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Educación indígena: mirada desde Colima

Desde el viernes he dedicado algunas horas del fin de semana a la tesis elaborada por Diana León y Carlos Miramontes, jóvenes recién egresados de la licenciatura en pedagogía en la Universidad de Colima. Tengo presente el momento en que nació en su cabeza la idea de emprenderla en un tema inédito entre los proyectos de los pedagogos colimenses. Fue hace dos años, al terminar una conferencia que impartí en nuestra Facultad, durante la cual dediqué unos minutos a comentar el informe entonces muy reciente del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE) sobre la educación indígena.

Las cifras que expuso aquel reporte documentaban lo que ya podía suponerse, se sabía de manera aislada o se ignoraba de esa descuidada parcela del sistema educativa nacional. Los datos contundentes revelaban la magnitud del muro que el país había levantado para aislar a la considerable población indígena.

Conmovidos probablemente por aquella información, Diana y Carlos me esperaron y en el camino a la salida me preguntaron si podríamos trabajar en ese tema, para su proyecto del seminario de investigación. Acepté sorprendido por su interés. La experiencia fue positiva: ambos fueron estupendos estudiantes y muy responsables en su tarea investigativa.

La tesis tiene como título “Análisis de políticas educativas indígenas”, y analiza la respuesta que cuatro estados del país, Guerrero, Chiapas, Oaxaca y Yucatán dieron a las directrices o recomendaciones de política educativa emitidas por el INEE, especialmente a la quinta de seis, a saber: Garantizar centros escolares con infraestructura y equipamiento que respondan a las necesidades de las comunidades indígenas.

Las respuestas estatales podrían intuirse, y su precariedad explica el abandono de la educación indígena y su previsible persistencia; pero del contenido, el proyecto o las conclusiones no me corresponde hablar por ahora, mientras se presenta en el examen profesional.

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Red de Evaluación Educativa en Colima

El 11 de febrero, en el Paraninfo de la Universidad de Colima, anunciamos la creación de la Red de Evaluación Educativa de Colima, con las adhesiones, a la fecha, de las instituciones más relevantes del panorama educativo local, entre ellas, por supuesto, la Universidad de Colima y la Secretaría de Educación del Gobierno estatal.

Las expectativas que teníamos cuando concebimos la Red se fortalecen con el entusiasmo y participación de un cada vez más amplio grupo de instituciones y personas interesadas en constituir un espacio plural, propositivo y convergente en el deseo de que la evaluación sea insumo valioso para la comprensión, el diálogo y la toma de decisiones que permitan la mejora en el sistema educativo colimense.

A continuación, expongo algunas partes del documento fundacional, preparado inicialmente por el profesor universitario Antonio Gómez Nashiki, con base en los acuerdos suscritos por las instituciones.

Durante el proceso nacional de difusión de la tercera convocatoria del Fondo INEE/Conacyt (agosto-septiembre de 2018), la Dirección General Adjunta en Colima del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación invitó a las instituciones de educación superior públicas dedicadas a la formación de maestros a conocerla y explorar posibilidades de desarrollar un proyecto conjunto, semilla de un esfuerzo interinstitucional inédito de colaboración académica en distintos planos.

La disposición de las instituciones participantes en las reuniones, el Instituto Superior de Educación Normal de Colima, la Universidad Pedagógica Nacional unidad 061, la Secretaría de Educación del Gobierno del Estado y la Universidad de Colima, alimentaron distintas ideas sobre las actividades factibles, entre ellas, la creación de una red académica dedicada a investigar, estudiar y difundir la importancia de la evaluación como ingrediente vital para la comprensión y transformación de los sistemas educativos.

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La nueva educación: ¿de calidad o excelencia?

La iniciativa enviada por el presidente de la República para la reforma constitucional de los artículos 3º, 31 y 73 introdujo conceptos o elementos novedosos, omitió aspectos torales y abrió un proceso inusitado de debate convocado por el Congreso de la Unión en forma de audiencias públicas con participación plural de distintos actores, así como en otras instancias, entre ellas, la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior.

Novedosa es la propuesta anticipada por el senador Martí Batres para establecer la obligatoriedad y gratuidad de la enseñanza superior, cuya puesta en marcha requeriría un monto que Imanol Ordorika estima en 14 mil millones de pesos, que las instituciones públicas dejarían de percibir por las cuotas que pagan los estudiantes. Nueva, y grave, es la omisión de la educación inicial como parte del sistema educativo.

La supresión más delicada y potencialmente peligrosa es la de la autonomía universitaria, suprimida inexplicablemente del texto constitucional, que ni los gobiernos más represores en el país se atrevieron a tocar.

En afán de desmarcarse y trazar un punto y aparte con la reforma alentada por el Pacto por México, decidieron trocar los conceptos para adjetivar la educación: de la calidad, a la excelencia. Así está presente en la exposición de motivos, y en la redacción propuesta para el artículo 3º, desde el primer párrafo, como uno de los principios que deben caracterizar la educación, junto con los de universal, gratuita, laica, obligatoria, democrática, integral y equitativa.

Si bien el término calidad, con sus ambigüedades, resulta controvertido, ha sido paulatinamente aceptado en el contexto internacional como un concepto amplio que puede explicarse a partir de algunas dimensiones, como relevancia, eficacia, pertinencia y equidad. El término “excelencia”, por su parte, es menos aceptado y ampliamente refutado.

Pablo Latapí Sarre, en ocasión de la memorable conferencia que presentó cuando recibió el doctorado honoris causa en la Universidad de Colima, en febrero de 2006, disertó sobre el tema. Su discurso, publicado en libro de colección, se titula: Una buena educación: reflexiones sobre la calidad.

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El SNTE y los padres de familia

Hace un par de semanas recibí de la Sección VI un paquete de libros publicados por el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE). Poco antes había tenido oportunidad de hojearlos en reunión con el director de la Universidad Pedagógica Nacional en la Unidad 061; ahora empiezo a leerlos con tranquilidad.

La colección está dirigida a padres de familia y maestros. Se llama, justamente, Escuela de padres. La componen 13 títulos, algunos, abordados ya con cierta profusión, por analizar temas vigentes, como el bullying y acoso escolar, el problema de las drogas o las nuevas tecnologías, pero otros, novedosos, por lo menos desde el ámbito de la escuela que conozco, entre ellos, niños y abuelos, cómo tratar los celos entre hermanos o el divorcio de los padres.

El formato es accesible porque están concebidos como guías pedagógicas, con textos en lenguaje accesible, espaciados adecuadamente, ilustrados y con casos prácticos.

No soy experto en los temas que comprende la colección, así que me abstengo de juzgar la calidad informativa o la pertinencia de los consejos o recomendaciones, además, no los leí todos aún, sin embargo, es un esfuerzo encomiable por varias razones: visibiliza problemas o ámbitos potencialmente conflictivos que parecen zonas privadas, pero pueden obstaculizar la vida social o complejizarla, como la autoestima o la separación de los padres; por otro lado, constituyen la afirmación abierta de que la educación es una tarea social que trasciende la escuela o no puede reducirse a lo que sucede en horarios escolares y delimita el currículum, que deben formarse alianzas con límites y responsabilidades precisas entre la casa y los maestros; que reconoce las posibles carencias de paterfamilias y maestros en el tratamiento de conflictos o asuntos para los cuales no siempre alcanza la buena voluntad.

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Elogios de lo cotidiano

¡Tengo nuevo libro! Disculpen la confesión: me desborda la alegría. Con el pequeño entre las manos cerré una pausa de dos años esperando el momento irrepetible en que abrimos por primera vez las páginas [en este caso] de un producto que costó esfuerzo, incalculables horas, algunos sufrimientos, larga demora y caudalosas satisfacciones.

Con Elogios de lo cotidianoincursiono en un campo distinto al habitual. No es un texto de pedagogía, educación o didáctica, territorios naturales, donde me muevo con cierta familiaridad. Pero tampoco los olvida y, de alguna forma, emerge de su simiente.

No es un libro académico o técnico. A pesar de la confesión, faltaría a la verdad si no reconozco que lo inspiran dos grandes fuentes: la lectura que una noche abrasadora de mayo hice de Georges Perec, escritor francés poco conocido y, por otro lado, los atributos que me parecen imprescindibles en la tarea compleja y apasionante de la educación: la memoria, la lectura, la escritura, la pasión y el valor de reconocer la trascendencia de lo infraordinarioen nuestras vidas, esas pequeñas piezas casi insignificantes que forman el Lego de las vidas humanas.

Cada una de esas motivaciones, la memoria, la lectura, la escritura y la pasión son componentes del ethos pedagógico. A ellas sumo mi afecto por los detalles, por el recuerdo que parecía perdido, abrevado en distintas fuentes, de Joan Manuel Serrat, por ejemplo, cuando elogiaba “aquellas pequeñas cosas, que nos dejó un tiempo de rosas, en un rincón, en un papel…”; o Philippe Jackson en La vida en las aulas, ese formidable texto que me abrió al entendimiento de la compleja atmósfera cotidiana de las escuelas, donde las minucias tejen la vida escolar.

Finalmente, aunque tal vez debía comenzar por aquí, Elogios de lo cotidianoes un libro que escribí rememorando a Quesería, mi pueblo, para honrarlo desde la memoria que conservo, y con él, a mis amigos de la escuela, de la calle, a sus calles, a las estrellas de su cielo, a mi madre.

Es el libro más personal, inesperado, que no tenía en proyecto, y se me apareció una noche. Regalo para festejar un año más de vida que, en el balance final, hasta aquí, presenta saldo feliz, con las arrugas del inoxidable paso del tiempo.