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Día internacional de la alfabetización

El 8 de septiembre se conmemora el Día Internacional de la Alfabetización. Así lo proclamó la Unesco en 1965. Una fecha relevante para quienes nos dedicamos a la educación y reiteramos la obligación de los Estados de brindar enseñanza pública y de calidad, como el derecho de los ciudadanos a ser educados en buenas escuelas.

Los avances de México en la materia son innegables en los últimos cincuenta años, pero todavía insuficientes. En esta proclamada sociedad del conocimiento varios millones de mexicanos mayores de 15 años, y cientos de miles por debajo de esa edad, no han hecho efectivo el derecho al aprendizaje de la lectoescritura. El panorama se agrava notoriamente si sumamos todos los millones que no culminaron la educación básica y media superior, constitucionalmente obligatorias, como se sabe.

Sin el derecho a la educación, que implica, primero, ser alfabetizado, difícilmente existe otro en condiciones medianamente fiables de ser garantizado, porque carecer de un empleo digno cancela posibilidades de acceso a satisfactores materiales y culturales mínimos.

Acuerdos globales que constituyen hitos en la historia moderna (Educación Para Todos de 1990, en Jomtien; los Objetivos de Desarrollo del Milenio) pusieron el acento en resolver las graves carencias que produce la alfabetización, e impugnaron la vergonzosa persistencia de un problema que tiene rostro principalmente de mujer, indígena y pobre, lo que condena a ellas y sus descendientes a una peligrosa cadena perpetua irreversible con políticas sociales basadas en dádivas misericordiosas.

Las metas que se trazaron en múltiples reuniones internacionales han debido postergarse una y otra vez, ante la imposibilidad de acabar con el flagelo. Cada nueva estimación de avances deja insatisfacciones y la clara consciencia de que pudo y debió hacerse mucho más.

Ser analfabeto constituye una suerte de ilegalidad en un país tan tremendamente diverso pero desigual. Ser analfabeto no es pecado ni delito, es una exhibición miserable de Estados empeñados discursivamente en resolver los grandes indicadores macroeconómicos, sin traducirlo en progreso sustancial para los habitantes del territorio vasto de la pobreza.

La más breve pero perfecta definición del analfabetismo la encontré en Paulo Freire: el analfabetismo no es una hierba dañina a ser erradicada, es la expresión de una sociedad injusta. Injusta y peligrosa, diagnosticaríamos en estos días.

¿Cuántos 8 de septiembre habrán de transcurrir antes de pasar vuelta a la página de oprobio?

 

Tan simple como insuperable

logo-promoWhatsApp es una red social extraordinaria. La apreciación es totalmente personal; no tengo ninguna pretensión de generalizarlo. La cantidad de usos que tiene en mi vida es suficiente para afirmarlo sin duda. Excepto un chat de estricto e indispensable uso laboral, todos los demás los controlo con relativa facilidad.

Las redes sociales son una herramienta de trabajo, comunicación personal, aprendizaje y de ocio; cada uno decide cuáles privilegia y su inversión temporal. En mi caso, los fines didácticos son cada vez más frecuentes. Mucho aprendo allí, a pesar de que rehúyo leer textos largos en el teléfono. En síntesis: WhatsApp es hoy una red indispensable en el día a día.

A pesar de lo escrito antes, con el riesgo de ser calificado de nostálgico del pasado, prefiero siempre el teléfono para el uso que se lo concibió: escuchar del otro lado a quien queremos escuchar. Hoy lo recontra comprobé, y no hacía falta: es mejor escuchar la voz que deseas a leerla. Las vibrantes emociones que se transmiten con las voces no se pueden, jamás, comparar con leer un mensaje u observar los “monitos”; menos, con pinchar un teclado minúsculo. Entonces, WhatsApp (modo textos, o como se llame) es indispensable, pero el teléfono lo supera.

Sin embargo, hay algo tan simple como entrañable: la palabra hablada, la expresión de la cara o el cuerpo, las miradas, la relación humana desnuda de aparatos. El cara a cara, el diálogo, la palabra que se siente con los oídos y con los ojos no tiene comparación. Eso, perdón, es francamente insuperable y no hay más.

La necesidad de unir nuestras verdades

Miguel Ángel Santos Guerra cuenta en su libro La evaluación: un proceso de diálogo, comprensión y mejora (Granada, Aljibe, 1995) que los alumnos de Lawrence Stenhouse, notable investigador educativo, en el campus de la Universidad de Norwich sembraron un árbol como homenaje póstumo, y colocaron una placa con un pensamiento central del maestro: “Son los profesores los que, al fin, podrán cambiar el mundo de la escuela, comprendiéndola”.

Esa también es mi convicción. A la escuela no la van a cambiar activismos estériles, desorientados o alentados por privilegios grupusculares; menos las modas o los dictados ministeriales o legislativos. Al mundo de la escuela lo podemos cambiar comprendiéndolo, pensándolo, y cuestionándonos cómo lo estamos pensando. Esto último me parece cardinal: reformar la escuela requiere, en primer término, reformar nuestros pensamiento, nuestra comprensión y las ideas sobre la escuela. No propongo un idealismo abstracto, sino una práctica inteligente y coherente.

Parece tan simple de enunciar como complicado de ejecutar, pero en el trabajo cotidiano de la escuela habitualmente no hay pausas para la reflexión, el diálogo, el coloquio, la discusión, incluso el disenso. Se pierde la riqueza de la escucha, de la expresión, del argumento divergente. Y así, se obstaculiza la comprensión. Leer más…

En educación no hay soluciones mágicas

En educación no existen las soluciones simples. Pueden ser formuladas con relativa sencillez, o deslumbrante claridad, pero de eso a su concreción, frente a personas, colectivos, mediaciones, intereses, condiciones y realidades diversas, hay un enorme hoyo por donde suelen fugarse intenciones declaradas o ilusiones.

Juan Carlos Tedesco, ex ministro argentino de Educación, lo aseveró en Chihuahua el año pasado, en forma coloquial pero certera: no existen balas de plata para liquidar los males educativos.

Hecha la confesión, entiéndaseme que no pretendo asegurar que encontré la solución fácil para resolver el enorme problema, el trabado nudo gordiano en la transformación de la práctica docente. Pero sí que hay pistas, si se quiere modestas, pero pistas al final, cuyo seguimiento podría producir resultados alentadores a la vuelta de un tiempo de perseverancia, condiciones propicias y buenas voluntades.

La que a continuación referiré nació en el Instituto de Ciencias de la Educación de la Universidad de Málaga, en el curso 1991-1992. Se denominó “Puertas abiertas para la mejora de la enseñanza”. Así lo cuenta Miguel Ángel Santos Guerra: “Se trataba de que los profesores facilitasen a los compañeros la presencia en el aula con el fin de que estos realizasen la observación de lo que en ella sucedía. Aquellos, a su vez, observaban el trabajo de los compañeros”.

La experiencia se cuenta breve. Los resultados habrán sido buenos en algunos casos, en otros posiblemente no. De eso no profundiza el ilustre profesor Santos Guerra. Pero haberlo llevado a la práctica resume anhelos y determinación.

Para que un ejercicio así se realice deben conjugarse factores: reconocimiento de las insuficiencias, debilidades o áreas de oportunidad (como deseen llamarle) que todos los profesores tenemos; respeto a la profesión docente, a los colegas y percepción de que los otros igualmente nos respetan; tiempo para la preparación, destinado por la institución e invertido por los maestros; espacios para la deliberación sobre los avances y resultados.

¿Es complicado llevarlo a la práctica? Seguramente no desborda las competencias de la gran mayoría de los profesores. El primer paso es la iniciativa y la voluntad. Lo demás, es perfectible.

 

Pasos hacia la mejora docente

La semana anterior asistí a ceremonias públicas en que los nuevos maestros de educación básica eligieron las plazas donde laborarán durante el inminente ciclo escolar. Fue mi primera ocasión; y el balance personal, satisfactorio. Algunas de las causas del juicio me parecen dignas de remarcarse.

En primer lugar, todas las personas que eligieron plazas, dentro del abanico disponible, lo hicieron por méritos basados en resultados de la evaluación docente. Nadie les regaló la plaza, no la heredaron, no tuvieron que recurrir a mecanismos execrables como fueron usuales y, esperaríamos, ya desterrados del sistema educativo. Son plazas que obtuvieron por concurso y el solo hecho es encomiable.

En segundo lugar, las edades de los jóvenes son una gran oportunidad para la mejora que reclama el sistema educativo, o para los cambios deseables. No es que ser docente maduro descalifique, pero ser joven concede virtudes propicias, como el entusiasmo por comenzar una trayectoria, ilusiones por llevar a la práctica lo aprendido en las aulas o la energía vital que abunda en los años mozos.

El carácter público de las sesiones, la información ofrecida a los asistentes y el clima cordial son inéditos también; por supuesto, deben potenciarse, perfeccionarse, arraigarlos en la cultura laboral del magisterio, es decir, de los maestros y las autoridades, de frente a una sociedad que debe tener la certidumbre de quiénes educan a sus hijos.

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