Ser niño en pandemia

En México el Día del Niño se celebra desde 1924, cuando se aprobó el 30 de abril la Declaración de Ginebra sobre los Derechos del Niño, y así lo decretó Álvaro Obregón.

Será el segundo año que millones de niñas y niños mexicanos lo vivan en confinamiento, después de 400 días con las 260 mil escuelas cerradas, en medio de una reapertura gradual que apenas comenzó el 19 de abril en 137 escuelas de Campeche.

Antes de la pandemia la fecha era especial. Ya lo sabemos. Para mi hijo, por ejemplo, era la mejor semana del ciclo escolar. Se rompía la rutina, la escuela se llenaba de colores y se agregaban actividades lúdicas.

La pandemia constituye un formidable obstáculo para avanzar en la consumación de los derechos de la infancia, no sólo a la educación, salud y alimentación, sino también a los de participar, ser escuchados e incluidos.

Desde visiones adultocéntricas, los infantes, como los maestros, en menor grado, no fueron escuchados por las autoridades escolares y educativas.

Ser niño en tiempos de confinamiento tiene distintos significados: enclaustramiento; postración frente a los aparatos televisivos o pantallas de computadora, en muchos casos, ante teléfonos celulares; tareas escolares más o menos sensatas, aburrimiento; lejos de la parte más emocionante de la vida pedagógica: las relaciones con los amigos, juegos en patios de recreo, encuentros personales y abrazo de las maestras.

Ser niño en tiempos de pandemia significó, para cientos de miles, despedirse de la infancia, de los juegos y juguetes, para empezar a convertirse en hombrecito y mujercita, empeñando los años y fuerzas infantiles a cambio de unos pesos. Para otros miles, empeoró la convivencia dolorosa con los violentadores que habitan el mismo techo.

Ojalá la experiencia de la infancia en estos meses fuera sólo un sueño febril y no el adiós a las ilusiones de una carrera o una vida distinta.

Ojalá en 2022 todos los niños y niñas, de nuevo, festejen el 30 de abril en sus escuelas.

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