Educación y fútbol

El fútbol mundial hace tres años conoció un estilo de juego vistoso y efectivo. En un panorama dominado por la mezquindad, la sola aparición ya era una noticia grata, porque selecciones nacionales y equipos de primera importancia habían obtenido títulos con base en estilos de juegos centrados en buena defensa y pobre espectáculo.

Más allá de la admiración y asombro que despierta la contundencia y sencillez del Barcelona, en su modelo encuentro una edificante lección que podría extenderse a otros ámbitos, por ejemplo, a las escuelas. Se trata de la perfecta fusión entre preparación, determinación y agilidad mental, acompañados de la pasión por el oficio.

Mientras en el mundo y en las relaciones sociales imperan el individualismo o el conservadurismo más recalcitrante, en el equipo catalán prevalecen espíritu colectivo, generosidad en el esfuerzo, disciplina, sobriedad en la victoria y grandeza en la derrota, eficiencia, efectividad y, sobre todo, alegría: valor supremo en el deporte, en la vida y asignatura pendiente en educación. Con esa conjunción de atributos la derrota no deja de ser una probabilidad latente, pero la victoria es más frecuente y justa.

El juego así practicado lo disfrutamos, pero su valía, para mí, va más allá de lo deportivo y constituye una de las claves principales -si claves hay que buscar- para cumplir el objetivo de una profesión o institución. En la tarea pedagógica son imprescindibles emoción y alegría. Si los profesores educamos así, con emoción y alegría, la victoria, es decir, la buena educación, no es garantía, pero llegará, más temprano que tarde.

Fuente: Ángel Guardián

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