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El retorno a las escuelas en Colima

¿Cuándo debemos volver a las aulas en Colima? ¿Es tiempo de pensar en eso? ¿Ya tendrían que estar trabajando en la vuelta a clases las autoridades del estado y de las instituciones educativas y sanitarias? ¿Qué opinamos papás y mamás? ¿Qué opinan los maestros?

La petición del presidente de la República a los estados que se encontraban en semáforo verde para volver a las escuelas ya tiene dos consecuencias. Una, la vacunación de los maestros campechanos, decisión que sembró otra polémica ante la prioridad que representa el magisterio frente al personal de salud, en este momento todavía escaso de vacunas. La otra consecuencia es que resurgieron las exigencias de las escuelas particulares para abrir, amenazando con hacerlo sin autorización. Veremos qué sucede.

En ese contexto, me parecen pertinentes aquellas y otras preguntas sobre el retorno a las clases en Colima. Es evidente que no será en el muy corto plazo, si hoy volvimos al rojo en el semáforo del gobierno federal, y faltarán varias semanas para recuperarse de esta nueva ola de contagios y muertes provocadas por claras incompetencia gubernamental e irresponsabilidad ciudadana.

Creo que preguntarnos y preguntarle a la Secretaría de Educación en Colima y a las autoridades de las instituciones educativas tiene mucho sentido para evitar que se repitan las decisiones improvisadas, sin fundamentos y tardías, como nos acostumbraron en estos meses desde la SEP.

Las comparaciones son indeseables, dicen, pero en educación son necesarias. Hay que mirarnos contra un estándar, contra una referencia o un modelo, para valorar la condición presente y posibilidades, para diagnosticar. Uruguay es el primer país del continente que retornó a las clases y uno de los primeros en el mundo, con una experiencia muy interesante que la Unesco recogió y puede leerse fácilmente en el mundo internet.

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Lección de humildad e inteligencia

Hace muchos años, en una de las primeras conversaciones con don Pablo Latapí Sarre, aprendí una de las lecciones que recuerdo siempre en la vida profesional. La uso en la docencia o en la toma de decisiones, cuando tuve oportunidad de ocupar un cargo.

Antes de describir la sencilla y poderosa lección de don Pablo, tengo que advertirles a los lectores legos quién es el autor: figura prominente en la pedagogía mexicana. Reconocido como fundador de la investigación educativa nacional y hombre de generosidad intelectual sin par. Creador de instituciones, representante de México en el extranjero y formador de investigadores. Fue Premio Nacional de Ciencias Sociales en 1996.

En agosto de 2008 recibió en la Universidad de Colima el doctorado honoris causa, en cuya ocasión dictó una memorable conferencia magistral, luego publicada por la Universidad, precedida de un discurso estupendo de Manuel Gil Antón. Con esa ceremonia, explicó don Pablo, sellaba un pacto de amistad con la comunidad universitaria de Colima, porque en 1997 había recibido el nombramiento de maestro universitario distinguido. Obtuvo también la medalla Comenius por la UNESCO y reconocimientos de otras importantes instituciones nacionales, como el CINVESTAV.

Queda advertido el lector que, con esa trayectoria, la lección brevísima pero lúcida de don Pablo merece ser reflexionada. Es fácil de recordar: el que no piensa como yo, me ayuda. Eso dijo. El tema era sus relaciones con el poder, con los secretarios de Educación Pública, pues fue asesor de varios de ellos.

En esas pocas palabras imprimió su talante humanista. Contrario al sentido común profundo de don Pablo, nuestros políticos, incluidos los universitarios, acostumbran suponer que quienes no piensan como ellos son enemigos o están en contra.

La lección de don Pablo alienta la diversidad y hasta la discrepancia. No asume que su verdad es única; sus ideas, las mejores y sus posturas, las únicas defendibles. Pensamiento único es un contrasentido, nos enseñó José Saramago. El pensamiento, por definición, es múltiple, decía el escritor portugués.

Sabias lecciones que conviene aprender a quienes toman decisiones, a quienes deben analizar distintas opiniones o tienen el privilegio de conducir una institución.

No me la pidieron, pero quise dejar constancia de esa lección que aprendí de un hombre bueno, firme y sabio, ahora que iniciamos otro periodo en nuestra alma mater. Ojalá el nuevo rector, con sus hechos, nos demuestre que, en efecto, en el campus universitario la heterogeneidad vale más que el discurso monocorde y un séquito de serviles.

Fin de cursos en la Universidad

Terminaron las clases en la Universidad. Esta mañana hice algunos balances del semestre. Encuentro muchos aprendizajes: cosas buenas y no tanto. Claroscuros. Tareas que pulir, prácticas evitables.

Una actividad extrañé mucho durante el semestre. Explico. Suelo comenzar mis clases de pie frente al grupo, con libro entre las manos y dedicando unos minutos a la lectura. Casi nunca elijo textos relacionados directamente con la materia. Son más literarios que pedagógicos. José Saramago o Eduardo Galeano, por ejemplo, son invitados habituales.

Me gusta levantar la cara de las páginas y mirar el rostro expectante de los estudiantes, de la mayoría; verlos concentrados. Verlas. La gran mayoría son mujeres. Me gusta escuchar el silencio que se instala con las pausas. Siento ese momento como especial, lo disfruto.

Quiero imaginar que al final de la clase alguno, alguna de ellas buscará ese libro, querrá saber algo más de los autores que nos acompañan. Y que tal vez, llegando a su casa, hará lo propio con la familia en la hora de la cena o la comida.

Este semestre, como no me ocurría hace muchos años, no hubo esos minutos de lectura ningún día.

Cada día me siento menos incómodo con las pantallas. Se vuelve habitual esperar a los alumnos en Classroom, pero no me atrevo al sacrílego acto de leerles a los estudiantes sin mirarles a la cara, sin escuchar la respiración del grupo, sin palpar el silencio entre nosotros. Nunca me acostumbraré a una clase sin lectura.

Tal vez el próximo semestre sea posible volverles a leer. Tal vez.

Nueva etapa en la UdeC

En veinte días la Universidad de Colima comenzará formalmente otra etapa en su historia, con el rectorado de Christian Torres. En una periodización distinta, basada en los acontecimientos mundiales y locales, esa etapa se podría ubicar nueve meses atrás, con el confinamiento que paralizó las actividades de más de 1,500 millones de estudiantes en la mayor parte de los países.

La pandemia exige a las universidades mexicanas replantearse a fondo en un escenario global y nacional inéditos, con factores que desafían su sobrevivencia, entre muchos, con el diseño de modelos pedagógicos alternativos, sin menoscabo de la calidad o el rigor formativo.

No será suficiente con las medidas anunciadas para mantener la continuidad a mitad del año pasado. Se requieren nuevas formas, no variaciones sobre el mismo molde, rebasado por las circunstancias desde hace tiempo, pero que la pandemia exhibió. El debate sobre el sentido de la universidad en el siglo XXI es anterior, pero cobra mayor relevancia hoy.

Un entorno económico precario reta a las universidades a cumplir sus funciones sin perspectivas de crecimiento presupuestal. Esa condición no es privativa de México, pero la petición que recientemente hizo el presidente de la República a las universidades, de aumentar la capacidad de ingreso de estudiantes, sin exigir más recursos, sino mejorando esquemas y reduciendo ineficiencia o despilfarro, deja claro que es vano esperar aumento de recursos financieros en el sexenio. Las universidades no podrán darle vuelta a este llamado, por la aprobación de la educación superior como derecho de los personas y obligación del Estado.

La Universidad de Colima habita la misma burbuja. La coyuntura del nuevo rectorado es una buena oportunidad para valoraciones profundas e identificar los logros, en especial durante la última década, así como los desafíos para construir la institución de calidad y avanzar en el tablero global de las instituciones educativas.

Los puntos cardinales del mapeo de problemas y avances son claros, desde mi punto de vista. Abrevio. El bachillerato como punto de partida de cualquier proceso de transformación de la Universidad, pues es de ahí de donde egresan la mayoría de sus estudiantes de licenciatura. Un salto cualitativo en la enseñanza superior, replanteando la formación con base en las necesidades sociales; el vertiginoso desarrollo científico, tecnológico y profesional, así como la vinculación con el mundo laboral.

En la investigación científica la Universidad tiene nichos de excelencia que debe consolidar, al mismo tiempo que empuja otros. El compromiso social de la Universidad, es decir, su tercera gran función sustantiva, la extensión y difusión de la cultura, precisa formas novedosas. Esta función implica que los beneficios del trabajo universitaria sean accesibles para la sociedad, con mecanismos no ensayados todavía.

En todos esos ámbitos, las lecciones de la experiencia aquí y en otras latitudes son inestimables. Habrá que abrevar de ellas con humildad y apertura, con ganas de inyectar vitalidad.

Todo eso será posible por la convocatoria del rector entrante a construir un proyecto de largo aliento, donde quepan todas las opiniones y se admitan distintas interpretaciones. Miguel Ángel Aguayo, en su rectorado, solía decir una frase que tiene mucho sentido: en la universidad cabe todo, menos lo absurdo. El proceso de confección del plan de desarrollo institucional será propicio para un acuerdo que renueve compromisos. El ejercicio a que convocó Carlos Salazar Silva es buena muestra.

Las finanzas de la Universidad son tema crucial, por lo dicho antes, y por el problema (también nacional) de las pensiones y jubilaciones que padecen varias universidades. Ingenio, honestidad, mucha capacidad y disciplina deben conducir el rediseño de las estrategias.

El nuevo rectorado es plataforma para la transformación que exigen las condiciones actuales. Será posible por el liderazgo del rector, su tino en la elección del equipo cercano y por la participación de quienes laboramos en la Universidad.

La responsabilidad no es sólo con el presente. La universidad es siempre un compromiso con el futuro. La universidad colimense de los próximos veinte años será producto de lo hecho en el rectorado que termina pero, sobre todo, de la historia que empezará a escribirse unos días antes, cuando se conforme el equipo que conducirá la Universidad en un momento incierto.

El nuevo gobernador(a) y la educación

Hace algunas semanas, en este mismo espacio, escribí sobre los candidatos al gobierno del estado de Colima y la relevancia que podría tener para ellos la educación. Entonces, sólo sabíamos quiénes tenían interés por ocupar una candidatura. Hoy, con las cartas sobre la mesa, es posible reflexionar con algunos elementos adicionales.

En la baraja muchos aspiran y algunos serán ungidos por sus partidos; pero con posibilidades de contender seriamente por la gubernatura, las opciones se reducen a los dedos de una mano, según creo.

En el orden que vienen a mi cabeza: Indira Vizcaíno, Mely Romero, Joel Padilla, Leoncio Morán y Virgilio Mendoza. Como sabemos, uno será descartado entre Joel y Virgilio; también, que Mely debe jugarse la nominación con Martha Sosa.

Sus trayectorias no se fraguaron cerca de la educación, con excepción de Joel Padilla, por el trabajo desarrollado en los Cendis, las prepas Tierra y Libertad y ahora la Universidad José Martí. Conoce el medio educativo local y de otros contextos, a través de las redes del Partido del Trabajo y su participación actual en la Comisión de Educación del Senado.

Indira, desde su cargo en la delegación de programas sociales, estuvo cerca de la apertura en Armería de la Universidad Benito Juárez, pero poco sabemos de lo que ahí sucede. Hace un año prometió que estaría listo el edificio en tres meses. No sucedió. Luego anunció que estaría en octubre, pero no hay registros en prensa al respecto.

En los otros candidatos no encuentro algún hecho relevante. De Virgilio y Locho Morán, como alcaldes, no hay algo digno de contar en sus gestiones. En general, los municipios se abstienen de participar en la función educativa, aunque el artículo tercero de la Constitución Política los hace corresponsables. La mira de Mely ha estado en otros terrenos, próximos a su origen partidario.

Por supuesto, a Joel su cercanía con la educación no le concede ventajas con el sector magisterial, ni a los otros los castiga en el mismo sentido. Sí tengo claro, en cambio, que la educación ha sido el trampolín desde el cual se ha proyectado el actual senador Padilla, y que difícilmente veríamos un menosprecio al gremio y a la educación.

Es temprano todavía para más juicios; primero, veremos el arranque de las campañas y los pronunciamientos. Ojalá ahí los candidatos (y candidatas) ofrezcan propuestas frescas e innovadoras, capaces de transformar al sector, porque Colima puede ser un estado modelo en educación. Y ella puede ser detonante del desarrollo en distintos ámbitos. Veremos si se aprovecha o perderemos una década crucial después de la pandemia.