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La docencia como oficio

Comenzamos un nuevo ciclo escolar en condiciones insólitas. A las aulas de la Universidad llegarán estudiantes de secundaria y bachillerato que no conocemos los profesores. ¿Cómo podemos hacer para conocerlos un poco?, me preguntaron el sábado. Quisiera tener la respuesta, o las respuestas, y que fueran útiles, pero tengo más dudas que certezas. También me ganan temores y no fútiles.

Si el desafío fuera sólo arrancar un semestre, llenar informes que den cuenta de que las cosas están en su sitio, ya podríamos estar cómodos. Pero la educación escolarizada es más que su burocracia, inevitable y necesaria hasta cierto punto, a condición de que sea mínima y no fastidie demasiado.

En el mundo de la docencia existen muchas metáforas para definir la profesión. Dos me gustan para ilustrar distintas formas del ejercicio. Una es la del pastor, que tiene la tarea de llevar a todo su rebaño, con un perro y un cayado, del mismo punto, a un destino común, al mismo tiempo y sin consideraciones particulares. Otra es la del profesor como un jardinero, que entiende que en su jardín hay unas plantas que necesitan más agua, sol, sombra, podas en ciertas épocas del año, abonos, y así las atiende. La docencia, qué duda cabe, es más parecida a la tarea del jardinero.

La docencia es más un arte que una ciencia, un oficio antes que un algoritmo. No es un grado menor de la actividad intelectual o profesional. Si eso es aceptado en condiciones de normalidad, en las que produjo la pandemia y el confinamiento, su vigencia es mayúscula: ¿podemos planear un curso a detalle para grupos que no hemos visto, con estudiantes desconocidos? Sí, podemos, como en la parte posterior de las cajas de harina se incluyen recetas para fabricar hot cakes o galletas, pero la educación no consiste en eso, y las recetas son lo menos pedagógico que podemos idear para encarar un curso.

Si un semestre nuevo es un desafío siempre, en estas condiciones, la cosa es más complicada. Ojalá estemos a la altura, profesores y autoridades, para que ese primer año de los niveles universitarios sea la puerta de ingreso pleno a una carrera o estudios de bachillerato, y no la de salida hacia otros mundos.
Ojalá los estudiantes tengan la voluntad y coraje para aprovechar el privilegio de cursar estudios universitarios, sobre todo, cuando sus padres no llegaron a la universidad.

Educación como práctica de la libertad

Cuando llegué a la Facultad ignoraba casi todo. Cuando egresé, nueve semestres después, había avanzado algunos casilleros en el camino de la alfabetización pedagógica.

De los 60 cursos que tomé para obtener un título como licenciado en Educación Superior, de varios podría hacer un comentario medianamente verídico. De otros recuerdo algo que haya usado en todos los años que siguieron, por relevancia curricular y curva del olvido.

De lo más valioso que encontré en la incipiente primera facultad universitaria de Colima fue a Paulo Freire. Lo repito incesante: el más grande de los educadores latinoamericanos, uno de los pilares de la pedagogía del siglo XX.

No se leía mucho a Freire, porque en Colima teníamos poco acceso. Tres títulos recuerdo, de los tres, conservo los ejemplares que compré entonces, de los primeros que formaron mi biblioteca: La educación como práctica de la libertad, Pedagogía del oprimido y ¿Extensión o comunicación?: la concientización en el medio rural. Los leí más de una vez. No sé cuánto entendí cada vez que los releía. En mi biblioteca ocupan un sitio especial.

Este 19 de septiembre Paulo Freire habría cumplido 99 años. Su presencia crece en el mundo, como la obsesión del nefasto presidente brasileño de borrar su legado. Este año nuestra Facultad de Pedagogía cumplió 35 febreros; los festejos, apagados por la pandemia del COVID-19, tienen su nombre. En el mundo entero habrá celebración por el centenario durante 2020 y 2021.

Lo he escrito más de una vez: Paulo Freire había aceptado el doctorado honoris causa de la Universidad de Colima; habría sido la única universidad mexicana que se lo entregara. No pudo ser, y en cada fecha donde lo recordamos, como ahora, no dejo de revivir el imborrable momento en que pude hablar con él por teléfono para ofrecerle la distinción, las palabras que cruzamos y todas las emociones de aquellos momentos, previos a su infausta partida.

A veces pienso que soñé. Que nunca hablé con Paulo. Luego hurgo en mi archivo y encuentro el fax donde me respondió que sí, que aceptaba, entonces vuelvo a sonreír y celebro la felicidad de haberle leído, de seguirle leyendo y escucharlo por unos minutos, con un eco cada vez más lejano.

Educación superior gratuita sin presupuesto

La nota periodística de La Jornada, escrita por Víctor Ballinas y Andrea Becerril el 10 de septiembre, comienza así: “Con el aval de todas las fuerzas políticas, se presentó ayer en el Senado la iniciativa de Ley de Educación Superior, en la que se establecen las bases para que el Estado cumpla con la obligación de garantizar el derecho de los mexicanos a la instrucción universitaria gratuita”.

Según la nota, en el artículo 64 de la iniciativa, el Proyecto y Decreto de Presupuesto de Egresos de la Federación “establecerá un fondo federal especial destinado a asegurar a largo plazo los recursos económicos suficientes para la obligatoriedad, de manera gradual, de los servicios de educación superior”; ese fondo permitiría “apoyar el incremento de la cobertura de educación superior, mejorar la distribución territorial y la diversidad de la oferta educativa, y garantizar el financiamiento plurianual de la infraestructura, equipamiento, instalaciones, incremento de la planta docente y gastos de operación de las instituciones públicas de educación superior”.

A reserva de las discusiones que puedan suscitarse, el consenso para su presentación, con la participación de todos los partidos, supone que no habrá problemas para una aprobación rápida. Aplausos unánimes.

Pero aparecen las contradictorias posiciones en el partido gobernante respecto a la educación. Un día antes de la iniciativa, en el Senado se entregó el Proyecto del Presupuesto de Egresos de la Federación del año 2021. Desde los primeros análisis hubo rechazo en distintos sectores magisteriales. Destaca, tristemente, el recorte de varios programas federales que sostendrían el discurso de la educación con equidad, entre ellos, la desaparición de tres: Escuelas de Tiempo Completo, Expansión en la oferta en educación media superior y superior y Fortalecimiento a la excelencia educativa.

Lo mismo sucede con el no menos despiadado recorte del presupuesto para las escuelas normales, cuando el secretario de Educación Pública ha insistido durante dos años en la revalorización del magisterio, la relevancia de las escuelas normales y la sensibilidad de la SEP para trabajar junto a los maestros.

Contra el discurso, el presupuesto dicta otra línea. El mismo día la Junta de la Coordinación Nacional de Autoridades de Educación Normal, en representación de las 32 entidades, expresó su “preocupación” por el presupuesto que les asigna el Proyecto de Egresos. La educación normal sólo recibirían 20.6 millones de pesos, equivalente a 229 pesos por estudiante en 2021, denuncia en su pronunciamiento dirigido a los secretarios de Educación Pública y Hacienda y al presidente de la Comisión de Presupuesto y Cuenta Pública de la Cámara de Diputados. Tijeretazo brutal de 95.3% con respecto al presupuesto 2020.

La primera decisión tendrá hondas implicaciones. Constituirá un punto y aparte en la historia de la educación nacional, aunque los cambios en la ley queden lejos de las realidades. Las universidades públicas autónomas tendrán que comenzar procesos de ajustes internos graduales, como todo el sistema, lo cual obligará a discutir seriamente los procesos de admisión, entre otros temas.

Pero el presupuesto para 2021 también tendrá repercusiones graves, aunque tal vez sea sólo pasajero y, lo mejor, pueda rectificarse en las discusiones del Congreso.

Los dos hechos están ahí. De alguna forma reflejan el estilo de gobernar, con mensajes contradictorios y decisiones que a veces no se sustentan en condiciones factibles. Dos de los programas que fortalecerían la decisión trascendente sobre la educación superior (Expansión en la oferta en educación media superior y superior y Fortalecimiento a la excelencia educativa) están orientados a esos propósitos; quizá su pecado es que no fueron creados en este sexenio. Es verdad que hay un ligero incremento global para educación media superior y superior, pero la organización “Mexicanos Primero” en su análisis lo atribuye a los programas de becas: financiamiento a la demanda, no a la oferta, propuesta clásica del neoliberalismo.

Cierro con preguntas obvias que circulan en el ambiente cuando se repasan estas noticias: ¿gratuidad de la educación superior sin recursos adicionales para que las universidades públicas se recuperen de los recursos que no obtendrán por concepto de cuotas? ¿Cómo se amplia el cupo de las universidades públicas sin más recursos para contratación de profesores? ¿Alguno de los magos de la política oficial tiene la respuesta?

Morir en el aula

Cuando llegó la pandemia me propuse escribir con el tono más optimista posible, sin caer en cursilerías. Era una manera personal de abrir un espacio lejos del miedo o la tensión de jugarse la salud cada vez que sales de casa. A veces no se puede: he tenido que contar hechos tristes o duros. Hoy es uno de esos días.

Si un gesto de heroísmo dramático hacía falta en el gremio docente, ocurrió en Argentina. Mientras daba clases a sus alumnos en Zoom, Paola Regina De Simone perdió la vida ante las miradas estupefactas de sus alumnos en la Universidad Argentina de la Empresa.

La noticia sacudió a la sociedad bonaerense y conmueve más allá, especialmente a los educadores. Es una obligada invitación a detenernos un momento, por lo menos, para reflexionar sin anestesia.

Los hechos funestos de enfermeros, médicos y personal de salud que perdieron la vida en todo el mundo son incomparables, sin duda; en esa contabilidad, se sabe, México es campeón del mundo. Pero en otras profesiones los riesgos también son altos, como la docencia, sobre todo cuando volvieron las clases a las aulas. Ahí están los ejemplos recientes de Francia, o los debates en España por el retorno a las escuelas.

Paola Regina De Simone no es la única maestra que pierde la batalla contra el coronavirus, pero el escenario que la rodeó en los últimos instantes alcanza dimensiones terribles. Además, el hecho duele y conmueve por solidaridad gremial. En esas derrotas no hay segundas oportunidades.

Me gustaría no escribirlo, ni siquiera pensarlo, pero Aprende en casa, y la propia pandemia, podría causar daños emocionales (y físicos) tremendos a profesores sometidos a jornadas extenuantes, bajo presiones externas y controles a veces absurdos, sin entrenamientos indispensables ni acompañamiento; incluso, con escasa comprensión en muchos momentos.

Pienso, como he escrito antes, en la instrucción que dio el secretario de Educación Pública para que los maestros se pongan de acuerdo con los padres y se comuniquen cuando las familias puedan. Siendo loable, es tremenda la carga laboral y emocional para un docente que podría empezar su jornada laboral a las 7 de la mañana y terminarla a las 11 de la noche, sólo en la relación con padres y madres. ¿Y qué tienen a cambio los profesores por parte del gobierno o los sindicatos?

Ya conozco los casos de varias colegas y amigos que siguen trabajando sábados y domingos en estas circunstancias. No es para aplaudirse. No son héroes lo que necesita la educación, solamente profesores que cumplen sus trabajos en horarios y condiciones dignas. Nada más.

Es verdad que la pandemia cambia las circunstancias, pero justamente la adversidad tiene que conducirnos por los rumbos de la cordura y, en estas condiciones, el imperativo categórico es la vida, la buena salud.

Pongamos aparte el caso del personal sanitario, que merece otras condiciones. La docencia también es una profesión de riesgo. No hacen falta más víctimas para reflexionar en la vulnerabilidad de una profesión ejercida con mucha voluntad de sus practicantes; ella es necesaria, pero no suficiente.

Festejos apagados

Cuando la Universidad de Colima cumplió 70 años festejamos de formas ahora imposibles. En febrero de 2010 nos visitó Fernando Savater, el filósofo español de talla internacional, para una conferencia memorable que tuve la fortuna de editar en un libro de bella manufactura. No pudimos tener comienzo más excepcional. Al acontecimiento le faltó un auditorio más grande que el Teatro Universitario, porque la demanda de entradas superó el aforo.

En septiembre, fecha del aniversario, una ceremonia magna en el Consejo Universitario invistió a cuatro doctorados honoris causa de distintas áreas. De la propuesta que me encargué salió otro libro, de Ángel Díaz-Barriga, tercero de una colección inaugurada con el discurso como honoris causa de Pablo Latapí Sarre.

Diez años después la situación es distinta e inédita. Cuando planeamos una fiesta prolongada en la Facultad de Pedagogía por sus 35 años, honrando a Paulo Freire, el más universal de los educadores latinoamericanos, interrumpimos la agenda por la pandemia. Sólo en febrero tuvimos la presencia virtual de tres eximios freireanos, los tres con discursos desde Europa: Juan Miguel Batalloso, en Sevilla; Pep Aparicio, desde Valencia, y Miguel Escobar en París, discípulo de Freire en África.

Más actividades habíamos ideado pero debimos suspenderlas o dejarlas en espera. Lo que haremos, más tarde de lo previsto, es un libro conmemorativo por los 35 años de la primera facultad universitaria en Colima.

El fin de semana lo pasé corrigiendo la versión que pronto enviaremos a la editorial para tenerlo impreso antes de terminar el año. Un año que, por la contingencia mundial, ensombrece nuestros festejos pero no las ganas de celebrar, de recordarnos pasado y presente, para aventurarnos a imaginar futuros promisorios, por los que se fueron con la tarea cumplida y los que llegan a la profesión, y por la educación en Colima.