Un examen a la evaluación

Envuelta en un halo casi mágico, la evaluación se ha convertido en una palabra y práctica estelares. Todos hablan de evaluación, la invocan y la procuran, porque así, supone el sentido común instalado, la educación será mejor. Los gobiernos e instituciones invierten crecientemente en exámenes, se extienden los rankings y se creó una industria evaluadora, plagada de departamentos que diseñan exámenes, cursos (para hacer pruebas e interpretarlas, de preparación para aprobarlas, para convertirse en evaluadores, para ser evaluados y preparar informes, etc.), expertos que evalúan y organismos que acreditan.

A la creencia mítica en la evaluación hay que someterla a riguroso examen, para conocer posibilidades y límites, aprovecharla y convertirla en medio. A continuación, algunos ítems para examinar la evaluación.

-La evaluación, entendida como exámenes, no es sinónimo de calidad. Es más usual crear un sistema de exámenes, modernizarlo y hacerlo cada día más sofisticado, que trabajar en salones de clases con los maestros para perfeccionar prácticas de enseñanza.

-¿Exámenes como control o como insumo para la reflexión del profesorado y autoridades? En la exigencia de evaluación hay por lo menos dos razones: una, propia de sociedades democráticas, es la responsabilidad de la rendición de cuentas; la otra es la desconfianza derivada de hechos que obligan a no dejar que las escuelas se conviertan en territorio de impunidad e irresponsabilidad, pero también la desconfianza prohijada por la incomprensión de los tiempos naturales del aprendizaje o los cambios educativos. La examinación no es tarea burocrática, debe convertirse en proceso pedagógico para comprender, no solo para premiar y castigar.

-¿Evaluamos o medimos? La evaluación es mucho más que la medición a través de exámenes. Si atenemos a los discursos, se acepta que las escuelas deben promover los “saberes necesarios” de Edgar Morin o los llamados “cuatro pilares” del informe coordinado por Jacques Delors: aprender a aprender, aprender a hacer, aprender a ser y aprender a convivir; sin embargo, los exámenes habitualmente se circunscriban a dos de ellos, dejando de lado los que tienen que ver sustantivamente con la persona, y que hoy, en contextos hostiles, resultan valiosos y urgentes. ¿Entonces, evaluamos la educación o solo un aspecto, posiblemente el menos profundo?

-La congruencia entre enseñanza y su evaluación es un reto para los centros educativos, un desafío que los modelos alternativos a la enseñanza basada en la cátedra expusieron en su flaqueza. Los modelos o proyectos que sostienen un enfoque por competencias en el momento de la evaluación, con frecuencia, siguen usando solo exámenes tradicionales.

-¿Evaluación o formación? La evaluación no es el centro del proceso educativo. No puede ser lo evaluable aquello que defina lo enseñable; los exámenes estandarizados no pueden ser el referente del currículum.

-Hay un desplazamiento conceptual sutil que tiene tres focos: de la educación al aprendizaje, del conocimiento al conocimiento “útil” y de la enseñanza y el aprendizaje a la evaluación. Sus efectos están trastocando el discurso para ajustarlo a la realidad y justificar prácticas. Hay una inversión (y perversión) entre fines y medios; tenemos que colocar lo sustancial en el centro. Idealmente la escuela debe obtener resultados favorables en todos sus estudiantes, pero eso no necesariamente se puede medir con pruebas estandarizadas. La manera en que se manifiesta la exigencia debe ser objeto de cuestionamiento, sobre todo la obligación de cumplir a ultranza, pues generó prácticas de simulación y corrupción. En otras palabras: de las escuelas deben evaluarse sus resultados, pero también condiciones, contexto, material e insumos, de forma comprensiva.

-¿Es posible evaluar contra esa marea abrumadora? Sí, cumpliendo ciertas condiciones: que se usen analíticamente los resultados para diagnósticos colegiados entre educadores, estudiantes y autoridades. Sí, es posible, si se da pie al diseño de un proyecto de transformación del centro, del salón, del curso, del profesor. Sí, si se inspira y conduce a una rendición de cuentas basada en valores, una rendición inteligente de cuentas.

-Hay un peligro silencioso: los puntajes pueden mejorar, pero no el aprendizaje. Debemos pasar de una práctica evaluativa orientada a premiar o castigar, a otra enfocada al aprendizaje, que la vuelva una poderosa herramienta para promover el trabajo colegiado; de la examinación a la evaluación para el aprendizaje.

*Publicado en el periódico español Escuela. Enero de 2017.

Deja tu comentario