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Cuando enseñamos y aprendimos en casa

El 15 de mayo el doctor Hugo Casanova Cardiel, director del Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación de la UNAM me envió el libro Educación y pandemia. Una visión académica, escrito por los investigadores del prestigioso Instituto.

Lo descargué de inmediato y comencé a leerlo. Mientras pasaba las páginas de autores conocidos, algunos de ellos mis maestros y amigos, fui acariciando la idea de convocar a un libro semejante que recogiera la experiencia que estábamos viviendo los profesores y directivos en las escuelas de Colima con el programa Aprende en casa.

Cuando la idea tomó forma en la cabeza, puse en marcha el proyecto. Invité a un colega, Rogelio Javier Alonso, para que me acompañará en la coordinación y asumiéramos juntos las tareas de buscar maestros, luego revisar, corregir y afinar los capítulos. La consigna era sencilla: textos cortos, de no más de 3 mil palabras, escritos en estilos y formatos libres, accesibles a distintos públicos, con tal diversidad que permitiera miradas heterogéneas. La meta: publicarlo antes del nuevo ciclo escolar.

La invitación fue recibida espléndidamente por 15 profesionales de la educación, mujeres y hombres, maestras, educadoras, directores, supervisores, autoridades educativas y una estudiante de pedagogía. De todos los niveles escolares y varios municipios. Cumplieron en los plazos con textos muy interesantes; luego recibieron nuestras observaciones, corrigieron y dimos paso a las siguientes actividades. Acorto la historia.

El libro está casi listo. Se hospeda en Puertabierta Editores y la Fundación Cultural del mismo nombre.

Se llama Cuando enseñamos y aprendimos en casa. La pandemia en las escuelas de Colima. Con él, ofreceremos al sector educativo colimense y mexicano, un conjunto de lecturas frescas: recuentos de lo hecho, memoria de estos meses previos, reflexiones, apuntes de investigaciones, ensayos y testimonios de distintos protagonistas, que muestran la riqueza de perspectivas, y de lecciones que debemos aprender del fenómeno que amenaza con provocar las mayores transformaciones de las últimas décadas en los sistemas educativos del mundo.

Cuando esté, ojalá nos acompañen en su lectura. Pero mejor, que sirva para reflexionar y derivar aprendizajes de estos meses en que enseñamos y aprendimos en casa.

Vuelta al trabajo

La pandemia en Colima sigue incrementando la contabilidad de infectados y fallecidos. Aunque la primera prioridad es la vida, la salud de todos, en las calles se cruzan el analfabetismo ciudadano y la ineficacia gubernamental.

Ayer se terminaron las vacaciones para la comunidad académica de la Universidad de Colima. Volvimos a las tareas del quehacer universitario. La gran mayoría lo haremos desde casa. Las aulas, las oficinas y nuestros cubículos seguirán vacíos. La justificación es evidente.

Los profesores e investigadores ya comenzamos, como las autoridades. Pronto empezaremos el trabajo colegiado para el semestre siguiente.

Aunque la Universidad fue pionera en varias materias tecnológicas, en México y la región, no logramos incrustarla en los planes de estudio o en las prácticas de enseñanza. No de manera suficiente.

Hoy el desafío es enorme. Como para todas las universidades. En muy poco tiempo tendremos que migrar a modalidades distintas, que ya ensayamos entre abril y junio, con buenos y no tan buenos resultados.

Esa experiencia es valiosa. Debemos aprender de ella, valorar aciertos, errores y reconocer las difíciles condiciones de muchos de los estudiantes. Sobre esa base será posible atisbar caminos para orientar los procesos formativos por venir.Tres retos, por lo menos, aprecio en el horizonte de la Universidad: primero, lograr que los estudiantes sigan en las escuelas, que nadie se quede fuera, porque si el abandono escolar es cruel, ahora podría ser implacable y con efectos irreversibles. La historia nos marca. Por cada cien niños que ingresan a la escuela primaria, sólo 24 egresan de las universidades. Tenemos que parar esa sangría, y la pandemia es pólvora para esos fuegos.

En segundo lugar, debemos construir proyectos pedagógicos adecuados a cada circunstancia, que recuperen los contenidos y objetivos más valiosos de los planes de estudio, evitando las tentaciones baratas y trazando itinerarios metodológicos factibles.

Por último, que seamos capaces de diseñar esquemas de comunicación efectivos, entre estudiantes y profesores, profesores y directivos. Comunicación y acompañamiento emocional son más indispensables que nunca.

El imperativo es claro: en momentos de perplejidad es de las universidades de donde cabe esperar algunas luces que iluminen el paisaje.

Es de las universidades de donde tenemos que esperar mejores resultados en un contexto como el que enfrentamos, porque en ellas, se congregan muchos de los hombres y mujeres con las más altas formaciones escolares, por tanto, quienes mayor compromiso social tienen con los otros.

¿Cambiará la escuela? ¿Cambiaremos nosotros?

Hace cuatro meses el gobierno de Colima adelantó la decisión de suspender actividades escolares presenciales por la pandemia. La incredulidad mezclaba con otros sentimientos, como el gozo de comenzar antes las vacaciones de Semana Santa.

A juzgar por lo que sucedía en el mundo, era complicado esperar un regreso pronto a las aulas. No volvimos nunca y no sabemos cuándo volveremos.

Ya estamos en vacaciones otra vez. En unas semanas comenzaremos los preparativos para el siguiente ciclo escolar, con incertidumbre en el horizonte. Tengo claro que no volveremos pronto, ni todos ni al mismo tiempo.

El bicho invisible, el coronavirus, cambió al mundo en la medicina, la ciencia persigue respuestas y soluciones, convulsiona la economía, destroza el turismo, fractura la política en países, enluta familias, deshace rutinas cotidianas.

Viajo del mapamundi al territorio de la escuela mexicana.

Si la pandemia amenaza con transformar todos los órdenes de la vida social global, ¿cambiará la escuela también?

¿Cambiará estructural, pedagógica y positivamente?

¿La docencia será otra, más relevante y sensible a la diversidad e inequidad?

¿Habremos comprendido que, ante la vulnerabilidad de la escuela, debemos reforzarla y no debilitarla?

¿Lo habrán entendido los gobiernos o pensarán que con YouTube y unos guasaps lo tenemos todo fríamente controlado?

¿Los profesores habremos integrado en el ADN profesional que la escuela lo es porque asisten niños y jóvenes y nosotros colaboramos con ellos para aprender y enseñar?

¿Habremos entendido que la escuela tiene sentido sí y solo sí para educar a los más jóvenes, y no para emplear gente?

¿Estaremos ya convencidos que la familia tiene que jugar siempre en el mismo equipo que la escuela y los maestros?

No tengo duda de que el paisaje de las escuelas, cuando volvamos, podría ser distinto al que conocimos. Tendremos controles sanitarios, gel y jabón, distancia entre alumnos en las aulas y no más amontonamientos, menos cercanía física, más actividades no presenciales y menos horas de clase, pero ¿el fondo será también otro, mejor?

Ahí no lo tengo claro. No soy pesimista porque ser educador me obliga al optimismo, y la tengo con cautela, porque al final de cuentas somos nosotros, los mismos que antes, quienes daremos vida a otra nueva escuela, o a la misma, con maquillaje distinto.

Los imposibles en educación

Antes de comenzar otra larga jornada de sábado dispongo los preparativos del desayuno cotidiano: un té de limón caliente caliente, una botella de agua tibia y media hora de lectura ajena a la tarea.

Elijo el libro Escribir, crear, contar, del Instituto Cervantes. Lo comencé hace unos días y avanzo de a poquito.

Estoy medio dormido, pero el clima es fresco y despabila. Arranco mi paseo por las páginas, mientras la noche empieza a morir y la mañana nace.

Los autores de la obra citan a Arthur C. Clarke, científico y escritor británico, conocido popularmente por su libro 2001: una odisea espacial. Me detengo ahí. El motivo es el avance científico.

Clarke habría escrito:

Cuando un anciano y distinguido científico afirma que algo es posible, es casi seguro que esté en lo correcto. Cuando afirma que algo es imposible, muy probablemente está equivocado.

La única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse un poco más allá, hacia lo imposible.

Repito porque vale la pena: la única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse un poco más allá, hacia lo imposible.

Hay más ideas, pero no sigo. Bebo el resto del té y sonrío. Miro al espacio inmenso sobre mi cabeza.

Eso, justamente eso es lo que nos permite la pandemia en la educación: para descubrir los límites de lo posible hay que desafiarlo. Hay que atreverse a innovar, a provocar respuestas distintas actuando diferente.

Albert Einstein afirmaba que pretender un resultado distinto haciendo lo mismo es una definición de la locura.

Eso es lo que las escuelas podrían intentar ahora en un contexto inédito, donde no existen soluciones acabadas, a veces ni siquiera incompletas, porque la pandemia arrebató las respuestas y las preguntas.

Hay que intentarlo, nadie morirá en esa aventura, o correr el riesgo de perpetuarse como viejos cadáveres putrefactos que se entierran a sí mismos y a lo más valioso de la sociedad.

La necesidad del cambio en la escuela

Me asaltan algunas preguntas cuando imagino la escuela en el retorno a las aulas. Por ejemplo: ¿cuánto va a cambiar después de la pandemia? ¿Será distinta en todos sus ámbitos: en arquitectura, demografía, en sus planes y programas, organización y horarios? ¿Serán distintas nuestras actitudes y compromisos?

¿Si el virus está cambiando todo, cambiará para bien a la escuela?

La obligación de cuidar la salud exige la respuesta positiva: no solo puede y debe cambiar, tiene que ser o empezar a ser otra, más sensible, acogedora y estimulante, más educadora.

Las razones, historia, discursos y cautela inducen dosis de escepticismo. Podría sufrir cambios solo cosméticos, porque faltan recursos, proyectos y porque las transformaciones son complejas.

La primera que debe empezar a cambiar es la escuela normal, donde se forman los maestros de mañana y los próximos 35 años. Allí se tienen que cocinar las primeras fórmulas para otra escuela pública mexicana. Tiene que cambiar no solamente porque es perfectible, sino porque el contexto y el escenario de actuación de los maestros serán distintos, o deben serlo.

La pandemia ha recolocado los puntos cardinales. Sano que ocurra. Cuando nos movemos entre certezas falsas o no, el peligro de la quietud crece, como la mediocridad. Movernos impulsa a repensarnos y a repensar la escuela.

Los planes de estudio deben examinarse ahora con otros criterios. Una educadora española, María Antonia Casanova, escribió la semana pasada que las matemáticas y el lenguaje no pueden ser lo único relevante; que la música, la plástica, la cocina, la literatura, el cine, el teatro o la educación física deben ser materias relevantes en el nuevo currículo.

Si las evaluaciones de la SEP solo examinan los contenidos de los planes de estudio perderemos la posibilidad de descubrir la enorme gama de aprendizajes que nos dejan estos meses aciagos; por ejemplo: las habilidades digitales que ganamos todos; nuestras capacidades de expresión o de optimizar tiempos; la creatividad que pusieron en juego las maestras y maestros, o las mamás para apoyar a los hijos en casa.

Por supuesto, descubrimos vacíos o errores: que los maestros no tenemos una formación sólida, en general, para la educación en línea; que el país dilapidó millones de pesos en experimentos fracasados para introducir la tecnología a la escuela y esa lección obliga a no repetirlo; que la televisión y la radio deben tener en su programación un contenido que sume a la obra pedagógica, no solo en circunstancias extraordinarias.

Las tareas para autoridades y escuelas son inagotables. Es imposible hacerlo todo al mismo tiempo, en todas partes y en condiciones semejantes. La escuela que surja de la pandemia debe reconocer esa diversidad e inequidad, y sobre un plan firme empezar la más profunda reinvención de la obra que José Vasconcelos sentó hace cien años.