es una buena ocasión, inmejorable e ineludible, como se quiera, para pensar a la Universidad de Colima y pensarnos en ella, porque la Universidad que hoy tenemos es resultado de las generaciones que se fueron, pero la que vendrá es la que dejaremos, porque la rendición de cuentas no es solo un informe efímero. También es compromiso con el futuro.

Juntos, con nuestras diferencias, dando espacio a todas las voces, será menos complicado el nuevo viaje que debe emprender la Universidad de Colima a partir de los próximos días, en que tendremos otro rectorado. No es fácil, pero es necesario e impostergable abrir canales y recoger los pedacitos de la verdad que cada cual tiene.

Deja tu comentario