¿Cambiará la escuela? ¿Cambiaremos nosotros?

Hace cuatro meses el gobierno de Colima adelantó la decisión de suspender actividades escolares presenciales por la pandemia. La incredulidad mezclaba con otros sentimientos, como el gozo de comenzar antes las vacaciones de Semana Santa.

A juzgar por lo que sucedía en el mundo, era complicado esperar un regreso pronto a las aulas. No volvimos nunca y no sabemos cuándo volveremos.

Ya estamos en vacaciones otra vez. En unas semanas comenzaremos los preparativos para el siguiente ciclo escolar, con incertidumbre en el horizonte. Tengo claro que no volveremos pronto, ni todos ni al mismo tiempo.

El bicho invisible, el coronavirus, cambió al mundo en la medicina, la ciencia persigue respuestas y soluciones, convulsiona la economía, destroza el turismo, fractura la política en países, enluta familias, deshace rutinas cotidianas.

Viajo del mapamundi al territorio de la escuela mexicana.

Si la pandemia amenaza con transformar todos los órdenes de la vida social global, ¿cambiará la escuela también?

¿Cambiará estructural, pedagógica y positivamente?

¿La docencia será otra, más relevante y sensible a la diversidad e inequidad?

¿Habremos comprendido que, ante la vulnerabilidad de la escuela, debemos reforzarla y no debilitarla?

¿Lo habrán entendido los gobiernos o pensarán que con YouTube y unos guasaps lo tenemos todo fríamente controlado?

¿Los profesores habremos integrado en el ADN profesional que la escuela lo es porque asisten niños y jóvenes y nosotros colaboramos con ellos para aprender y enseñar?

¿Habremos entendido que la escuela tiene sentido sí y solo sí para educar a los más jóvenes, y no para emplear gente?

¿Estaremos ya convencidos que la familia tiene que jugar siempre en el mismo equipo que la escuela y los maestros?

No tengo duda de que el paisaje de las escuelas, cuando volvamos, podría ser distinto al que conocimos. Tendremos controles sanitarios, gel y jabón, distancia entre alumnos en las aulas y no más amontonamientos, menos cercanía física, más actividades no presenciales y menos horas de clase, pero ¿el fondo será también otro, mejor?

Ahí no lo tengo claro. No soy pesimista porque ser educador me obliga al optimismo, y la tengo con cautela, porque al final de cuentas somos nosotros, los mismos que antes, quienes daremos vida a otra nueva escuela, o a la misma, con maquillaje distinto.

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