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Endeudando presente y futuro

En el teatro de la educación nacional se anuncian varios actos inesperados y de final incierto.

Primero. La instrucción del presidente de la República para un regreso presencial a clases antes del 9 de julio. Esta vez, habla de vacunar en las próximas semanas a 3 millones de maestros, según la nota que leo en La Jornada.

Como se ha vuelto costumbre, los pronósticos presidenciales se desbarrancan con facilidad, y si no han terminado con todo el personal médico y adultos mayores, la promesa de vacunar al magisterio para volver a las aulas es temeraria.

En segundo lugar, el escándalo provocado por las decisiones de renovar los libros de textos gratuito de primaria en un tiempo insólitamente breve, con mecanismos y responsables improvisados. Las críticas son fundadas y suscitan genuina indignación.

Si faltara, tenemos también la desorganización en la convocatoria para la promoción horizontal del magisterio, con fallas elementales para un sistema informático sin demasiadas pretensiones.

Y debemos sumarle la persistente falta de claridad en las condiciones para el retorno a las aulas.

En todos estos hechos, y en cada paso que observamos durante el sexenio educativo, cuesta mucho encontrar criterios razonables, solidez en las decisiones y algo distinto a improvisación, ignorancia o incompetencia.

Pasaba con Esteban Moctezuma y con Delfina Gómez no ocurre algo mejor, a pesar de las ilusiones de muchos creyentes en su trayectoria magisterial.

Con el mínimo sentido crítico y lejos de banderas partidistas o campañas electorales, la actuación de la SEP es desafortunada.

La peor de todas las lecciones es que la educación, como ha sido constante en nuestra historia, es un asunto de menor importancia, encargada a políticos de escasa estatura que tuvieron el privilegio de dirigirla, y la desgracia de endeudar  presente y futuro de millones de niños y jóvenes.

 

¿Para qué queremos educar?

En un libro que se ha convertido en clásico, los profesores Jan Masschelein y Maarten Simons, escribieron un pasaje provocador sobre el significado de la educación:

Educar a un niño tiene que ver con algo fundamentalmente diferente. Tiene que ver con abrir el mundo y con traer el mundo a la vida (las palabras, las cosas y las prácticas que lo configuran)… Tiene que ver con transformar el mundo en algo que le hable.

Me extiendo en la cita porque vale la pena:

Educar… Tiene que ver con encontrar un camino para hacer que la matemática, el inglés, la cocina y la carpintería sean importantes en y por sí mismas.

En efecto, educar es implicarse en el mundo, descubrirlo, aprenderlo. Paulo Freire afirmaba: la lectura de la palabra es la lectura de la realidad.

Pasemos del libro citado, Defensa de la escuela, a la realidad que viven la mayor parte, la grandísima parte de los niños mexicanos que experimentan el confinamiento pedagógico por la pandemia.

¿Ellos logran implicarse en el mundo desde el programa Aprende en casa? ¿Se puede traer el mundo a la vida a través de las pantallas? ¿Pueden las pantallas lograr que aparezcan palabras, cosas y prácticas que conduzcan a los niños a encontrar, descubrir y aprender el mundo?

¿Lo estamos consiguiendo? ¿Estamos educando o sólo escolarizando? ¿Generamos procesos formativos profundos o sólo consagramos rituales?

Habrá quienes sí, pero, me temo, habrá muchos que no. Para ellos, las matemáticas, la historia o la lengua serán materias que deben aprobarse o enseñarse, que deben sortearse para pasar al siguiente año, y no serán ámbitos de formación importante por sí mismos.

Entre muchas cosas que aprendimos con la pandemia es que al currículum, es decir, a los planes de estudio, les sobran contenidos y les falta vida. Esa es una de las tareas pendientes en el regreso a las escuelas.

Volver a las aulas en estos días es una tarea muy importante, pero siguen quedando en el aire las preguntas cruciales: ¿a qué regresarán?, ¿cómo volverán?, ¿a qué escuelas? y ¿para qué prácticas pedagógicas? O más trascendente: ¿para qué queremos educar a nuestros niños? ¿Qué sociedad queremos edificar?

 

Regreso a clases

En otra de sus osadas declaraciones el presidente de la República aseguró que niños y maestros del país regresarán a las aulas antes del fin del ciclo escolar.

En la tribuna se desgranan los aplausos de la hinchada fervorosa que pide la vuelta a la escuela. Hay razones. Académicos y organismos advierten pérdidas significativas en los aprendizajes, en especial, de los niños y adolescentes de sectores más pobres.

Para el presidente, optimista, es posible vacunar a los maestros y trabajadores de la educación en las próximas semanas, a pesar del arribo lento de las dosis y la dilación en sus aplicaciones.

Mientras tanto, el mundo tiene otros datos. En Europa, por ejemplo, se preparan para una tercera gran ola de contagios como consecuencia de las vacaciones por las semanas Santa y de Pascua. Respiro en el trajín, siempre bienvenido, que podría reventar de nuevo las cifras de contagios y fallecimientos, como sufre Brasil en estos momentos.

Pero las vacunas no son todo para un regreso seguro, paulatino y voluntario.

Conviene preguntarle a la Secretaría de Educación Pública a qué volverán los estudiantes y maestros a las escuelas. No es una pregunta intrascendente. ¿Volverán para seguir con los planes, como si no hubiera pasado nada? ¿Volverán para reforzar temas? ¿Evaluarán con instrumentos confiables los aprendizajes? ¿Regresarán para planear la articulación del ciclo escolar con el próximo? ¿Cada uno hará lo que buenamente considere oportuno?

Por otro lado, sigue vigente la pregunta por las escuelas a que volverían los niños, entre otras cosas, por las condiciones materiales, sanitarias y pedagógicas.

Si los niños regresaran de forma escalonada, ¿cuánto se duplicará el trabajo de los maestros? Un maestro de primaria con 24 estudiantes, por ejemplo, tendría que organizar 3 subgrupos; en bachillerato, con 40 alumnos, el profesor tendría que dividirlos en 4. ¿Cómo lo harán?

La decisión que se tome en este sentido, tendría que ser comunicada de forma clara, unívoca y oportuna, y capacitados los maestros para que el regreso no sea una tortura.

También, la Secretaría de Educación Pública, y en los estados, tendrían que saber ya, y estar trabajando en ello, cuántos maestros contratarán para sustituir a aquellos con salud de riesgo alto. Y cuánto personal se precisa para apoyar las tareas higiénicas en las escuelas que no lo tienen para cumplir las instrucciones difundidas.

Falta explicarnos si otra vez, de nuevo, la base de todo será, únicamente, la pura voluntad de los maestros.

 

 

La educación en las campañas electorales

Empezaron las campañas por la conquista de la gubernatura colimense y, como era previsible, en las imágenes que circulan de los primeros actos, en varios casos, observamos gente sin respetar distancias y en cantidades poco recomendables en estos tiempos.

Lo que vimos, salvo una inusitada epidemia de cordura, será el principio de más aglomeraciones por toda la geografía local.

La búsqueda de adhesiones y votos no atiende ni la sensatez frente a la pandemia, ni la decencia o la mesura en las palabras. Comenzó el desfile de promesas y demagogia.

Ante la acumulación de gente, aun en espacios abiertos, conviene recordar la lógica del virus. Es elemental: a mayor movilización de la gente, más infecciones. En 15 días podríamos tener nuevos repuntes en las cifras de infectados y fallecidos. ¿Quién asumirá los costos?

En estos primeros días de campañas, excepto por cubrebocas y el predominio de mujeres candidatas, no observo algo distinto a lo conocido.

¿Las campañas y los partidos se infectaron de esterilidad imaginativa? Por ahora, así parece.

Sobre educación no he leído nada destacable entre los discursos de las candidatas y candidatos.

Dos asuntos están en la mesa para el debate o, por lo menos, para sus pronunciamientos: el regreso a las escuelas y las estrategias para recuperar a los estudiantes que se hayan desconectado o abandonaron. Un esfuerzo político, económico, social y pedagógico extraordinario.

El segundo, los programas locales que, en el marco de la Federación, permitan avanzar en el cumplimiento de los grandes compromisos: el derecho a la educación de todos, especialmente con la obligación constitucional de universalizar la enseñanza media superior en un año y la educación superior gratuita, aprobada hace unas horas con la Ley General de Educación Superior.

¿Qué harán las candidatas y candidatos? ¿Les importará la educación como un tema estratégico para el desarrollo de Colima?

Ojalá tengan tiempo de reflexionar sobre los factores críticos para la transformación del sistema educativo colimense y no se conformen con recetar las pobres promesas que se repiten desde hace varias elecciones, que sólo exhiben el raquitismo político en la materia.

 

La pandemia como maestra

En dos semanas se cumple un año del largo confinamiento pedagógico decretado por el gobierno.

Es tiempo de balances que ponderen las enseñanzas que deja la pandemia, no sólo en las escuelas y para los maestros, aunque ese sea el foco de mis reflexiones.

Una aclaración inicial es precisa. No pueden minimizarse los más de 180 mil muertos oficiales, ni los impactos emocionales en las vidas de esas miles de familias lastimadas por las pérdidas. Tampoco son cosa menor los efectos económicos, el desempleo o la pobreza, así como la larga cola de otros muchos problemas que podrían parecer menores pero afectarán de formas inestimables, como las oportunidades de trabajo o estudio perdidas, las separaciones familiares, la frustración.

Pero no podemos vivir haciendo apología de la desgracia o el infortunio.

Es tiempo de observar la pandemia como una maestra. Una pedagoga severa que, a fuerza de dolor y muerte, pero también de recogimiento y silencio, detuvo nuestro andar para colocarnos ante el espejo de desatinos.

La vida colectiva importa. Los otros me arropan. Nuestra salud depende de cada uno, pero en un entorno de cuidados mutuos, estaremos mejor. La salud es el primero de todos los desafíos para la humanidad, y para cada uno de nosotros, condición de cualquier proyecto.

En la escuela esa enseñanza es contundente. Ganaremos todos cuando trabajemos juntos. Directores con maestros codo a codo. Maestros entre sí. Maestras con niños y familias. La escuela como una sociedad a escala donde todos trabajan con y para todos.

Los espacios públicos y naturales deben ser protegidos y valorados como sitios de encuentro y disfrute. Ante su cierre o lejanía, los percibimos más valiosos.

Es un buen momento para preguntarnos por los efectos y defectos de tener a nuestros niños cientos de horas pegados a las pantallas, escuchando clases, muchas de ellas aburridas, sentados y nada más que sentados, aprendiendo a obedecer y callar.

Es un tiempo propicio para preguntarnos si somos capaces de imaginar otra escuela y una educación distinta. Una que sea aventura y no canción de cuna multiplicada por infinitas pantallas.

Es tiempo, sin duda, de mirar a la pandemia como una maestra aparentemente insensible, pero generosa en sus lecciones.