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Mis maestros argentinos

argentinaHace un mes debí publicar este artículo. La carga laboral y otros temas me hicieron deslizarlo inoportunamente, pero quiero compartirlo aunque la fecha sea extemporánea porque casi nunca es tarde para expresar gratitudes y admiraciones.

El 11 de septiembre se celebra en Argentina el Día del Maestro. La fecha, instaurada en 1943, obedece a la conmemoración de la muerte de Domingo Faustino Sarmiento, un personaje central en la construcción del sistema educativo en su país.

La ocasión me trajo los recuerdos de los varios maestros argentinos que fueron, siguen siendo determinantes en mi andadura profesional.

En los años ochenta, cuando estudiaba la licenciatura, “los argentinos” era una referencia intelectual y pedagógica imprescindible para nosotros, como hoy. Leíamos autores emblemáticos como Anibal Ponce y su famoso libro Educación y lucha de clases, y luego una lista entre los cuales recuerdo vivamente a Emilia Ferreiro, Juan Carlos Tedesco, Juan Carlos Portantiero, Susana Barco, Adriana Puiggrós o Roberto Follari; después algunos con quienes tuve la fortuna de coincidir y hasta trabajar juntos, como Azucena Rodríguez, Alfredo Furlán o el inolvidable y simpático Eduardo Remedi.

La UNAM fue el espacio que me unió definitivamente a la tradición argentina del pensamiento pedagógico. El primer curso que tomé en la Facultad de Filosofía y Letras fue de filosofía de la educación, con Juan Carlos Geneyro, uno de los más grandes maestros que tuve, a quien me una amistad que dura más de dos décadas, que pasó de mi condición de estudiante de posgrado a su director cuando lo invité como profesor en la Universidad de Colima, y hoy a disfrutar su amistad, sellada con cenas espectaculares en Buenos Aires, donde ahora vive.

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Elogio de la estupidez

cipollaHace seis años y un mes publiqué el contenido de este artículo. Varias señales en el horizonte me hicieron volver la vista al pasado y creer que es buen momento para repasarlo y, en la medida posible, prevenirnos de la estupidez.

En una vieja librería del sur de la Ciudad de México conseguí un libro que me sedujo por el título y la portada. Se llama Allegro ma non troppo, escrito por Carlo M. Cipolla, profesor e historiador en universidades europeas y norteamericanas. La obra, publicada inicialmente en Italia a finales de los ochenta, fue traducida al español e impresa en 1991 por la estupenda Editorial Crítica, con sede en Barcelona.

De la obra conviene ofrecer algunas referencias que tomo de la solapa: los dos ensayos que componen el libro fueron escritos en inglés no para ser publicados ni vendidos, sino para compartir a los amigos. El gusto que provocaron originó que se reprodujeran masivamente en fotocopias e incluso manuscritos. Cipolla no tuvo más remedio que publicarlo; en dos semanas se agotó la edición inicial, y 50 mil ejemplares en pocos meses.

El primero de los ensayos se titula “El papel de las especias (y de la pimienta en particular) en el desarrollo económico de la Edad Media”. El segundo, al que aludiré, “Las leyes fundamentales de la estupidez humana”; contenido excepcional, pero desacertado el nombre, pues no creo que se pueda calificar como estupidez los comportamientos animales o de otras especies, solo atribuibles a los humanos.

El ensayo sobre la estupidez es un espléndido ejercicio humorístico: “El término humorismo –dice Cipolla– deriva del término humor y se refiere a una sutil y feliz disposición mental sólidamente basada en un fundamento de equilibrio psicológico y de bienestar fisiológico.” En otras palabras, “es, claramente, la capacidad inteligente y sutil de poner de relieve y destacar el aspecto cómico de la realidad. Pero es también mucho más que eso. En primer lugar, tal como escribieron Devoto y Oli, el humorismo no debe suponer una posición hostil, sino más bien una profunda y a menudo indulgente simpatía humana”.

Enfatizo: humorístico y no irónico. La diferencia es sutil en la escritura pero radicalmente distinta en actitud: el irónico se ríe de los demás; el humorístico se ríe con los demás. Este es un texto humorístico sobre la estupidez: “una de las más poderosas y oscuras fuerzas que impiden el crecimiento del bienestar y de la felicidad humana”.

Cinco son las leyes fundamentales de la estupidez, a saber:

1) “Siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo”. Quizá la mexicana expresión “un chingo” pueda ayudar, pero siempre será ambiguo el cálculo. Ciertamente, dice Cipolla, el número de personas estúpidas no es infinito, porque es finito el número de personas vivas.

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El absurdo de las tareas escolares irrelevantes

07-06-16-tareasUna querida colega, irritada, me confiesa: ¡es absurda la cantidad de tareas que deben llevar los hijos a casa! Entre paréntesis debo agregar: los suyos, como los míos, estudian en distintos colegios de paga; así que el incordio no es generalizable pero sí bastante común.

Por ese tipo de razones sostengo, tiempo atrás, que la escuela debe cambiar primero reformando la manera en que estamos pensándola y diseñándola. Entiéndase entonces el contenido de este artículo: no es la crítica a una, dos, tres escuelas, sino a una concepción que permea de forma casi generalizada y no admite alternativas.

Hecha la advertencia, explico una veta: a las 7 de la mañana estamos dejando a los hijos en la escuela para salir a las 14 horas (o más). Con tiempos justos, entre el traslado y la comida, a las 15:30 o 16 horas estarán terminando su comida. La cordura impondría un poco de reposo, pero a veces no se puede, porque hay actividades vespertinas, deportivas o de otros tipos, unas obligatorias por la escuela, otras que decidimos en casa.

Si solo tienen una actividad extracurricular, a las 6 regresamos, a bañarse o directo a las tareas. Una o dos horas, aunque, según contaba una profesora universitaria, su hijo, en secundaria tenía más actividades que los alumnos en la universidad y su jornada se prolongaba hasta la noche.

Con moderación, a las 19 o 20 horas los hijos estarán libres para cumplir el más sagrado de sus derechos: ser niños, esto es, para jugar, husmear, inventar, ver la televisión, sin mandatos externos, sin orientaciones ni prescripciones, eligiendo lo que ellos quieran. Sí, tienen menos tiempo libre que nosotros, ya lo recordarán los de mi edad y cercanos. Luego, cenar y dormir. Y así, cada día o casi todos los días, 200 al año.

Las comparaciones son odiosas, dicen, pero inevitables, y necesarias a veces. Un documental breve que circula en redes sociales de Michael Moore cuenta la visita a Finlandia para conocer por qué los habitantes de ese país sorprendieron al mundo con sus resultados escolares, y porque se le considera uno de los referentes mundiales.

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Carta a un profesor jubilado

Durante el periodo de vacaciones estudiantiles en la Universidad una mañana llegué muy temprano al cubículo. El olor a café despertó las ganas y subí por mi taza. Bajé apenas acomodar mis libros en la mesa y encender la computadora para desahogar el único asunto urgente. El edificio todavía estaba solo, pero una luz al final, en planta baja, me atrajo y acudí para saludar a uno de mis más apreciados colegas.

Me sorprendió ver su espacio vacío de objetos personales, libros, recuerdos, su termo. Nuestra última conversación en pie, justo afuera de la cocineta, se había deslizado hacia ese terreno: muchos meses atrás había iniciado el trámite para la jubilación y luego de sufrir con una ronda de trámites largos en el Seguro Social, se había consumado ya, a juzgar por su cubículo solitario.

El maestro Juan, Juanito, Juanillo, como decían sus alumnos, no está más por la facultad. Por suerte para él, porque así lo deseaba, descansa vivo y en paz, alejado del quehacer universitario, dedicado ahora a la escuela secundaria y su pasión (eso lo imagino por sus confesiones): los animales, los caballos, el campo.

A Juan lo conocí como estudiantes, él dos años adelante en la carrera. Luego, apenas concluir, se convirtió en mi profesor de Sociología de la Educación. La relación entre ambos siempre fue estupenda, imperturbable. No puedo afirmar que somos los más grandes amigos, pero sí que fluyó la estimación sincera.

Casi tres décadas pasaron desde que lo conocí. Hoy su ausencia en este edificio me pesó un poco. La decisión estaba tomada y sus razones fueron convincentes cuando le reclamé por qué se retiraba tan temprano. No fue prolijo en su explicación, sí contundente; inapelables sus argumentos. No voy a exponerlos aquí, pero me turbaron los síntomas de su diagnóstico.

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Coloquio de Formación Docente en la UdeC

2-coloquioEl inicio de semana me sorprendió con la grata noticia de que la Universidad de Colima, a propuesta de su rector, será sede del Coloquio de Formación Docente organizado por la hoy llamada Red Nacional de Educación Media Superior, de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior.

¡Bienvenido a casa!, podría firmarlo con alegría. Efectivamente. Este coloquio nació en el año 2000 como resultado de la suma de voluntades y recursos entre las Universidades de Guadalajara, Nuevo León y Colima, cuando, quienes entonces fungíamos como representantes de dichas universidades, con el respaldo absoluto de los rectores, decidimos convocar a las 26 universidades públicas con bachillerato, agrupadas en la entonces denominada Red Nacional del Nivel Medio Superior Universitario, para reunirnos cada año en una convivencia profesional y amistosa a dialogar, compartir y aprender juntos.

Por justicia la primera sede del Coloquio fue la Universidad de Guadalajara, quien engendró la idea, con la batuta de Cándido González Pérez; la segunda, en 2001, fue Colima y la tercera, al año siguiente, en Nuevo León, casa del primer coordinador nacional, mi dilecto amigo y fundador de la Red, Filiberto de la Garza. A partir de esas primeras maravillosas experiencias, se sumaron más y más universidades a lo largo de los años, y doy fe de ello hasta 2005, en que debí abandonar el cargo de coordinador de la Red, por decisión personal y congruencia.

Los coloquios en que participé, esos primeros, luego en Coahuila, la UNAM, Zacatecas o Aguascalientes, fueron inolvidables oportunidades de aprendizaje. Son imborrables las anécdotas; destacables los enormes esfuerzos financieros que el rector Carlos Salazar Silva hizo para que cada año la de Colima fuera una de las delegaciones más numerosas y sólidas por su prestigio académico, reflejado en las ponencias presentadas por sus profesores o los talleres que impartían a colegas del país, y encomiable el entusiasmo que prevalecía en esos días intensos.

Solo experiencias gratas conservo, y varios amigos de antaño en distintas partes del país, con quienes me unen lazos imperecederos.

Para el Coloquio de Colima no sé si estaré presente, porque la vida nos conduce por caminos y retos distintos, pero celebraré con emoción su vuelta a casa.

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