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Paulo Freire en la Universidad de Colima

Este lunes 10 de febrero inician los festejos por el 35 aniversario de la primera facultad de la Universidad de Colima: Pedagogía. El 13 de febrero está fechado el acuerdo que la estableció, firmado por el rector Jorge Humberto Silva Ochoa.

La celebración, en realidad, comenzó antes, pero durante la semana se concentran actividades que deben servirnos para lo más valioso en estos casos: júbilo y reflexión.

En estos 35 años Pedagogía dejó una huella en Colima y más allá, con sus egresados, que la tributan por su calidad profesional y actitudes, por sus productos académicos, la calidad de su investigación y profesores, o el aporte a la disciplina pedagógica; pero también, es ocasión inmejorable, u obligada, para la reflexión crítica sobre avances y desafíos, para enorgullecerse de sus logros y asumir retos sin esconderse en la autocomplacencia peligrosa y tan arraigada.

El Consejo Técnico de la Facultad aprobó que los festejos tengan por nombre el del más conocido e ilustre educador de América Latina, Paulo Freire, brasileño, nordestino de nacimiento y universal por su influencia.

Honrar a Paulo Freire distingue. El año próximo se festejará en el mundo el centenario de su natalicio, con un programa universal donde destaca el XII Encontro Internacional do Fórum Paulo Freire, en París. Entre nosotros, Paulo Freire es una presencia constante; para algunos, me cuento, aliento y esperanza.

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El primer día de clases

El martes volveremos a las actividades escolares maestros y estudiantes de la Universidad de Colima y otros subsistemas. El primer día como maestro es trascendente, sobre todo, cuando enfrentas un grupo estudiantil nuevo. No sé si puede calificarse como el más, pero es un día para el que uno debe prepararse mejor que siempre.

Ignoro si los maestros somos conscientes de ello y vamos como a cualquier día, pero en estas semanas, en que tuve oportunidad de hablar ante profesores de varias instituciones educativas, enfaticé la necesidad de llegar preparados como a un examen duro, con la mejor actitud, mensaje asertivo y oídos alertas.

La docencia es una profesión de alta demanda física y emocional, que exige no solo disposición cognitiva, también corporal, porque estar en pie varias horas, moverse en el aula, caminar entre las filas cobra factura, por lo menos, mientras se coge el ritmo habitual.

En su investigación sobre los profesores más extraordinarios en Estados Unidos, Kein Bain encontró un conjunto de prácticas que los caracterizan. El primer día también es clave: no llegan al salón con la cara más arisca o las amenazas habituales entre aquellos que suponen que la rigurosidad de su curso se mide por la expresión facial, el tono imperativo de voz, las advertencias sobre lo que sucederá al que falte o llegue tarde, no lea, se mueva, incumpla tareas o se equivoque.

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El nuevo semestre escolar

En una semana comenzamos las clases en la Universidad de Colima. Cada inicio es una oportunidad, un buen pretexto o la obligación de actuar mejor, para las instituciones y las personas, que en estricto sentido son lo mismo, porque las personas son las instituciones, las hacen de una u otra forma.

Este semestre escolar será para la Facultad de Pedagogía, mi espacio laboral, ocasión para la fiesta conmemorativa de sus 35 años de fundación. Ojalá no sea un ciclo más; eso dependerá de nosotros, de quienes ahí trabajamos, enseñamos y de quienes estudian en sus aulas y aprenden con nosotros. En el año donde se cumplen 80 de la Universidad y las tres décadas y media de Pedagogía, se imponen también los deberes de revisar la memoria o actualizarla, así como de preguntarnos cuánto avanzamos y cuál es el camino que debemos recorrer en la dirección deseable.

Es una perogrullada: la Universidad de hace 80 años, como aquella sociedad, ya solo existe en los libros de historia, en los testimonios de distintos tipos; pero la sociedad cambió, evolucionó, avanzó, y las instituciones educativas tienen la exigencia de transformarse en paralelo, o mucho más. La Universidad de hace 35 años es distinta en muchos aspectos a la que hoy tenemos; quienes se fueron de ella hace tres décadas hoy podrían reconocerla en muchos aspectos, pero muchos otros les serán diferentes e incluso ajenos; algunos les sorprenderán, otros les maravillarán.

Los aniversarios son materia obligatoria de festejos, pero también pueden ser optativas de reflexión, para colocar las nuevas coordenadas donde ubicarnos en el presente y hacia el futuro. La otra opción es enterrar la cabeza, enseñorearnos con la complacencia de aciertos y escondiendo errores.

Cada inicio de semestre escolar es una oportunidad para cambiar y cambiarnos en las prácticas. Es el espíritu, por lo menos, con el cual intento entrar al salón de clases cada seis meses, sobre todo ahora, en que tendré la suerte de estudiar con un nuevo grupo de estudiantes.

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La cuna de la autonomía universitaria

El 21 de junio de 2013 publiqué en mi blog un artículo sobre el documento central de la Reforma Universitaria de Córdoba, desarrollada en 1918 en la ciudad argentina, cuna del movimiento que condujo a la obtención de la autonomía universitaria. Hoy, que se habla en México y Colima del tema, lo republico con leves modificaciones.

Un texto breve y duro, fechado el 21 de junio de 1918, dirigido a “los hombres libres de Sud América”, constituye uno de los más emblemáticos legados del siglo XX latinoamericano y de la juventud argentina, protagonista del movimiento que impulsó la Reforma Universitaria de Córdoba, punto y aparte en la historia de la universidad.

Hemos resuelto llamar a todas las cosas por el nombre que tienen, dice inicialmente el Manifiesto Liminar, y en ese tono denuncian los hechos que acontecían en el panorama universitario cordobés y desembocaron en una ilegal elección del rector de su Universidad Nacional.

La descripción de las instituciones universitarias es una crítica social severa que produjo la pluma de Deodoro Roca: “Las universidades han sido hasta aquí el refugio secular de los mediocres, la renta de los ignorantes, la hospitalización segura de los inválidos –y lo que es peor aun– el lugar en donde todas las formas de tiranizar y de insensibilizar hallaron la cátedra que las dictara. Las universidades han llegado a ser así el fiel reflejo de estas sociedades decadentes, que se empeñan en ofrecer el triste espectáculo de una inmovilidad senil”.

Autoridades y docentes son foco de crítica: “Nuestro régimen universitario –aun el más reciente– es anacrónico. Está fundado sobre una especie de derecho divino: el derecho del profesorado universitario. Se crea a sí mismo. En él yace y en él muere. Mantiene un alejamiento olímpico”. El concepto de autoridad, “arcaico y bárbaro”, afirman, “es un baluarte de absurda tiranía y solo sirve para proteger criminalmente la falsa-dignidad y la falsa-competencia”.

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Universidades asechadas y acechadas

La aprobación de la nueva ley orgánica en la Universidad Autónoma de Nayarit, sin la participación o siquiera la consulta a su comunidad académica, es una asechanza que debemos repudiar desde las universidades públicas.

En un lapso breve, entre el 30 de diciembre que el gobernador envió la iniciativa y el 4 de enero en que fue aprobada por amplia mayoría por el congreso local, se destrozaron los más sagrados principios que deben vivirse en las instituciones de educación superior: además de la autonomía universitaria, las libertades de expresión y discusión de las ideas en ambientes plurales.

En nuestros contextos las universidades se encuentran permanentemente acechadas, observadas desde distintos miradores, por sus presupuestos públicos, por el valor formativo de ciudadanos y sociedades, pero también por los usos políticos de que han sido objeto por grupos enquistados que las usaron para fines personales, con ejemplos que se desparraman a lo largo del país, o por los casos de corrupción denunciados, entre otros, con la llamada Estafa Maestra.

A pesar de todo, cualquier intento de reformarlas no puede realizarse desde fuera de sus campus, lo cual no significa que solo las universidades encerradas en sí mismas deban discutirse, aislándose de la sociedad. Autonomía no es ostracismo ni condición de superioridad; es derecho y responsabilidad, no privilegio.

La universidad es una institución milenaria; desde la primera, la Universidad de Al Qarawiyyin [también llamada Al-Karaouine o Al-Quaraouiyine, en Marruecos], fundada en 859, enfrentó a lo largo de la historia asechanzas y entornos adversos, y aunque tiene una historia larga y un futuro no menor, su presente se acota por amenazas externas y desaciertos internos.

Personalmente sostengo, como algunos autores, que las instituciones que tienen como fin la transformación social deben estar dispuestas a transformarse a sí mismas; y transformarse es imposible sin la crítica y la confrontación de ideas. Por eso, la defensa de las universidades ante las asechanzas no puede realizarse mirando solo al ómbligo de la academia.

La nueva Ley de Educación Superior, anunciada para los próximos meses, será ocasión inmejorable para una gran discusión pública sobre las universidades que tenemos y las que necesitamos.

Reforma de las universidades sí, pero no así. Reforma con sus comunidades académicas, no sin ellas. Reforma con todos en las universidades, no solo con sus autoridades. Pero tampoco, reformas en la oscuro y a modo. Reformas para el presente y, sobre todo, para el futuro que merecemos.