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La universidad: conciencia crítica

Antes de decidirme a publicar este artículo sobre la universidad y su papel en momentos aciagos, deseché dos escritos en días pasados, con fondo común: el debate de los candidatos al gobierno del estado y la ausencia del tema educativo. Opté por publicar los párrafos siguientes, escritos originalmente en 2011, porque hoy confirmo su vigencia frente a lo observado el domingo por la noche y en las dos campañas electorales para el gobierno de la entidad. Enseguida, el artículo.

Absortos en los vericuetos personales, solemos perder de vista lo social; hoy pienso, por ejemplo, en el sentido de las instituciones. Eso concluí después de la lectura de un lúcido ensayo de Carlos de la Isla, profesor del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), quien ofrece un excelente compendio de reflexiones sobre la misión de las universidades.

En principio, invita a precisar qué entendemos por universidad. No es una pregunta irrelevante, pues más que de un sentido, en singular, tenemos que hablar de las universidades, en plural, y con una enorme y a veces contradictoria diversidad. Hay de universidades a universidades. Milton y Rose Friedman, padres del neoliberalismo, propusieron hace algunas décadas la noción de universidad mixta (algo así como pública-privada), existen las universidades empresariales ligadas a los grandes monopolios comerciales, las universidades tecnológicas o las politécnicas y, por supuesto, las públicas y privadas, cada una con sus múltiples variantes, desde las auténticas grandes instituciones hasta aquellas que, en estricto sentido, sólo podríamos calificar como “establecimientos escolares”, eufemismo para referirse a mercaderes de diplomas.

En el ensayo, Carlos de la Isla recoge varias visiones sobre la institución universitaria. Expongo algunas. Para el Cardenal Newman, la “universidad es la comunidad de estudiantes y profesores que se reúnen para pensar”. Para Sartre: “la universidad está hecha para hombres capaces de dudar”; mientras que Robert Hutchins la define como: “espacio recogido para meditar los problemas intelectuales del mundo”. Karl Jaspers afirma: “la universidad es el recinto sagrado de la razón”.

Es obvio el denominador común: pensar. Una universidad no se concibe alejada de la función de pensar, meditar, analizar, dudar, razonar. Las universidades piensan y enseñan a pensar. Entonces, concluye Carlos de la Isla, la universidad es conciencia crítica de la sociedad, en especial, frente a la destrucción del planeta, guerras inhumanas y azuzadas por intereses comerciales, el hambre y la miseria, asimetrías sociales, injusticias o las falencias de la democracia.

La universidad tiene que jugar un papel crucial en el escenario social convulso. Primero, dice Carlos de la Isla, no ser cómplice de la irracionalidad y la barbarie, a las que debe denunciar y desenmascarar: “la universidad debe conservar siempre su independencia, autonomía y libertad para juzgar, denunciar, anunciar e inventar para preservar la independencia y la libertad de la sociedad. Por eso se ha dicho con mucha razón que el pueblo que no fomenta la educación superior, que no robustece su Universidad, está destinado a la dictadura -de un hombre o partido, de la miseria, de la estupidez-. Porque la actitud crítica de los universitarios, de los ilustrados, no sólo de los que aún piensan en las aulas, sino de todos los egresados que son la proyección de la Universidad, constituyen la gran defensa de la libertad. Aunque hay que decirlo también: existen universitarios ilustrados que caen en el servilismo y éstos son los que generan el despotismo ilustrado.”

Si esta es la definición, o el carácter que atribuimos a la universidad, cuánto estamos avanzando en ese camino en México y en Colima: ¿cuál es el lugar del pensamiento, de las ideas, de la crítica?

Un colega del profesor De la Isla, también del ITAM, José Ramón Benito, escribió otro texto urgente: “Hay que defender la inteligencia si queremos salvar la universidad, si no queremos privar al hombre y a la sociedad de una óptima, más aún, necesaria condición para salvaguardar su dignidad y lograr su desarrollo integral.”

 

La ciudad de los niños

La ciudad de TonucciMientras leo La ciudad de los niños, del pedagogo y caricaturista italiano Francesco Tonucci, no pude dejar de pensar unos minutos en las deplorables campañas electorales que vivimos en Colima.

Unas imágenes y otras se ubican en las antípodas. De lo segundo no escribiré; además del voto de silencio autoimpuesto, sobran palabras ante hechos ominosos. Lo primero puede resumirse en una expresión: una nueva filosofía para gobernar las ciudades.

La ciudad de los niños es parte de un conjunto de iniciativas e ideas que surgieron en distintos países del mundo, principalmente europeos, para armonizar las relaciones entre los seres humanos y con las ciudades o pueblos, con la comida, con los autos, con la escuela.

Tres movimientos en especial me llaman la atención y estudio con interés: las “ciudades educadoras”, un proyecto mundial con sede en Barcelona, que incluye a más de 600 ciudades, una de ellas, Colima; “ciudades lentas”, que luego se trasladaron a otros ámbitos, como la comida o la educación, y constituye un replanteamiento de las prioridades, para sujetar los tiempos del reloj al kairós, el tiempo de la oportunidad, para disfrutar de otras manera la relación humana, con la naturaleza, la educación, los alimentos.

“La ciudad de los niños” nació en Fano, una población italiana donde se invitó a Francesco Tonucci para organizar inicialmente, en mayo de 1991, una semana dedicada a la infancia, a la cual llamaron así: La ciudad de los niños. El exitoso desarrollo de las actividades culminó con un acuerdo para repetir la experiencia anualmente.

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Educando en el circo

grancircoalaskaEn cada generación de estudiantes de la Facultad de Pedagogía encuentro razones para alentar la vocación, para seguir confiando en que tenemos posibilidades de ganar la batalla contra la mala educación que se instala peligrosa y masivamente en las escuelas mexicanas, públicas y particulares.

De casi cada uno de los grupos recuerdo los nombres; pero no miento, ni quiero ser descortés, si admito que algunos alumnos tienen un sitio aparte, porque a la memoria adhiero afectos y agradecimientos. En ese grupo ahora recuerdo a Marina Espada, estudiante malagueña de intercambio que vino por un semestre y se quedó un año, con Gloria, en Colima, estudiando y conociendo parte de México, regalándonos, además de amistad, la generosidad del buen corazón que la mueve.

Marina, como Gloria, también española, tomaron un par de cursos conmigo y la experiencia de cada clase fue muy enriquecedora para el profesor que escribe. Y lo sigue siendo, tanto, que Marina leyó por petición expresa un ensayo que dos años después se convirtió en libro colectivo (Memoria y presente. Tres décadas de Pedagogía en Colima) para honrar los treinta años de la primera facultad universitaria de Colima, la de Pedagogía. Un párrafo entusiasta y desafiante que envió en su comentario cierra los epígrafes que elegí para mi capítulo.

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La insoportable brevedad del poder

Nadie es tan poderoso para sentarse impávido a mirar cómo transcurre la eternidad. Nadie. Aunque los acólitos y jilgueros de la prensa no se cansen de repetirle, un día sí, otro también, que nadie es más guapo, inteligente y carismático, la cortina del poderoso termina por desvelarse suavemente o caerse en pedazos. Como cayeron los tiranos de distintas épocas y geografías, con más o menos infortunio.

¿Qué es un político en este medio mexicano, colimense, sin un aparato propagandístico fina y generosamente aceitado con pesos y regalos? ¿Qué es un político sin micrófonos siempre a su disposición, sin reporteros que olvidaron las fronteras de la dignidad profesional? No digo que no habrá de otra calaña, pero la gran mayoría son de oropel.

Pepe Mujica, viejo sabio (no me canso de repetirlo y él de confirmarlo), volvió a hacer declaraciones para la prensa española hace diez días. Los políticos, aunque se ubiquen en las antípodas del ex presidente uruguayo, harían bien en escucharle, aunque no admitan nada ni lo declaren.

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El recorte a las universidades estatales

El impacto del recorte a las universidades públicas estatales será paralizante en muchas áreas y actividades centrales.

El 2 de noviembre un grupo de rectores, mediante desplegado en medios, reclamaron dos reducciones anunciadas: una ya aplicada del 30% en el Fondo para Elevar la Calidad de la Educación Superior, y otro, por lo menos del 66%, en el Programa de Fortalecimiento de la Calidad en las Instituciones Educativas (Profocie), popularmente conocido desde su origen como PIFI.

El recorte se había previsto desde agosto, según puede constatarse en medios periodísticos. La postura de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES) en voz del secretario general fue inmediata ante el anuncio: rechazo y petición de incremento.

La respuesta del secretario de Educación en septiembre y hace cinco semanas había sido negativa: no habrá reducciones. El 25 de noviembre pasado pidió acatar el “inevitable recorte”.

El financiamiento que las universidades reciben para desarrollar sus proyectos con el fondo extraordinario del Profocie podía representar el cinco por ciento de su presupuesto. Parece marginal, pero habida cuenta de la forma como la maquinaria universitaria consume el presupuesto en salarios y prestaciones, ese porcentaje dedicado a actividades académicas, como la movilidad de profesores y estudiantes, la publicación de libros o la realización de cursos para maestros, el apoyo en la reestructuración de planes de estudio, conformará un escenario adverso.

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