Trump y el desafío para la escuela mexicana

donald-trump-presidente-de-eeuu-2306031w620En Estados Unidos triunfó de manera incontestable el candidato que encarna algunas de la causas más abominables de las sociedades en el siglo XXI, como la xenofobia, el clasismo, la violencia, la intolerancia y el atropello de la dignidad. Sus consecuencias no se limitarán a las grandes esferas de la economía o la política mundiales, también amenazan los ámbitos de la cultura y la educación.

No fue un triunfo inesperado ni un día triste para la democracia. Es así el juego: la democracia política se sostiene con el triunfo de las mayorías dentro de un sistema de reglas. La democracia no gana o pierde en función del gusto personal o preferencias mediáticas; no gana o pierde con base en el perfil simpático o estúpido de los contendientes. Y si triunfa la barbarie ideológica o esperpéntica, como ahora, no perdió el sistema democrático; ganó y nada más, como lo recuerda lúcida y lúdicamente Fernando Savater en su artículo del domingo 13 de noviembre en “El País”.

México es la nación que más severamente criticó durante su campaña el nuevo presidente estadounidense. Su victoria tiene repercusiones pedagógicas que se vislumbran con claridad, si se abren ojos y sensibilidad. Constituye un indeseable pero vigoroso pretexto para transformar a las escuelas, o acelerar su proceso de estructuración como escenarios de formación ciudadana.

Es una verdad de Perogrullo que a la escuela no se va solo a aprender a leer, escribir, resolver operaciones matemáticas y adquirir conocimientos y competencias en ámbitos científicos, históricos o culturales. Todo eso es indispensable, es el piso formativo mínimo en términos cognoscitivos, pero también se asiste para aprender las necesarias funciones de la socialización, el trabajo de colaborar con otros que son y piensan distinto y entrenarse en el ejercicio de la vida pública.

El desarrollo de la autonomía personal, las relaciones humanas y el ejercicio de la ciudadanía son tareas de una importancia tan relevante como las materias, aunque no suelan medirse en exámenes ni se ponderen en calificaciones.

La escuela mexicana, de América Latina en general, tiene que dejar a un lado la instrucción escolástica de la democracia, los valores o la ciudadanía. Probablemente nunca tuvo sentido “dar clases” de esas materias, pero hoy menos. En un contexto adverso, se trata de vivir la democracia en la escuela, de que los maestros y autoridades escuchen las opiniones de los estudiantes, de que tengan todos la posibilidad de la participación y la toma de decisiones a partir del grupo y objetivos comunes, en un clima de responsabilidad y libertad, en un ambiente impregnado de ética; se trata de que los valores no sean temas de conferencias, carteles o discursos, sino el cemento que amasa las relaciones pedagógicas y sociales entre los actores de la vida escolar; de que los estudiantes no se reduzcan a un número en la lista de asistencia, una clave o un expediente, y que los profesores no sean vistos como colectivo homogéneo en necesidades y condiciones.

En tiempos turbulentos para la economía y millones de familias mexicanas, de una diplomacia complicada en el horizonte, no queda más que apostar a que el sistema escolar tenga la capacidad de apresurar el aprendizaje, el indispensable aprendizaje de la ciudadanía, superando aquellos medios que la vulneran en un contexto terriblemente adverso para la buena educación.

Alentado por razones poco edificantes, las escuelas, las autoridades escolares y los maestros mexicanos tienen un reto colosal, a contracorriente de su historia. Lo expresó magistralmente el filósofo donostiarra: “En la era de Internet, el populismo tiene campo abonado. Y es inútil empeñarse en regañar a la gente por sus preferencias (todos son ‘gente’, los que piensan como nosotros y los demás), mejor es perseverar en educarla para argumentar y comprender en lugar de aclamar. También hay que proponer alternativas ideológicas fuertes, no simplemente apelar al pragmatismo y la rentabilidad. Hagamos lo que hagamos, seguiremos remando en lo imprevisible. Porque la incertidumbre no la ha traído Trump, sino la libertad.”

Nunca entonces parece más indispensable la educación como práctica de la libertad, y la enseñanza como un desafío pedagógico y esencialmente político.

*Publicado en el periódico español “Escuela” el 24 de noviembre de 2016.

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