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La educación prohibida

 Les invito al cine. La película se llama “La educación prohibida” y puede verse en el canal de videos Youtube. No tiene costo y, aunque dura más que un partido de futbol, es una buena inversión. No es una película como las que se ven en el cine o en la tele, con una historia de amor entre hombres y mujeres, o de muertes por montones; tampoco de aventuras, suspenso o terror, menos de héroes fantásticos.

Hay un poco de todo ello: la profesión de educar es un oficio que reclama pasión, y los educadores, como dice Fernando Savater, deben ser optimistas, creer que su tarea tendrá un efecto positivo sobre otras personas. Educar también es una aventura que, así asumida, es fascinante y desafiante. No es un oficio de héroes, pero trata de evitar el horror de la mala educación que se convierte en mutilación de la curiosidad.

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El rezago educativo en Colima

El 8 de septiembre, al conmemorar el Día Internacional de la Alfabetización, el Instituto Estatal de Educación para Adultos informó que en Colima existen 23 mil 865 personas analfabetas y 61 mil con primaria incompleta. En  total, el organismo estima que 179 mil colimenses mayores de 15 años sufren rezago educativo, el 38.35 por ciento de la población.

En marzo pasado, el director del Instituto había declarado que 94 mil colimenses tienen secundaria incompleta. Las estadísticas no son edificantes. A pesar de las condiciones del Estado, el rezago escolar de Colima es ligeramente mejor al nacional.

La dimensión del rezago en México es digna de análisis frente a la aprobación del decreto que establece la obligatoriedad del bachillerato. Para alcanzar su universalización habría que considerar a los millones de ciudadanos que no terminaron la secundaria, esos 94 mil en Colima. Es un esfuerzo descomunal, cierto, pues si se lograra que el diez por ciento terminara secundaria y luego fuera al bachillerato, necesitaríamos solo en nuestro estado una infraestructura semejante a la que hoy tiene la Universidad de Colima con sus 32 bachilleratos.

Si esa es la magnitud del reto, hay preguntas inquietantes: ¿conviene escolarizar a los millones de rezagados en este país? ¿Hay voluntad –y recursos, por tanto- para esa tarea?

Pero cuidado, el analfabetismo no es un problema lingüístico, pedagógico o metodológico. El analfabetismo es una cuestión política. Y, como afirmara Paulo Freire, constituye una manifestación de sociedades injustas; en otras palabras, debemos terminar con el, por supuesto, pero sobre todo debemos terminar con la injusticia que impide que todas y todos puedan leer y escribir.

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Delirios

Para que algunas cositas pudieran ser mejores en el mundo, me temo que debemos tomar decisiones radicales. Pensarlas y ejecutarlas de otra manera. Quizá imitando malos ejemplos y malas personas nos deje un saldo favorable. ¡En la historia habrá ejemplos dignos de copiarse!

Nos contaba un profesor y amigo que la papa se introdujo a Francia en un momento de terrible hambruna. Fue muy simple: la gente no quería comer papa, entonces, en los terrenos donde se sembró pusieron letreros anunciando que las personas que osaran invadirlos serían castigados por el Rey, dueño y señor de las tierras. Propensos como somos los seres humanos a sucumbir a la tentación, empezaron a meterse y robarse las papas. Fue un éxito.

Ya es tiempo de intentar, por lo menos, cambiar lo que no funciona pero con otro discurso y otros modelos, lejos de la moralina y los mandamientos. Creo, por ejemplo, que tenemos que decir, hasta el cansancio, que no es bueno ser bueno, que es malísimo ser buena persona. Hay que decir que es buenísimo tomar coca cola, o pepsi cola. Que el cigarro limpia los dientes y las drogas exorcizan la imbecilidad. Podríamos difundir que no es bueno caminar por caminar, ni respirar el aire limpio. Tenemos que decir que las cosas lindas de la vida están prohibidas, o cobrar impuestos por cuidar el cuerpo, apreciar los atardeceres y disfrutar los amaneceres caminando.

Tenemos que difundir con campañas -y todas las desviaciones de recursos que se conocen los partidos políticos-, que el planeta no se agotará y que el agua es un recurso infinito, que el planeta no dejará de ser verde o azul, aunque quememos todos los bosques y selvas del mundo.

¿Les parece una mala idea?

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¿Quiénes son los rechazados?

Dos reporteras del periódico mexicano “El Universal” la semana pasada mostraron en toda su crudeza uno de los renglones torcidos que más debieran ocupar a quienes gobiernan y a quienes dirigen la SEP.

Después de una revisión de los resultados de los procesos de admisión en 31 universidades públicas mexicanas, contabilizaron 521 mil jóvenes que no tendrán un espacio en las aulas para el ciclo escolar naciente.

La cifra expresa distintos fenómenos, entre ellos, la presión social derivada del valor de un título universitario y la incapacidad histórica del Estado para crear las oportunidades de ingresar y culminar una carrera profesional en buenas instituciones.

Solo una reforma estructural, con decisiones que no suelen tomarse para favorecer a las mayorías, hará posible empezar a resolver un problema que preocupa unas semanas al año y después se archiva, lejos de las prioridades.

El problema, para mí, no es financiero sino de decisión política.  No es un asunto técnico, sino ético. Si un joven decide no estudiar es respetable, pero no hacerlo debe ser opcional, y no producto del cierre de puertas.

El tema de los rechazados es delicado. La historia personal de cada uno puede ser el pasaporte a la exclusión, o un acicate para reintentarlo hasta lograr el cometido. Pero también es la historia colectiva del rechazo a políticas que no privilegiaron la enseñanza superior pública, ni el derecho constitucional y humano a la educación.

La de los mal llamados rechazados es la historia de la deuda con miles, millones de jóvenes mexicanos.

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Tiempos difíciles

Las semanas que corren son complicadas para las universidades públicas mexicanas. Sus procesos de admisión las colocan a merced de la crítica por los aspirantes que no encuentran espacio en sus aulas. Los encabezados de prensa resultan sensacionalistas, a veces ciertos en algunas aristas. La UNAM está a la cabeza de los cuestionamientos, luego el Politécnico Nacional, la Autónoma Metropolitana, la Universidad de Guadalajara y muchas de las universidades públicas estatales, como la de Colima.

Los detractores de las universidades públicas, los que solo opinan cuando se trata de lanzar la crítica más severa, en esta época abonan en terreno fértil. Los detractores, muchos de ellos en cargos públicos, de elección o no, pudiendo haber lanzado iniciativas o tomado decisiones, optan por la vía más cómoda: la acusación.

La explicación frente al tema de los rechazados tiene coordenadas precisas: la demanda crece más que la oferta en las buenas instituciones, es un fenómeno demográfico pero también de expectativas sociales; al mismo tiempo, es producto de un esfuerzo gubernamental inferior al necesario, porque las instituciones educativas no reciben presupuestos adecuados y porque se crearon muchas instituciones pero de poco prestigio.

Al amparo de estos elementos la educación privada creció de forma explosiva en las últimas décadas, más que la educación pública y sin ninguna garantía de calidad, en la mayoría de los casos. Aumentó, además, la estafa y el engaño porque la privatización se fue convirtiendo en mercantilización y en educación chatarra.

Son tiempos difíciles para las universidades públicas, por eso la transparencia de sus procesos de selección es vital. Mientras, habrá que esperar un año más a que se concreten los discursos y tengamos, ahora sí, una política de estado decidida a educar a todos los mexicanos, porque todos deben y merecen ser educados.

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