Blog

La escuela deseable y posible

Concluida la última semana escolar de abril, Juan Carlos estaba muy contento. Los viernes suele ser así, porque sabe que tiene por delante dos días de descanso y por su clase de ajedrez, un gusto que le persiste felizmente todo el año lectivo.

En la conversación rumbo a casa le pregunté por lo evidente: ¿por qué te gusta tanto esta semana? Su respuesta me sorprendió, concreta y contundente: porque no llevamos uniforme, porque no hay tareas y porque tenemos más libertad. ¿Qué había de peculiar? La semana de festejos del día del niño, por supuesto, que convierte a la escuela en un sitio y ambiente distintos.

No sé qué piensan otros niños, ni cómo se vive en otras escuelas esa fecha. Pero tengo como hipótesis que la contestación de mi hijo es un diagnóstico certero de la vida escolar en muchas escuelas, quiero decir, de cómo experimentan muchos niños la vida en muchos centros escolares. El resultado, sin el aliento de la familia y la fortuna de buenas maestras, puede ser funesto: odio al ritual de la escolarización, enfado, animadversión, aburrimiento…

La respuesta de Juan Carlos no tiene sentido como una valoración puntual, sino como pista para comprender la naturaleza de la institución educativa y su condición obligatoria: un espacio de reclusión forzosa, como la cárcel, el manicomio o el hospital, a donde uno, en condiciones normales, no elige asistir.

Acudir a clases durante 190 días (como será el próximo año escolar) implica un esfuerzo arduo de maestros y alumnos, una rutina que debe experimentarse como desafío permanente, con ocasiones diarias para el descubrimiento, pero también para el aprendizaje a partir de los errores, para el impulso al trabajo colectivo, así en alumnos como maestros, para la oportunidad de volver a comenzar después de un fracaso.

Leer más…

La belleza del ejemplo

No hay forma más bella de la autoridad que el ejemplo, recité a los estudiantes del curso “Gestión y administración de la educación superior” en la Facultad de Pedagogía. Me miraban como casi siempre: atentos e interesados. Luego volví a citar a Miguel Ángel Santos Guerra para reafirmar el valor de su idea. Con un comentario más terminé la clase y les agradecí la complicidad.

Me gustaría que ideas como esas se quedaran rebullendo en la cabeza del grupo de jóvenes con quienes tengo la alegría de coincidir cinco horas a la semana. Que las repasaran mentalmente, o en pequeños grupos, en parejas, y discutieran la enorme verdad que encierra la invitación a hacer del ejemplo el ejercicio más poderoso y convincente de la autoridad, para aplicarlas en su casa, en su relación con otros, en su futuro como profesores o directores.

En este tramo del curso elegí “Las feromonas de la manzana”, de Santos Guerra, para reflexionar con los estudiantes sobre el diagnóstico que están realizando y sus experiencias como universitarios y previamente. Es un texto estupendo que suma a la profundidad, la clara y precisa narrativa, enriquecida por la fructífera experiencia del autor.

En educación no existen las balas de plata, escuché decir alguna vez a otro educador extraordinario, Juan Carlos Tedesco. Y la idea de Santos Guerra tampoco es una solución mágica. No hay soluciones fáciles ni únicas para resolver los problemas complejos de las escuelas y los sistemas educativos, pero hay principios e imperativos insoslayables.

Leer más…

Revalorización del magisterio

La reforma a los artículos 3º, 31 y 73 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos se consumó con la aprobación de la mayor parte de los congresos locales. Todavía habrá de escribirse la historia del fin de la reforma anterior, las complejas negociaciones para lograr las votaciones suficientes y los acuerdos políticos con los sectores implicados, especialmente con las organizaciones sindicales reacias a los cambios.

Una de las bondades que se promueven con la reforma es la muerte de la evaluación docente con “fines punitivos” y la instauración de una nueva escuela mexicana; otra etapa, donde se reconozca la importancia social del oficio magisterial, cuyo eje se centrará, dicen, en la formación y no en la evaluación. El cambio es notable; los resultados, dependerán. Suponer que con decretar la revalorización del magisterio y colocarla en la Carta Magna ya comenzará a surtir efectos positivos es un acto de ingenuidad. El prestigio social o la importancia de una profesión se construyen, son producto de políticas y hechos, de una cultura y prácticas consistentes y perdurables.

Una medida necesaria, para muchos urgente, es la reforma de las escuelas normales; sobre el tema, en este proceso de discusión, se ha escrito mucho y sugerido ideas para una transformación sustancial. Veremos de qué calado son las estrategias gubernamentales.

Leer más…

A los maestros: palabras de estudiantes

Seis estudiantes de la licenciatura en pedagogía de la Universidad de Colima, del sexto semestre grupo A, accedieron a compartir una reflexión, algunas palabras sobre la docencia y los buenos maestros, los avatares del ejercicio pedagógico, la incomprensión que a veces lo rodea y los perennes resultados que produce. Le cedo la palabra a Paty Calvillo, Martín Moya, Cristi Márquez, Monserrath López, Neltzy Rosas y Karolina Ávila. Suscribo con ellos el ánimo festivo por el Día del Maestro, sin olvidar jamás que cualquiera puede dar clases, pero no cualquiera es una buena educadora, un buen maestro.

No sé porque en un día se felicita o agradece a aquellas personas que acompañan a nuestros hijos, hermanos, sobrinos o primos en su proceso de enseñanza. Creo que siempre debemos ser agradecidos todos los días, pienso que también es una buena forma de dar las gracias cada día a los maestros apoyando a nuestros hijos en su formación académica. Algunas personas califican a esta profesión como muy mala porque se basan en el aspecto económico y el tiempo dedicado; sin embargo, es una profesión excepcional, porque la recompensa emocional es incomparable.

Los maestros nos hacen mejores personas y nos ayudan a ver el mundo de manera diferente. No encuentro una profesión que tenga mayor deseo de ayudar a crecer a los demás que el maestro, por eso debemos agradecerles siempre, porque todos nos han ayudado en cada etapa de nuestra vida a ir avanzando y siendo cada día menos imperfectos. Un buen maestro no se limita a enseñar los contenidos de su clase, se preocupa porque sus alumnos lleguen a ser cada día personas íntegras.

Leer más…

La universidad en casa

Durante el curso que imparto en la Facultad de Pedagogía, Universidad de Colima, ensayo una propuesta que rebasa a la materia y desborda las actividades que habitualmente sostenemos maestros y alumnos en los espacios escolares. La llamé “La universidad en casa”. La idea es sencilla: al principio del semestre invité a las estudiantes [son mayoritariamente mujeres], a buscar un momento con su familia para analizar una noticia, observar un video, realizar una lectura, comentar un suceso o tema, al estilo de lo que solemos hacer en la universidad. Concluida la actividad, deben relatar lo sucedido y leerla en clase, frente al grupo. Luego, quienes escuchamos, comentamos.

La invitación fue acogida, en general, con agrado, si mis sentidos pedagógicos no me engañan. Nunca lo habían hecho antes, y si alguno sintió temor, prefiero pensar que vencerá el desafío de realizar algo distinto en casa, convertida por unos minutos en extensión de su facultad.

Después de algunas semanas empezamos a conocer los resultados. La experiencia, hasta donde vamos, es emocionante. La timidez de las estudiantes cuando se paran frente a sus compañeros y leen, nerviosos, ya es significativa para el profesor. ¿Cuántas actividades que hacemos en los salones de clase despiertan emociones de ese tipo? ¿Cuántas de nuestras planeaciones procuran desafíos personales? ¿Cuántas de nuestras actividades implican el entorno de los estudiantes? ¿Cuántas despiertan el nervio de las actividades más esencialmente humanas?

Leer más…