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¿Pocas o muchas tareas en casa?

Hace tiempo discuto el tema de las tareas escolares para casa. Soy partidario de revisarlas con lupa, de discernir su relevancia. El tema tiene alcances mundiales: en muchos países se analiza la pertinencia de atiborrar a los estudiantes. También están los otros, los sistemas educativos altamente estresantes, orientales, sobre todo, que convierten al alumnado en rehén de las rutinas en la escuela y fuera de ella.

En nuestro contexto, con un sistema educativo escolarizado, la cuarentena nos tomó en fuera de lugar y la improvisación entró a la cancha para tratar de rescatar el partido. Se vuelve más imperativo preguntarse por la relevancia de las tareas, es decir, de las actividades que hoy tienen los niños en el hogar.

En las oportunidades que abordo el tema con educadores, siempre repito: una tarea del alumno equivale a muchas tareas para el maestro. Es una perogrullada: el profesor que deja una tarea a 30 estudiantes [ya sé que en algunos niveles trabajan con 50 o más en el grupo], luego se convierte en 30 tareas, porque el maestro tiene la obligación profesional y ética de revisarlas una por una. Si tiene tres grupos, o cuatro, sus tareas se vuelven 90 o 120. Y si en cada tarea invertirá, pongamos, cinco minutos, entre la lectura y los comentarios que debe hacerle a cada uno, entonces, debe invertir 450 o 600 minutos, es decir, un montón de horas. ¿Es así como funciona la cosa o no?

La cuestión da para muchas reflexiones, pero solo quiero poner una más en la mesa, desde el punto de vista de los padres: por cada tarea enviada, debe recibirse una retroalimentación, por la forma o medio en que el profesor pueda hacerlo.

La fiebre de actividades puede provenir de la autoridad que se lo exige al profesor; por lo tanto, él debe prepararlas con más cuidado, como la mejor clase que no impartirá, pero que dejará aprendizajes en el grupo.

Repito: es preferible una tarea significativa, que produzca aprendizajes, a cinco por día nada más que para tenerlos ocupados, agotándolos y enseñándoles que la escuela, así sea en casa, es una institución de trabajos estériles e injustificados.

Frente al tema de las tareas, me resuenan las palabras de Paulo Freire: la educación debe ser un desafío intelectual, no canción de cuna.

 

 

Examen al Sistema Educativo Nacional

La suspensión de clases durante un mes, incluidas las dos semanas programadas por Santa y Pascua, podrían ser tiempo crucial para contener la propagación del coronavirus. A las vacaciones del periodo se sumarán diez días que luego, declaró el secretario de Educación, buscarán recuperarse.

El aprovechamiento escolar y los programas de estudio son secundarios frente a la prioridad máxima: la salud de niños y maestros, con sus familias, y toda la ciudadanía, por supuesto. Pero podría ser un examen durísimo al sistema educativo nacional en la materia de inclusión de las tecnologías en los procesos de enseñanza y aprendizaje.

Es verdad que la historia de la incorporación de las tecnologías a la escuela no ha sido precisamente exitosa, y que el país hizo inversiones cuantiosas, más o menos derrochadas, peor o mejor invertidas, pero no podríamos decir que los profesores, por ejemplo, son neófitos o ignorantes, no en el caso de Colima, aunque el riesgo de las generalizaciones es alto en un país tan grande y heterogéneo.

Los distintos programas del gobierno federal (Enciclomedia, Habilidades Digitales para Todos, computadoras personales y tabletas para cada estudiante, entre otros) han sembrado de equipos, de proyectos e ideas en las escuelas; también han provocado desaliento, frustración, enojo. Han sido ejemplo de buenas intenciones y malos resultados. ¿Pero, qué dejaron como aprendizajes en escuelas y maestros? Me parece una pregunta pertinente.

Es buen momento para que la Secretaría de Educación Pública desarrolle un programa que monitoree qué aprendieron los maestros durante las décadas pasadas, qué utilidad tienen los cursos, talleres, certificaciones, los equipos donados; y cómo y en dónde los alumnos podrán seguir estudiando con sus maestros a través de las plataformas conocidas.

El balance global tendrá claroscuros. México no construyó un sistema educativo aprovechando las ventajas de la virtualidad, la enorme expansión de los teléfonos celulares y la televisión de paga, o la propia estructura comunicacional del Estado (radio, televisión) para que, por esas vías, exista una propuesta pedagógica interesante, dinámica y potente. Un canal educativo con programación abierta, por ejemplo, para chicos de preescolar y primaria, para los maestros, que podrían aprender en programas inteligentes y bien producidos, con los técnicos y creativos mexicanos que suelen ser de lo mejor en el mundo.

El peor uso de los exámenes es solo para calificar estudiantes. Pero hoy, creo que este examen de cuánto avanzó el país en materia de uso de la tecnología educativa podría convertirse en un punto y aparte para construir con sentido. Por supuesto, la tecnología nunca funcionará en la escuela sin pedagogía.

Es buen momento, creo, para darle una dimensión inédita a la escuela mexicana, nueva y vieja, una que de verdad nos suba al avión del siglo XXI. Una que recoja aprendizajes, diagnostiqué y diseñe los proyectos para posibilitarlo.

El 9 de marzo y la escuela

Al principio de la semana pasada recibimos un recado de la escuela de Juan Carlos: un pedazo de hoja sin distinción o formato especial. Preguntaban si el infante iría a clases este 9 de marzo; aclaraban que las actividades escolares podrían ser atípicas. Advertían que las maestras, base de la planta docente, podrían ausentarse y trastocar la jornada.

A propósito del recado, en la mesa hablamos del asunto. Mariana dijo, en primera instancia, que ella sí iría a clases; que sus maestras habían dicho que asistirían y, en consecuencia, sus amigas. No lo dudaba. Me sorprendió su respuesta y firmeza, por inesperadas, porque creo que estamos a tiempo de enviar o recibir mensajes contundentes.

Sin dilación abordamos el asunto. Expuse mis puntos de vista. Ella sabe, como su hermano, la situación de violencia contra las mujeres, y de violencia en general que vive el país; escuchan las noticias de la mañana mientras se acicalan. Es verdad que México nunca ha sido un paraíso de paz y hermandad, que hemos vivido episodios trágicos permanentemente, pero hoy la situación es insoportable, porque tenemos más medios de información y contención, más escolaridad y un panorama mundial como nunca. Y tenemos también, muchos, pocas ganas de soportar la indignidad.

Mariana dudó ante mis argumentos por su sentido del deber colegial. Apelé a la necesidad de la conciencia, de tener una perspectiva crítica, más allá de partidos políticos, lejos de mesianismos y fundamentalismos siempre peligrosos. Juan Carlos no dudo y saltó a la tribuna: yo no iré a clases; afirmó. Mariana meditó sus palabras y luego habló: tampoco yo.

Hoy 9 de marzo será un día distinto, especial. Tal vez un punto y aparte. Otra historia o, por lo menos, otro capítulo. Ojalá sea el fin de la negra noche, el principio de otro amanecer. No será sencillo. El 12 o el 13 de marzo no dejarán de morir mujeres, pero tal vez, en dos o cinco años, esta fecha sea recordada como el parto de una sociedad menos violenta y más amable.

No tengo duda: nuestros hijos ya son mejores y tienen un grado de conciencia mayor. Con que no los envenenemos o perturbemos, habremos hecho lo que nos corresponde. No estorbarles podría ser la colaboración más grande.

El desafío del COVID-19

Tengo por costumbre ver las noticias a las 6 de la mañana de lunes a viernes. A veces, un canal extranjero; la mayor parte, el noticiero de Leonardo Curzio. Durante varios años seguí a Javier Solórzano. Los cambios de Canal Once, con la nueva administración del gobierno federal, me hicieron abandonar la opción cuando se convirtieron en voceros.

En esos canales sigo desde temprano la evolución del coronavirus. Mis predicciones, que serán las de muchísimos, se cumplieron cabalmente: llegará a México, será una pandemia y conoceremos una experiencia inédita, distinta a todo, por la manera como el mundo se achicó, gracias o debido a la globalización y sus redes sociales.

Con el nivel de eficacia del gobierno federal se me trastocan las coordenadas. Cuando dice: “Estamos preparados”, no sé exactamente qué quiere decir. En Estados Unidos, campeones del pragmatismo, no lo dudaron y pronto fueron contundentes. Hoy hablan de cerrar fronteras a países, México incluido.

Con las deficiencias históricas del sistema de salud pública en México, ahora agravadas por las políticas gubernamentales de la 4T, se me nubla el optimismo. ¿Estamos preparados? Un país como China, capaz de construir un hospital que en nuestro país podrían tardarse años y terminarse con defectos, ha demostrado virtudes y flaquezas.

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Avances y retos de la educación en Colima

La Fundación Cultural Puertabierta publicó en noviembre pasado el libro colectivo Colima: avances y retos. Educación, primer volumen de una colección dirigida a analizar el presente y perspectivas del estado en la próxima década.

La Fundación Puertabierta organiza en la capital colimense el Festival Internacional de la Palabra -este año será su cuarta edición-, y ha sido anfitriona de intelectuales y escritores como Fernando del Paso, Jaime Labastida, Marco Antonio Campos, Juan Villoro, Federico Reyes Heroles, Vicente Quirarte y Julia Carabias, con apoyo de varias instituciones, de manera destacada el gobierno estatal y la Universidad de Colima.

Invitado por la Fundación asumí la tarea de coordinar la obra referida, con la participación espléndida de un grupo de colegas, quienes escribieron capítulos donde repasamos distintos temas.

En las presentaciones que hemos hecho en varias instituciones educativas afirmé: no es el mejor escrito, tampoco el más actualizado, ni el más extenso libro sobre la educación en Colima: hoy es el único. Gracias a las gestiones, el libro fue coeditado por la Legislatura actual de la Cámara de Diputados y la Red de Evaluación Educativa.

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