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UNA PEDAGOGÍA CONTRA EL AISLAMIENTO

La educación es el tercer tema mundial de debate y reflexión en tiempos de pandemia, después de la salud y la economía. La profusión de seminarios web, conferencias en línea, encuentros virtuales, entrevistas con expertos, documentos de organismos nacionales e internacionales y libros vuelve imposible la intención de leerlos o presenciarlos todos.

Entre los documentos más provocadoras están las “Once tesis urgentes para una pedagogía del contra aislamiento”, redactado por “Pansophia Project”, disponible en “Panorama. Portal de política educativa en Iberoamérica” (panorama.oei.org.ar).

Sigo las actividades de Pansophia Project en redes sociales desde hace tiempo por Mariano Narodowski, uno de sus integrantes e inspiradores. Se define como “un colectivo de pensamiento, experimentación, investigación y formación dedicado a comprender los procesos de disrupción creativa que se están operando globalmente en el campo educativo. Sin ataduras ni prejuicios, asumimos la historia de lo escolar y trabajamos en el presente y en los futuros posibles de la educación, incluso los improbables”.

A su horizontalidad aunan diversidad de formaciones, posiciones políticas y ocupaciones, virtud imprescindible y escasa en momentos de intolerancia e incertidumbre. Con esa perspectiva, lo que sucede hoy en Argentina, México o el mundo es material precioso para sus actividades, que realizan suelen realizar a través de las ZIP, Zona de Intercambio Pansophiano (ZIP), “espacio de reflexión sobre temas claves de la agenda pansophiana, en los que personas de diferente formación e inquietudes dialogan simétricamente e integran perspectivas”, y del Instituto para el Futuro de la Educación.

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PANDEMIA Y UNIVERSIDADES

Muchas horas de trabajo reciente dediqué a estudiar las consecuencias de la pandemia en las instituciones de educación superior. Complemento el aprendizaje con una dotación sustanciosa de seminarios web y conferencias en línea con personas de distintos lugares del mundo, en temáticas diversas y posturas amplias.

Cuesta procesar tal profusión informativa. El cuaderno rojo que destiné para tomar notas suma sin cesar páginas en tinta negra. A veces pauso la agenda y observo otros paisajes, luego vuelvo.

En la semana leí, entre otros documentos, el libro con más de treinta capítulos breves escritos por académicos del Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación de la UNAM, que me envió su director, Hugo Casanova, con quien tuve la fortuna de estudiar en uno de sus cursos de posgrado.

En el libro encontré algunos capítulos muy interesantes; lo mejor es la intención de contribuir a un debate que va requiriendo puntos cardinales para no sucumbir ante la infodemia.

Entre las reflexiones más interesantes que escuché están las de Boaventura de Souza Santos en su conversación con Pablo Gentili para el Ministerio de Educación argentino. Para “Boa”, las universidades antes de la pandemia ya vivían acosadas, maltratadas por el gobierno en algunos países, como Brasil; en otros, sujetas a restricciones presupuestales, México por ejemplo.

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OFICIO DOCENTE: GRATITUD SIN FRONTERAS

Hace mucho tiempo descubrí que el reconocimiento más esencial como profesor no se debe buscar como objeto perdido, tampoco como pieza de colección. Que cuando lo ganamos, normalmente llega tiempo después de habernos encontrado por última vez con los estudiantes en el salón de clases, cuando aquilatan nuestro trabajo, lo comparan con su práctica, con otros maestros que conocieron o con quienes ahora trabajan. Entonces, transcurridos los años, al dar vuelta en una esquina, en la plaza o en cualquier parte, nos reconocen, nos reconocemos y aparecen palabras que indican que no hay solo un gesto amistoso, sino gratitud genuina. También se cosechan esos frutos, cuando sembramos, repito, en algunos momentos de la vida.

Con esa idea peregrino en mi labor docente, sin pretender conquistar los premios de popularidad (a los que nunca aspiré) o buenaondez. Voy al salón de clases para dejarlo todo en cada sesión; a veces sale buena la clase, otras fatal. A veces quisiera no haber llegado, pero también escucho en otras, los “gracias” de los estudiantes al final de la sesión. Ese gracias, mientras salen huyendo con la mochila, es un pequeño dulce en la boca del niño durante el recreo.

Este sábado encontré en Facebook uno de esos regalos y me conmoví. Más que eso. Lo sentí en la piel y en el alma. Me emocioné, perdonen la fatuidad. Es un párrafo escrito desde alguna parte de España por una educadora, Marina Espada, que vino a la Universidad de Colima un año, durante el cual ella y su compañera de viaje estudiantil, Gloria Lanchas, tomaron cursos conmigo; sobre Paulo Freire, recuerdo.

Sus palabras fueron el regalo más lindo que recibí en mucho tiempo a propósito del oficio de profesor. Escribió: “uno de mis mejores maestros, si no el mejor. Gracias por enseñarme a reflexionar y a cuestionar cada pensamiento, cada idea, cada afirmación (incluidas las tuyas). Me enseñaste con tu ejemplo otra manera de estar en el aula. Hoy día, como maestra y más de 10 años después de haber sido tu alumna, a veces me pregunto: ‘¿Cómo haría esto Juan Carlos?’. Gracias por ser mi referente.” Lo releo para escribirlo y me exalto.

Marina, estupenda estudiante, de lo mejor en todos estos años, me agradece por un par de prácticas que muchas veces caen en desuso en las aulas universitarias: reflexionar y cuestionarnos, incluso al profesor, como admite. Porque hoy es usual que se confunda aprender a “hacer cosas” con responder rápido, sin profundizar, sin pensar, con el menor esfuerzo y, lo peor, con frecuencia, sin comprender la pregunta.

Para ser buen profesor no basta con querer. Se tiene que ejercer el oficio con pasión, que significa, aprender con emoción y enseñar con alegría; pero siempre necesitamos que del otro lado, enfrente, esté alguien dispuesto a aprender, a preguntarse y preguntar, a reflexionar, a superarse. Sin esos alumnos, como Marina, los maestros no somos. ¡Gracias, Marina!

EL VALOR DE LA ESCUELA Y LA MAESTRA

Nunca tantas personas hablaron o escribieron al mismo tiempos, tantas veces, en tantos medios distintos, de todos los confines, sobre educación, escuela, maestros y niños. Y de las mamás de los infantes. Nunca tantos opinamos, bien y mal, sobre el sistema escolar en tan poco tiempo.

Después del tema sanitario y económico, el educativo es el tercero que más inquieta en la agenda nacional y mundial. En los tres, las sociedades se juegan su sobrevivencia, el presente y su futuro.

La estrategia de trasladar la obligación de cumplir los programas educativos a las casas de personas que no están preparadas, no siempre disponen de condiciones materiales adecuadas y tienen otras preocupaciones, en muchos casos, más vitales, como la salud y el sustento cotidiano, despertó una polémica que puede servirnos para comprender algunos de los significados de la escuela y atisbar pistas por donde introducir modificaciones a los sistemas educativos nacional y estatales, cuando pase la pandemia.

Para nadie en un juicio más o menos sensato quedarán dudas de la centralidad de la escuela como ordenadora de la vida social, porque no solamente las vidas de estudiantes, maestros, mamás y papás gira todos los días en torno a la escuela. Ella es la institución especializada en un rol estratégico que ni la familia ni Google ni YouTube, en estas condiciones, pueden cumplir en la transmisión y recreación de valores y conocimientos más valiosos para las personas y sociedades.

Además, la escuela se ha vuelto madre nutricia para millones de estudiantes que reciben cada mañana un desayuno y una comida caliente, que en casa muchas no veces no existe, pero que ahora no la tienen ya con el confinamiento.

La tecnología es un medio que soluciona problemas, pero su concepción mítica conduce al embrutecimiento, afirma Pansophia Project, un colectivo argentino de pensamiento, experimentación, investigación y formación dedicado a comprender los procesos de disrupción creativa en el campo educativo global. Estoy de acuerdo. El embrutecimiento tecnológico supone que basta con instalar los medios y se reproducirá la realidad deseada con los resultados buscados.

La tecnología sin la pedagogía, en casa y en la escuela, puede instruir, aleccionar, entretener, divertir, pero faltará el componente más esencial, el pedagógico, es decir, el humano, que no brinda una computadora.

Con la pandemia el sistema educativo queda exbibido en muchas falencias, pero también afloran algunas de sus más poderosas virtudes, como la socialización, el encuentro, la interacción que se ha vuelto un lujo, nos recuerda con nostalgia Nuccio Ordine.

¿Cómo enseñar a los estudiantes grabándoles un mensaje por video o un audio de WhastApp? Cuesta imaginarme, confiesa Ordine, que volveré a la universidad para leerles a mis estudiantes sin mirarles a los ojos. ¡Cuesta imaginarlo!

La primera de todas las tareas que tenemos los educadores es comprender la situación, lo que estamos viviendo en el espacio pedagógico y luego, juntos, precisar lo deseable y definir lo posible en las condiciones existentes.

LECCIONES DE LA CONTINGENCIA

Observo la contingencia pedagógica desde distintos ángulos: como padre de dos hijos, una en secundaria, otro en primaria, en escuelas con gestión escolar diferente; como profesor en la Universidad de Colima, responsable de un curso que ahora será en línea; como estudiante del idioma francés en la misma Universidad, y como profesional de la educación.

Nada de lo que sucede me es ajeno en uno o más de esos ámbitos. El cruce de perspectivas, siendo limitado, me ayuda a no perderme en un solo hilo. Procuro divisarlos todos, y revisar lo que sucede en otros países ante la pandemia.

Las dos semanas de vuelta a las actividades de esto que llamaríamos “aprender en casa y enseñar desde casa”, ya ofrecen un conjunto de lecciones interesantes para los análisis, pero caóticas para las realidades en muchas familias. Enseguida, un brevísimo repaso desde el mirador personal.

Es inevitable la improvisación ante lo inesperado. Difícilmente cabía esperar algo sustancialmente superior. Planear la educación no es cosa sencilla, requiere ingredientes que se complican con la distancia, entre otros: la comunicación (whatsapp es insuficiente), la discusión o deliberación como base para la toma de decisiones (las plataformas de moda también tienen limitaciones) y  la propia complejidad de las tareas de rediseño curricular, como debemos afrontar en la Universidad, por ejemplo. Pero las reacciones de las autoridades, en principio, tienen desempeños desiguales; las crisis son oportunidad pero también peligros, templan y desbaratan.

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