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Diez en la escuela, cero en la vida

Presionada por bajos resultados de los jóvenes mexicanos en el examen internacional conocido como PISA, que mide los aprendizajes en lengua, ciencias y matemáticas, la Secretaría de Educación Pública acentúa las políticas que promueven la competencia y la rivalidad entre escuelas.

La fiebre evaluadora se sustenta en la creencia ilusoria de que entre más exámenes, mejor se aprende y se superará el lugar que ocupa el país en las pruebas. En la literatura especializada y entre los expertos, nada lo sustenta. A pesar de la evidente fragilidad –y falacia- del supuesto, la opción frente a los resultados es proliferación de exámenes y una visión estrecha; sin embargo, un paciente no se alivia colocándole con más frecuencia el termómetro.

A los niños de primaria que aprenden a leer apenas ya se les calificará su “velocidad lectora”, que quiere decir, cuántas palabras leen en un minuto. ¿Y eso, qué refleja, esencialmente? ¿Acaso el que sube más rápido de peso o aumenta más centímetros a su talla tiene garantizada buena salud? Me dirán que no es el único parámetro, y es verdad, pero este desnuda prioridades.

Entiendo la meta gubernamental: elevar los puntajes de los niños mexicanos en una prueba internacional. Pero el tamaño de ese despropósito es inversamente proporcional a la limitada visión que lo engendra. Aumentar indicadores debe ser una consecuencia, no el fin. Un día nos preguntó un investigador visitante en la Universidad de Colima: ¿quieren abatir la reprobación o promover el aprendizaje? Lo primero es fácil, nos dijo: cambien la escala y que aprueben con un 3 de calificación.

Diez en la escuela y cero en la vida, ese podría ser el producto de estas políticas para la escuela mexicana.

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Lecciones de dignidad

Terminaba de leer las últimas páginas de la más reciente andanza del capitán Alatriste, personaje del escritor español Arturo Pérez-Reverte (autor de “La reina del sur”), cuando me enteré del ataque contra Michel Ventura, Mitch, británico de nacimiento, mexicano por decisión propia.

Imposible no ser conmovido por su historia final. Imposible no dolerse por la muerte ajena cuando se trata de un hombre así, a quien lo definen sus hechos postreros.

No tuve la suerte de conocerle, mirar sus ojos o estrechar sus manos; de cruzar palabras con él, pero para admirarle, no me hizo falta. Lamento su muerte y me duele por él, por su esposa y por sus hijos.

Dentro de la terrible tragedia del sábado por la noche, hay lecciones imborrables de las que pocos hombres y mujeres pueden ser ejemplo tan contundente.  Y por eso, sólo por eso merecen ser recordados por familiares y la sociedad. Gestos valientes como el suyo confirman que, por fortuna, hay quienes siguen creyendo y practicando valores a veces perdidos, a veces despreciados, como la palabra de honor o la generosidad.

La partida de Mitch suscita interpretaciones diversas; algunas escuché: que una camioneta no vale una vida, que debió mantenerse al margen… pero estoy cierto que para un bravo como él, que pudo elegir entre meterse en su vehículo o enfrentarse, no era disyuntiva. Lo mismo habrá hecho muchas veces antes como bombero, arriesgando su vida por otras desconocidas.

Hombres dispuestos a dignificar el pedazo de tierra que pisan saben que cada día es una oportunidad para actuar o no. En su genética y en su biografía estaba hacer lo que hizo. En la nuestra, por lo menos, agradecerle y, en la medida de cada uno, enaltecerle.

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De política y lectura

Las pifias de encumbrados políticos mexicanos, a propósito de autores y libros, colocaron a la lectura en un sitio inusual en los medios. De manera involuntaria la actividad lectora ocupó alguna relevancia. Pero  las aguas retornarán y leer o no leer seguirá apareciendo como anécdota, en encuestas especializadas, como expresión de males educativos y para mofarse del perfil cultural del mexicano.

En ciertos ámbitos se seguirá discutiendo el tema, se escribirán libros y generarán polémicas acerca de las disposiciones tomadas por la Secretaría de Educación Pública en la materia. Pero no encuentro señales que indiquen un cambio de fondo.

No estoy seguro, por ejemplo, que la decisión de medir el progreso escolar de un niño se deba realizar con base en el número de palabras que pueden recitar en uno o tres minutos. Tampoco creo que el uso del tema en las campañas políticas conduzca a una etapa superior.

Tengo por hipótesis que hoy los jóvenes leen (y escriben) más que antes, si sumáramos correos electrónicos, mensajes cortos por teléfono o en redes sociales. Creo, en síntesis, que leen más, aunque a algunos no les guste el contenido.

Allí está, me parece, una de las claves: comprender la realidad de los niños y jóvenes en un contexto distinto al que fuimos educados en el siglo pasado. Precisar el problema de la lectura e imaginar opciones distintas, incluso las no imaginadas hoy, nos acercaría a una auténtica transformación. Es decir, necesitamos aprender a leer de otra forma la realidad actual o sólo encontraremos soluciones estériles.

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El fin del analfabetismo

Hace unos días, el director del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos, Juan de Dios Castro, decretó sentencia mortal al analfabetismo. En cinco años, aseguró, sortearemos un lastre que nos acompañó todo el siglo XX y que hoy representa 6 millones de mexicanas y mexicanos mayores de 15 años en la condición de iletrados.

¿Es temeraria o irresponsable la afirmación del director del INEA? La primera pregunta es cómo haremos para disminuir en media década (sin una inversión cuantiosa) lo que hemos sido incapaces de resolver, lo que ni siquiera aminoramos la década pasada.

Hay dos explicaciones: una, es que con el aumento de la población del país el porcentaje de analfabetas se reducirá, entonces, serán menos del 4 por ciento, la medida establecida por la UNESCO para declarar el fin del analfabetismo. En otras palabras: con cinco millones de analfabetas el gobierno podría limpiarse las manos ondeando la llamada “bandera blanca”.

La otra explicación parece humor negro. Como los analfabetas se concentran en edades superiores a los 60 años, el director del INEA estaría calculando que dentro de un lustro ya habrán muerto muchísimos de quienes no saben leer y escribir.

Mi conclusión del hecho informativo sería divertida en tiempos de analfabetas funcionales, si no fueran dramáticas las implicaciones del rezago social.

Me preocupa, por otro lado, la impunidad de que gozan los funcionarios públicos, con cobertura universal para la ligereza. ¿Hasta cuándo tendremos que soportar declaraciones vacuas, descuidadas, ofensivas?

Si es verdad que los pueblos tienen los gobiernos que merecen, ya podría ser hora de la dignidad.

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Los jóvenes y el derecho a la educación

La Encuesta Nacional de la Juventud 2010, de reciente aparición, finaliza una guerra de cifras en torno a los millones de jóvenes mexicanos que no estudian ni trabajan. Cierra un capítulo y abre, debiera abrir una gran discusión nacional en torno al pasado, el presente y, sobre todo, el futuro de nuestro país, un país incapaz, después de dos siglos de vida independiente, de proporcionar buena educación a todos a quienes tendría que educar, y de propiciar las condiciones para su desarrollo pleno.

Las cifras de la Encuesta Nacional de la Juventud arrojan una cruda e impactante cifra de 7 millones 819 mil jóvenes de entre 12 y 29 años de edad que experimentan esa doble condición de no tener trabajo ni estudiar. Muestran, además, una cruenta radiografía de la desigualdad que caracteriza a nuestra nación entre hombres y mujeres, entre entidades federativas y entre grupos sociales.

Solo ilustro con el más socorrido de los datos: el de las mujeres. De los 7 millones 819 mil jóvenes sin estudio y sin trabajo, ellas constituyen 5 millones 919 mil, mientras los hombres en la misma condición son un millón 900 mil. Cuatro millones más entre las jóvenes.

La radiografía, amén de los datos expuestos, ofrece otros ángulos pero con estos bastan para mi propósito. He querido ilustrar que el derecho a la educación y a un empleo, en nuestro país, está condicionado por distintas razones, como el género, la edad y la entidad o la comunidad donde se nace. Tener empleo o buena educación superior es parte de una suerte de lotería que favorece y castiga. Así, hoy más que nunca México necesita revertir la desigualdad y diseñar políticas de discriminación positiva, de inclusión, para que el privilegio de estudiar se conquiste en las mismas condiciones y no por la vivencia de haber nacido en una casa de la capital de las ciudades o en un villa marginal.

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