El nuevo ciclo escolar y los maestros

Ayer comenzó el nuevo ciclo escolar en condiciones inéditas.

Estoy seguro que mis colegas maestros, la gran mayoría, asumirán el compromiso con seriedad, aunque al final, no sé si podríamos cuestionarles resultados insatisfactorios. Muchas expectativas oficiales, insuficientes apoyos e incertidumbres no son la mejor fórmula para arrancar.

La docencia es una profesión desgastante física y emocionalmente. Ejercerla en condiciones extraordinarias, como ahora, demanda un esfuerzo superior. Las maestras y maestros, además de profesionales de la enseñanza, tienen otras funciones ineludibles: esposas, hijos, madres, hermanos…

Este nuevo ciclo desafiará su condición mental y corporal. ¿Los demás somos conscientes de ello? ¿Valoramos la capacidad que las maestras y profesores deben poner en juego para trabajar cada mañana o tarde con un puñado de estudiantes?

En momentos así, debemos ponderar la docencia, aunque los resultados son impredecibles. ¿Cómo exigirle a un maestro que sus alumnos aprendan, cuando en casa las prioridades están en otra parte? ¿Cómo esperar resultados notables cuando las condiciones en muchos lugares aplastan esfuerzos?

La educación es un acto ético, porque en él ponemos en juego nuestra capacidad de actuar o no, nuestra manera de educar en un sentido o en otro, o de escaparnos a la tarea. Ofrecemos el mejor esfuerzo o no. Hacemos lo que creemos correcto al máximo o sólo procuramos lo mínimo.

¿Cómo van a comportarse cada uno de los profesores en los meses por venir? ¿Qué harán para educar: cumplirán al máximo?

Deseo que cada una y cada uno asuma la responsabilidad cabal; porque parte de las posibilidades de aprendizaje de los alumnos están en sus manos. No todo depende de ellos, pero sin ellos, aprender para millones o miles, cientos o unos pocos alumnos será posible o imposible.

 

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