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La ciudad de los niños

La ciudad de TonucciMientras leo La ciudad de los niños, del pedagogo y caricaturista italiano Francesco Tonucci, no pude dejar de pensar unos minutos en las deplorables campañas electorales que vivimos en Colima.

Unas imágenes y otras se ubican en las antípodas. De lo segundo no escribiré; además del voto de silencio autoimpuesto, sobran palabras ante hechos ominosos. Lo primero puede resumirse en una expresión: una nueva filosofía para gobernar las ciudades.

La ciudad de los niños es parte de un conjunto de iniciativas e ideas que surgieron en distintos países del mundo, principalmente europeos, para armonizar las relaciones entre los seres humanos y con las ciudades o pueblos, con la comida, con los autos, con la escuela.

Tres movimientos en especial me llaman la atención y estudio con interés: las “ciudades educadoras”, un proyecto mundial con sede en Barcelona, que incluye a más de 600 ciudades, una de ellas, Colima; “ciudades lentas”, que luego se trasladaron a otros ámbitos, como la comida o la educación, y constituye un replanteamiento de las prioridades, para sujetar los tiempos del reloj al kairós, el tiempo de la oportunidad, para disfrutar de otras manera la relación humana, con la naturaleza, la educación, los alimentos.

“La ciudad de los niños” nació en Fano, una población italiana donde se invitó a Francesco Tonucci para organizar inicialmente, en mayo de 1991, una semana dedicada a la infancia, a la cual llamaron así: La ciudad de los niños. El exitoso desarrollo de las actividades culminó con un acuerdo para repetir la experiencia anualmente.

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Educando en el circo

grancircoalaskaEn cada generación de estudiantes de la Facultad de Pedagogía encuentro razones para alentar la vocación, para seguir confiando en que tenemos posibilidades de ganar la batalla contra la mala educación que se instala peligrosa y masivamente en las escuelas mexicanas, públicas y particulares.

De casi cada uno de los grupos recuerdo los nombres; pero no miento, ni quiero ser descortés, si admito que algunos alumnos tienen un sitio aparte, porque a la memoria adhiero afectos y agradecimientos. En ese grupo ahora recuerdo a Marina Espada, estudiante malagueña de intercambio que vino por un semestre y se quedó un año, con Gloria, en Colima, estudiando y conociendo parte de México, regalándonos, además de amistad, la generosidad del buen corazón que la mueve.

Marina, como Gloria, también española, tomaron un par de cursos conmigo y la experiencia de cada clase fue muy enriquecedora para el profesor que escribe. Y lo sigue siendo, tanto, que Marina leyó por petición expresa un ensayo que dos años después se convirtió en libro colectivo (Memoria y presente. Tres décadas de Pedagogía en Colima) para honrar los treinta años de la primera facultad universitaria de Colima, la de Pedagogía. Un párrafo entusiasta y desafiante que envió en su comentario cierra los epígrafes que elegí para mi capítulo.

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La insoportable brevedad del poder

Nadie es tan poderoso para sentarse impávido a mirar cómo transcurre la eternidad. Nadie. Aunque los acólitos y jilgueros de la prensa no se cansen de repetirle, un día sí, otro también, que nadie es más guapo, inteligente y carismático, la cortina del poderoso termina por desvelarse suavemente o caerse en pedazos. Como cayeron los tiranos de distintas épocas y geografías, con más o menos infortunio.

¿Qué es un político en este medio mexicano, colimense, sin un aparato propagandístico fina y generosamente aceitado con pesos y regalos? ¿Qué es un político sin micrófonos siempre a su disposición, sin reporteros que olvidaron las fronteras de la dignidad profesional? No digo que no habrá de otra calaña, pero la gran mayoría son de oropel.

Pepe Mujica, viejo sabio (no me canso de repetirlo y él de confirmarlo), volvió a hacer declaraciones para la prensa española hace diez días. Los políticos, aunque se ubiquen en las antípodas del ex presidente uruguayo, harían bien en escucharle, aunque no admitan nada ni lo declaren.

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El recorte a las universidades estatales

El impacto del recorte a las universidades públicas estatales será paralizante en muchas áreas y actividades centrales.

El 2 de noviembre un grupo de rectores, mediante desplegado en medios, reclamaron dos reducciones anunciadas: una ya aplicada del 30% en el Fondo para Elevar la Calidad de la Educación Superior, y otro, por lo menos del 66%, en el Programa de Fortalecimiento de la Calidad en las Instituciones Educativas (Profocie), popularmente conocido desde su origen como PIFI.

El recorte se había previsto desde agosto, según puede constatarse en medios periodísticos. La postura de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES) en voz del secretario general fue inmediata ante el anuncio: rechazo y petición de incremento.

La respuesta del secretario de Educación en septiembre y hace cinco semanas había sido negativa: no habrá reducciones. El 25 de noviembre pasado pidió acatar el “inevitable recorte”.

El financiamiento que las universidades reciben para desarrollar sus proyectos con el fondo extraordinario del Profocie podía representar el cinco por ciento de su presupuesto. Parece marginal, pero habida cuenta de la forma como la maquinaria universitaria consume el presupuesto en salarios y prestaciones, ese porcentaje dedicado a actividades académicas, como la movilidad de profesores y estudiantes, la publicación de libros o la realización de cursos para maestros, el apoyo en la reestructuración de planes de estudio, conformará un escenario adverso.

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Desafíos de la obligatoriedad del bachillerato (2a parte)

¿Es posible que el Sistema Nacional de Bachillerato y las políticas de la Reforma Integral de la Educación Media Superior permitan alcanzar el objetivo de universalización en el ciclo 2021-2022? Si no se cumple, ¿qué sucederá?

Los problemas estructurales irresueltos hoy condenan a que millones y millones de niños y jóvenes no escapen de la maldición de “La triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada”, es decir, a pagar una condena por delitos no cometidos: la exclusión del derecho a la educación.

A ese grave problema agregaría otros desafíos pendientes en la promesa de extender la obligatoriedad del bachillerato.

Primero, construir proyectos educativos para sujetos diferentes, cuyas condiciones muchas veces ni siquiera conocemos. Estudiantes que trabajan, que tienen hijos, con deficiencias formativas detectadas por los propios instrumentos de medición oficiales y que no suelen atenderse ni en el currículum ni en las políticas educativas.

En dicho proyecto debe instalarse la colegialidad, los equipos, las academias de maestros para reflexionar y tomar decisiones sobre aspectos cruciales de su labor: el aprendizaje, las formas de enseñanza, la relevancia de los contenidos, la disciplina, el desarrollo de la autonomía, entre muchos. ¿Cómo hacerlo sin profesores de tiempo completo que puedan comprometerse?

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