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¿Importa la educación?

El martes, en otro espacio radiofónico compartí una propuesta radical de Naomi Klein, periodista, escritora y activista canadiense.

En su libro Los años de reparación, nos dejó una idea provocadora para la reflexión, pero temeraria para las autoridades de los sistemas educativos y la cultura instituida en torno al cambio en las escuelas.

Dijo Naomi Klein: “En lugar de fingir que es posible subsanar décadas de austeridad en unas pocas semanas de vacaciones de verano, deberíamos cerrar esas escuelas durante un año entero y usar ese tiempo para repararlas y reimaginarlas… mientras tanto, los maestros, con ayuda de un cuerpo juvenil, podrían impartir las clases al aire libre”.

Pensé, pienso, si es posible hacer algo semejante en México.

Me vienen a la cabeza las recientes declaraciones del secretario de Educación Pública, aplaudiendo que en estos dos años hemos avanzado muchísimo, porque no hay huelgas, porque hubo acercamiento con el magisterio, porque se instaló la Nueva Escuela Mexicana y porque tenemos Aprende en casa 1 y 2, y otras bondades por el estilo.

Con ese optimismo, dirán que cambiar no es necesario si ya estamos revolucionando la pedagogía.

En otras esferas, alimentadas por datos y perspectivas distintas, la idea de Klein es muy sugerente. No sólo es posible, sino urgente y necesaria en muchos lugares, donde no existen condiciones materiales, ambientales, tecnológicas e higiénicas para volver a una mejor escuela que la de marzo pasado.

Se nos fueron otra vez los meses. Es decir, se le están yendo a las autoridades, que en este momento ya tendrían que estar haciendo todas esas reparaciones.

Pero eso significa, como podrán imaginarlo, que hay presupuesto y un proyecto para que volvamos a otra escuela.

Sin embargo, no aparecen en el horizonte ni dinero, ni proyecto. Así, entonces, es impensable.

La lección que aprendí con Alejandro Morduchowicz, argentino radicado en México, es imperdible: sospechemos, siempre sospechemos cuando al discurso del cambio en la educación, no lo acompañan los presupuestos.

La pandemia como maestra

El domingo por la mañana leí Los años de reparación, de Naomi Klein, periodista y escritora canadiense que se volvió indispensable para los movimientos sociales del mundo, a partir de la publicación de sus libros No logo y La doctrina del shock.

Los años de reparación es la conferencia que presentó en la Cumbre Inaugural de la Internacional Progresista, el pasado 18 de septiembre, editado por el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales.

Se trata de un texto con ideas provocadoras, repaso de la situación mundial provocada por, adjetiva, los hombres poderosos de nacionalismos machistas e identidades supremacistas, que tienen al borde del colapso a la Tierra, agravada con los efectos del COVID-19.

Dos ideas quiero destacar de la obra. La primera, está en el título. Debemos procurar tiempos para la reparación de los daños causados al planeta a través de un “Nuevo Acuerdo Verde”, lo cual implica “cambiar prácticamente todo con respecto a nuestros sistemas políticos y económicos”.

La segunda idea es no demonizar la pandemia, sino convertirla en maestra y entender las lecciones que nos enseña, como la valoración más adecuada del tiempo para vivir o la necesidad de reducir los sobreconsumos del 20 por ciento más rico.

Una frase en la página 35 me persigue desde que la pesqué: cuando nos apresuramos a vivir como lo hacíamos antes, también se acelera la propagación del virus. Es una advertencia inapelable.

Naomi Klein ofrece propuestas disruptivas. Afirma: En lugar de fingir que es posible subsanar décadas de austeridad en unas pocas semanas de vacaciones de verano, deberíamos cerrar esas escuelas durante un año entero y usar ese tiempo para repararlas y reimaginarlas… mientras tanto, los maestros, con ayuda de un cuerpo juvenil, podrían impartir las clases al aire libre.

Sí, sería fantástico, porque ante los graves problemas sólo caben grandes alternativas. Pero será un sueño, nada más. O tal vez no.

 

35 años de Pedagogía. Balances y perspectivas

El lunes 30 de noviembre presentaremos ante la comunidad de la Facultad de Pedagogía, en la Universidad de Colima, el libro conmemorativo con el título de esta columna. La tarea de coordinación fue de su director, Francisco Montes de Oca, y de quien escribe. A continuación, les comparto el texto introductorio.

Presentación
En 2015 la Facultad de Pedagogía cumplió 30 años. La primera escuela superior que fundó la Universidad de Colima fue Derecho, pero la primera con el rango de facultad es la nuestra, al ofrecer estudios de posgrado en educación. Conmemorar el acontecimiento ameritaba un ejercicio colectivo de reflexión. Así lo hicimos en el libro Memoria y presente. Tres décadas de Pedagogía en Colima, en el cual varios profesores escribimos capítulos desde diversos ángulos. Por su naturaleza no cabían todos los temas, pero dejamos constancia de progresos y desafíos.

En 2020 la Facultad sigue madurando: la licenciatura permanece como programa acreditado por su calidad; los resultados de los egresados en el examen general de egreso la mantienen en el padrón del Centro Nacional para la Evaluación de la Educación Superior, y a la oferta se sumó la Maestría en Innovación Educativa, incorporada recientemente al Padrón del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología.

Los avances son notables, pero los desafíos también crecieron, especialmente en este año en que el mundo se sacudió y sigue perplejo ante los efectos devastadores de la pandemia provocada por el COVID-19, cuyo saldo en infecciones y muertes en el país desbordó todas las predicciones, incluso, las más catastróficas que suponía el Gobierno Federal.

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Regreso a la escuela: el debate naciente

Hace dos meses entre nosotros no se hablaba del regreso a las aulas. Hoy la situación empieza a cambiar. Cada vez más voces piden la vuelta a la escuela, con controles, gradual, escalonada. El debate está abierto, como sucedió en otros países.

¿Por qué volver a las escuelas es tan importante en el argumento de quienes lo solicitan?

Porque la escuela en casa produce distintas experiencias y afecta sobre todo a los niños en condiciones más precarias, en un país donde la mitad de la población vivía en pobreza antes de la pandemia.

Porque la ruptura de la socialización que ocurre en la escuela no la sustituyen muchos miles de hogares, más preocupados por el día a día.

Porque la violencia en casa, por costumbres, miedo y hartazgo parece crecer en contextos de confinamiento y afectar a niños y mujeres. Al respecto, la Unesco estima que la violencia doméstica contra ellas aumentó 30 por ciento durante la pandemia.

Porque las condiciones en casa, materiales, habitacionales y tecnológicas son insuficientes para millones de estudiantes.

Hay más razones, pero ese conjunto vuelve plausible el argumento de retornar a la escuela poco a poco.

Pero también del otro lado hay argumentos válidos. La pandemia no cesa, como sabemos, y sólo se domó en el reino de la palabra. Miles de escuelas en el país no tenían las condiciones elementales para su funcionamiento, ni personal suficiente, circunstancia adversa cuando se requieren medidas especiales para protegerlas de contagios.

Hacer voluntario el regreso a las aulas podría representar una multiplicación insostenible de la carga para los docentes, e impensable en ámbitos como la secundaria y el bachillerato.

Las lecciones fuera de México son elocuentes y nos conviene tomar notas. En países como Argentina o Chile, aunque los ministerios de Educación pidieron el regreso, enfrentan oposición del magisterio y negativa de las familias. El resultado: baja proporción de niños estudiando de nuevo en sus aulas.

No veo cerca el regreso, pero cada vez está menos lejos y convendría comenzar a prepararnos, quiero decir, los gobiernos federal y estatal, para evitar los tropiezos e improvisaciones que sigue exhibiendo la Secretaría de Educación Pública.

 

El Diego es eterno

Primer tiempo
Hace algunos meses, cuando la pandemia nos había robado el futbol en vivo, la televisión, pródiga en satisfacer deseos e inventarnos otros, repitió partidos de todas las calidades y para variados gustos. Sólo uno vi completo. Fue por azar dominical. En el calor del mediodía, harto del trabajo semanal, me planté frente al aparato, encendí el ventilador y puse los pies sobre otra silla. Busqué y busqué, hasta encontrar la voz de uno de esos viejos narradores que fueron habituales en la televisión pública de otras décadas. En la primera impresión creí que la imagen fallaba, por la nitidez de la transmisión. Miré el control y luego froté los ojos. No mejoraba la señal. Enseguida, fui reconociendo de a poco a los futbolistas, el público, los equipos, el sonido ambiental. Era la final del México 86, el trepidante Alemania contra Argentina, jugado a las 12 del día en la altura del entonces llamado Distrito Federal.

¡Este es, este quiero! Apenas habían sonado los himnos y comenzaban a rodar las emociones de dos naciones futboleras en el mítico estadio Azteca, el único escenario donde ganaron una copa del mundo los reyes del fútbol: Pelé, en 1970, colocándose solo la corona mientras levantaba la Jules Rimet, y Diego Armando Maradona, el Diego, 16 años después, echándose encima al equipo y a un país incrédulo.

Busqué a Juan Carlos, de 10 años, en el improvisado salón del quinto grado grupo B, en el huequito de la escalera. Ahí estaba, infaltable, con los pies encima de la mesa blanca, sus audífonos y jugando en la tableta. Le llamé de inmediato. No escuchó. Repetí. ¡Ven, por favor! De mala gana se sentó a mi izquierda. Con emoción le conté qué partido era y que ahí estaba el Diego. Me hizo tres preguntas casi de golpe: ¿y cómo quedaron? No te diré, le contesté. Velo conmigo. Hizo un gesto de resignación y luego le pedí que observara el partido. ¡Ahí está, ahí está, ese es Diego! ¿Maradona, ese es Maradona? Sí, ese es. Su gesto fue de sorpresa; remachó: ¿y qué le pasó? Seguramente había visto las imágenes más recientes del Diego, en las condiciones tan lastimosas que aparecía ya desde su paso por Dorados de Sinaloa. Así era Diego, hijo, así era cuando Dios bajó a la cancha para hacernos felices.

Segundo tiempo
Leo Messi, poco afecto a gastar palabras, escribió una despedida a Diego y su mensaje en Instagram se replicó por todas partes: Nos deja, pero no se va, porque el Diego es eterno.

Leo es argentino, pero no porteño; es rosarino, como el Che Guevara, Roberto Fontanarrosa y Fito Paez. Diego, de barrio pobre bonaerense, verbo prolijo, ingenioso dentro y fuera de la cancha, generoso hasta el exceso; por eso vivió al límite la fiesta y el fútbol, la política y sus convicciones. Pero Diego es ya universal.

La frase de Leo, genio definiendo la inmortalidad del genio que tuvo como ídolo, es una de las que quedarán para siempre en esta canchita de la vida, el futbol, que parece menor, pero conmociona y atrapa sin igual la atención mundial, como constatamos ahora.

Por eso, el presidente de Francia, Emmanuel Macron, escribió un texto impecable por la partida del Diego, que la Casa Rosada tiene en su portal. Por eso, los textos bellísimos que hemos leído en estas horas, de Juan Villoro, por ejemplo; y las palabras que le dirigieron algunos de los personajes mayúsculos del fútbol, como su compatriotas Diego Simeone y Jorge Valdano, Pep Guardiola y Zinedine Zidane, o el mensaje de Pelé, quien lo despidió con el deseo de encontrarse en el cielo para jugar al balón. O el papa Francisco.

Diego, ave tempestuosa, vivió entre el Olimpo de la victoria y el lodo de los escándalos por drogas o sus relaciones sentimentales, pero en estas horas la unanimidad se centra en su legado al futbol de cancha y contra los poderes que lo gobiernan. De lo otro, ¿quién tiene la autoridad moral para juzgar al prójimo?

Quizá la mejor despedida para el Diego, además de lo dicho por Leo Messi, es una pancarta que encontró Pep Guardiola en Buenos Aires el año pasado y lo contó ayer: “No importa lo que hayas hecho con tu vida, Diego, lo que importa es lo que has hecho por las nuestras”. Ese es el Diego, el Diego de la gente, como titula a su autobiografía.

¡Gracias, Diego!