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LA COHERENCIA DE LOS PROFESORES

En estos días he recordado las enseñanzas del maestro Paulo Freire sobre las virtudes de los educadores. Una en particular reaparece a cada instante: la coherencia. La coherencia absoluta es imposible, decía Paulo Freire, pero los educadores progresistas tienen la obligación de buscarla. Deben aspirar a la coherencia entre su pensamiento, sus palabras y sus hechos.

La falsedad, la demagogia o la corrupción no son buenas aliadas de la educación. El profesor no podrá mantener en secreto sus razones ocultas, pues los estudiantes, más temprano que tarde, las detectarán y el descrédito será difícilmente revertido.

No se educa desde la impostura. Se puede engañar un tiempo, pero difícilmente a todos durante un ciclo escolar completo, aunque experimentos como el llamado “Efecto Fox” desnudan fragilidades y confusiones entre la buena docencia y la charlatanería.

Pero cuidado, la coherencia no es una virtud a desarrollar sólo en los salones de clases o en los recintos donde se interactúa con los estudiantes. También es una exigencia de la práctica en los actos públicos y en sus expresiones políticas. Por eso es tan difícil. Por eso, probablemente, Freire no postula la obligación de serlo, pero sí de intentarlo. Es una virtud cara, y necesaria de reconocer en quienes la promueven cada día de su vida en el desempeño de la tarea formativa. Por eso es tan deplorable en quienes profieren un discurso y actúan en otros sentidos.

Estos días que corren son, tristemente, abundantes en ejemplos de esa incoherencia que lastima a la educación, a las escuelas y perdió a quienes la practicaron voluntaria e impunemente.

NIÑOS, EDUCACIÓN Y TELEVISIÓN

IMG_0957En tres meses, a sus recién cumplidos cuatro años, sin saber leer ni escribir, Juan Carlos,  niño de desarrollo normal, ya conoce más de la historia argentina que de la mexicana. Lo admito sin pena. El mérito es de la infancia y su naturaleza, abierta, flexible, relajada, sin temores. Obra de la curiosidad y la imaginación de los niños.

La televisión ha sido el vehículo de aprendizajes que no dejan de sorprenderme; quiero decir, un canal infantil de la televisión pública argentina administrado por el Ministerio de Educación: Pakapaka.

A través de José, a quien apodan Zamba, un niño de rasgos indígenas, originario de Clorinda (provincia de Formosa), y sus peculiares aventuras por la historia, Juan Carlos fue aprendiendo sin querer, ni buscarlo nosotros. De la mano de personajes como José de San Martín, “el niño que lo sabe todo” y el Capitán Realista, con invitados como Simón Bolívar, el doctor Ramón Carrillo, Manuel Belgrano, Florentino Ameghino, Atahualpa Yupanqui y alguna vez Frida Kahlo, los niños se divierten con capítulos bien ideados y hechos, con lenguaje apropiado e inteligente, sin concesiones bobas.

Juan Carlos canta con alegría mientras ve la televisión, cuando caminamos por la calles o a solas en su cuarto. Más de una vez me habla de la libertad, y fustiga, en sus palabras, a quienes no permiten hablar, reunirse, comprar libros o escuchar la música preferida, como enseña el capítulo que narra la dictadura argentina. El grito de batalla de San Martín, “seamos libres, que lo demás no importa nada”, es coreado por él y Mariana con naturalidad y frecuencia.

Está claro que no toda la educación a lo largo de la formación puede ser una calca de esta propuesta educativa del ministerio argentino, pero para los pequeños de su edad es una manera de conocer el país, sus luchas, su música, su riqueza. Y de sembrar la simiente del ciudadano con el tratamiento didáctico de temas como la dictadura, la democracia, la libertad, la defensa de la soberanía, la historia.

No quiero decir con esto que toda la televisión argentina es fantástica. Es verdad, también hay basura, pero tienen alternativas. Mirando los programas con Juan Carlos y con Mariana no podemos dejar de sentir envidia por estas opciones que tienen los niños argentinos, comparadas con las estupideces que tienen que consumir los niños mexicanos, condenados en su gran mayoría a una pobre oferta a la altura de las narices de los dueños de Televisa o TV Azteca.

Bueno, me dirán algunos, pero en México (como acá) pueden ver otros canales en televisión de paga, pero acá, y es el fondo, estoy hablando de la propuesta pedagógica del gobierno para educar a los niños a través del más poderoso medio que podrían disponer, además de la escuela y los maestros. Esa es la diferencia: un gobierno que también educa con buenas propuestas.

 

IGNORANCIA SOBRE EL BACHILLERATO

A partir de una nota escrita por Rubén Álvarez, publicada el 21 de noviembre en el portal de “Educación Futura” (educacionfutura.org), manufacturo esta colaboración. La nota reseña la opinión de tres expertos en la mesa “Las políticas para la educación media superior: objetivos y retos”, dentro del XII Congreso Nacional de Investigación Educativa organizado por el Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE) en Guanajuato. Los expertos son, en orden de aparición: Sylvia Ortega Salazar, directora general del Colegio de Bachilleres; Juan Fidel Zorrilla y Lorenza Villa Lever, investigadores de la UNAM.

La nota no la reseño ni me detengo en detalles. Es clara y confío en el buen juicio del redactor; los interesados pueden consultarla en el portal. A mí me interesa comentar dos asuntos de manera breve: el primero es la conformación de la llamada “conversación educativa”. No es una crítica a los ponentes (con Zorrilla tengo una añeja amistad), o a los responsables del programa académico en el COMIE, de quienes solo tengo estupenda opinión. Lo mío es el lamento de que en un país con tanta diversidad y tantas expresiones ricas en muchas entidades y en las universidades públicas estatales, nada más esté representado el mundo académico del DF. Tampoco hay nada contra los defeños; es un lamento, enfatizo, de que las universidades estatales no aporten un experto (por lo menos) que pueda decir algo distinto desde otro lugar, en un país heterogéneo e inequitativo.

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COLIMA: CIUDAD EDUCADORA

AICEEl fin de semana leí el libro Escuela ciudadana y Ciudad educadora en el marco del Bicentenario, un documento que contiene las conferencias magistrales, paneles y talleres del VI Foro que organizaron varias organizaciones educativas y sociales en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, en octubre de 2010.

La iniciativa de los seis foros, realizados en distintas ciudades del conurbano conocido como Gran Buenos Aires, remite a conceptos clásicos: escuela ciudadana y ciudad educadora, inspirados en Paulo Freire y en la Asociación Internacional de Ciudades Educadoras; un movimiento nacido en 1990 en Barcelona bajo el liderazgo del alcalde Maragal con motivo del I Encuentro Internacional de Ciudades Educadoras, formalizado en Bolonia cuatro años después.

A la fecha son más de 400 ciudades del mundo las que pertenecen a esta red de gobiernos locales. En la región América Latina (con sede en Rosario, Argentina) son 13 países y 61 ciudades asociadas. México, Argentina y Brasil tienen el mayor número: 15 cada una. De nuestro país, entre otras, forman parte Cozumel, Ecatepec, Isla Mujeres, León, Guadalajara, Playa del Carmen y Tenancingo.

“Ninguna ciudad es esencialmente educadora per se, sino que deviene educadora a partir de su manifiesta intencionalidad”, afirma Analía Brarda, coordinadora técnica de Ciudades Educadoras en América Latina. No son las escuelas lo que las convierten en educadoras, sino la integración entre gobierno, sistemas escolares, instituciones sociales y los ciudadanos, con una nueva concepción y una práctica radicalmente diferentes. Así lo explica Moacir Gadotti: “Es la ciudad, como espacio de cultura, la que educa a la escuela y es la escuela, como palco del espectáculo de la vida, la que educa a la ciudad”.

La organización tiene un documento fundacional, la Carta de las Ciudades Educadoras, que describe los principios y compromisos de las adherentes. Sus objetivos son: promover el cumplimiento de los principios de la Carta, colaborar con otras ciudades, cooperar en proyectos y actividades con organizaciones de intereses afines,  profundizar el discurso de las Ciudades Educadores y realizar acciones directas, influir en la toma de decisiones de los gobiernos e instituciones internacionales en temas de interés para las Ciudades Educadoras así como dialogar y colaborar con organismos nacionales e internacionales.

Pero la membresía no es sólo un blasón, sino compromiso de alcance mayúsculo, progresivo por supuesto, que implica decisivas acciones gubernamentales de mediano y largo plazos con una indispensable colaboración ciudadana. El artículo 11 de la Carta es un buen ejemplo: “La ciudad deberá garantizar la calidad de vida de todos sus habitantes. Ello supone el equilibrio con el entorno natural, el derecho a un medio ambiente saludable, además del derecho a la vivienda, al trabajo, al esparcimiento y al transporte público, entre otros. A su vez, promoverá activamente la educación para la salud y la participación de todos sus habitantes en buenas prácticas de desarrollo sostenible”.

Entre las ventajas de pertenencia a la Asociación aparecen: formar parte de un conjunto de ciudades con una filosofía común que impulsen proyectos basados en la Carta; mostrar la ciudad, programas, experiencias y aportes a través de un Banco Internacional de Documentación; ser parte de la Asamblea General y contribuir  al desarrollo de la organización; pertenecer a redes territoriales y temáticas y tener acceso a información sobre programas, iniciativas y recursos de organismos internacionales, como la UNESCO, la Unión Europea o la Organización de Estados Iberoamericanos.

La capital de nuestro estado, Colima, podría enriquecerse y enriquecer con su experiencia a otras, participando en un foro de esta dimensión, dejando constancia de su compromiso porque la ciudad no sólo realice las funciones que le competen en los ámbitos político, económico, social y de prestación de servicios, sino también un decidido empeño por la formación y desarrollo de cada uno de sus habitantes, de los niños, jóvenes, adultos y ancianos. No únicamente de quienes asisten a la escuela.

El gobierno municipal, en manos del profesor Federico Rangel, dejaría magníficos precedentes con compromisos y acciones que transformaran el espacio urbano en una gran escuela abierta y ciudadana, porque una iniciativa de esa naturaleza (o en dirección semejante), bien planeada y mejor ejecutada, merecería la aprobación y la participación comunitarias.

 

MUNDO FACEBOOK

facebook-twitter4.jpg_640_640Conozco muchos aficionados-adictos a la red social Twitter, tuiteros, se autodenominan, que suelen apalear a los feisbukeros, aficionados-adictos del Facebook, con cuestionamientos a veces denigrantes sobre su capacidad intelectual, al grado extremo de su fundamentalismo, que ponen en tela de juicio la pertenencia a la selecta clase del “homo sapiens” donde caben, entre otros ejemplares, personajes como Laura Bozzo, George Bush, Bin Laden, el Chapo Guzmán, diputados, senadores y los conductores de los programas de chismes, abundantes en México y Argentina.

Aclaro de una buena vez: me tienen sin cuidado los tuiteros y sus expresiones groseras, aunque no pocas veces carecen de fineza en el estilo o en el lenguaje. En otros tiempos probablemente me enzarzaría con ellos en discusiones sin otro afán que desenvainar espadas y discutirles: bizantinos serían los intercambios, por supuesto. Como lo tengo muy claro, no lo he hecho ni lo haré jamás de los jamases.

Cada quien es cada cual, canta el maestro Serrat. Cada cual tiene derecho a decir lo que le plazca, y a criticar a quien le pegue la gana, pero a mí, por lo menos, me fastidia el trato denigrante para personas bienintencionadas que usan esa red social para lo que fue creada. No defiendo, ni falta que les hace, a Facebook, una empresa fundada lejos de la búsqueda de la paz y hermandad entre los seres humanos. Ya vimos el papelón que juega Facebook y todas esas empresas como agentes (involuntarios, tal vez) del espionaje norteamericano. Pero eso lo hicieron con Facebook y sin Facebook, y lo seguirán haciendo cuantas veces se les hinche el deseo.

También tengo muy claro que la tecnología no es ingenua ni angelical, así que tampoco defiendo a las redes sociales. Nada más las uso como me son útiles. Lo que me enfada, repito, es que se denigre a las buenas personas que también abundan en esa red social. Ni Facebook es una caterva de retrasados mentales y cursis, ni Twitter es el olimpo de la inteligencia, la ecuanimidad y el ingenio más agudo. ¡Por favor!

Como no tengo intenciones de extenderme, me abstengo de presentarles una lista de los buenos amigos y amigas feisbukeros, en México y varios países, que gozan de más estatura intelectual que muchos tuiteros y tuiteras que conozco; moribundos en la comparación. Así que cierro aquí mi exabrupto repitiendo que cada uno usa las redes como quiera, bloquea a quien quiere, lee lo que se le pega la gana, a quien quiere, y si no, a otra cosa mariposa.

Entre Santa Fe y Córdoba

 

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