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El presupuesto para la educación en 2020

El 20 de noviembre se contempla como plazo límite para la aprobación del presupuesto de egresos de la Federación del año próximo. La fecha, como se sabe, venció el viernes anterior, pero con un artilugio legal la Cámara de Diputados se declaró en receso y “paró el reloj legislativo”.

Se ha escrito y dicho abundantemente sobre las implicaciones, énfasis y recortes del proyecto enviado por el presidente de la República. Las protestas tienen paralizada a la Cámara y las negociaciones entre los sectores inconformes y los congresistas siguen candentes: el pronóstico no es reservado, negociarán; qué y cómo, quedará en las sombras.

De todos los temas educativos en juego me inquietan dos: las reducciones previstas para el programa escuelas de tiempo completo y para la formación de los maestros, a través de la Dirección General de Educación Superior para Profesionales de la Educación (DGESPE).

El primero está proyectado para reducirse en 52 por ciento respecto a lo ejercido el año en curso. Las afectaciones son varias, dos lesionarán a los actores principales del sistema educativo: por un lado, los maestros y maestras que ahora tienen su plaza en una escuela de tiempo completo y que, al no permanecer en el programa, tendrán que dividirse de nuevo, organizarse en dos o tres centros y peregrinar cotidianamente multiplicando su trabajo pedagógico y burocrático.

Por otro lado, al desaparecer muchas de las más de 20 mil escuelas de tiempo completo dejarán de percibir recursos para alimentar a cientos de miles de niños. El impacto puede ser tremendo. Gracias al programa, para esos niños la escuela, además de enseñarles lectoescritura, matemáticas y todas las disciplinas del currículum, también es la alimentadora, el espacio donde los niños eran recibidos con un desayuno y luego con comida. En un país donde más de la mitad de la población vive en la pobreza, el efecto puede ser devastador. A eso debemos agregar distintas evidencias que revelan los buenos resultados que estaban consiguiendo las escuelas participantes en el programa.

Si estas cuestiones contradicen la bandera de la equidad y el combate a la pobreza, el segundo tema refuta el discurso oficial de la revalorización del magisterio. ¿Cómo se puede revalorizar a un gremio cuando se le debilitan los insuficientes recursos? ¿Cómo se fortalecen las escuelas normales escamoteándoles dinero? Está claro que no todos los problemas de la educación, en particular, de las normales, se resuelven con presupuesto, pero hay carencias y problemas que lo reclaman con urgencia.

La austeridad en los recursos públicos es una premisa insoslayable, que debe fortalecerse y depurarse, sin duda, que se aplaude y reconoce, pero no debe ser pretexto para aplicar recortes indiscriminados que castiguen el estratégico sector educativo, menos cuando las evidencias lo avalan.

Más que discursos bondadosos, la escuela necesita fortalecerse, mejorarse todo lo posible, corregirse lo necesario y apoyarse con responsabilidad y sensibilidad. Hoy, tristemente, no lo vemos. ¿Se consumará la desgracia?

Colima en el centro del país

La semana anterior el Instituto Superior de Educación Normal de Colima (Isenco), la bien llamada Escuela Normal, se vistió de gala para recibir a varios cientos de participantes del país en el primer Congreso Internacional de Investigación y Evaluación Educativa (CONIIE). Inmejorable manera de celebrar los 179 años del normalismo colimense.

Colima se colocó durante esos días en el centro educativo del país, por los temas que se discutieron y la calidad de los invitados que compartieron en las conferencias y mesas de expertos, en un momento donde las polarizaciones en la materia persisten, como las incertidumbres que se abren con el nuevo momento educativo nacional, resultado de las reformas al artículo tercero constitucional y a las leyes reglamentarias correspondientes.

Conocí del Congreso desde muy temprano, invitado a participar en el comité científico dictaminador. Me sorprendió, desde entonces, la seriedad de sus organizadores, encabezados estupendamente por la directora del Isenco, Martina Milagro Robles.

Un evento de esta naturaleza, infrecuente en Colima, es producto del esfuerzo de mucha gente, de la capacidad de gestión de sus organizadores, del compromiso del equipo de trabajo del Isenco y de la voluntad de colegas de otras instituciones que acudimos a la invitación, pero también de los colegas, maestros y estudiantes que vinieron de todas partes a la cita colimense.

Los tres días del Congreso fueron una fiesta pedagógica, con conferencias y voces para distintos gustos, con posiciones y oposiciones abiertas, con debates más o menos intensos, porque no fue protocolo de autocomplacencias, porque en la misma mesa debatieron, por ejemplo, el director de las escuelas normales del país, con académicos de la UNAM, el Colegio de México y el Departamento de Investigaciones Educativas del CINVESTAV, con posturas encontradas y en un ambiente de respeto y pluralidad.

Desde la Universidad de Colima aplaudo y celebro el prestigio que conquistó el Isenco. Me congratulo de haber sido parte, desde la organización, en una de las tareas; y me siento agradecido y honrado con el privilegio de haber presentado nuestro libro colectivo más reciente en ese marco espléndido.

Felicidades a las autoridades y colegas del Isenco por esta enorme oportunidad que nos brindaron. Estoy seguro, quiero desearlo, como dijo Mario Chávez, director de las normales del país, que entramos a una pausa y pronto habrán de empezar los preparativos del siguiente congreso.

¡Bienvenido el CONIIE! ¡Qué viva muchos años!

Paulo Freire en Colima

El viernes anterior el Consejo Técnico de la Facultad de Pedagogía aprobó el programa de festejos por los 35 años del plantel; también decidió el nombre de la persona homenajeada en la ocasión: Paulo Freire.

Habitualmente los elegidos habían sido personajes relevantes en la vida de la primera facultad universitaria de Colima, pero esta vez fue distinto: el lugar central lo ocupará el educador más trascendente de la pedagogía latinoamericana y uno de los principales en la historia mundial del campo educativo.

A Paulo se le lee poco y mal, porque no está en el currículum y porque se leen solo sus obras iniciales, cuando ocurre. Su ausencia del currículum no es producto de una oscura confabulación neoliberal: está excluido porque quienes diseñamos los planes de estudios, los maestros, no lo incorporamos, porque no está en nuestros marcos de pensamiento, porque se le juzga obsoleto o choca con los conceptos en boga, como excelencia o competitividad.

Cuando se pregunta hoy por Freire siempre hay una referencia a la mano: Pedagogía del oprimido, libro escrito en la década de 1960, pero que luego fue revisado por el propio autor, quien aportaría en las décadas siguientes otras obras fundamentales para los educadores.

Paulo Freire debió venir a Colima en 1997 para recibir el doctorado honoris causa. Ya lo había aceptado y cuando preparábamos la visita ocurrió un accidente doméstico y posteriormente su fallecimiento. Nos quedamos con el hueco y la tristeza. Habríamos sido la única universidad mexicana que le concediera el alto honor, pese a sus aportaciones en el campo de la educación de adultos.

En 2007, conmemorando diez años de su partida, con la UNAM, la UPN Unidad Ajusco y la Universidad Autónoma de la Ciudad de México organizamos un seminario con invitados excepcionales de España y Brasil, y vivimos jornadas memorables, un día en cada institución y dos en Colima. De nuevo, 12 años después, Paulo estará sentado entre nosotros con su obra, luchas y convicciones.

Celebro la decisión del máximo órgano de autoridad de la Facultad de Pedagogía. Creo que no habría mejor forma de reconocer a quien más hizo por la educación en el continente, especialmente por los más pobres, a quienes llamó “los desharrapados de la tierra”.

Será una inmejorable manera de distinguir los festejos por estos 35 años de la facultad primigenia en la Universidad de Colima. Ocasión inmejorable para leerlo y releerlo, para examinarlo a la luz de una América Latina convulsionada, moderna en sectores, pero tremendamente injusta, empobrecida y con democracias frágiles.

Acuerdo Nacional por la educación superior

Ayer domingo la Universidad de Colima, a través de su cuenta de Twitter, difundió el Acuerdo Nacional para la Transformación de la Educación Superior, producto de las deliberaciones realizadas por los titulares de las instituciones públicas de educación superior, durante la LIII sesión ordinaria del Consejo de Universidades Públicas e Instituciones Afines de la ANUIES, efectuada en el Colegio de Posgraduados el 18 de octubre.

La declaración merece detenerse por las implicaciones políticas y la trascendencia que podría marcar en la historia de la enseñanza superior del país, especialmente en un momento donde convergen dos coyunturas: un gobierno federal escéptico (podríamos aplicar distintos adjetivos) ante las universidades públicas, miradas con recelo, para las que no ha habido consideraciones presupuestales y frente a las cuales implantó una red de universidades en la geografía nacional, con dudas en su operación.

La segunda coyuntura es resultado de la larga crítica que denuncia el agotamiento del modelo y las políticas que orientan la educación superior en el país, después de tres décadas. Uno de los síntomas del agotamiento aparece señalado explícitamente en el documento: el financiamiento, ante el cual, directores y rectores piden un modelo distinto que otorgue certeza presupuestal.

En este contexto, urgido de transformaciones, la Declaración podría ser un punto de inflexión. O podría ser la continuación del rumbo con variables notablemente distintas y definitorias en la relación entre el gobierno federal, los estatales y las universidades: la obligatoriedad de la educación superior establecida en el artículo tercero constitucional y el marco de austeridad y transparencia exigido desde Presidencia de la República.

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Avances y retos en la educación colimense

Otra iniciativa de la Fundación Cultural Puertabierta está a punto de ver la luz. El resultado es un libro colectivo que tiene por título Colima: avances y retos. Educación, primer tomo de una colección dirigida a analizar el presente y perspectivas del estado en la próxima década.

Invitado por la Fundación asumí la tarea de coordinar la obra, con la participación espléndida de un grupo de colegas quienes escribieron capítulos donde repasamos distintos temas, en torno a dos ejes, banderas universales en esta región del planeta: el derecho a la educación y la calidad de los aprendizajes.

La obra se estructura en tres partes: la primera, llamada Panorama, es una mirada al sistema escolar estatal, desde la organización de los servicios educativos, transitando por la demografía, la pobreza y los principales indicadores que revelan logros y desafíos en el cumplimiento del derecho a la educación. Colaboraron conmigo en la escritura Alejandra Meza Anguiano y Angeles Eugenia Salinas Ixta.

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