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Educación y fútbol

El fútbol mundial hace tres años conoció un estilo de juego vistoso y efectivo. En un panorama dominado por la mezquindad, la sola aparición ya era una noticia grata, porque selecciones nacionales y equipos de primera importancia habían obtenido títulos con base en estilos de juegos centrados en buena defensa y pobre espectáculo.

Más allá de la admiración y asombro que despierta la contundencia y sencillez del Barcelona, en su modelo encuentro una edificante lección que podría extenderse a otros ámbitos, por ejemplo, a las escuelas. Se trata de la perfecta fusión entre preparación, determinación y agilidad mental, acompañados de la pasión por el oficio.

Mientras en el mundo y en las relaciones sociales imperan el individualismo o el conservadurismo más recalcitrante, en el equipo catalán prevalecen espíritu colectivo, generosidad en el esfuerzo, disciplina, sobriedad en la victoria y grandeza en la derrota, eficiencia, efectividad y, sobre todo, alegría: valor supremo en el deporte, en la vida y asignatura pendiente en educación. Con esa conjunción de atributos la derrota no deja de ser una probabilidad latente, pero la victoria es más frecuente y justa.

El juego así practicado lo disfrutamos, pero su valía, para mí, va más allá de lo deportivo y constituye una de las claves principales -si claves hay que buscar- para cumplir el objetivo de una profesión o institución. En la tarea pedagógica son imprescindibles emoción y alegría. Si los profesores educamos así, con emoción y alegría, la victoria, es decir, la buena educación, no es garantía, pero llegará, más temprano que tarde.

Fuente: Ángel Guardián

La educación puede ser buena noticia

En muchos medios informativos la educación aparece sólo como una mala noticia. Se habla de ella, de los profesores o estudiantes, su sindicato o autoridades, cuando algo no funciona, cuando alguien se equivocó. En los últimos años aparece en momentos álgidos: antes del ingreso al nuevo año escolar en bachillerato y educación superior, o cuando se publican los resultados de las pruebas a los estudiantes, la llamada “Enlace”, a nivel nacional, y PISA, a nivel mundial.

Entonces se derraman los juicios contra la escuela, contra los malos resultados: que si somos un país de burros, que estamos reprobados, que los maestros no saben enseñar.

Suelen ser comentarios ligeros que no alimentan la comprensión de los problemas, porque no analizan contextos y evitan una opinión pública más rigurosa en sus juicios.

Cierto, la escuela mexicana no es ejemplo de relevancia o eficacia, pero tampoco lo es el país. Nuestros sistemas de salud, penitenciario o político, por citar algunos, no son modelo de buenas prácticas. Pero no, no se trata de la búsqueda de culpabilidades, sino de la mejor educación para las mexicanas y mexicanos del presente.

Más allá de cómo funcionan otras instituciones la transformación del sistema educativo nacional es imperativa, sin duda. Ello exige, entre otros cambios, construir una opinión pública más analítica, menos banal, que ayude al debate público y permita avanzar en una tarea que no puede ser sino colectiva. Una opinión pública que colabore con los profesores y con los padres, con las autoridades y los políticos.

Los medios de comunicación juegan un papel y tendrían que ser cada vez más relevantes, porque la educación es una tarea tan poderosa que no puede quedarse sólo en las manos de quienes allí trabajan.

Fuente: Ángel Guardián

La elección de carrera

Después del regreso de las vacaciones entraremos a la última etapa del ciclo escolar. Para la mayoría de quienes van a concluir su educación media superior se acerca un momento de definiciones cruciales para su vida y la de su familia: la elección de carrera profesional.

Decisión complicada en un momento nada sencillo por todos los procesos fisiológicos, emocionales y sociales que experimentan los jóvenes; encrucijada de la que, lamentablemente, están excluidos millones y millones de mexicanos que no llegan a ese piso de la pirámide educativa.

Es una decisión que, además, sólo puede ser tomada por una persona: el propio estudiante, aunque un buen acompañamiento familiar, docente o de amigos podría ayudar. Pero me temo que en ese renglón tenemos mucho por aprender y hacer.

Algunos se preguntan si no es excesivo pedirle a una persona que a los 17 o 19 años decida a qué quiere dedicarse el resto de su vida. Puede serlo. Pero hoy los muchachos que deben elegir institución, carrera y, tal vez, cambio de residencia no tienen más tiempo. La hora de las determinaciones se acerca.

Después de las vacaciones ojalá cada uno de ellos elija la mejor opción profesional. La elección de la carrera es uno de los principales predictores del éxito o fracaso escolar. En otras palabras, entre mejor eligen los estudiantes mayor probabilidad tienen de concluir satisfactoriamente.

La recomposición del tejido social en nuestro país, por encima de casi todas las cosas, reclama que sus ciudadanos tengan un oficio y puedan ejercerlo para vivir dignamente, que se sientan plenos y obtengan los satisfactores materiales y espirituales.

Buenos ciudadanos necesita nuestro país, y Colima, y ellos nos los garantiza la escuela, pero sin una buena educación son imposibles.

Fuente: Ángel Guardián

La universidad, proyecto cultural

Frente a múltiples problemas sociales como la inequidad, la banalización de formas y contenidos culturales, la pobreza o la violencia, la escuela como institución social -y la universidad, en particular tienen una función vital: construir proyectos educativos capaces de oponerse al desasosiego cultural.

Es urgente la compenetración de la universidad en la sociedad y su participación en la búsqueda de una nueva perspectiva civilizatoria. En ese sentido, el profesor argentino Roberto Follari propone un conjunto de pistas para una inserción distinta de las universidades en el contexto. Comento tres a continuación.

Primera. Enriquecer la cultura institucional rompiendo con el aislamiento. Dice: “Llenemos la universidad con gente de la calle, con exposiciones, conferencias, mesas redondas, cursos breves de difusión con calidad… Es uno de los modos de dejar de ser instituciones fundamentalmente profesionalistas, dirigidas al otorgamiento de credenciales y títulos”.

Segunda. Fortalecer las carreras y áreas humanísticas. La educación es un espacio determinante en la transmisión de valores y bienes simbólicos; de autoconciencia y reflexividad social. Es, también, indispensable para equilibrar la idolatría por la técnica.

Tercera. La universidad tiene que ser un espacio central en la discusión plural, y debe empezar por sí misma. Es la universidad un sitio donde se debe enseñar y practicar la crítica responsable, en donde la sociedad encuentre vías de reflexión y propuestas.

Estas son algunas de las tareas más importantes de las universidades mexicanas. A ellas debemos dedicarnos, aunque a veces se pierden de vista porque se cree que la única válida es repartir títulos. No, la educación no es una mercancía, ni la universidad una fábrica de profesionistas desvinculados de sus realidades. La universidad es, esencialmente, un proyecto cultural.

Fuente: Ángel Guardián

El analfabetismo juvenil

Con datos del Censo de Población y Vivienda 2010, el secretario de Educación Pública afirmó que en México sólo el 1.9 por ciento de los jóvenes entre 15 y 29 años son analfabetos.

Junto a otros indicadores, lo presentó como avance en el combate al rezago educativo, esto es, la población que sabe leer, escribir y concluyó su educación secundaria.

Traducido el porcentaje a personas, 1.9 por ciento son 564 mil jóvenes analfabetos, con escasas diferencias entre hombres y mujeres. Parece un avance, como dice el secretario Lujambio, pero dicha cantidad se acerca a los habitantes del Estado menos poblado del país (Baja California Sur).

Así analizada, la cifra no es tan insignificante. Más de medio millón de mexicanos entre su segunda y tercera décadas de vida ya han sido excluidos de cualquier posibilidad de una vida decorosa por medios lícitos. ¡Y sus hijos enfrentarán una condición aún más crítica!

Menos alentador es todavía el panorama cuando sabemos que sólo el 40 por ciento de los jóvenes entre 15 y 24 años asisten a la escuela. Buena parte del resto alimentan el numeroso contingente de quienes no estudian ni trabajan.

De nuevo surgen las preguntas por un tema que ya el rector de la UNAM había colocado en el primer plano. ¿México está aprovechando el llamado bono demográfico? ¿Hay políticas efectivas de inclusión social y de igualdad de oportunidades? ¿Ese medio millón de jóvenes tienen derecho a ser educados?, ¿deben ser educados?

Se dice que vivimos en la sociedad del conocimiento. Bonito discurso, pero imposible para millones en el mundo y México. Lo cierto es que en el siglo XXI hay señales inequívocas de que una franja de la población vive y vivirá como hace cien años. Colima podría ser un caso excepcional.

Fuente: Ángel Guardián