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El SNTE y los padres de familia

Hace un par de semanas recibí de la Sección VI un paquete de libros publicados por el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE). Poco antes había tenido oportunidad de hojearlos en reunión con el director de la Universidad Pedagógica Nacional en la Unidad 061; ahora empiezo a leerlos con tranquilidad.

La colección está dirigida a padres de familia y maestros. Se llama, justamente, Escuela de padres. La componen 13 títulos, algunos, abordados ya con cierta profusión, por analizar temas vigentes, como el bullying y acoso escolar, el problema de las drogas o las nuevas tecnologías, pero otros, novedosos, por lo menos desde el ámbito de la escuela que conozco, entre ellos, niños y abuelos, cómo tratar los celos entre hermanos o el divorcio de los padres.

El formato es accesible porque están concebidos como guías pedagógicas, con textos en lenguaje accesible, espaciados adecuadamente, ilustrados y con casos prácticos.

No soy experto en los temas que comprende la colección, así que me abstengo de juzgar la calidad informativa o la pertinencia de los consejos o recomendaciones, además, no los leí todos aún, sin embargo, es un esfuerzo encomiable por varias razones: visibiliza problemas o ámbitos potencialmente conflictivos que parecen zonas privadas, pero pueden obstaculizar la vida social o complejizarla, como la autoestima o la separación de los padres; por otro lado, constituyen la afirmación abierta de que la educación es una tarea social que trasciende la escuela o no puede reducirse a lo que sucede en horarios escolares y delimita el currículum, que deben formarse alianzas con límites y responsabilidades precisas entre la casa y los maestros; que reconoce las posibles carencias de paterfamilias y maestros en el tratamiento de conflictos o asuntos para los cuales no siempre alcanza la buena voluntad.

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Elogios de lo cotidiano

¡Tengo nuevo libro! Disculpen la confesión: me desborda la alegría. Con el pequeño entre las manos cerré una pausa de dos años esperando el momento irrepetible en que abrimos por primera vez las páginas [en este caso] de un producto que costó esfuerzo, incalculables horas, algunos sufrimientos, larga demora y caudalosas satisfacciones.

Con Elogios de lo cotidianoincursiono en un campo distinto al habitual. No es un texto de pedagogía, educación o didáctica, territorios naturales, donde me muevo con cierta familiaridad. Pero tampoco los olvida y, de alguna forma, emerge de su simiente.

No es un libro académico o técnico. A pesar de la confesión, faltaría a la verdad si no reconozco que lo inspiran dos grandes fuentes: la lectura que una noche abrasadora de mayo hice de Georges Perec, escritor francés poco conocido y, por otro lado, los atributos que me parecen imprescindibles en la tarea compleja y apasionante de la educación: la memoria, la lectura, la escritura, la pasión y el valor de reconocer la trascendencia de lo infraordinarioen nuestras vidas, esas pequeñas piezas casi insignificantes que forman el Lego de las vidas humanas.

Cada una de esas motivaciones, la memoria, la lectura, la escritura y la pasión son componentes del ethos pedagógico. A ellas sumo mi afecto por los detalles, por el recuerdo que parecía perdido, abrevado en distintas fuentes, de Joan Manuel Serrat, por ejemplo, cuando elogiaba “aquellas pequeñas cosas, que nos dejó un tiempo de rosas, en un rincón, en un papel…”; o Philippe Jackson en La vida en las aulas, ese formidable texto que me abrió al entendimiento de la compleja atmósfera cotidiana de las escuelas, donde las minucias tejen la vida escolar.

Finalmente, aunque tal vez debía comenzar por aquí, Elogios de lo cotidianoes un libro que escribí rememorando a Quesería, mi pueblo, para honrarlo desde la memoria que conservo, y con él, a mis amigos de la escuela, de la calle, a sus calles, a las estrellas de su cielo, a mi madre.

Es el libro más personal, inesperado, que no tenía en proyecto, y se me apareció una noche. Regalo para festejar un año más de vida que, en el balance final, hasta aquí, presenta saldo feliz, con las arrugas del inoxidable paso del tiempo.

¡Adiós al INEE!

El lunes 21 de enero fuimos enterados, vía teleconferencia, que el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE) cerraría las 32 direcciones en las entidades federativas. La Junta de Gobierno tomó la decisión obligada por las circunstancias políticas y presupuestales, que colocaron al Instituto en la precaria condición de laborar con una reducción brutal del presupuesto respecto a 2018.

El recorte fue otra de las maniobras del Gobierno Federal y su Congreso, para dejar en claro que el INEE no forma parte de sus planes de impulsar la cuarta transformación, e incluso, estorba. Si con Enrique Peña Nieto se encarceló a la entonces lideresa sindical, con el nuevo gobierno el INEE cargó las culpas de la “mal llamada reforma educativa” y su “evaluación punitiva”, a la cual pretenden borrarle hasta las comas que alguno de ellos colocó jubiloso hace seis años.

Vivimos los últimos días de trabajo en la Dirección del Instituto en Colima. Cerraremos un ciclo que comenzó 34 meses atrás. La experiencia ha sido extraordinariamente enriquecedora. Desde el ámbito que nos correspondía intentamos colaborar al mejoramiento del sistema educativo estatal.

El Instituto tenía proyectos muy valiosos, tareas esenciales para el sistema educativo y su evaluación, pero nada de eso tenía sentido sin la cooperación de las autoridades, de los actores locales, de quienes hacen de la educación su trabajo cotidiano o reciben sus beneficios. En Colima entendimos ese imperativo, de colaborar y sumarnos. Tratamos de cumplir y las huellas de nuestro paso quedarán para las valoraciones. No haré un repaso de las actividades, sería prolijo y mi espacio breve.

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Maestros de primera y de segunda

Seguí con atención el debate por los servicios médicos de los maestros de la Sección 39 del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación. Leí argumentos de ambas partes, y de terceros. Entiendo algo de las razones y motivaciones. Una de las declaraciones se me quedó dando vueltas: no puede haber maestros de primera y de segunda, argumentaron para sustentar la propuesta de quitarle los servicios médicos particulares a los agremiados. Quién lo dijo es irrelevante para esta reflexión; importa el problema que revela: la condición de los maestros.

Creo que todos estamos de acuerdo: no puede haber unos maestros en mejores condiciones y otros en el inframundo. El piso mínimo de los docentes (no entro en otras profesiones) debe ser parejo; pero me rebullen las dudas: si unos tienen una posición conquistada, ¿deben perderla para descenderlos dos pisos? La buena salud no es privilegio, es acto de justicia, sobre todo en una profesión tan desgastante física y emocionalmente.

Afirmar desde la comodidad o la ignorancia que no puede haber maestros de primera y de segunda parece una posición muy “progre”, pero destila ignorancia. Explico. En el país, en Colima, hay maestros de primera, de segunda, de tercera… No por su valía, o por sus empeños cotidianos, sino por las condiciones en que laboran unos y otros, por el trato que reciben, por la situación en que se los coloca. Si se trata de cambiar el estado de cosas para bien, ¿hay que mirar hacia adelante o al pasado? ¿Para arriba o para abajo? ¿Progresar o retroceder?

Ahondo. La docencia es una profesión precaria para miles y miles de profesores en México. No estoy descubriendo nada, ni soy pionero en el tema. Abundan ejemplos. Ahora mismo los profesores de inglés están denunciando en redes sociales las condiciones en que trabajan: sin seguro médico, sin prestaciones, sin aguinaldo. ¿Esos maestros de inglés son de segunda o de tercera? ¿Es admisible el trato que reciben?

La existencia histórica de maestros laborando sin plaza o base, “por contrato”, divide, precariza y estigmatiza. Si se piensa que tener servicios médicos particulares para los maestros es un privilegio (que paga parcialmente el propio trabajador), habría que pugnar, especialmente quienes toman decisiones, porque todos tengan la atención médica digna que hoy está lejos de la gran mayoría de los mexicanos. La salud es un derecho, y estar registrados en una institución pública no garantiza buena atención, como estar inscrito en una escuela no garantiza buena educación.

Ojalá las soluciones del nuevo gobierno atiendan las raíces de los problemas y no algunas de las consecuencias. La primera prueba desacredita: el presupuesto para 2019 no vislumbra la eliminación de terribles desigualdades y puede acentuarlas.

Ojalá no haya maestros de segunda, ni de tercera o cuarta, esa tendría que ser la genuina preocupación y una de las batallas más importantes. Deseo que pronto conozcamos el proyecto para que todos los maestros en México, paulatinamente y con transparencia sean de primera. Eso sería en verdad transformador.

Evaluación docente: sí o no. Los maestros de Colima

La reforma educativa de Enrique Peña Nieto fue reducida a la evaluación docente, y más puntualmente, a la evaluación para la permanencia. No fue accidental. La creación del Servicio Profesional Docente atentaba contra intereses y prácticas rancias, contra redes de complicidad noqueadas con el encarcelamiento de la poderosa jefa vitalicia del Sindicato. La intención era aceptable, las formas de implementación fracasaron. La condena gubernamental juzgó, sin derecho a defensa, que el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE) era el culpable y por eso, explicó el secretario de Educación, se le pretende eliminar. La historia es compleja y no se puede contar en 800 palabras.

La puesta en marcha de la evaluación docente fue desafortunada y dejó secuelas. Se suavizaron las formas, pero prevalecieron inconformidades. Las críticas expertas y las resistencias magisteriales, acentuadas en algunas entidades, anidaron cuestionamientos severos que nunca desaparecieron y fueron aprovechados en la campaña presidencial. El nuevo gobierno propone exterminar con la varita mágica de los 30 millones de votos y el control del Congreso de la Unión el sistema para evaluar docentes. Su alternativa todavía no se esboza: solo se anuncia una evaluación ligada a la formación. La intención por sí sola no basta, por su nivel de vaguedad. Veremos qué propone.

Entre los consensos en los expertos aprecio uno: que el ingreso a la carrera magisterial sea por concurso. Es decir, que desapareciendo el entramado creado con la reforma educativa, persista el examen de ingreso en una versión revisada y probablemente mejorada.

Una de las funciones que desempeñó el INEE en los procesos de evaluación de maestros fue la supervisión en algunas de las sedes de todas las entidades, así como la aplicación de una encuesta de satisfacción anónima y voluntaria. Explora aspectos como la convocatoria y el registro, la atención de las autoridades, la aclaración de dudas, la utilidad de las guías de estudio, la relación entre las guías y los exámenes, los contenidos del examen (claridad de preguntas, aspectos, extensión contextualización), las condiciones de las sedes, el funcionamiento de los equipos y el apoyo de los aplicadores.

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