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Epidemia de generosidad

La pandemia ha sido ocasión involuntaria para exhibir las mejores y peores actitudes de los seres humanos con respecto a los semejantes. También, puso en una pantalla colosal las ineficiencias gubernamentales acumuladas. Expuso sin disfraces la mezquindad e ignorancia de políticos y gobernantes. Un etcétera de regular extensión podría continuar, pero paso al título de esta colaboración.

La epidemia de generosidad merece visibilizarse e inspirarnos confianza en que podemos salir del túnel con algunos centímetros de crecimiento en la escala humanitaria.

En el ámbito médico o científico los esfuerzos son inmensos a lo largo del mundo. La tarea del personal que realiza otras actividades vitales para la salud pública casi no se reconoce, como los servicios de recolección de basura o la gente que se rompe la espalda atendiendo en los supermercados y tiendas pequeñas. Las maestras y maestros, o las madres de familia ocupan un sitio protagónico en el propósito de no perder el tiempo vital de los aprendizajes.

Las instituciones educativas y culturales son otra pieza luminosa en el escenario. Abrieron cursos, espacios y recintos; desarrollaron estrategias que regalan momentos recreativos o formativos de otra manera impensables. La proliferación de actividades abiertas, gratuitas y de alta calidad son cotidianas e imposibles de agendar para el interesado, porque faltan horas.

Instituciones internacionales sumaron voluntades y capacidades. Se abren cursos gratuitos para analizar temas coyunturales. Diseminan inquietudes para comprender y salir adelante con lecciones que transformen distintos ámbitos de la sociedad. La proliferación de libros y documentos de descarga gratuita es otra muestra de este espíritu que aflora en momentos aciagos.

Este fin de semana comencé un curso organizado por la Unesco, con la mejor de las expectativas y agradecido por la oportunidad de convivir con otros participantes, especialmente con poblaciones juveniles de otros países, pues el tema es la educación para la ciudadanía mundial enfocado a esos grupos etarios.

Esta epidemia de generosidad intelectual, cultural y educativa ya es una de las marcas más alentadoras que nos deja un año inolvidable. Ese movimiento planetario de solidaridad humana contrarresta un poco los nefastos saldos mortales de la pandemia.

 

Regreso a clases

En otra de sus osadas declaraciones el presidente de la República aseguró que niños y maestros del país regresarán a las aulas antes del fin del ciclo escolar.

En la tribuna se desgranan los aplausos de la hinchada fervorosa que pide la vuelta a la escuela. Hay razones. Académicos y organismos advierten pérdidas significativas en los aprendizajes, en especial, de los niños y adolescentes de sectores más pobres.

Para el presidente, optimista, es posible vacunar a los maestros y trabajadores de la educación en las próximas semanas, a pesar del arribo lento de las dosis y la dilación en sus aplicaciones.

Mientras tanto, el mundo tiene otros datos. En Europa, por ejemplo, se preparan para una tercera gran ola de contagios como consecuencia de las vacaciones por las semanas Santa y de Pascua. Respiro en el trajín, siempre bienvenido, que podría reventar de nuevo las cifras de contagios y fallecimientos, como sufre Brasil en estos momentos.

Pero las vacunas no son todo para un regreso seguro, paulatino y voluntario.

Conviene preguntarle a la Secretaría de Educación Pública a qué volverán los estudiantes y maestros a las escuelas. No es una pregunta intrascendente. ¿Volverán para seguir con los planes, como si no hubiera pasado nada? ¿Volverán para reforzar temas? ¿Evaluarán con instrumentos confiables los aprendizajes? ¿Regresarán para planear la articulación del ciclo escolar con el próximo? ¿Cada uno hará lo que buenamente considere oportuno?

Por otro lado, sigue vigente la pregunta por las escuelas a que volverían los niños, entre otras cosas, por las condiciones materiales, sanitarias y pedagógicas.

Si los niños regresaran de forma escalonada, ¿cuánto se duplicará el trabajo de los maestros? Un maestro de primaria con 24 estudiantes, por ejemplo, tendría que organizar 3 subgrupos; en bachillerato, con 40 alumnos, el profesor tendría que dividirlos en 4. ¿Cómo lo harán?

La decisión que se tome en este sentido, tendría que ser comunicada de forma clara, unívoca y oportuna, y capacitados los maestros para que el regreso no sea una tortura.

También, la Secretaría de Educación Pública, y en los estados, tendrían que saber ya, y estar trabajando en ello, cuántos maestros contratarán para sustituir a aquellos con salud de riesgo alto. Y cuánto personal se precisa para apoyar las tareas higiénicas en las escuelas que no lo tienen para cumplir las instrucciones difundidas.

Falta explicarnos si otra vez, de nuevo, la base de todo será, únicamente, la pura voluntad de los maestros.

 

 

Las huellas del INEE en Colima

El último día de marzo se cumplirán dos años del cierre de las oficinas del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación en los estados. Como memoria y testimonio del trabajo realizado por un núcleo de cinco personas, al que se incorporaban temporalmente otros colaboradores, escribí un libro que se llama Lecciones y reflexiones. Mi vida en el Instituto, publicado a finales del año pasado por Puertabierta Editores. Aquí les comparto las primeras páginas del libro, de descarga gratuita en la página web de la editorial.

Zygmunt Bauman comienza su libro Esto no es un diario explicando las razones de escribirlo. En la primera entrada, fechada el 3 de septiembre de 2010, recoge un fragmento de José Saramago [Ensayo sobre la ceguera] a quien, confiesa, estaba descubriendo como fuente de inspiración: “Creo que todas las palabras que vamos pronunciando, todos los movimientos y gestos […] que hacemos, cada uno y todos juntos, pueden ser entendidos como piezas sueltas de una autobiografía no intencional que, aunque involuntaria, o por eso mismo, no es menos sincera y veraz que el más minucioso de los relatos de una vida pasada a la escritura y el papel”.

Un diario se escribe en principio para sí, asegura Silvia Adela Kohan. Esa idea nunca se hospedó más de una noche en mi cabeza. Siempre pensé que debía compartir el resultado de este ejercicio de la memoria. Por eso, tuvo más lectores y críticos que ninguno de mis anteriores proyectos, porque, siendo personalísimo, no quería que fuera un diario íntimo, ese artefacto donde, dice Kohan: “escribes tus pensamientos, tus lamentos, recuentas una situación del día y lo haces como registro, sin ir más allá del registro, sabiendo que tu acompañante es el que te inventas y te representa”.

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La educación en las campañas electorales

Empezaron las campañas por la conquista de la gubernatura colimense y, como era previsible, en las imágenes que circulan de los primeros actos, en varios casos, observamos gente sin respetar distancias y en cantidades poco recomendables en estos tiempos.

Lo que vimos, salvo una inusitada epidemia de cordura, será el principio de más aglomeraciones por toda la geografía local.

La búsqueda de adhesiones y votos no atiende ni la sensatez frente a la pandemia, ni la decencia o la mesura en las palabras. Comenzó el desfile de promesas y demagogia.

Ante la acumulación de gente, aun en espacios abiertos, conviene recordar la lógica del virus. Es elemental: a mayor movilización de la gente, más infecciones. En 15 días podríamos tener nuevos repuntes en las cifras de infectados y fallecidos. ¿Quién asumirá los costos?

En estos primeros días de campañas, excepto por cubrebocas y el predominio de mujeres candidatas, no observo algo distinto a lo conocido.

¿Las campañas y los partidos se infectaron de esterilidad imaginativa? Por ahora, así parece.

Sobre educación no he leído nada destacable entre los discursos de las candidatas y candidatos.

Dos asuntos están en la mesa para el debate o, por lo menos, para sus pronunciamientos: el regreso a las escuelas y las estrategias para recuperar a los estudiantes que se hayan desconectado o abandonaron. Un esfuerzo político, económico, social y pedagógico extraordinario.

El segundo, los programas locales que, en el marco de la Federación, permitan avanzar en el cumplimiento de los grandes compromisos: el derecho a la educación de todos, especialmente con la obligación constitucional de universalizar la enseñanza media superior en un año y la educación superior gratuita, aprobada hace unas horas con la Ley General de Educación Superior.

¿Qué harán las candidatas y candidatos? ¿Les importará la educación como un tema estratégico para el desarrollo de Colima?

Ojalá tengan tiempo de reflexionar sobre los factores críticos para la transformación del sistema educativo colimense y no se conformen con recetar las pobres promesas que se repiten desde hace varias elecciones, que sólo exhiben el raquitismo político en la materia.

 

El valor de un doctorado

Una mañana, de visita en la Universidad, pequeñito, Juan Carlos se detuvo en la puerta de mi cubículo y curioso miró el letrero. Apenas empezaba a leer. Luego, volteó la cabeza y preguntó: “¿papá, te llamas doctor Juan Carlos Yáñez Velazco?”. Sonreí y negué. La curiosidad de Juan Carlos me sigue rondando y con frecuencia repito la anécdota.

¿Por qué tenemos esa tentación de exhibir nuestros grados académicos? ¿Por qué algunos, algunas, usan su nombre para firmar hasta los artículos periodísticos? ¿Qué nos pasa si prescindimos de ese rasgo rancio?

Conseguir un doctorado se ha vuelto fácil. Comprarlo requiere dinero y aguantar un poco con programas de cursado fast track. El mercado goloso está ávido de doctores. La educación es un negocio lucrativo, y hasta funcionarios de las universidades públicas no dudan en obtenerlos en instituciones privadas de entrenamiento probadamente mediocre, para ostentarse como doctoras o doctores sin pudor.

A propósito del valor de los grados académicos, recuerdo siempre la ceremonia en que la Universidad de Colima concedió el doctorado honoris causa a Pablo Latapí Sarre, en la memorable noche del 25 de agosto de 2008 en el Archivo Histórico. Como preámbulo, Manuel Gil Antón, invitado por don Pablo, se encargó de presentarnos al homenajeado. En su turno leyó un texto exquisito sobre el significado del doctorado.

Para explicarlo, con su didáctico y lúcido estilo, Gil Antón acudió a la anécdota de un amigo suyo y su padre, Santiago Ramírez, ambos del mismo nombre. Cuando el hijo le lleva orgulloso sus dos diplomas obtenidos en París, el padre, psicoanalista, le responde: conseguirlo es fácil, Santiaguito, lo difícil viene ahora. Ganarse la autoridad intelectual. Y remata: ¿cuándo escuchaste hablar del “doctor Hegel”, del “doctor Marx”, del “doctor Freud”, del “doctor Einstein” o el “doctor Weber”? Podríamos ampliar: ¿cuándo escuchamos “doctor Octavio Paz”, “doctor Gabriel García Márquez”, “doctora Marie Curie” o “doctor Paulo Freire”?

Así, decía Manuel Gil Antón, no necesitamos decir “doctor Latapí”. Es suficiente con: Latapí, Pablo, Pablo Latapí, don Pablo. Sin duda.

Entonces, ¿cuál es el valor del doctorado? Que no precises cantarlo, que sobre decirlo, porque tus razonamientos, discursos, textos y coherencia muestran la autoridad a la que un doctorado, a veces, sólo disfraza o envanece.