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Foro sobre leyes secundarias en Colima

El sábado asistí al foro “Perspectivas para el mejoramiento de la educación en México”, convocado por la LIX Legislatura local, el Colegio de Sociólogos, el Colegio de profesionales de la comunicación y el Ayuntamiento de Villa de Álvarez, sede de la actividad.

Comenzamos unos 30 asistentes, incluidos los organizadores, y luego fueron sumándose otros. Encabezaron, la diputada presidenta de la Comisión de Educación y el alcalde. Los ponentes fueron cinco, con participantes de tonos distintos, en buena medida por las proximidades al mundo de la educación básica y las aulas; en ese tenor estuvieron las ponencias de Justo Becerra y J. Jesús Puga, mientras que Mirtea Acuña y Sergio Chapela invitaron a la reflexión con exposiciones conceptuales.

No cabían más personas, pero aprecie ausencias notables, si se trataba del foro del cual surgirán las propuestas colimenses que se lleven a Mario Delgado, coordinador de Morena en la Cámara de Diputados, como informaron los organizadores. No estaban, por ejemplo, las autoridades superiores de la Secretaría de Educación, la UPN, el ISENCO, la Universidad de Colima; no había investigadores o académicos especializados en el tema, y solo dos diputadas, la presidenta y Malú Berber.

¿Interesa el tema a los diputados de Morena, o del PT, que no asistieron? ¿Ellos harán su propia propuesta? Es verdad que al mismo tiempo el padre Solalinde dictaba una conferencia, pero este era su evento. En fin.

Me pareció un primer buen ejercicio, pero falta, por ejemplo, analizar los desafíos de la entidad frente a la reforma educativa, sobre los cuales puse en la mesa algunas datos y problemas. Mi participación como público, breve, se centró en cuatro temas cardinales para valorar el potencial transformador de la reforma naciente: a) la concreción del derecho a una buena educación, b) la inequidad y sus expresiones pedagógicas, c) los exiliados mexicanos que viven (y son desatendidos) en México, esto es, los niños y familias de jornaleros agrícolas migrantes, los indígenas, que reciben la peor de todas las educaciones y d) las escuelas multigrado, que representan, según cifras del extinto INEE, 43 por ciento de las escuelas primarias, para las cuales no existe una pedagogía ni condiciones suficientes.

Entre la participación de los asistentes quiero referirme a la de una antigua estudiante universitaria de la Facultad de Pedagogía, ahora directora de telesecundaria, quien planteó las vicisitudes de los directores para sostener los programas alimentarios de las escuelas, cuando los apoyos son insuficientes.

Es verdad: en un contexto de pobreza y rupturas sociales, la escuela debe enseñar las letras, matemáticas, ciencia e historia, pero en muchos casos se convierte en el comedor donde los niños reciben el único alimento del día; a estas hambres que sacia la escuela, con más o menos fortuna, debemos sumar el alimento indispensable del afecto. En algunas escuelas que visito me dicen las maestras: muchos niños vienen a que los abracemos, porque en casa no tienen ese cobijo para su corazón, no porque en sus casas haya seres desalmados, sino por las circunstancias de madres y padres dedicados ambos a trabajar en el campo o de albañiles durante buena parte del día, o curtidos en una cultura lejana a la demostración afectiva.

De ese tamaño es el reto que sigue teniendo la escuela mexicana, la de hoy y la llamada “nueva escuela mexicana”. Veremos si se acortan las distancias entre los discursos, las proclamas y las decisiones.

Buenas y malas prácticas académicas

El jueves pasado asistí al ISENCO para la instalación del Comité Dictaminador del Congreso Internacional de Investigación y Evaluación Educativa, que celebrarán en el marco del 179 aniversario de la escuela normal de Colima, con el respaldo del Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación de la UNAM.

La sesión, presidida por la directora, Martina Milagros Robles, nos permitió conocer la convocatoria, objetivos y líneas temáticas del Congreso, y conocernos en la diversidad personal e institucional. Una veintena de profesores y profesoras escuchamos y expresamos deseos de colaboración.

La realización del Congreso ya es buena noticia. Habrá mucha información en los siguientes días y semanas, seguramente. Ahora quiero detenerme en el gesto de uno de los asistentes, cuyo nombre me reservo. Antes de firmar el compromiso, el profesor jubilado habló y se disculpó. Nos contó en donde se ubican ahora sus intereses profesionales y líneas de investigación; pidió, respetuosamente, que se le dispensara de participar, dada su “falta de actualización” en los temas y subtemas del congreso. Advirtió que se sentía desautorizado para juzgar a otros.

La confesión merece ovación. Si antes lo miraba con respeto, sumo admiración. La honestidad es un valor en fuga cuando la cuentofrenia se apoderó del mundo académico universitario y hay que producir, producir y producir, aunque la calidad sea precaria y nulos los lectores, así como participar en congresos, comisiones, estancias, evidencias múltiples de la “productividad”.

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La escuela deseable y posible

Concluida la última semana escolar de abril, Juan Carlos estaba muy contento. Los viernes suele ser así, porque sabe que tiene por delante dos días de descanso y por su clase de ajedrez, un gusto que le persiste felizmente todo el año lectivo.

En la conversación rumbo a casa le pregunté por lo evidente: ¿por qué te gusta tanto esta semana? Su respuesta me sorprendió, concreta y contundente: porque no llevamos uniforme, porque no hay tareas y porque tenemos más libertad. ¿Qué había de peculiar? La semana de festejos del día del niño, por supuesto, que convierte a la escuela en un sitio y ambiente distintos.

No sé qué piensan otros niños, ni cómo se vive en otras escuelas esa fecha. Pero tengo como hipótesis que la contestación de mi hijo es un diagnóstico certero de la vida escolar en muchas escuelas, quiero decir, de cómo experimentan muchos niños la vida en muchos centros escolares. El resultado, sin el aliento de la familia y la fortuna de buenas maestras, puede ser funesto: odio al ritual de la escolarización, enfado, animadversión, aburrimiento…

La respuesta de Juan Carlos no tiene sentido como una valoración puntual, sino como pista para comprender la naturaleza de la institución educativa y su condición obligatoria: un espacio de reclusión forzosa, como la cárcel, el manicomio o el hospital, a donde uno, en condiciones normales, no elige asistir.

Acudir a clases durante 190 días (como será el próximo año escolar) implica un esfuerzo arduo de maestros y alumnos, una rutina que debe experimentarse como desafío permanente, con ocasiones diarias para el descubrimiento, pero también para el aprendizaje a partir de los errores, para el impulso al trabajo colectivo, así en alumnos como maestros, para la oportunidad de volver a comenzar después de un fracaso.

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La belleza del ejemplo

No hay forma más bella de la autoridad que el ejemplo, recité a los estudiantes del curso “Gestión y administración de la educación superior” en la Facultad de Pedagogía. Me miraban como casi siempre: atentos e interesados. Luego volví a citar a Miguel Ángel Santos Guerra para reafirmar el valor de su idea. Con un comentario más terminé la clase y les agradecí la complicidad.

Me gustaría que ideas como esas se quedaran rebullendo en la cabeza del grupo de jóvenes con quienes tengo la alegría de coincidir cinco horas a la semana. Que las repasaran mentalmente, o en pequeños grupos, en parejas, y discutieran la enorme verdad que encierra la invitación a hacer del ejemplo el ejercicio más poderoso y convincente de la autoridad, para aplicarlas en su casa, en su relación con otros, en su futuro como profesores o directores.

En este tramo del curso elegí “Las feromonas de la manzana”, de Santos Guerra, para reflexionar con los estudiantes sobre el diagnóstico que están realizando y sus experiencias como universitarios y previamente. Es un texto estupendo que suma a la profundidad, la clara y precisa narrativa, enriquecida por la fructífera experiencia del autor.

En educación no existen las balas de plata, escuché decir alguna vez a otro educador extraordinario, Juan Carlos Tedesco. Y la idea de Santos Guerra tampoco es una solución mágica. No hay soluciones fáciles ni únicas para resolver los problemas complejos de las escuelas y los sistemas educativos, pero hay principios e imperativos insoslayables.

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Revalorización del magisterio

La reforma a los artículos 3º, 31 y 73 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos se consumó con la aprobación de la mayor parte de los congresos locales. Todavía habrá de escribirse la historia del fin de la reforma anterior, las complejas negociaciones para lograr las votaciones suficientes y los acuerdos políticos con los sectores implicados, especialmente con las organizaciones sindicales reacias a los cambios.

Una de las bondades que se promueven con la reforma es la muerte de la evaluación docente con “fines punitivos” y la instauración de una nueva escuela mexicana; otra etapa, donde se reconozca la importancia social del oficio magisterial, cuyo eje se centrará, dicen, en la formación y no en la evaluación. El cambio es notable; los resultados, dependerán. Suponer que con decretar la revalorización del magisterio y colocarla en la Carta Magna ya comenzará a surtir efectos positivos es un acto de ingenuidad. El prestigio social o la importancia de una profesión se construyen, son producto de políticas y hechos, de una cultura y prácticas consistentes y perdurables.

Una medida necesaria, para muchos urgente, es la reforma de las escuelas normales; sobre el tema, en este proceso de discusión, se ha escrito mucho y sugerido ideas para una transformación sustancial. Veremos de qué calado son las estrategias gubernamentales.

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