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La docencia como oficio

Comenzamos un nuevo ciclo escolar en condiciones insólitas. A las aulas de la Universidad llegarán estudiantes de secundaria y bachillerato que no conocemos los profesores. ¿Cómo podemos hacer para conocerlos un poco?, me preguntaron el sábado. Quisiera tener la respuesta, o las respuestas, y que fueran útiles, pero tengo más dudas que certezas. También me ganan temores y no fútiles.

Si el desafío fuera sólo arrancar un semestre, llenar informes que den cuenta de que las cosas están en su sitio, ya podríamos estar cómodos. Pero la educación escolarizada es más que su burocracia, inevitable y necesaria hasta cierto punto, a condición de que sea mínima y no fastidie demasiado.

En el mundo de la docencia existen muchas metáforas para definir la profesión. Dos me gustan para ilustrar distintas formas del ejercicio. Una es la del pastor, que tiene la tarea de llevar a todo su rebaño, con un perro y un cayado, del mismo punto, a un destino común, al mismo tiempo y sin consideraciones particulares. Otra es la del profesor como un jardinero, que entiende que en su jardín hay unas plantas que necesitan más agua, sol, sombra, podas en ciertas épocas del año, abonos, y así las atiende. La docencia, qué duda cabe, es más parecida a la tarea del jardinero.

La docencia es más un arte que una ciencia, un oficio antes que un algoritmo. No es un grado menor de la actividad intelectual o profesional. Si eso es aceptado en condiciones de normalidad, en las que produjo la pandemia y el confinamiento, su vigencia es mayúscula: ¿podemos planear un curso a detalle para grupos que no hemos visto, con estudiantes desconocidos? Sí, podemos, como en la parte posterior de las cajas de harina se incluyen recetas para fabricar hot cakes o galletas, pero la educación no consiste en eso, y las recetas son lo menos pedagógico que podemos idear para encarar un curso.

Si un semestre nuevo es un desafío siempre, en estas condiciones, la cosa es más complicada. Ojalá estemos a la altura, profesores y autoridades, para que ese primer año de los niveles universitarios sea la puerta de ingreso pleno a una carrera o estudios de bachillerato, y no la de salida hacia otros mundos.
Ojalá los estudiantes tengan la voluntad y coraje para aprovechar el privilegio de cursar estudios universitarios, sobre todo, cuando sus padres no llegaron a la universidad.

La necesidad democrática de la educación

Los regateos presupuestales a la educación son inexplicables en un gobierno que promete transformar la vida del país, que ha declarado una y otra vez que camina al lado de los maestros.

El Proyecto del Presupuesto de Egresos para el 2021 que presentó la Secretaría de Hacienda contradice todas las declaraciones.

El gobierno federal no duda en cumplir su hipótesis para revertir la desigualdad social. La apuesta a las becas como mecanismo de igualación social es positiva, pero no a costa de sacrificar otros rubros que la experiencia internacional y la propia, demuestran como eficaces a la hora de mejorar la calidad de los sistemas educativos.

Millones de alumnos becados en escuelas pobres con una pobre educación sólo disfrazará la profundización de las brechas sociales. En México, antes y ahora, los más pobres han recibido la más precaria de todas las educaciones. Eso es lo que el gobierno tendría que cambiar. Sólo becas no es la solución.

Ahora que se discutirá en el Congreso de la Unión el presupuesto para el 2021, especialmente el educativo, conviene leer a los que saben, como Fernando Savater. En su conferencia magistral al recibir el doctorado honoris causa en la Universidad de Colima (febrero de 2010), el filósofo español nos dejó unas palabras excepcionales:

“Nuestras democracias tienen que educar en defensa propia. Lo que defiende la democracia es una buena educación. Si una democracia quiere sobrevivir, mejorar, generalizarse, si quiere hacerse de todos y para todos, necesita educación. Es un punto fundamental; no es optativo, no es que la educación sea una especie de adorno, de guirnalda que haya que colgar. Es un pilar para el funcionamiento de la democracia. Eso, nuestros abuelos griegos lo vieron de manera clara. Para ellos, democracia y paideia, democracia y educación, estaban necesariamente unidas: no había una verdadera democracia sin paideia, sin educación”.

Dicho eso, ¿quién puede aplaudir los brutales recortes presupuestales que se propone el gobierno federal? ¿Quién está de acuerdo en eliminar el programa Escuelas de Tiempo Completo que, además de su bondades pedagógicas, les ofrece el único alimento caliente y nutritivo a millones de niños en el país? ¿Quién?

 

La sociedad del cansancio: ¿destino inevitable?

El sábado por la tarde, mientras la lluvia caía generosa sobre la ciudad, escribí la opinión para esta mañana. La madrugada del domingo, entre delirios e insomnio, cambié de tema.

Me propongo hablar de la sociedad del cansancio. Horizonte hacia el que, parece, nos dirigimos con la prolongación de la pandemia y la dolorosa inflación cotidiana en la estadística mortal.

Esa expresión, sociedad del cansancio, la tomo del libro escrito por Byung-Chul Han, filósofo surcoreano que ocupa sitio prominente entre los pensadores del siglo 21.

En otros momentos he aludido a un escenario que advierto cercano y peligroso para muchísimos profesores y maestras que asumen con profesionalismo las tareas de enseñar y aprender desde casa.

Evitaré la generalización de que todos los profesores ejercen su oficio de esa manera. No, no son todos, por supuesto, para desgracia de los niños y adolescentes que tienen ese infortunio.

A las muchas tareas que ya realizaban los docentes, con la pandemia se multiplicaron y se extendió su jornada laboral. Los roles que deben jugar, especialmente ellas, crecieron: maestras, mujeres, madres, esposas, hijas, hermanas, en un contexto de riesgos sanitarios y complicaciones emocionales.

Todas las épocas tienen sus enfermedades emblemáticas, afirmó Byung hace 10 años. En el comienzo del siglo 21 son las enfermedades neuronales: depresión, trastorno por déficit de atención con hiperactividad, síndrome del desgaste laboral, entre otros.

Vivimos en la sociedad del rendimiento, que produce depresivos y fracasados.

Lo más desafiante de las ideas del filósofo, es que dicha situación ocurre por un fenómeno que llama de “autoexplotación”. Somos verdugos y víctimas.

Me temo que algo de eso ocurre con muchos de nosotros en época de confinamiento, porque sentimos mayor libertad para decidir, porque tenemos tiempo en casa, pero decidimos que lo invertiremos en la competencia productiva y nos vamos agotando de a poco, pero sin cesar.

Me pregunto, les pregunto: ¿la sociedad del cansancio es un destino inevitable? ¿Será una de las consecuencias silenciosas pero peligrosas de la pandemia? ¿Nuestros niños también padecerán este cansancio?

Educación como práctica de la libertad

Cuando llegué a la Facultad ignoraba casi todo. Cuando egresé, nueve semestres después, había avanzado algunos casilleros en el camino de la alfabetización pedagógica.

De los 60 cursos que tomé para obtener un título como licenciado en Educación Superior, de varios podría hacer un comentario medianamente verídico. De otros recuerdo algo que haya usado en todos los años que siguieron, por relevancia curricular y curva del olvido.

De lo más valioso que encontré en la incipiente primera facultad universitaria de Colima fue a Paulo Freire. Lo repito incesante: el más grande de los educadores latinoamericanos, uno de los pilares de la pedagogía del siglo XX.

No se leía mucho a Freire, porque en Colima teníamos poco acceso. Tres títulos recuerdo, de los tres, conservo los ejemplares que compré entonces, de los primeros que formaron mi biblioteca: La educación como práctica de la libertad, Pedagogía del oprimido y ¿Extensión o comunicación?: la concientización en el medio rural. Los leí más de una vez. No sé cuánto entendí cada vez que los releía. En mi biblioteca ocupan un sitio especial.

Este 19 de septiembre Paulo Freire habría cumplido 99 años. Su presencia crece en el mundo, como la obsesión del nefasto presidente brasileño de borrar su legado. Este año nuestra Facultad de Pedagogía cumplió 35 febreros; los festejos, apagados por la pandemia del COVID-19, tienen su nombre. En el mundo entero habrá celebración por el centenario durante 2020 y 2021.

Lo he escrito más de una vez: Paulo Freire había aceptado el doctorado honoris causa de la Universidad de Colima; habría sido la única universidad mexicana que se lo entregara. No pudo ser, y en cada fecha donde lo recordamos, como ahora, no dejo de revivir el imborrable momento en que pude hablar con él por teléfono para ofrecerle la distinción, las palabras que cruzamos y todas las emociones de aquellos momentos, previos a su infausta partida.

A veces pienso que soñé. Que nunca hablé con Paulo. Luego hurgo en mi archivo y encuentro el fax donde me respondió que sí, que aceptaba, entonces vuelvo a sonreír y celebro la felicidad de haberle leído, de seguirle leyendo y escucharlo por unos minutos, con un eco cada vez más lejano.

Algún día volveremos a las aulas…

Algún día volveremos a las aulas. Un día estaremos juntos de nuevo maestros y alumnos. Un día será posible vivir como si afuera no pasara nada, como si sólo existieran los problemas de siempre en las escuelas: maestros fastidiosos, niños aburridos, rituales absurdos, exámenes inútiles, recreos anhelados, evaluaciones que no evalúan, padres que se olvidan de los hijos.

Un día, claro, también volverán las escuelas emocionantes, directores comprometidos, maestras apasionadas, maestros que encantan a los estudiantes. La dedicación de miles de educadores que cada mañana y cada tarde dejan un pedazo de sí en la compleja tarea de ayudar a otros más jóvenes a prepararse para la vida y, de paso, aprender matemáticas, lectura, ciencias, historia, geografía.

Alguna vez pasará todo eso. Mientras, algunas preguntas vienen a la cabeza.

Cuando eso pase: ¿a qué escuela volveremos? ¿Será distinta o la misma, sólo con gel antibacterial, un termómetro en las puertas, menos alumnos en el salón, jabón en los baños y medidas higiénicas severas?

Más preguntas: ¿los profesores seremos distintos? Quiero decir, mejores, porque enseñamos mejor.

¿Las autoridades harán bien su parte? Quiero decir, mucha comprensión, programas y políticas adecuadas y recursos suficientes.

¿Tendremos claro que cada estudiante es único y sus circunstancias pueden ser adversas?

¿Estableceremos alguna relación pedagógica con la familia? ¿Los directores, entenderán, de una vez y para siempre, que madres y padres no son sólo receptores de información?

En esta materia tengo dudas. Me gana el escepticismo. Para las escuelas públicas, para muchas, el padre puede ser incómodo o inexistente. Y servir sólo para organizar actividades recreativas u obtener recursos.

En las escuelas privadas, madres y padres son otra versión de la educación bancaria del pedagogo brasileño Paulo Freire: una tarjeta de crédito.

La pandemia es oportunidad para reinventar lo que hicimos por costumbre, inercia o comodidad. O para la simulación.

Ahora comenzamos Aprende en casa II y no tenemos una evaluación pública de lo sucedido el ciclo escolar anterior. ¿No la hicieron las autoridades? ¿No saben que es indispensable? ¿No importa?

¿Cómo se puede planear un ciclo escolar tan insólito, sin una evaluación confiable, sin recoger voces de los implicados? ¿Cómo se puede planear sin aprender de la experiencia?

Con este Aprende en casa II, sin libros de textos todavía en las manos de los niños, con mucha televisión, juzgada muy polémicamente, no parece que los responsables estén pensando, en serio, en el presente y futuro de esos millones de niños.

Ojalá me equivoque. Si así fuera, celebraré mi desvarío.

Heraldo. Opinión 1