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Sobre la vida y la muerte

La mejor definición que encontré sobre la muerte es la más corta y parece muy simple: así es. Su autor es un pensador rumano heterodoxo, corrosivo y provocador: Emil Michel Cioran. Tiene razón. La muerte es así. Nada hay contra la muerte, y la única condición para que aparezca, el único requisito es estar vivo. Solo lo inanimado escapa a ese destino.

Frente a la inevitabilidad de la muerte hay distintas opciones. Una es cuidarse en extremo hasta la huida, que Joaquín Sabina caricaturiza magistralmente en “Pastillas para no soñar”.

Otra es la actitud de los niños pequeños que no tienen clara consciencia del riesgo y de la propia muerte; que juegan y su vida toda parece un juego. Bueno, me refiero a los niños que tienen papá y mamá, casa y comida caliente, no a los que viven en las calles pegados a la espalda de la madre o durmiendo en los camellones mientras ellas ganan unos pesos, por ejemplo.

Una tercera actitud es la de asumir, como el filósofo francés André Comte-Sponville, que la vida es riesgo y, por tanto, oportunidad, que debemos vivir sin dejarnos paralizar por el miedo, sin correr hacia el precipicio pero tampoco acostarnos a esperar la muerte.

Vivir así es una aventura cotidiana, una experiencia vital, y se vive igual el lunes o el miércoles que el sábado o domingo. La muerte nos encontrará siempre, más tarde o más temprano, y cuando llegue mejor haber vivido que haber huido; creo.

Pasen felices fiestas decembrinas: disfrútenlas y cuídense lo necesario.

¡Hasta pronto!

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La alegría de enseñar

Cada sábado por la mañana acompaño a mi hija, Mariana Belén, a sus clases de inglés en la Facultad de Lenguas Extranjeras. Allí, junto a muchos otros niños aprende con jóvenes estudiantes de la licenciatura en enseñanza de lenguas. La experiencia como espectador es grata. A la inevitable y contagiosa alegría de los niños que caminan hacia sus aulas o ya en ellas, se suman los rostros relajados y contentos de los estudiantes universitarios. Lo veo en sus caras y movimientos, los escucho mientras trabajan con los niños o conversan  afuera de sus aulas.

Ambos hechos reconfortan: la enseñanza y el aprendizaje con emoción y alegría está casi garantizada, porque la escuela no se vive como una tortura, porque las clases no se experimentan como castigo y la diversión no riñe con las tareas.

¡Qué distintos los rostros de esos aprendices de profesores a los que solemos tener cuando ya ejercemos! Las preocupaciones con los años han crecido, alguna frustración se habrá colado y aquellas primeras experiencias inexorablemente han ido también insensibilizando, gastando la emoción de los primeros tiempos.

Me pregunto quién pierde con la fricción que consume la vitalidad. La educación y los alumnos, sin duda, pero sobre todo nosotros mismos, quienes ejercemos la docencia, porque perdemos una de las más grandes cualidades de los educadores: la alegría de vivir. Como bien dice Fernando Savater: los pesimistas pueden ser buenos domadores, pero no buenos educadores.

¿Cómo conservar la alegría de enseñar en un contexto hostil? No lo sé, en todo caso, mientras no la tengamos, la probabilidad del éxito se reduce y la escuela se convierte en canción de cuna y no en desafío para los alumnos. Difícil, pero posible y necesario.

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Enseñanzas de “El Principito”

En el capítulo 2 de “El Principito” se lee: “A los mayores les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial… Nunca se les ocurre preguntar: ‘¿Qué tono tiene su voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le gusta coleccionar mariposas?’… en cambio preguntan: ‘¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?’ Solamente con estos detalles creen conocerle. Si les decimos a las personas mayores: ‘He visto una casa preciosa de ladrillo rosa, con geranios en las ventanas y palomas en el tejado’, jamás llegarán a imaginarse cómo es esa casa. Es preciso decirles: ‘he visto una casa que vale diez millones de pesos’. Entonces exclaman entusiasmados: ‘oh, qué preciosa es’.”

Con la lectura hay una asociación automática en mi cabeza entre ese pasaje y el sistema educativo nacional, pues algo semejante sucede en la realidad. Para el sentido común que, ya sabemos, es el menos común de los sentidos, solo se tiene alguna credibilidad y se es digno de respeto, si se tienen las cifras, los datos, los llamados “indicadores” para ser esgrimidos cuando se requiera, para llenar un informe o dictar un docto discurso. Solo con tasas, indicadores, pesos y centavos, es decir, con números quien habla ostenta “autoridad”.

Y me temo que los procesos más estrictamente sustanciales son invisibles frente a esas visiones: que ni el aprendizaje ni la enseñanza pueden cuantificarse como zapatos o ladrillos. Por ejemplo, los exámenes estandarizados, como PISA o Enlace, son aproximaciones distantes y, quizá, antagónicas con la buena educación, porque olvidan y desdeñan lo esencial: aquellos pilares que el libro de la UNESCO conocido como Informe Delors llama “aprender a ser y aprender a convivir con otros”, tan indispensables como nunca.

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Twitter@soyyanez

¿Por qué no educamos bien?

¿Qué hacen los mejores sistemas educativos para que sus estudiantes aprendan y obtengan buenos resultados en los exámenes internacionales? Unos, como Corea del Sur convierten las escuelas en cuarteles. Otros, como Finlandia, no riñen el aprendizaje con el juego. ¿Saben ustedes como se educan los niños y jóvenes finlandeses? La respuesta es un poco penosa: hacen casi todo lo contrario que México.

En una entrada reciente en su blog, la educadora ecuatoriana Rosa María Torres resume algunos porqués del éxito finlandés, con base en un texto que describe 26 “hechos sorprendentes” sobre el sistema educativo de ese país. Les comparto algunos.

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Una llamada de atención a los mayores

Recibí hace algunas semanas un paquete con dos libros que había solicitado a un amigo mexicano que estudia en España. Uno de los libros, aun inconcluso en su lectura y del cual hablaré con detalle en otra ocasión, tiene por título “Una llamada de atención. Carta a los mayores sobre los niños de hoy”, cuyo autor, Philippe Meirieu, es un sabio profesor francés que enseña en la Universidad Lumière-Lyon 2.

De Meirieu he leído todo lo que he encontrado, desde su “Frankenstein educador”, porque me resulta uno de los expertos más provocadores y originales, y su sencillez rigurosa es una invitación ineludible para quienes nos dedicamos a la docencia.

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