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Pedagogía del amor

El sábado anterior tuve oportunidad de conversar con un par de queridos colegas, esposos ellos, quienes me compartieron su experiencia en una escuela secundaria pública. Los ecos de la charla nocturna regresan en momentos y me revuelven la cabeza con inquietudes, y el estómago con dardos indignantes e indignados.

La escuela se ubica en una zona populosa de Villa de Álvarez, alimentada por niños de condiciones socioeconómicas precarias que, como puede suponerse, en el hogar carecen de las comodidades que los profesores solemos olvidar o menospreciar por insensibilidad o ignorancia.

En esa escuela, cuyo nombre omitiré, muchos niños llegan sin alimentos en la panza, con mochilas raídas y zapatos desastrados, olvidados o descuidados en el seno familiar, sin dinero para comprar en la tiendita; probablemente sin mayores ilusiones por lo que puedan aprender en su salón de clases.

Aunque sea una obviedad, hay que repetirlo: su frágil condición económica no es exclusiva; es parte de la vivencia cotidiana de miles de escuelas y millones de familias. En esos contextos, la vieja pregunta torna incesante y urgente: ¿es posible educar a los pobres, hijos de pobres? Las viejas respuestas o propuestas deben ser removidas para atisbar alternativas.

Es posible educar a los hijos de los pobres. Sí, sin duda, a condición de que la escuela construya un proyecto pedagógico incluyente, entendiendo que lo pedagógico es sustancialmente político.

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Trump y el desafío para la escuela mexicana

donald-trump-presidente-de-eeuu-2306031w620En Estados Unidos triunfó de manera incontestable el candidato que encarna algunas de la causas más abominables de las sociedades en el siglo XXI, como la xenofobia, el clasismo, la violencia, la intolerancia y el atropello de la dignidad. Sus consecuencias no se limitarán a las grandes esferas de la economía o la política mundiales, también amenazan los ámbitos de la cultura y la educación.

No fue un triunfo inesperado ni un día triste para la democracia. Es así el juego: la democracia política se sostiene con el triunfo de las mayorías dentro de un sistema de reglas. La democracia no gana o pierde en función del gusto personal o preferencias mediáticas; no gana o pierde con base en el perfil simpático o estúpido de los contendientes. Y si triunfa la barbarie ideológica o esperpéntica, como ahora, no perdió el sistema democrático; ganó y nada más, como lo recuerda lúcida y lúdicamente Fernando Savater en su artículo del domingo 13 de noviembre en “El País”.

México es la nación que más severamente criticó durante su campaña el nuevo presidente estadounidense. Su victoria tiene repercusiones pedagógicas que se vislumbran con claridad, si se abren ojos y sensibilidad. Constituye un indeseable pero vigoroso pretexto para transformar a las escuelas, o acelerar su proceso de estructuración como escenarios de formación ciudadana.

Es una verdad de Perogrullo que a la escuela no se va solo a aprender a leer, escribir, resolver operaciones matemáticas y adquirir conocimientos y competencias en ámbitos científicos, históricos o culturales. Todo eso es indispensable, es el piso formativo mínimo en términos cognoscitivos, pero también se asiste para aprender las necesarias funciones de la socialización, el trabajo de colaborar con otros que son y piensan distinto y entrenarse en el ejercicio de la vida pública.

El desarrollo de la autonomía personal, las relaciones humanas y el ejercicio de la ciudadanía son tareas de una importancia tan relevante como las materias, aunque no suelan medirse en exámenes ni se ponderen en calificaciones.

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José Saramago, el entrañable

img_0517Muy temprano Twitter nos recuerda que un 16 de noviembre nació José Saramago. Hoy cumpliría 94 años el hijo de María y José, campesinos pobres en Portugal.

Los recuerdos de mi relación libresca con el premio Nobel de Literatura 1998 se volvieron incontenibles, tanto, que llegarán a las páginas de algunos medios impresos y electrónicos.

La semana anterior, durante entrevista vía telefónica para una revista del Instituto Politécnico Nacional me preguntaron: ¿qué libro recomendaría? La interrogante me parece injusta. ¿Por qué tenemos que elegir un libro, o dos o tres? Cortés, contesté sin dudarlo: El evangelio según Jesucristo de José Saramago. Luego pedí permiso y agregué otros que también leo y releo.

Después de la entrevista, cuando examiné y revisé preguntas y respuestas, cavilé sobre la lista de libros favoritos. La conclusión es lapidaria: me parece injusta y ociosa la tarea de elegir entre tantos y tantos libros como disfruté, en distintas épocas y circunstancias de la vida. Obligado, estoy seguro que entre los libros más queridos escogería por lo menos uno de Saramago.

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La primera maestra

seno_y_wichiA Bere, primera maestra

Nunca me cansaré de exclamar que la educación también es una buena noticia; axioma que tendríamos no solo que repetir, sino potenciar, desvelar, mostrar en toda su belleza, relevancia o impacto. Es relativamente fácil encontrar las buenas noticias en cualquier parte, o casi, con un poquito de empeño, haciendo a un lado la mirilla desde la cual se persigue lo oscuro y cortar cabezas sin mediar reflexiones, imponer visiones mecánicas o autoritarias.

Esta declaración no desconoce ahora ni nunca que los sistemas escolares están plagados de dificultades y deben ser criticados en forma dura y contundente, como paso inevitable para comprenderlas. Tampoco deja a un lado la insistencia en que es urgente la transformación desde las entrañas, desde abajo y participativa.

Enseguida les comparto una historia de esas que renuevan las esperanzas en los buenos maestros (una maestra, en este caso), en el poder de la educación y en que la voluntad, conjugada con otras condiciones, es capaz de lograr lo que un día parecía imposible.

Por razones extrañas llegó a mis ojos la nota de un portal argentino de la provincia de Córdoba; se llama Día a Día, y allí se cuenta la historia feliz de Nicasio, un joven wichí de 29 años que se graduó como enfermero. Los wichí son un grupo indígena con asentamientos entre Bolivia y Argentina. En el segundo, se ubican en cuatro provincias: Chaco, Salta, Formosa y Jujuy. Según el censo de hace seis años, unos 50 mil habitan el país.

Nicasio creció y vivió en el Impenetrable, un agreste bosque nativo de más de 40 mil kilómetros cuadrados, cuyas vicisitudes son retratadas por Daniele Incalcaterra en su estupendo documental “El impenetrable” (2012).

Nicasio aprendió a leer y escribir en su pueblo, El sauzalito, de la mano de su maestra, Mónica Zidarich, una cordobesa que vivió en la región impulsada por sus principios: “Por convicción humanitaria y por mi formación católica, decidí junto a mi familia en ese tiempo ofrecer mi vida y lo que sabía a los más necesitados”. 20 años pasó en un sitio olvidado e invisible; tuvo 5 hijos y regresó a Córdoba en 2006, dejando una gran parte de su vida en una hazaña digna de elogios y más.

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Mis maestros argentinos

argentinaHace un mes debí publicar este artículo. La carga laboral y otros temas me hicieron deslizarlo inoportunamente, pero quiero compartirlo aunque la fecha sea extemporánea porque casi nunca es tarde para expresar gratitudes y admiraciones.

El 11 de septiembre se celebra en Argentina el Día del Maestro. La fecha, instaurada en 1943, obedece a la conmemoración de la muerte de Domingo Faustino Sarmiento, un personaje central en la construcción del sistema educativo en su país.

La ocasión me trajo los recuerdos de los varios maestros argentinos que fueron, siguen siendo determinantes en mi andadura profesional.

En los años ochenta, cuando estudiaba la licenciatura, “los argentinos” era una referencia intelectual y pedagógica imprescindible para nosotros, como hoy. Leíamos autores emblemáticos como Anibal Ponce y su famoso libro Educación y lucha de clases, y luego una lista entre los cuales recuerdo vivamente a Emilia Ferreiro, Juan Carlos Tedesco, Juan Carlos Portantiero, Susana Barco, Adriana Puiggrós o Roberto Follari; después algunos con quienes tuve la fortuna de coincidir y hasta trabajar juntos, como Azucena Rodríguez, Alfredo Furlán o el inolvidable y simpático Eduardo Remedi.

La UNAM fue el espacio que me unió definitivamente a la tradición argentina del pensamiento pedagógico. El primer curso que tomé en la Facultad de Filosofía y Letras fue de filosofía de la educación, con Juan Carlos Geneyro, uno de los más grandes maestros que tuve, a quien me una amistad que dura más de dos décadas, que pasó de mi condición de estudiante de posgrado a su director cuando lo invité como profesor en la Universidad de Colima, y hoy a disfrutar su amistad, sellada con cenas espectaculares en Buenos Aires, donde ahora vive.

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