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¿Quiénes son los rechazados?

Dos reporteras del periódico mexicano “El Universal” la semana pasada mostraron en toda su crudeza uno de los renglones torcidos que más debieran ocupar a quienes gobiernan y a quienes dirigen la SEP.

Después de una revisión de los resultados de los procesos de admisión en 31 universidades públicas mexicanas, contabilizaron 521 mil jóvenes que no tendrán un espacio en las aulas para el ciclo escolar naciente.

La cifra expresa distintos fenómenos, entre ellos, la presión social derivada del valor de un título universitario y la incapacidad histórica del Estado para crear las oportunidades de ingresar y culminar una carrera profesional en buenas instituciones.

Solo una reforma estructural, con decisiones que no suelen tomarse para favorecer a las mayorías, hará posible empezar a resolver un problema que preocupa unas semanas al año y después se archiva, lejos de las prioridades.

El problema, para mí, no es financiero sino de decisión política.  No es un asunto técnico, sino ético. Si un joven decide no estudiar es respetable, pero no hacerlo debe ser opcional, y no producto del cierre de puertas.

El tema de los rechazados es delicado. La historia personal de cada uno puede ser el pasaporte a la exclusión, o un acicate para reintentarlo hasta lograr el cometido. Pero también es la historia colectiva del rechazo a políticas que no privilegiaron la enseñanza superior pública, ni el derecho constitucional y humano a la educación.

La de los mal llamados rechazados es la historia de la deuda con miles, millones de jóvenes mexicanos.

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Tiempos difíciles

Las semanas que corren son complicadas para las universidades públicas mexicanas. Sus procesos de admisión las colocan a merced de la crítica por los aspirantes que no encuentran espacio en sus aulas. Los encabezados de prensa resultan sensacionalistas, a veces ciertos en algunas aristas. La UNAM está a la cabeza de los cuestionamientos, luego el Politécnico Nacional, la Autónoma Metropolitana, la Universidad de Guadalajara y muchas de las universidades públicas estatales, como la de Colima.

Los detractores de las universidades públicas, los que solo opinan cuando se trata de lanzar la crítica más severa, en esta época abonan en terreno fértil. Los detractores, muchos de ellos en cargos públicos, de elección o no, pudiendo haber lanzado iniciativas o tomado decisiones, optan por la vía más cómoda: la acusación.

La explicación frente al tema de los rechazados tiene coordenadas precisas: la demanda crece más que la oferta en las buenas instituciones, es un fenómeno demográfico pero también de expectativas sociales; al mismo tiempo, es producto de un esfuerzo gubernamental inferior al necesario, porque las instituciones educativas no reciben presupuestos adecuados y porque se crearon muchas instituciones pero de poco prestigio.

Al amparo de estos elementos la educación privada creció de forma explosiva en las últimas décadas, más que la educación pública y sin ninguna garantía de calidad, en la mayoría de los casos. Aumentó, además, la estafa y el engaño porque la privatización se fue convirtiendo en mercantilización y en educación chatarra.

Son tiempos difíciles para las universidades públicas, por eso la transparencia de sus procesos de selección es vital. Mientras, habrá que esperar un año más a que se concreten los discursos y tengamos, ahora sí, una política de estado decidida a educar a todos los mexicanos, porque todos deben y merecen ser educados.

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Reformas pendientes

Muchas reformas pendientes tiene el próximo presidente de la república, y no me refiero a la energética o fiscal. Hay otras, más radicales y urgentes, que permitan que la economía se supedite a la política, y la política a las necesidades sociales; que los mercados valgan menos que los valores humanos, que los pobres cuenten tanto o igual que las personas que más ganan. No es sencillo, lo confieso, pero sin esas transformaciones, este país seguirá lacerado por terribles asimetrías, injustas y peligrosas. Sin esas transformaciones, este país será una eterna promesa, permanentemente subdesarrollada, pese a su potencial.

Voy a decir una verdad repetida: este país necesita ser reinventado, y los jóvenes serán un buen punto de partida, no porque la juventud posea un certificado de pureza moral o infalibilidad intelectual, pero sí, porque los jóvenes sufren como nadie la falta de oportunidades de empleo, cuando nunca hubo tanta gente escolarizada.

El país tiene que construir cimientos sólido para el futuro. Los que ahora tenemos no observan un horizonte promisorio. Falta una idea también poderosa de nación, y en ello, la juventud es vital.

Es imposible no pensar en los llamados “ninis”, los jóvenes que no estudian ni trabajan, porque no quieren pero, sobre todo, porque no encuentran un empleo o sitio en las escuelas. El nuevo presidente de la república podría empezar en su estado, que hoy ocupa el primer sitio por el número de ninis.

Un país distinto, es decir, una sociedad más educada, sana, justa, próspera, democrática, no se construirá con discursos de campaña ni espectaculares en las calles. No será fácil la tarea y requerirá más de un sexenio, pero seis años bastan para trazar el rumbo, construir consensos y enfilarnos. O empezamos ya, o perdemos la mitad del siglo XXI.

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La Universidad de Colima, 132 de Latinoamérica

La Universidad de Colima es la número 132 en el ranking de las 250 mejores universidades latinoamericanas, presentado en Londres por una consultora británica fundada en 1990 y creadora de uno de los más reputados en su género, el Ranking Mundial de Universidades, una clasificación de las principales 700 instituciones educativas superiores del mundo.

Con base en la evaluación de siete criterios, entre ellos, reputación académica, reputación entre empleadores, producción científica, impacto en internet y calidad de su planta docente, la de Colima ocupa el lugar 22 entre las instituciones mexicanas, y entre las públicas estatales el 10, detrás de las Universidades de Guadalajara, Autónomas de Nuevo León, Puebla, Estado de México, San Luis Potosí, Guanajuato, Autónoma del Estado de Morelos, Autónoma de Yucatán y Sonora.

Para algunos puede parecer un sitio lejano, pero solo en México la SEP reconoció en el ciclo escolar anterior 2,741 instituciones de educación superior públicas y privadas. Ser entonces la 132 de América Latina, la 22 de México, la 10 entre las públicas estatales es motivo de orgullo, pues forma parte de la élite en el subcontinente y el país. Más aún, si está por encima de otras grandes instituciones, como la Veracruzana, Michoacana, o las Autónomas Chapingo, Aguascalientes, Chihuahua, Sinaloa, Hidalgo, Tamaulipas, Baja California, la Autónoma de Guadalajara y el ITESO.

Está claro: una universidad no es grande por su lugar en las clasificaciones, sino porque cumple su responsabilidad social, pero el sitio conquistado honra, estimula y compromete, y así debemos asumirlo quienes laboramos en la Universidad, sin falsos triunfalismos y con una generosa dosis de humildad, pues solo de esa forma seremos capaces de reconocer defectos y fortalecer virtudes.

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Internacionalización de la UdeC

Hace unos días se anunciaron nuevos acuerdos de colaboración entre la Universidad de Colima e instituciones educativas de otros países, para el establecimiento de programas de doble grado o doble titulación. Se trata de convenios que permiten que estudiantes de la institución colimense cursen uno o dos años en universidades extranjeras y al final de sus estudios obtengan dos títulos de licenciatura o posgrado, válidos aquí y allá. Las ventajas, como podrán apreciarse, son inmensas e impensables para quienes estudiamos hace una, dos o más décadas. De este tipo de programas egresaron ya los primeros licenciados en economía, con un título francés, y los primeros ingenieros oceánicos con título chileno, para citar dos de los casos con resultados ampliamente satisfactorios. Once son, en total, los programas suscritos hasta hoy entre la Universidad de Colima y universidades e instituciones de Francia, Chile, Panamá, Tailandia, Australia, España y Estados Unidos. Si los once representan una cantidad respetable, por su número y calidad de las contrapartes, es significativo que otros se preparan con universidades canadienses, estadounidenses y chilenas. Por el proceso de integración europeo de su educación superior se pospusieron algunos acuerdos, pero próximamente podrían incrementarse con instituciones de ese continente. El resultado de todo este esfuerzo ya se aprecia hoy, en los logros de cada una y cada de los egresados, pero en diez años será incalculable la ganancia que dejen para Colima y para el proceso de internacionalización emprendido por su máxima casa de estudios. La educación no suele ser una buena noticia, y para muestra, bastaría con revisar los periódicos de cualquier día, sin embargo,  hay muchas noticias que deben empezar a visibilizarse, para reconocerse y apreciarse, sobre todo, porque son parte del esfuerzo de muchas personas que colaboran en su gestación y lo hacen posible. Escucha la opinión