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El impago a maestros de EMSAD y TBC

El secretario de Educación, Esteban Moctezuma, desde antes de asumir el cargo, dejó claro que la revalorización del magisterio es una de las prioridades sobre las que se fincará el sexenio educativo. Lo repite incesante. Los primeros hechos y decisiones me dejan dudas sobre el significado de la expresión. En Michoacán, hace diez días, algunos profesores me compartieron incertidumbre semejante.

En el discurso del secretario, que inevitablemente comparo con otros, como Nicolás Trotta, el argentino, encuentro poca profundidad y muchos ecos en su espejo: Nueva Escuela Mexicana y revalorización del magisterio son expresiones que todavía son más adjetivos que líneas o programas sustantivos, y ya pasó un año sin que tengamos visos.

Pero la cuestión no es solamente del titular de la Secretaría de Educación. La pregunta sobre el papel de los maestros y la relevancia de la educación nos interpela a muchos otros actores, políticos, académicos, sociales y medios de comunicación; al propio magisterio, por supuesto. Pero hay distintas responsabilidades, y algunos deben responder primero: ¿qué significa para el nuevo gobierno la revalorización del magisterio?  ¿Es una prioridad la educación para los gobiernos?

Las dificultades financieras que atraviesan en este momento distintas estructuras del sistema educativo, o los recursos para la actualización de maestros en servicio, contradicen los discursos sobre la relevancia del magisterio o, por lo menos, la ponen en tela de juicio. En Colima hoy tenemos un hecho inaceptable: hace 54 días los maestros de los subsistemas EMSAD y TBC, educación media superior a distancia y telebachillerato comunitario, no han cobrado su pago quincenal. Hablamos de 45 escuelas donde laboran 260 maestros y se atienden 3,029 estudiantes.

El secretario de Educación en la entidad, Jaime Flores Merlo, hace días, en rueda de prensa, expuso documentos para demostrar que sus oficinas cumplieron en tiempo y forma los requerimientos del presupuesto para ambos subsistemas, del orden de 55 millones de pesos a cubrir con recursos federales y estatales. Es el gobierno federal, entonces, quien no ha radicado el dinero para cubrirles el pago a los maestros.

No sé con exactitud dónde está el nudo que impide la radicación de los recursos, ni quiénes los responsables, pero sé que cualquier argumento es inadmisible y tendría que desatar nuestro respaldo y solidaridad, el de los colegas de profesión y el de los ciudadanos, al margen de partidos y fobias. El impago es inaceptable; su postergación indigna.

Hace días hablé con un profesor que labora en telebachillerato comunitario. Su comentario es elocuente, palabras más, palabras menos, confesó: me gustaría estar pensando en mi clase nada más, pero no puedo dejar de distraerme en las necesidades que también debo cubrir.

¿Con discursos y palabras, que de tan repetidas se vuelven huecas, se revalorizará al magisterio? Nunca hubo tiempo para la impostura, hoy menos.

Sociedades de padres: ¿remedio o cáncer?

La pregunta que me propongo reflexionar es más amplia: ¿las sociedades de padres y madres de familia en las escuelas son un cáncer o el remedio a distintos males escolares?

Desde hace tiempo he sostenido en conferencias y reuniones, con públicos varios, que las familias son un actor imprescindible para la escuela, que las madres y padres, sobre todo las primeras, más cerca de la crianza habitualmente, deben ser aprovechadas por los centros educativos, porque está demostrado que su valor puede potenciar (o ralentizar) las posibilidades formativas de los maestros.

Los resultados de las pruebas del Plan Nacional para la Evaluación de los Aprendizajes (PLANEA) son elocuentes: la correlación entre las condiciones de escolaridad de las madres y los resultados de aprendizaje de sus hijos obliga a tomarla como una variable clave para mejorar procesos formativos.

Para que suceda, es preciso un ejercicio de transformación inédito: convertir a la familia en protagonista pedagógico, no solo el soporte del estudiante, que ya es muy relevante. Exige que la escuela entienda que el padre y la madre deben jugar en el mismo plano con intenciones paralelas al proyecto educativo, que la familia también tiene derecho a opinar y no solo la obligación de estar informada en reuniones verticales, monótonas y sin espacios para interacción. Por supuesto, exige fijar límites a la injerencia de los padres, convertidos en sindicalistas (a veces enfurecidos) de sus hijos; abogados defensores de oficio sin conocimiento completo de las causas.

Contra mis convicciones, la agencia en las escuelas para la representación familiar, las llamadas “sociedades de padres de familia”, gozan de mala reputación, en general. No sé si alguna vez escuché un comentario positivo de ellas, en su faceta diferente a organizadora de actividades sociales. No lo recuerdo, aunque trato de ser objetivo y memorioso.

En experiencias más directas, las sociedades de padres se reducen a correas de transmisión de instrucciones, recados, cooperaciones, en suma, recordarnos obligaciones. A veces, toman decisiones autoritarias que pasan por encima de madres y niños. No en pocas ocasiones, en cambio, escuché hablar de manejos poco transparentes de recursos, de exigencias para obtener favores, cosas que de alguna forma se descubren y luego aumentan desprestigio.

Entonces: ¿las sociedades de padres de familia son la solución a males o un cáncer? En el plano conceptual, sigo pensando que deben ser un aliado pedagógico, pero me faltan ejemplos suficientes para comprobarlo.

Paulo Freire en la Universidad de Colima

Este lunes 10 de febrero inician los festejos por el 35 aniversario de la primera facultad de la Universidad de Colima: Pedagogía. El 13 de febrero está fechado el acuerdo que la estableció, firmado por el rector Jorge Humberto Silva Ochoa.

La celebración, en realidad, comenzó antes, pero durante la semana se concentran actividades que deben servirnos para lo más valioso en estos casos: júbilo y reflexión.

En estos 35 años Pedagogía dejó una huella en Colima y más allá, con sus egresados, que la tributan por su calidad profesional y actitudes, por sus productos académicos, la calidad de su investigación y profesores, o el aporte a la disciplina pedagógica; pero también, es ocasión inmejorable, u obligada, para la reflexión crítica sobre avances y desafíos, para enorgullecerse de sus logros y asumir retos sin esconderse en la autocomplacencia peligrosa y tan arraigada.

El Consejo Técnico de la Facultad aprobó que los festejos tengan por nombre el del más conocido e ilustre educador de América Latina, Paulo Freire, brasileño, nordestino de nacimiento y universal por su influencia.

Honrar a Paulo Freire distingue. El año próximo se festejará en el mundo el centenario de su natalicio, con un programa universal donde destaca el XII Encontro Internacional do Fórum Paulo Freire, en París. Entre nosotros, Paulo Freire es una presencia constante; para algunos, me cuento, aliento y esperanza.

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El primer día de clases

El martes volveremos a las actividades escolares maestros y estudiantes de la Universidad de Colima y otros subsistemas. El primer día como maestro es trascendente, sobre todo, cuando enfrentas un grupo estudiantil nuevo. No sé si puede calificarse como el más, pero es un día para el que uno debe prepararse mejor que siempre.

Ignoro si los maestros somos conscientes de ello y vamos como a cualquier día, pero en estas semanas, en que tuve oportunidad de hablar ante profesores de varias instituciones educativas, enfaticé la necesidad de llegar preparados como a un examen duro, con la mejor actitud, mensaje asertivo y oídos alertas.

La docencia es una profesión de alta demanda física y emocional, que exige no solo disposición cognitiva, también corporal, porque estar en pie varias horas, moverse en el aula, caminar entre las filas cobra factura, por lo menos, mientras se coge el ritmo habitual.

En su investigación sobre los profesores más extraordinarios en Estados Unidos, Kein Bain encontró un conjunto de prácticas que los caracterizan. El primer día también es clave: no llegan al salón con la cara más arisca o las amenazas habituales entre aquellos que suponen que la rigurosidad de su curso se mide por la expresión facial, el tono imperativo de voz, las advertencias sobre lo que sucederá al que falte o llegue tarde, no lea, se mueva, incumpla tareas o se equivoque.

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El nuevo semestre escolar

En una semana comenzamos las clases en la Universidad de Colima. Cada inicio es una oportunidad, un buen pretexto o la obligación de actuar mejor, para las instituciones y las personas, que en estricto sentido son lo mismo, porque las personas son las instituciones, las hacen de una u otra forma.

Este semestre escolar será para la Facultad de Pedagogía, mi espacio laboral, ocasión para la fiesta conmemorativa de sus 35 años de fundación. Ojalá no sea un ciclo más; eso dependerá de nosotros, de quienes ahí trabajamos, enseñamos y de quienes estudian en sus aulas y aprenden con nosotros. En el año donde se cumplen 80 de la Universidad y las tres décadas y media de Pedagogía, se imponen también los deberes de revisar la memoria o actualizarla, así como de preguntarnos cuánto avanzamos y cuál es el camino que debemos recorrer en la dirección deseable.

Es una perogrullada: la Universidad de hace 80 años, como aquella sociedad, ya solo existe en los libros de historia, en los testimonios de distintos tipos; pero la sociedad cambió, evolucionó, avanzó, y las instituciones educativas tienen la exigencia de transformarse en paralelo, o mucho más. La Universidad de hace 35 años es distinta en muchos aspectos a la que hoy tenemos; quienes se fueron de ella hace tres décadas hoy podrían reconocerla en muchos aspectos, pero muchos otros les serán diferentes e incluso ajenos; algunos les sorprenderán, otros les maravillarán.

Los aniversarios son materia obligatoria de festejos, pero también pueden ser optativas de reflexión, para colocar las nuevas coordenadas donde ubicarnos en el presente y hacia el futuro. La otra opción es enterrar la cabeza, enseñorearnos con la complacencia de aciertos y escondiendo errores.

Cada inicio de semestre escolar es una oportunidad para cambiar y cambiarnos en las prácticas. Es el espíritu, por lo menos, con el cual intento entrar al salón de clases cada seis meses, sobre todo ahora, en que tendré la suerte de estudiar con un nuevo grupo de estudiantes.

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