Blog

Escuelas privadas y pandemia

Desde hace un buen tiempo sostengo que las escuelas particulares en México son más libres que las públicas. En el nivel superior, la expresión puede ser escandalosa pero es real: son más autónomas –de facto– las privadas que las públicas, porque no dependen del presupuesto estatal ni tienen que ceñirse a las obligaciones abiertas o encubiertas. Su libertad para ofrecer carreras, definir tiempos, planes de estudio, matrículas, costos y contratar profesores no pasa por ningún control externo.

Con la contingencia pedagógica a que obligó la pandemia, la libertad de las escuelas privadas fue mayúscula. La Secretaría de Educación Pública decidió el fin del ciclo escolar y las escuelas privadas, sin control, decidieron continuar y seguir cobrando la colegiatura mensual. ¿Eso es admisible, legal, correcto? Dejo ese tema a expertos en temas jurídicos y contables. Voy al ámbito conocido: lo pedagógico.

¿Qué hicieron distinto las escuelas privadas para concluir el ciclo escolar? No lo sé, confieso mi ignorancia. No he leído una crónica, reportaje o nota periodística que ensalce las virtudes de los programas para continuar el ciclo escolar en las escuelas privadas mexicanas. Ni uno solo. Tengo experiencia con las escuelas de mis hijos, pero no sería válido generalizar a partir de dos escuelas.

Durante la pandemia, en las escuelas públicas han ocurrido cosas extraordinarias. He tenido oportunidad de leer lo que hicieron en escuelas, supervisiones y unidades de servicios de apoyo a la educación regular para mantener la relación entre maestros, familias y niños. Me admira la vocación y el profesionalismo. En contextos precarios lograron, en los casos que conocí, resultados alentadores, no tanto por aprendizajes, sino por esfuerzos e imaginación. Los aprendizajes ya serán valorados en otros momentos.

¿Y las escuelas privadas qué hicieron? Ya dije. No lo sé. ¿Qué harán el próximo ciclo escolar? Esa es mi pregunta por razones profesionales y estrictamente personales. ¿Harán algo distinto? ¿Les alcanzará la imaginación y el coraje para atreverse?

Si no es así, de poco habría servido tanta libertad y la dosis de autoritarismo consentido por los padres y un marco legal más flojo que el peor.

Los imposibles en educación

Antes de comenzar otra larga jornada de sábado dispongo los preparativos del desayuno cotidiano: un té de limón caliente caliente, una botella de agua tibia y media hora de lectura ajena a la tarea.

Elijo el libro Escribir, crear, contar, del Instituto Cervantes. Lo comencé hace unos días y avanzo de a poquito.

Estoy medio dormido, pero el clima es fresco y despabila. Arranco mi paseo por las páginas, mientras la noche empieza a morir y la mañana nace.

Los autores de la obra citan a Arthur C. Clarke, científico y escritor británico, conocido popularmente por su libro 2001: una odisea espacial. Me detengo ahí. El motivo es el avance científico.

Clarke habría escrito:

Cuando un anciano y distinguido científico afirma que algo es posible, es casi seguro que esté en lo correcto. Cuando afirma que algo es imposible, muy probablemente está equivocado.

La única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse un poco más allá, hacia lo imposible.

Repito porque vale la pena: la única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse un poco más allá, hacia lo imposible.

Hay más ideas, pero no sigo. Bebo el resto del té y sonrío. Miro al espacio inmenso sobre mi cabeza.

Eso, justamente eso es lo que nos permite la pandemia en la educación: para descubrir los límites de lo posible hay que desafiarlo. Hay que atreverse a innovar, a provocar respuestas distintas actuando diferente.

Albert Einstein afirmaba que pretender un resultado distinto haciendo lo mismo es una definición de la locura.

Eso es lo que las escuelas podrían intentar ahora en un contexto inédito, donde no existen soluciones acabadas, a veces ni siquiera incompletas, porque la pandemia arrebató las respuestas y las preguntas.

Hay que intentarlo, nadie morirá en esa aventura, o correr el riesgo de perpetuarse como viejos cadáveres putrefactos que se entierran a sí mismos y a lo más valioso de la sociedad.

El periodo intersemestral

Como casi todo en tiempos de pandemia, el periodo entre ciclos escolares será diferente. Habrá que descansar, por supuesto. Entre las maestras y profesores habrá que olvidarse por unas semanas de los programas, materias, libros, tareas o asesorías; pero también, mucho más, de las exigencias burocráticas a veces incomprensibles, de las prisas, del valor desmesurado que siempre se le concede a las formas y tiempos, de los consejos técnicos y reuniones, del whatsapp laboral. Todo eso es bienvenido.

Es momento de parar la máquina, pero no de descuidarse, no en la salud física ni emocional, pues la docencia es una profesión de alta exigencia. Quien lo dude, cuando sea posible, métase a un salón de clases durante cuatro o cinco horas para lograr que uno o varios grupos repletos de niños o jóvenes trabajen con la disciplina requerida. Durante el periodo de “Aprender en casa”, muchas mamás y papás se dieron cuenta.

Descansar es la primera actividad, la más próxima, pero luego la vuelta al trabajo colegiado y preparatorio será distinta. La primera gran exigencia, para que ese trabajo tenga sentido, no es empezar a llenar formatos o cumplir prescripciones; si empezamos así, parto complicado nos aguarda.

La exigencia principal es la evaluación de las actividades que realizamos para la continuación de los ciclos escolares: ¿qué sucedió?, ¿qué aprendimos?, ¿qué aprendieron los estudiantes en casa?, ¿qué funcionó en las estrategias?, ¿qué debemos afinar, modificar, eliminar?

Las decisiones oficiales se moverán todavía, pero es difícil suponer que el siguiente ciclo escolar será como todos, que llegaremos al primer día como si todo hubiera sido una pesadilla larga. Casi nada induce a esa ilusión: el retorno será gradual, con periodos de estudio en casa.

El periodo intersemestral entraña obligación y posibilidad. La primera exige evaluaciones serias, sin autocomplacencias; la segunda desafía nuestra capacidad de proyecto, nuestra imaginación, la de las autoridades (federales y estatales), sobre todo, en el ámbito donde ocurren los cambios: en las escuelas. Ahí serán los colectivos de maestras y profesores donde daremos un paso adelante o estancaremos nuestra profesión y las posibilidades de los estudiantes.

Periodismo y educación

La educación como oficio, disciplina y pasión ha sido la compañía y sostén de mi vida laboral. A través del ejercicio pedagógico cumplo una tarea que concibo como privilegio, actitud vital y compromiso social.

Probablemente por eso también he vivido cerca de los medios periodísticos desde el comienzo de la útima década del siglo 20. Porque el periodismo es un vehículo que circula en las vías públicas y se desarrolla en los espacios colectivos para informar, analizar, registrar, denunciar y convocar a la reflexión y el debate; permite concretar el compromiso de trabajar en una universidad pública y darle un sentido social a la academia.

La educación tiene una naturaleza esencialmente política y adjetivamente pedagógica, decía Paulo Freire. Por eso tituló uno de sus libros como La naturaleza política de la educación. Escribir en medios es entenderla y practicarla así, apostar por un tipo de sociedad u otra.

Disfruto la docencia o la investigación académica, como la escritura que sale de mi teclado a distintos medios que acogen mis columnas y colaboraciones. Lo segundo es un componente de mi concepción del ser universitario, que no se restringe al claustro y aborda asuntos de la plaza pública. Ser universitario es asumirse ciudadano, implicado en la vida de la ciudad y los otros.

A lo largo de estos años he tenido la suerte de colaborar en varios medios de Colima y otros lugares. Desde hace un tiempo, fuera de México; hoy, para El Diario de la Educación, en España. No tengo la lista de todos los que me han acogido, ni viene al caso, pero entre ellos, El Comentario, el periódico de la Universidad de Colima, es la casa de mayor permanencia.

Escribo en sus páginas desde los años de 1990, y solo por lapsos me retiré, cuando la agenda lo impedía o alguna circunstancia extraordinaria lo complicó. La estancia vale la pena, sin duda. El primer libro lo preparé y fui publicando en El Comentario, luego lo firmé como Figuras y paisajes de la educación en 2011.

Este fin de semana El Comentario cumplió 46 años de vida. Es joven todavía, un joven maduro del cual cabe esperar resultados todavía más promisorios en las tareas de informar el acontecer colimense, de la vida universitaria y en la, quizá, más relevante de todas: la formación de nuevos periodistas, más inquisitivos, mejores en la escritura y el razonamiento, apasionados del oficio que, siendo dignos, dignifican su profesión.

¡Felicidades a El Comentario, a su dirección y equipo de colaboradores!

La necesidad del cambio en la escuela

Me asaltan algunas preguntas cuando imagino la escuela en el retorno a las aulas. Por ejemplo: ¿cuánto va a cambiar después de la pandemia? ¿Será distinta en todos sus ámbitos: en arquitectura, demografía, en sus planes y programas, organización y horarios? ¿Serán distintas nuestras actitudes y compromisos?

¿Si el virus está cambiando todo, cambiará para bien a la escuela?

La obligación de cuidar la salud exige la respuesta positiva: no solo puede y debe cambiar, tiene que ser o empezar a ser otra, más sensible, acogedora y estimulante, más educadora.

Las razones, historia, discursos y cautela inducen dosis de escepticismo. Podría sufrir cambios solo cosméticos, porque faltan recursos, proyectos y porque las transformaciones son complejas.

La primera que debe empezar a cambiar es la escuela normal, donde se forman los maestros de mañana y los próximos 35 años. Allí se tienen que cocinar las primeras fórmulas para otra escuela pública mexicana. Tiene que cambiar no solamente porque es perfectible, sino porque el contexto y el escenario de actuación de los maestros serán distintos, o deben serlo.

La pandemia ha recolocado los puntos cardinales. Sano que ocurra. Cuando nos movemos entre certezas falsas o no, el peligro de la quietud crece, como la mediocridad. Movernos impulsa a repensarnos y a repensar la escuela.

Los planes de estudio deben examinarse ahora con otros criterios. Una educadora española, María Antonia Casanova, escribió la semana pasada que las matemáticas y el lenguaje no pueden ser lo único relevante; que la música, la plástica, la cocina, la literatura, el cine, el teatro o la educación física deben ser materias relevantes en el nuevo currículo.

Si las evaluaciones de la SEP solo examinan los contenidos de los planes de estudio perderemos la posibilidad de descubrir la enorme gama de aprendizajes que nos dejan estos meses aciagos; por ejemplo: las habilidades digitales que ganamos todos; nuestras capacidades de expresión o de optimizar tiempos; la creatividad que pusieron en juego las maestras y maestros, o las mamás para apoyar a los hijos en casa.

Por supuesto, descubrimos vacíos o errores: que los maestros no tenemos una formación sólida, en general, para la educación en línea; que el país dilapidó millones de pesos en experimentos fracasados para introducir la tecnología a la escuela y esa lección obliga a no repetirlo; que la televisión y la radio deben tener en su programación un contenido que sume a la obra pedagógica, no solo en circunstancias extraordinarias.

Las tareas para autoridades y escuelas son inagotables. Es imposible hacerlo todo al mismo tiempo, en todas partes y en condiciones semejantes. La escuela que surja de la pandemia debe reconocer esa diversidad e inequidad, y sobre un plan firme empezar la más profunda reinvención de la obra que José Vasconcelos sentó hace cien años.