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Acuerdo Nacional por la educación superior

Ayer domingo la Universidad de Colima, a través de su cuenta de Twitter, difundió el Acuerdo Nacional para la Transformación de la Educación Superior, producto de las deliberaciones realizadas por los titulares de las instituciones públicas de educación superior, durante la LIII sesión ordinaria del Consejo de Universidades Públicas e Instituciones Afines de la ANUIES, efectuada en el Colegio de Posgraduados el 18 de octubre.

La declaración merece detenerse por las implicaciones políticas y la trascendencia que podría marcar en la historia de la enseñanza superior del país, especialmente en un momento donde convergen dos coyunturas: un gobierno federal escéptico (podríamos aplicar distintos adjetivos) ante las universidades públicas, miradas con recelo, para las que no ha habido consideraciones presupuestales y frente a las cuales implantó una red de universidades en la geografía nacional, con dudas en su operación.

La segunda coyuntura es resultado de la larga crítica que denuncia el agotamiento del modelo y las políticas que orientan la educación superior en el país, después de tres décadas. Uno de los síntomas del agotamiento aparece señalado explícitamente en el documento: el financiamiento, ante el cual, directores y rectores piden un modelo distinto que otorgue certeza presupuestal.

En este contexto, urgido de transformaciones, la Declaración podría ser un punto de inflexión. O podría ser la continuación del rumbo con variables notablemente distintas y definitorias en la relación entre el gobierno federal, los estatales y las universidades: la obligatoriedad de la educación superior establecida en el artículo tercero constitucional y el marco de austeridad y transparencia exigido desde Presidencia de la República.

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Avances y retos en la educación colimense

Otra iniciativa de la Fundación Cultural Puertabierta está a punto de ver la luz. El resultado es un libro colectivo que tiene por título Colima: avances y retos. Educación, primer tomo de una colección dirigida a analizar el presente y perspectivas del estado en la próxima década.

Invitado por la Fundación asumí la tarea de coordinar la obra, con la participación espléndida de un grupo de colegas quienes escribieron capítulos donde repasamos distintos temas, en torno a dos ejes, banderas universales en esta región del planeta: el derecho a la educación y la calidad de los aprendizajes.

La obra se estructura en tres partes: la primera, llamada Panorama, es una mirada al sistema escolar estatal, desde la organización de los servicios educativos, transitando por la demografía, la pobreza y los principales indicadores que revelan logros y desafíos en el cumplimiento del derecho a la educación. Colaboraron conmigo en la escritura Alejandra Meza Anguiano y Angeles Eugenia Salinas Ixta.

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35 años de Pedagogía en Colima

En febrero de 2020 la Facultad de Pedagogía cumplirá 35 años. Es la primera facultad de la Universidad de Colima, no la primera escuela, que fue Derecho. Pedagogía, en cambio, es la primera que recibió ese estatus por el Consejo Universitario, gracias a los estudios de posgrado que ofrecía, hecho que diferencia en la máxima casa de estudios colimense a una facultad de una escuela superior.

En el marco de los festejos para conmemorar el aniversario, y los 80 de la Universidad, se prepara ya un programa de actividades que convoque a su actual comunidad y a quienes pasaron por ella durante más de 30 generaciones.

Ignoro cuántos egresados habrá de las cuatro carreras que ha ofrecido (pedagogía, educación superior, psicopedagogía y planeación y administración educativa) y de sus posgrados (especialidades, maestrías y doctorado), pero son ya muchos, laborando en distintas instituciones de todos los niveles y en varios estados del país o fuera de México.

El aporte de la pedagogía, simbolizada por la Facultad universitaria, es un ejercicio todavía pendiente al que nos sumaremos a través de un libro colectivo en proceso. Participamos en la obra algunos egresados y maestros. Por supuesto, no vacilo: la huella de la facultad está presente en el sistema educativo estatal, con inestimables virtudes.

Hace cinco años también coordinamos otro libro conmemorativo: “Memoria y presente. Tres décadas de Pedagogía en Colima”. El nuevo, en la misma línea, de reflexión sobre el presente y el futuro, será distinto, por los temas a que convocamos y por los autores de los capítulos.

Los festejos de este tipo son ocasión inmejorable para la memoria, la gratitud y el goce, pero también, oportunidad para la autocrítica y la identificación de las dificultades, para los balances y propuestas.

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Reforma educativa: diálogo entre iguales

Con la aprobación de las leyes que regularán el artículo tercero constitucional, la semana pasada en el Senado se consumó la faena prometida por el presidente de la República en campaña: enterró lo que virulentamente calificó como “mal llamada reforma educativa”.

Con las nuevas leyes, General de Educación, para la Carrera de las Maestras y Maestros, así como para la Mejora Continua, comienza otra etapa en el sistema educativo nacional. Pronto empezaremos a observar primeros resultados. No comamos prisa.

Los próximos meses las legislaturas en todas las entidades deberán armonizar las leyes estatales en la materia, tarea no menor si se quiere realizar con esmero y responsabilidad, salvando los detalles que sean precisos entre los vacíos que se han denunciado.

En Colima me tranquiliza saber que la Comisión de Educación, integrada por mujeres de distintos partidos, trabajan unidas y anteponiendo el interés superior de la educación y de las niñas y niños, y así espero que transcurra el proceso que conduzca a actualizar la Ley de Educación del Estado de Colima.

En el país la fractura entre los partidarios de la nueva reforma y los críticos acerbos se profundiza. No voy a criticar a unos y otros, pero en ambos casos se parcializan juicios. Ni toda la reforma educativa de 2013, impulsada fervorosamente desde el Pacto por México, era laboral o punitiva, porque la reforma no era solo la evaluación docente para la permanencia, ni toda la reforma de 2019 se reduce a entregar las plazas al sindicato. Ambas formulaciones me parecen caricaturas desafortunadas. Hay peligros ahora, como los hubo en la anterior y fueron mortales.

Es verdad que la reforma de 2013 se equivocó al comenzar con la evaluación docente a cualquier costo, sin comunicarla suficientemente y privilegiando acuerdos cupulares; también lo es que las comisiones tripartitas que se conformarán para la asignación de plazas o promociones abren la puerta al peor pasado que podíamos evocar, pero ambas reformas van más allá de eso. Otras críticas podrían formularse, es cierto, pero no hay espacio para explayarse.

Me interesa postular un punto de vista desde las escuelas, en los ámbitos donde los maestros trabajaron con una reforma y ahora tendrán que hacerlo con otra. Desde ahí, desde las aulas y las salas de reuniones o la oficina de directores (donde hay oficinas y directores), no se puede continuar ya la confrontación entre posiciones, la batalla de ideas y consignas. La escuela no puede ser territorio comanche, ese espacio del conflicto bélico donde se juega la vida en cada paso.

Maestras y maestros tienen que convivir por encima de las diferencias, ventilando posiciones hasta donde sea necesario o conveniente, pero luego deben tomar acuerdos, constituir el marco de su convivencia y su proyecto pedagógico.

Los maestros tienen que evitar en las aulas y en las escuelas el peligro que se cierne hoy entre los especialistas: que el diálogo sea imposible y las posiciones irreconciliables, que solo se acepte conversar con los iguales en apariencia, con quienes piensan semejante. En la escuela hay una sola bandera que vale la pena enarbolar: la formación de las niñas, los niños y los adolescentes.

Las escuelas no se crearon para dar empleos a los adultos, ni para conformar sindicatos. Las escuelas tienen sentido sí y solo sí como espacios de formación para que los más tiernos y jóvenes sean mejores ciudadanos que nosotros. Los maestros, siendo vitales, somos un medio, nada más, pero sin cuyo esfuerzo la tarea pedagógica es imposible. No perdamos más tiempo, ni el rumbo.

 

 

 

 

 

Pensar la universidad

El anuncio de los festejos por el 80 aniversario de la Universidad de Colima es bienvenido. Hay razones para celebrar al interior de la institución y en la sociedad. Sus varios miles de trabajadores, los más de 25 mil estudiantes y no sé cuantos millares de egresados tendremos alguna motivación para recordarla.

Junto a las fiestas del aniversario que programará un comité, desearía encontrar espacios académicos plurales para pensar la universidad, lejos de los cartabones de informes de labores o documentos institucionales para otros fines, mezclando actores internos e invitados, estudiantes y egresados, profesores y organizaciones sociales. Todos, pensando para construir, no para complacer.

Hacer de la universidad el gran espacio deliberante sería una forma extraordinaria de plantarse frente a la sociedad para decir: así estamos, esto somos, en este momento específico y aspiramos a otros horizontes, sobre todo, porque el periodo rectoral entra a su fase final y la coyuntura tendrá exigencias nuevas.

La universidad que tenemos es producto de la historia, del trabajo intelectual, cultural y material de miles de personas que han pasado por ella; la Universidad que legaremos en las próximas décadas será resultante de lo que hoy hagamos. Ese ejercicio de enorme responsabilidad social no puede realizarse desde la condescendencia, ni la falta de rigor. Tiene que arraigarse en el pensamiento, el ejercicio analítico y el diálogo, incluso, la discrepancia. Pensamiento único es contrasentido, enseñó José Saramago.

El contexto de las universidades públicas mexicanas es inédito. La aprobación del marco jurídico que regulará la educación en el país, especialmente la gratuidad y obligatoriedad de la enseñanza superior, plantea desafíos para los cuales las respuestas del pasado son estériles.

En el 70 aniversario de la Universidad, al recibir el doctorado honoris causaen la magna ceremonia celebrada en el Teatro Universitario, Ángel Díaz-Barriga leyó un texto con el título: Pensar la universidad de cara al siglo XXI. Una obligación intelectual, social y ética. Es una defensa de la universidad como institución pública, autónoma, y de la educación como bien social y derecho humano. Reivindicación de la capacidad de pensar como obligación y privilegio de la universidad y los universitarios.

También es espejo. En lo que llama la “era de políticas de calidad”, el gobierno federal, por razones de presupuesto, conformó un discurso que contrapuso calidad y cantidad. Reconocía que más mexicanos habían ingresado a la educación superior, pero descuidado la solidez de los proyectos educativos. Un discurso que avasalló en aquellos años noventa, cuya inspiración podría encontrarse en el documento “Educación superior. Lecciones de la experiencia”, publicado por el Banco Mundial en 1994.

En el marco de tales políticas, la universidad de las primeras décadas del siglo XXI, asegura Díaz-Barriga, “está más preocupada por el logro de indicadores, a través de los cuales las autoridades locales o los organismos acreditadores juzgan sobre lo que se puede considerar un programa o una institución de calidad”. Reconoce bondades, como la elaboración de planes más realistas y participativos, con mejor operación del presupuesto para los proyectos académicos, pero su balance es crítico.

La educación superior es parte sustantiva del futuro de las naciones, subtitula una de las partes finales del discurso. Luego, nos comparte su lección más trascendente, que sigue vigente como obligación e invitación al mismo tiempo: “repensar el sentido de la institución universitaria, repensar su futuro”, esto es, reconocer logros, el aporte de las políticas, pero también insuficiencias. Pondera, con Michel Freitag, la “función civilizatoria de la universidad”.

Su cierre es una provocación intelectual: ¿cuál es el compromiso civilizatorio que tiene la universidad en este momento? ¿Podrá la universidad dar el paso que la historia hoy demanda?