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La pandemia como maestra

En dos semanas se cumple un año del largo confinamiento pedagógico decretado por el gobierno.

Es tiempo de balances que ponderen las enseñanzas que deja la pandemia, no sólo en las escuelas y para los maestros, aunque ese sea el foco de mis reflexiones.

Una aclaración inicial es precisa. No pueden minimizarse los más de 180 mil muertos oficiales, ni los impactos emocionales en las vidas de esas miles de familias lastimadas por las pérdidas. Tampoco son cosa menor los efectos económicos, el desempleo o la pobreza, así como la larga cola de otros muchos problemas que podrían parecer menores pero afectarán de formas inestimables, como las oportunidades de trabajo o estudio perdidas, las separaciones familiares, la frustración.

Pero no podemos vivir haciendo apología de la desgracia o el infortunio.

Es tiempo de observar la pandemia como una maestra. Una pedagoga severa que, a fuerza de dolor y muerte, pero también de recogimiento y silencio, detuvo nuestro andar para colocarnos ante el espejo de desatinos.

La vida colectiva importa. Los otros me arropan. Nuestra salud depende de cada uno, pero en un entorno de cuidados mutuos, estaremos mejor. La salud es el primero de todos los desafíos para la humanidad, y para cada uno de nosotros, condición de cualquier proyecto.

En la escuela esa enseñanza es contundente. Ganaremos todos cuando trabajemos juntos. Directores con maestros codo a codo. Maestros entre sí. Maestras con niños y familias. La escuela como una sociedad a escala donde todos trabajan con y para todos.

Los espacios públicos y naturales deben ser protegidos y valorados como sitios de encuentro y disfrute. Ante su cierre o lejanía, los percibimos más valiosos.

Es un buen momento para preguntarnos por los efectos y defectos de tener a nuestros niños cientos de horas pegados a las pantallas, escuchando clases, muchas de ellas aburridas, sentados y nada más que sentados, aprendiendo a obedecer y callar.

Es un tiempo propicio para preguntarnos si somos capaces de imaginar otra escuela y una educación distinta. Una que sea aventura y no canción de cuna multiplicada por infinitas pantallas.

Es tiempo, sin duda, de mirar a la pandemia como una maestra aparentemente insensible, pero generosa en sus lecciones.

El abandono escolar en México

Entre los consensos que deja la pandemia en los sistemas educativos destacan, por su gravedad, la inevitable expulsión masiva de estudiantes y una merma en la calidad de los aprendizajes de quienes persistan, especialmente, entre los sectores sociales depauperados.

Se pueden hipotetizar distintas razones y de eso tendremos cada vez más literatura en los próximos meses y años, producto de investigaciones y ensayos.

Por ahora, el hecho contundente es que las organizaciones internacionales, como Unesco o Unicef, y los ministerios de educación, advierten con preocupación que en regiones de desarrollos incipientes, el problema podría alcanzar tintes dramáticos.

En México no escapamos al fantasma del abandono escolar. Esta semana, la organización Mexicanos Primero puso el tema en la mesa con una declaración dura. En 6 millones calculan el número de estudiantes desconectados. La cifra aterra.

El problema no es estadístico ni técnico. Es político y ético, además de pedagógico. Lo sufren los estudiantes y podrían padecerlo el resto de su vida, al verse impedidos del derecho a la educación, un derecho llamado bisagra, porque permite alcanzar los otros.

El cálculo de Mexicanos Primero es peor que los escasos números proporcionados por el gobierno federal. Si sus cifras se comprueban cuando se publiquen los datos oficiales, todavía ocultos después de siete meses del inicio del ciclo lectivo, el boquete en el sistema escolar sería terrible.
Seis millones de estudiantes menos equivale a regresar a la matrícula de hace 20 años; o a borrar a todos los estudiantes de educación media superior del país.

Veámoslo con otra perspectiva, si es que hace falta llamar la atención. Seis millones representarían haber perdido a casi 18 mil estudiantes cada uno de los días desde el inicio de la pandemia.

Es el presente y el futuro lo que nos estamos jugando con las decisiones que se tomen sobre la escuela. Lo que hagan las autoridades educativas y escolares para recuperar al mayor número posible de esos estudiantes, definirá también el futuro y el presente de cada uno de esos niños y adolescentes.

 

El desafío de los profesores ante el nuevo semestre

Esta semana comenzamos el semestre escolar en la Universidad de  Colima. Tercer ciclo lectivo en modalidades remotas, con los mismos retos y en un contexto con variables nuevas.

Para la Universidad el desafío es doble: primero, retener a la mayor cantidad de estudiantes, a contracorriente de lo que calcula la UNESCO para América Latina, y de las estimaciones que a cuentagotas proporciona la Secretaría de Educación Pública, pero que dibujan un abandono de proporciones descomunales.

El segundo desafío es consolidar una serie de plataformas y condiciones que no lastimen las oportunidades de aprendizaje, especialmente de los estudiantes con peores carencias familiares, culturales y socioeconómicas.

El reto para los maestros es extraordinario. Nuestro papel va más allá de transferir archivos digitales o asignar tareas. Tenemos que lograr, en la medida de lo posible, que cada sesión didáctica sea una experiencia provechosa, que cada contacto tenga sentido para los alumnos, que cada tarea sea ocasión de aprendizajes.

En la película de Ratatouille, el chef Gusteau habría escrito una teoría sobre la cocina: cualquiera puede cocinar, pero no cualquiera puede ser un buen chef.

Nunca como ahora es más claro también en la docencia: cualquiera puede dar clases, pero no cualquiera será un buen maestro, si no se compromete con su preparación y se entrega con generosidad al oficio magisterial.

Si en un salón de clases los estudiantes necesitan y merecen buenos maestros, en tiempos de confinamiento, los profesores no podemos eludir el compromiso social, profesional y ético con los estudiantes. No podemos olvidarlo: en cada experiencia pedagógica, nosotros somos la cara de la Universidad. La cara positiva o la pésima.

La docencia no es sólo un empleo. Lo aprendí hace muchos años con Federico Mayor Zaragoza, cuando recibió el doctorado honoris causa en la Universidad de Colima, siendo él director general de la UNESCO. No. La docencia no es una chamba: es una misión de transformación social y no puede ser epidérmica. Esa misión empieza en el mismo maestro.

Ese es el reto que tenemos las maestras y maestros de la Universidad y de todas las instituciones educativas. Ni más, ni menos.

 

Educación en tiempos de barbarie

La pandemia encontró un país políticamente fracturado: los partidarios del presidente, defensores a ultranza hasta de lo indefendible, y los adversarios coléricos, críticos hasta de lo bien hecho.

En el medio, muchos observamos el triste espectáculo de categoría esperpéntica.

Con cierto candor supuse que la enorme amenaza pandémica firmaría una tregua entre partidarios de ambas formaciones ideológicas. Fallé. Así transcurrieron los meses y, pese a temores, muerte y dolor, la fisura nos hunde.

En esos momentos de turbación, cuando las amenazas externas obligaban a la reconciliación, la cosa sólo se agravó. Unos y otros aprovechan pretextos nimios para denostar.

La diferencia política se volvió causa de odio y alentó deseos de aniquilación del rival. Las redes sociales exacerban linchamientos.

De uno y otro lado afloran poca racionalidad, escasa civilidad y tolerancia. En año electoral las campañas serán gasolina en el fuego de mezquindades. No nos espera un año más civilizado en este 2021.

La historia de la humanidad, dicen, es el conflicto permanente entre civilización y barbarie. La imposibilidad de escuchar con paciencia al otro y desmontar sus argumentos con otros superiores no tiene cabida en muchos de los soldados de esas batallas feroces. El objetivo es la descalificación de las personas, la burla, el insulto.

Justamente por eso, porque no se construye ciudadanía desde el deseo de aniquilación del diferente, se vuelve más importante la tarea educadora, el papel de la escuela como institución de igualación social, de los maestros como artífices de una cultura del respeto a la dignidad, integridad y libertades del otro.

En tiempos negros, como los que corren, es cuando más tenemos que apostarle a la buena educación, porque sin ella, la democracia languidece.

La escuela es la única posibilidad de construir la ciudadanía que la democracia necesita. Es la vacuna contra la barbarie y la violencia.

 

Otro libro en puerta

Entre miércoles y viernes dediqué más de la jornada habitual de trabajo a la lectura y revisión de un nuevo libro que coordino con un dilecto amigo y colega. Por ahora, me reservo nombres del colega, colaboradores y del propio libro, hasta que hayamos avanzado un poco más y sea el momento de contarlo en esta página.

Lo que puedo decir ahora es el tema: la pandemia en las escuelas y sus implicaciones teóricas y prácticas.

Mi tarea es de lectura y revisión. La experiencia es siempre un desafío, más cuando los revisados son autores de solvencia sobrada. Así lo estoy disfrutando, aunque es extenuante.

Mientras ese proyecto avanza, en el horizonte tenemos el inicio del nuevo semestre en la Universidad y debemos preparar el curso, distinto a lo realizado hasta ahora.

Tiempos de trabajo intenso. Luego vendrán las cosechas, y si no, quedará el trabajo y las satisfacciones. Incluso las frustraciones, que también son un gajo del balón.