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Pensar la universidad

El anuncio de los festejos por el 80 aniversario de la Universidad de Colima es bienvenido. Hay razones para celebrar al interior de la institución y en la sociedad. Sus varios miles de trabajadores, los más de 25 mil estudiantes y no sé cuantos millares de egresados tendremos alguna motivación para recordarla.

Junto a las fiestas del aniversario que programará un comité, desearía encontrar espacios académicos plurales para pensar la universidad, lejos de los cartabones de informes de labores o documentos institucionales para otros fines, mezclando actores internos e invitados, estudiantes y egresados, profesores y organizaciones sociales. Todos, pensando para construir, no para complacer.

Hacer de la universidad el gran espacio deliberante sería una forma extraordinaria de plantarse frente a la sociedad para decir: así estamos, esto somos, en este momento específico y aspiramos a otros horizontes, sobre todo, porque el periodo rectoral entra a su fase final y la coyuntura tendrá exigencias nuevas.

La universidad que tenemos es producto de la historia, del trabajo intelectual, cultural y material de miles de personas que han pasado por ella; la Universidad que legaremos en las próximas décadas será resultante de lo que hoy hagamos. Ese ejercicio de enorme responsabilidad social no puede realizarse desde la condescendencia, ni la falta de rigor. Tiene que arraigarse en el pensamiento, el ejercicio analítico y el diálogo, incluso, la discrepancia. Pensamiento único es contrasentido, enseñó José Saramago.

El contexto de las universidades públicas mexicanas es inédito. La aprobación del marco jurídico que regulará la educación en el país, especialmente la gratuidad y obligatoriedad de la enseñanza superior, plantea desafíos para los cuales las respuestas del pasado son estériles.

En el 70 aniversario de la Universidad, al recibir el doctorado honoris causaen la magna ceremonia celebrada en el Teatro Universitario, Ángel Díaz-Barriga leyó un texto con el título: Pensar la universidad de cara al siglo XXI. Una obligación intelectual, social y ética. Es una defensa de la universidad como institución pública, autónoma, y de la educación como bien social y derecho humano. Reivindicación de la capacidad de pensar como obligación y privilegio de la universidad y los universitarios.

También es espejo. En lo que llama la “era de políticas de calidad”, el gobierno federal, por razones de presupuesto, conformó un discurso que contrapuso calidad y cantidad. Reconocía que más mexicanos habían ingresado a la educación superior, pero descuidado la solidez de los proyectos educativos. Un discurso que avasalló en aquellos años noventa, cuya inspiración podría encontrarse en el documento “Educación superior. Lecciones de la experiencia”, publicado por el Banco Mundial en 1994.

En el marco de tales políticas, la universidad de las primeras décadas del siglo XXI, asegura Díaz-Barriga, “está más preocupada por el logro de indicadores, a través de los cuales las autoridades locales o los organismos acreditadores juzgan sobre lo que se puede considerar un programa o una institución de calidad”. Reconoce bondades, como la elaboración de planes más realistas y participativos, con mejor operación del presupuesto para los proyectos académicos, pero su balance es crítico.

La educación superior es parte sustantiva del futuro de las naciones, subtitula una de las partes finales del discurso. Luego, nos comparte su lección más trascendente, que sigue vigente como obligación e invitación al mismo tiempo: “repensar el sentido de la institución universitaria, repensar su futuro”, esto es, reconocer logros, el aporte de las políticas, pero también insuficiencias. Pondera, con Michel Freitag, la “función civilizatoria de la universidad”.

Su cierre es una provocación intelectual: ¿cuál es el compromiso civilizatorio que tiene la universidad en este momento? ¿Podrá la universidad dar el paso que la historia hoy demanda?

El oficio de profesor universitario

Karen Rechia, maestra brasileña, expuso a Jorge Larrosa su interés en descubrirle en su faceta como profesor, no de autor o conferencista, como es reconocido en España y varios países latinoamericanos. Ella quería conocerle en su medio, en el aula. Él la invitó a visitarle en la Universidad de Barcelona. Con sus medios y el apoyo de colegas, Karen partió de Brasil y se implicó en la aventura de observar y escuchar las clases de Larrosa durante los meses de febrero a junio de 2015, colaborando con él en el trabajo de tutorías y conversando un día, los viernes, sobre los apuntes que ella tomaba de manera copiosa.

Al año siguiente él la invitó a la presentación de los trabajos finales de los estudiantes. Allí pensaron en la posibilidad de aprovechar las notas de Karen. El resultado de un largo proceso de revisión, depuración y ordenamiento concluyó en un libro estructurado como diccionario con palabras clave en el discurso y el quehacer pedagógico del profesor catalán, como amor, aula, autoridad, basura, disciplina, estupidez, palabras, pensamiento, sermón, tutorías, universidad y zombi. Distinguen entre esas palabras y otras cuestionadas en el universo pedagógico de Larrosa, como aprendizaje, alumno, calidad, comunicación, investigación, objetivos o utilidad.

La obra se lee como una conversación, con niveles de profundidad diferentes, que van desvelando las pistas para imaginar a Jorge Larrosa en su aula, explicando, leyendo de pie a sus estudiantes, analizando las películas que elige para enriquecer los cursos o examinar los contenidos desde otras dimensiones.

Es un ejercicio estupendo que podría guardarse en la biblioteca al lado de las conversaciones entre George Steiner y Cécile Ladjali, o los libros entre Paulo Freire y Donaldo Macedo o Paulo Freire y Antonio Faundez.

P de profesor, se llama el libro, y cumplió el objetivo original: descubrir algunos de los “modos de hacer como profesor de la universidad” de Jorge Larrosa, autor, entre otros libros, de La experiencia de la lectura, Pedagogía profana, Elogio de la escuelay Entre pedagogía y literatura.

Además del placentero viaje en el diccionario pedagógico de los autores, es una invitación seductora, y urgente, a preguntarnos: ¿qué significa ser profesor universitario hoy?

El fenómeno de Finlandia

El fin de semana observé el documental llamado “El fenómeno de Finlandia”, que narra la visita de Tony Wagner al país nórdico para conocer las escuelas, entrevistarse con directoras, profesores y estudiantes, intentando explorar otras vetas del caso finlandés. No es reciente, pero lo desconocía.

Para quienes han leído o estudiado los resultados del sistema educativo finlandés, habrá pocas novedades, aunque muy interesantes, como las sesiones de clase que observó Wagner de maestros formando a futuros maestros; o el escueto plan de clases que le muestren y con el cual ingresa al aula de matemáticas. Otros son caminos ya recorridos, pero que siguen imponiendo una altísima exigencia: la selectiva y privilegiada profesión docente, a que solo pueden aspirar los mejores entre los promedios más altos.

No soy un nostálgico cándido de las recetas de otros países, para aplicarse ingenuamente en el nuestro; sí, un convencido de la pedagogía comparada, y un renegado ante quienes insisten en buscar las soluciones en su propia ignorancia o hurgándose en el ombligo, para revestir de palabras viejas, prácticas o programas también antiguos. Me inspiran casos así, y confirmar en el documental, por ejemplo, que los uniformes escolares no hacen a las buenas escuelas, ni todas esas medidas disciplinarias que terminan por cobrar vigencia en sí mismas, más allá de asumirlas como un mecanismo supeditado al fin superior, la formación de los estudiantes.

Para algunos podría ser asombroso apreciar que los estudiantes en aquel país no llevan uniforme, ni el pelo celosamente recogido, o cortes convencionales. Esa disciplina entre nosotros se entiende como muy importante, y no como una autorregulación del comportamiento y de los hábitos sanos para sí mismos y la convivencia democrática pacífica.

Finlandia sigue siendo ejemplo; para muchos, inspiración, de que en nuestras propias condiciones podríamos construir una escuela mejor, distinta, con renovadas prácticas y compromisos. De que es posible, no hay duda. La primera clave, pensando en futuro, único espacio donde pueden consumarse los cambios estructurales, está en las escuelas normales, en la Universidad Pedagógica y en las facultades de educación, donde se forman los maestros, a donde tendrían que volver los maestros que hoy laboran para revisarse, acompañarse y mejorarse.

Los cambios profundos en educación no ocurren en los discursos grandilocuentes al inicio del ciclo escolar, tampoco en los congresos parlamentarios cuando se decretan leyes; tienen concreción cuando la vida en las escuelas se enriquece, cuando los maestros y los estudiantes enseñan y aprenden con alegría y pasión.

Nuevo ciclo escolar, buenos deseos

El sábado los niños declararon estar preparados para el regreso a clases. Habrá sido así, poco antes o poco después, con la mayor parte de los millones y millones de niños que hoy vuelven a la escuela para el ciclo escolar. Unos irán más contentos, unos con pesadumbre, pero todos aprenderán mucho, sin duda.

Los comienzos, como los finales, encierran sentimientos encontrados. En el inicio hay alegría por las novedades, tristeza por los compañeros que no regresan o cambian de grupo; así con los estudiantes como con los maestros, aunque los adultos, por las vicisitudes de la edad y en muchos casos los vaivenes laborales, suman incertidumbres delicadas.

En casa Mariana Belén mira con nostalgia la lista de compañeros y extraña ya a varios de sus antiguos condiscípulos de primer grado, a las mujeres, sobre todo. Tendrá maestros distintos y otros retos. Juan Carlos, más sereno, solo se inquieta por la petición bizarra de la directora para que acuda a sus clases con un corte de pelo “convencional”, en un gesto propio de esas mentalidades que se perpetúan cuando los tiempos cambiaron y las exigencias disciplinarias imponen mentalidades abiertas e innovadoras, ocupadas en las variables estructurales que inciden en la calidad de las buenas escuelas, no en el color de las calcetas, los moños en el pelo de las niñas o la blancura de los zapatos deportivos.

Este año lectivo tendrá componentes extra: distintos planes de estudio, un proyecto en ciernes para el cual se capacitó a los docentes pero que se aplicará solo en algunos aspectos, dudas sobre las nuevas reglas que regirán la carrera del magisterio, especialmente su ingreso y promociones, entre los más destacados.

Ojalá durante el nuevo ciclo escolar se vayan despejando las incógnitas que siembra la llamada Nueva Escuela Mexicana; que se transite con transparencia hacia un sistema de ingreso, formación, actualización y promoción magisterial que incentive y potencia a los buenos maestros, sensible a todos y que no se resigne ante los malos; que no falten los apoyos que históricamente escasean en miles de escuelas pobres, especialmente las que sirven a los más pobres; que los papás y mamás, desde casa, alienten, acompañen y exijan en la medida justa; y que las autoridades, de la escuela a la más alta jerarquía, asuman el sentido de autoridad recordado por Miguel Ángel Santos Guerra: hacer a crecer al grupo.

Nunca hubo tiempo que perder, ahora menos. El tren del siglo 21 avanza a veces con pasos acelerados, otras con ritmo lento, pero no se detiene. Es urgente apresurarse para no perder el boleto hacia un futuro distinto.

 

 

Pequeño homenaje al maestro Goyo

El inminente retorno a clases de los niños, los primeros momentos del nuevo curso escolar en la Universidad, las nostalgias por tiempos de infancia y un mal pasajero que resiste, me indujeron a no escribir una columna semanal, sino a compartir un pequeño texto que escribí para “Elogios de lo cotidiano”, como homenaje a uno de esos maestros de escuela y de vida que son imborrables, de los que nos vendría bien agradecer antes de que sea tarde.

Pequeño homenaje al maestro Goyo

No puede exigirse a maestros y educadoras que sientan pasión por la enseñanza. A nadie. A mí me parece imprescindible y puedo afirmar que, sin pasión, la docencia no es.

Estudié en la Secundaria por cooperación número 21, en mi pueblo. Fui parte de la última generación. La entrega de certificados fue su clausura. Veinte o veinticinco cohortes egresamos de sus aulas. Laborábamos en el turno vespertino, en las instalaciones de la Eva Sámano de López Mateos, la primaria donde estudié. Después de nosotros tomó la estafeta la Secundaria Técnica número 13, a donde asistirían mis hermanas.

 La 21, como llamábamos, fue obra inmensa de un maestro oriundo, Gregorio Medina González. Después de ejercer su docencia por otros lugares, habrá decidido que era el momento de cubrir un hueco en su pueblo. Con pura voluntad y gran capacidad de persuasión convencía a profesores para que le acompañaran todos los días a darnos clases. La paga salía de los bolsillos de nuestros padres y las becas que teníamos los hijos de obreros azucareros.

Me acuerdo de Goyo Medina y su disciplina; era cabrón. Su mira telescópica le indicaba cuando a los hombres el pelo nos había crecido un centímetro más. Pausado pero firme, sonrisa traviesa y ojos vivos atrás de sus lentes, se acercaba para decirnos suavecito: “mañana visita al peluquero”, “quiero verte las orejas”, “dile a tus papás que ya te corten las greñas”. A la tarde siguiente nuestras orejas mostraban su desnudez.

Con Goyo Medina la hora de entrada era exacta. No había demora, ni después del recreo. Jalar los diablitosera una medida extrema, pero nadie rezongaba, ni se traumó. Joaquín o Jorge Rodríguez, treinta centímetros más altos, 30 años más potentes, no se atrevían a enfrentarlo. Los campeones del basquetbol, ellos, o el más pequeño del grupo, le respetábamos sin cuestionamientos.

Quesería, su pueblo y el mío, le debe reconocimiento al maestro Goyo. Sin él, muchos jamás habríamos podido salir para seguir estudiando. Sin su voluntad y sacrificio, porque puso trabajo y dinero a cambio de la misión pedagógica, muchos seríamos más analfabetas. Una calle, una biblioteca, una escuela, un parque público tendrían que honrar a quien más hizo por la educación de todas esas generaciones.