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La pandemia como maestra

El domingo por la mañana leí Los años de reparación, de Naomi Klein, periodista y escritora canadiense que se volvió indispensable para los movimientos sociales del mundo, a partir de la publicación de sus libros No logo y La doctrina del shock.

Los años de reparación es la conferencia que presentó en la Cumbre Inaugural de la Internacional Progresista, el pasado 18 de septiembre, editado por el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales.

Se trata de un texto con ideas provocadoras, repaso de la situación mundial provocada por, adjetiva, los hombres poderosos de nacionalismos machistas e identidades supremacistas, que tienen al borde del colapso a la Tierra, agravada con los efectos del COVID-19.

Dos ideas quiero destacar de la obra. La primera, está en el título. Debemos procurar tiempos para la reparación de los daños causados al planeta a través de un “Nuevo Acuerdo Verde”, lo cual implica “cambiar prácticamente todo con respecto a nuestros sistemas políticos y económicos”.

La segunda idea es no demonizar la pandemia, sino convertirla en maestra y entender las lecciones que nos enseña, como la valoración más adecuada del tiempo para vivir o la necesidad de reducir los sobreconsumos del 20 por ciento más rico.

Una frase en la página 35 me persigue desde que la pesqué: cuando nos apresuramos a vivir como lo hacíamos antes, también se acelera la propagación del virus. Es una advertencia inapelable.

Naomi Klein ofrece propuestas disruptivas. Afirma: En lugar de fingir que es posible subsanar décadas de austeridad en unas pocas semanas de vacaciones de verano, deberíamos cerrar esas escuelas durante un año entero y usar ese tiempo para repararlas y reimaginarlas… mientras tanto, los maestros, con ayuda de un cuerpo juvenil, podrían impartir las clases al aire libre.

Sí, sería fantástico, porque ante los graves problemas sólo caben grandes alternativas. Pero será un sueño, nada más. O tal vez no.

 

Regreso a la escuela: el debate naciente

Hace dos meses entre nosotros no se hablaba del regreso a las aulas. Hoy la situación empieza a cambiar. Cada vez más voces piden la vuelta a la escuela, con controles, gradual, escalonada. El debate está abierto, como sucedió en otros países.

¿Por qué volver a las escuelas es tan importante en el argumento de quienes lo solicitan?

Porque la escuela en casa produce distintas experiencias y afecta sobre todo a los niños en condiciones más precarias, en un país donde la mitad de la población vivía en pobreza antes de la pandemia.

Porque la ruptura de la socialización que ocurre en la escuela no la sustituyen muchos miles de hogares, más preocupados por el día a día.

Porque la violencia en casa, por costumbres, miedo y hartazgo parece crecer en contextos de confinamiento y afectar a niños y mujeres. Al respecto, la Unesco estima que la violencia doméstica contra ellas aumentó 30 por ciento durante la pandemia.

Porque las condiciones en casa, materiales, habitacionales y tecnológicas son insuficientes para millones de estudiantes.

Hay más razones, pero ese conjunto vuelve plausible el argumento de retornar a la escuela poco a poco.

Pero también del otro lado hay argumentos válidos. La pandemia no cesa, como sabemos, y sólo se domó en el reino de la palabra. Miles de escuelas en el país no tenían las condiciones elementales para su funcionamiento, ni personal suficiente, circunstancia adversa cuando se requieren medidas especiales para protegerlas de contagios.

Hacer voluntario el regreso a las aulas podría representar una multiplicación insostenible de la carga para los docentes, e impensable en ámbitos como la secundaria y el bachillerato.

Las lecciones fuera de México son elocuentes y nos conviene tomar notas. En países como Argentina o Chile, aunque los ministerios de Educación pidieron el regreso, enfrentan oposición del magisterio y negativa de las familias. El resultado: baja proporción de niños estudiando de nuevo en sus aulas.

No veo cerca el regreso, pero cada vez está menos lejos y convendría comenzar a prepararnos, quiero decir, los gobiernos federal y estatal, para evitar los tropiezos e improvisaciones que sigue exhibiendo la Secretaría de Educación Pública.

 

Pandemia y juventudes

América Latina dejará de ser una sociedad juvenil en el año 2037, según las estimaciones del Centro Latinoamericano y Caribeño de Demografía. Seremos entonces naciones donde los adultos superen en número a los jóvenes y niños. Los retos cambiarán en muchos ámbitos, como educación, salud y empleo.

Una buena parte de los adultos de esa sociedad hoy son jóvenes. Jóvenes que viven en el continente más desigual y que en millonarias cantidades enfrentan desigualdades de distintos tipos.

La pandemia recrudeció las brechas y podría agudizar sus efectos. Ya está demostrado con amplia evidencia.

Si queremos una mejor sociedad en 20 años, es imperativo resolver las inequidades que nos atraviesan y podrían condenarnos al atraso por lo menos la mitad del siglo. No sólo en educación.

Ante esas realidades resulta más incomprensible la situación que enfrenta el sistema educativo mexicano con los presupuestos asignados para programas estratégicos. Es verdad que el gobierno federal destina enormes cantidades de dinero para becas a los jóvenes, pero no a las instituciones educativas o a políticas que permitirían mejorarlas; tampoco a la formación de maestros ni a la enseñanza de los niños más pobres, en cuyas manos estará jugándose, en buena medida, el futuro.

Por eso, me resulta incomprensible leer que el Tec de Colima requiere 13 millones del presupuesto estatal, pero sólo tiene contemplados 8 millones.

Pregunto. ¿La pandemia no dejó en claro todavía a gobernantes y políticos los distintos valores que tiene la educación? ¿Por qué se tiene que limosnear el presupuesto para educación?

Es en estas horas, al destinarse recursos económicos, cuando en definitiva se mide el valor que tiene la educación para quienes toman decisiones que afectan o benefician a las sociedades. Es ahora, no en los discursos ni documentos. Es en los presupuestos.

¿Importa la educación? Es decir, ¿importan presente y futuro? Lo demás es pura demagogia.

¿Transformación o demolición?

La semana pasada se aprobó el Presupuesto de Egresos de la Federación para el siguiente año. Se consumó una decisión predecible hace semanas, a pesar de las campañas para frenar algunos absurdos. Al final, ocurrieron los recortes brutales en áreas estratégicas del sistema educativo nacional.

Dos tijeretazos son muy sentidos y con repercusiones lamentables: la reducción del presupuesto de las escuelas normales en 60 por ciento y la eliminación del Programa Escuelas de Tiempo Completo.

En ambas pudo haber situaciones irregulares. Lo ignoro. Pero el argumento de eliminar la corrupción o lo insustancial no tiene cabida. Las razones expuestas por expertos e implicados encontraron puertas cerradas. La decisión estaba tomada. Diputados maestros que dan la espalda a la educación es incomprensible. Tendrían que volver a sus distritos y explicar la votación.

Los afectados por las decisiones de la Cámara de Diputados son incalculables. En principio, directamente, miles de estudiantes de escuelas normales; tres millones y medio de estudiantes beneficiados por el programa Escuelas de Tiempo Completo y muchos profesores que no tendrán en una sola sede su plaza.

Pero también salen revolcados en su credibilidad otros personajes, como el secretario de Educación Pública, Esteban Moctezuma. Acrobático, ahora dirá, imagino, que desapareció el programa pero no los apoyos. Las cuentas no cuadran. La cosa puede funcionar con tontos e ingenuos.

La cuarta transformación comienza a convertirse en una auténtica demolición, y podría ser plausible, porque el sistema educativo tiene desafíos estructurales, el problema es que no hay un proyecto alternativo claro, ni mejor.

La tragedia, la gran tragedia es que los transformadores no demuestran su capacidad de transformarse, ni mediana imaginación.

 

Candidatos a gobernador y la educación

En noviembre se aceleraron los pronunciamientos de quienes pretenden gobernar Colima los próximos seis años. También las encuestas que preguntan por las preferencias si ahora fueran las elecciones. Esos juegos que entretienen y, con frecuencia, embaucan.

Algunos aspirantes comenzaron su campaña desde cargos públicos hace meses o años. Es momento, ya, de que los ciudadanos examinemos mensajes, analicemos trayectorias y hechos para tomar buenas decisiones.

Los rebaños sólo tienen rutinas, porque así están programados, a seguir a su pastor, pero los ciudadanos tenemos libertad y voluntad para decir no, o sí, como juzguemos razonable.

No hay que tener bola de cristal para imaginar los dos grandes temas que ocuparán la atención: violencia e inseguridad y economía. Tiempo atrás lo padecemos, como el país, claro.

Lejos aparecerán otros, como la educación, más distantes la cultura o la construcción de una civilidad distinta para una entidad con características para ser ejemplar.

No es que la educación sea la solución directa de los problemas económicos o de la violencia, pero sí que la educación está en el fondo, junto a otros factores, para construir una economía vigorosa y lo más justa posible, y que son la educación y la cultura las que construyen la paz en las mentes y corazones de las personas, como así postula la Unesco. No hablo de abrazos y no balazos.

Es entendible el tercer o cuarto lugar que puede ocupar la educación para políticos como los que padecemos. Porque ella, la educación, no ofrece resultados inmediatos, como embellecer un jardín o develar una placa. La educación es siempre una apuesta por el futuro, es decir, por el mediano y largo plazos. Y los políticos no miran más allá de las próximas elecciones.

Por supuesto, hay que pensar un poquito y encontrar los proyectos que, repito, en mediano y largo plazos, redunden en la mejora de las condiciones de vida y desarrollo social.

Pienso, por ejemplo, convertir a Colima en una auténtica ciudad universitaria, reconocida en el país (no por nosotros mismos ni por nuestros invitados) porque aquí están las mejores facultades universitarias de, por ejemplo, Medicina, Bellas Artes, Arquitectura, Oceanología, Agronomía, y se vuelve un destino atractivo para los mejores estudiantes del país y de otros.

El mercado de los estudiantes de movilidad antes de la pandemia era uno de los más jugosos en la economía mundial. Tiene múltiples beneficios: calles peatonales, bares de estudiantes (no antros ni sitios para emborracharse), comedores, sitios para ejercitarse, residencias estudiantiles, museos, bibliotecas, centros digitales de aprendizaje, cineclubes, más valor a las personas y menos a los vehículos, transporte público limpio y eficiente, en fin.

No es fácil, pero tenemos esa opción, otras opciones. Usémoslas o sigamos así, en la medianía, en el Colima que vive más en nuestras fantasías e ilusiones, que el que pisamos cuando salimos a las calles.