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La evaluación educativa como espectáculo

Los anuncios recientes sobre la aplicación de las pruebas del PLANEA (Plan Nacional para la Evaluación de los Aprendizajes), reavivaron un conflicto incesante: el lugar de la evaluación en la realidad educativa y política del país.

Cuatro actores están en medio de la batahola: la Secretaría de Educación Pública, el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE), organizaciones de la sociedad civil y un frente disperso de académicos e investigadores críticos que, con relativa facilidad, desnudan las falencias de la reforma e intenciones que se van desplegando.

La próxima edición del PLANEA difiere de las anteriores, grosso modo, porque la aplicación (y los aplicadores) serán internos y los fines solamente diagnósticos para las escuelas; eso provocó que algunos sectores, como Mexicanos Primero, se revuelvan furiosos para denunciar que no es el camino y precisa enmendarse la decisión como está marcado en la normativa: que los aplicadores sean externos y los usos de los resultados, públicos.

De la consejera presidenta del INEE, Sylvia Schmelkes, solo espero mesura e inteligencia; y ahora fue así. Inicialmente dijo lo que cualquier persona medianamente informada en el tema sabe: que los cambios educativos no se observan en lapsos cortos.

La decisión es sensata (si hubo recorte presupuestal es tema de discusión aparte): devolver a la escuela la confianza y la responsabilidad de que sean los maestros quienes apliquen las pruebas y utilicen los resultados para introducir cambios. ¿Con controles? Los indispensables, por supuesto. Hacerlo es un gesto que hoy no existe hacia los maestros, a quienes se dispara a la cabeza sin piedad con generalizaciones abusivas. Obvio reiterarlo: eso no descarta la exigencia de rigor y profesionalismo a los implicados, pues el autoengaño dañaría severamente el proceso.

Por otro lado, la obligación de transparentar resultados es irreversible; como lo es mejorar escuelas, diseñar políticas apropiadas, contratar maestros o formarlos adecuadamente, pero las auténticas transformaciones no vendrán dadas por los sesudos informes de Mexicanos Primeros o México Evalúa, o con periodistas exhibiendo sin análisis ni contextualizaciones. La educación no es un partido de fútbol ni un programa televisivo de chismes.

Los informes nacionales o estatales, las aplicaciones reiteradas de pruebas o resultados en rankings no resuelven problemas estructurales. Son coartadas para campañas propagandísticas o notas amarillas en prensa. Nada de eso falta. Lo que modificará la educación es lo que hagan los maestros con los alumnos en los salones de clases, en la escuela toda. Esa debe ser la prioridad. Lo que necesitamos es el máximo uso pedagógico de la evaluación, no convertirla en espectáculo mediático.

Especulaciones sobre el futuro educativo

Dos decisiones marcarán el rumbo del nuevo gobierno colimense en materia educativa: el equipo que encabezará la secretaría y la elaboración del programa estatal. Indudablemente importa quién será el secretario, si la designación es parte del acuerdo entre partidos o el perfil político y técnico del elegido; sin embargo, la idoneidad de su designación la sellará el equipo a su alrededor. El secretario y sus hombres cercanos es el mensaje inaugural del gobernador.

La otra gran decisión del primer tramo administrativo es el proceso de consulta para el programa educativo estatal. Aunque tradicionalmente ha sido un documento de menor relevancia, sujeto a políticas federales y a las visiones de la secretaría que conduce la planeación, las circunstancias del momento le conceden importancia inédita. Por un lado, el matiz de hombre preparado con el que se presentó al nuevo gobernador descartaría la irrupción de ocurrencias o desatinos en las decisiones. Por otro, las circunstancias convulsas que enfrentó un segmento del magisterio inconforme con el adeudo del gobierno estatal y con la evaluación que dicta la reforma nacional.

La peor manera de encarar dicho escenario es minimizarlo o reducirlo a la expresión de un grupúsculo con intereses inconfesables. Craso error, aunque habitual. No tengo una radiografía completa, pero sí opiniones de profesores y directores para constatar que la inconformidad de los maestros es legítima. Las razones las pueden tener claras en la propia secretaria, por fallas en la conducción de la reforma e inoperancia local.

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Y si…

Una historia de Colima seriamente hecha, rigurosa, no podría ser complaciente con el capítulo presente. No viene al caso recordar desgracias y corruptelas. Lo menos que precisamos ahora son efluvios sadomasoquistas.

Con el episodio del domingo anterior se cerró una etapa que nos colocó en el mapa, otra vez en poco tiempo, como ejemplo poco edificante; allí están los articulistas de medios nacionales como testigos, y no vale la pena profundizar. No me anima el espíritu polemista, tampoco un cándido borrón y cuenta nueva, pero falta espacio para extenderme. Además, confío en que los historiadores profesionales harán su labor con método científico cuando seamos pasado.

Cuando analiza los problemas de la educación Juan Carlos Tedesco, experto argentino, suele repetir que no hay balas de plata; es decir, soluciones mágicas que resuelvan todos los problemas.

Exactamente eso pienso ahora: no hay balas de plata para los problemas de Colima, como tampoco hay gobernantes de plata. Por otro lado, mal hacemos los ciudadanos si nos quedamos a esperar, indiferentes, a que arriben los mesías.

Desde la perspectiva ciudadana, se me ocurre preguntarnos en voz alta, o reflexionar en silencioso tono interrogativo:

¿Y si hablamos menos y escuchamos más?

¿Y si leemos un poquito más?

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La universidad: conciencia crítica

Antes de decidirme a publicar este artículo sobre la universidad y su papel en momentos aciagos, deseché dos escritos en días pasados, con fondo común: el debate de los candidatos al gobierno del estado y la ausencia del tema educativo. Opté por publicar los párrafos siguientes, escritos originalmente en 2011, porque hoy confirmo su vigencia frente a lo observado el domingo por la noche y en las dos campañas electorales para el gobierno de la entidad. Enseguida, el artículo.

Absortos en los vericuetos personales, solemos perder de vista lo social; hoy pienso, por ejemplo, en el sentido de las instituciones. Eso concluí después de la lectura de un lúcido ensayo de Carlos de la Isla, profesor del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), quien ofrece un excelente compendio de reflexiones sobre la misión de las universidades.

En principio, invita a precisar qué entendemos por universidad. No es una pregunta irrelevante, pues más que de un sentido, en singular, tenemos que hablar de las universidades, en plural, y con una enorme y a veces contradictoria diversidad. Hay de universidades a universidades. Milton y Rose Friedman, padres del neoliberalismo, propusieron hace algunas décadas la noción de universidad mixta (algo así como pública-privada), existen las universidades empresariales ligadas a los grandes monopolios comerciales, las universidades tecnológicas o las politécnicas y, por supuesto, las públicas y privadas, cada una con sus múltiples variantes, desde las auténticas grandes instituciones hasta aquellas que, en estricto sentido, sólo podríamos calificar como “establecimientos escolares”, eufemismo para referirse a mercaderes de diplomas.

En el ensayo, Carlos de la Isla recoge varias visiones sobre la institución universitaria. Expongo algunas. Para el Cardenal Newman, la “universidad es la comunidad de estudiantes y profesores que se reúnen para pensar”. Para Sartre: “la universidad está hecha para hombres capaces de dudar”; mientras que Robert Hutchins la define como: “espacio recogido para meditar los problemas intelectuales del mundo”. Karl Jaspers afirma: “la universidad es el recinto sagrado de la razón”.

Es obvio el denominador común: pensar. Una universidad no se concibe alejada de la función de pensar, meditar, analizar, dudar, razonar. Las universidades piensan y enseñan a pensar. Entonces, concluye Carlos de la Isla, la universidad es conciencia crítica de la sociedad, en especial, frente a la destrucción del planeta, guerras inhumanas y azuzadas por intereses comerciales, el hambre y la miseria, asimetrías sociales, injusticias o las falencias de la democracia.

La universidad tiene que jugar un papel crucial en el escenario social convulso. Primero, dice Carlos de la Isla, no ser cómplice de la irracionalidad y la barbarie, a las que debe denunciar y desenmascarar: “la universidad debe conservar siempre su independencia, autonomía y libertad para juzgar, denunciar, anunciar e inventar para preservar la independencia y la libertad de la sociedad. Por eso se ha dicho con mucha razón que el pueblo que no fomenta la educación superior, que no robustece su Universidad, está destinado a la dictadura -de un hombre o partido, de la miseria, de la estupidez-. Porque la actitud crítica de los universitarios, de los ilustrados, no sólo de los que aún piensan en las aulas, sino de todos los egresados que son la proyección de la Universidad, constituyen la gran defensa de la libertad. Aunque hay que decirlo también: existen universitarios ilustrados que caen en el servilismo y éstos son los que generan el despotismo ilustrado.”

Si esta es la definición, o el carácter que atribuimos a la universidad, cuánto estamos avanzando en ese camino en México y en Colima: ¿cuál es el lugar del pensamiento, de las ideas, de la crítica?

Un colega del profesor De la Isla, también del ITAM, José Ramón Benito, escribió otro texto urgente: “Hay que defender la inteligencia si queremos salvar la universidad, si no queremos privar al hombre y a la sociedad de una óptima, más aún, necesaria condición para salvaguardar su dignidad y lograr su desarrollo integral.”

 

La ciudad de los niños

La ciudad de TonucciMientras leo La ciudad de los niños, del pedagogo y caricaturista italiano Francesco Tonucci, no pude dejar de pensar unos minutos en las deplorables campañas electorales que vivimos en Colima.

Unas imágenes y otras se ubican en las antípodas. De lo segundo no escribiré; además del voto de silencio autoimpuesto, sobran palabras ante hechos ominosos. Lo primero puede resumirse en una expresión: una nueva filosofía para gobernar las ciudades.

La ciudad de los niños es parte de un conjunto de iniciativas e ideas que surgieron en distintos países del mundo, principalmente europeos, para armonizar las relaciones entre los seres humanos y con las ciudades o pueblos, con la comida, con los autos, con la escuela.

Tres movimientos en especial me llaman la atención y estudio con interés: las “ciudades educadoras”, un proyecto mundial con sede en Barcelona, que incluye a más de 600 ciudades, una de ellas, Colima; “ciudades lentas”, que luego se trasladaron a otros ámbitos, como la comida o la educación, y constituye un replanteamiento de las prioridades, para sujetar los tiempos del reloj al kairós, el tiempo de la oportunidad, para disfrutar de otras manera la relación humana, con la naturaleza, la educación, los alimentos.

“La ciudad de los niños” nació en Fano, una población italiana donde se invitó a Francesco Tonucci para organizar inicialmente, en mayo de 1991, una semana dedicada a la infancia, a la cual llamaron así: La ciudad de los niños. El exitoso desarrollo de las actividades culminó con un acuerdo para repetir la experiencia anualmente.

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