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ROSTROS DE LA UNIVERSIDAD DE COLIMA*

Rsotros-JCYanezLa universidad hoy

La universidad es una institución integrada esencialmente por una comunidad de profesores, investigadores y estudiantes, cuya interacción tiene como funciones centrales la actividad académica, la transmisión, producción y difusión del conocimiento, ejercidas en libertad dentro de un marco social al cual sirve con responsabilidad y sentido crítico. Esos tres grupos son los principales soportes sociales, quienes producen y reproducen a la universidad como institución educativa, del saber y de la cultura.

La centralidad discursiva de la institución universitaria está fuera de discusión, más aún en la llamada “sociedad del conocimiento”, pero las invitaciones a relativizar su real poder transformador son necesarias. José Ortega y Gasset, por ejemplo, sostenía hace 80 años que la universidad es, en muchas prácticas y políticas, un espacio imbuido de chabacanería, de insustancialidad; que una escasa vida académica y una serie extensa e intensa de políticas la atraen hacia la mediocridad; que transitamos de la indiferencia al cinismo exacerbado por políticas que “estimulan” la productividad improductiva y que premian la simulación, lo que Luis Porter definió como “la universidad de papel”. ¿En nuestro contexto estamos lejos de aquel horizonte descrito por Ortega y Gasset: “Una institución en que se finge dar y exigir lo que no se puede exigir ni dar”? ¿Estamos sorteando el peligro?

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PENSAR LA UNIVERSIDAD

Rsotros-JCYanezLa próxima presentación de nuestro libro Rostros de la Universidad de Colima. Indicadores institucionales en PIFI, CUMex y rankings internacionales (Universidad de Colima, 2013) en las celebraciones por el 29 aniversario de la Facultad de Pedagogía, me llevó a releer algunos pasajes del texto escrito colectivamente en 2012. El reencuentro con las páginas que durante el proceso de escritura revisé una y otra vez trajo nuevas preguntas y confirmó conclusiones.

El libro tuvo como objetivo descubrir, revelar o trazar rasgos de distintos rostros de la máxima casa de estudios colimense a través de los datos públicos sobre su evolución en los años recientes. Los cuatro capítulos y la información que provee cada uno permiten reconstruir aspectos parciales de la institución y, en su conjunto, una perspectiva más amplia y rica. Son objeto de cada capítulo, primero, los datos que la Universidad ofreció en sus documentos oficiales, principalmente el informe rectoral.

El segundo recupera los datos presentados por la Secretaría de Educación Pública en el Programa Integral de Fortalecimiento Institucional (PIFI), el instrumento que ha conducido el rumbo de la educación superior mexicana, al cual las instituciones públicas someten proyectos generales y específicos para obtener financiamiento que inyecta posibilidades de transformación con notorios claroscuros. Los datos de la Universidad de Colima se comparan con las otras universidades públicas estatales para ubicarla en ese concierto.

En el tercero, la comparación se realiza entre la UdeC y las universidades integrantes del llamado Consorcio de Universidades Mexicanas (CUMex), las de más alto prestigio bajo ciertos indicadores. Finalmente, se rastrea la posición de nuestra Universidad en algunos de los más reconocidos rankings internacionales y se repasan los criterios para la definición de una “universidad de clase mundial”.

El texto se inspira en un par de convicciones que recupero de dos autores preclaros en la materia. El pedagogo mexicano y doctor honoris causa por la UdeC, Ángel Díaz-Barriga, quien sostiene que pensar la universidad es un compromiso intelectual, social y ético. La segunda proviene del investigador argentino Pablo Gentili, quien afirma: “Una universidad abierta para pensar el mundo debe estar, primero, abierta a pensarse a sí misma. Una universidad abierta a cambiar el mundo debe ser, ante todo, una universidad abierta a cambiarse a sí misma”.

Pensar la universidad es condición de su sobrevivencia, y más en nuestro tiempo y circunstancia, en que algunos sectarios socavan la esencia del trabajo universitario con actitudes que tiran a la basura el mínimo raciocinio que debe impregnar los actos y pensamientos en las casas de estudio. Discutir la universidad es también una obligación contra esos comportamientos y esas expresiones del totalitarismo que pretende aniquilar a los otros desechando las ideas. Por eso, pensar la universidad es más indispensable y obligado que nunca. Pensarla y discutirla: discutirla pensándolo, pensarla discutiéndola y, al hacerlo, comprometernos en su transformación con libertad y responsabilidad.

FOROS NACIONALES DE EDUCACIÓN Y LA (IR)RELEVANCIA DE PARTICIPAR

Reformas a la mexicana, resultados previsibles. Después de aprobada la reforma educativa se convocó a la participación social para “revisar el modelo educativo”. El mensaje político y pedagógico es múltiple, diverso, contradictorio. Cada cual lo interpretará a través de sus cristales.

Participar es un derecho y una obligación en sociedades democráticas. ¡Hay que participar! parecería el primer imperativo ante la convocatoria. La historia, vieja maestra que prodiga enseñanzas a quien abre ojos y oídos, nos indica que casi nunca (no me atrevería a escribir “nunca” porque se me podría escapar algún momento luminoso y singular) la participación social en este tipo de foros sirvió para algo más que rellenar cajas de archivo y adornar discursos o documentos.

¿Alguien puede asegurar que sirvieron de algo las miles (más de 60 mil para algún programa sectorial) de ponencias que se presentaban apenas unas semanas antes de dar a conocer los programas nacionales en la materia?

A mí, que no me gustan las modas ni la demagogia, me surgen preguntas. Apunto algunas: ¿por qué ahora sí será tomada en cuenta la participación en los foros? ¿Quién puede garantizar que será valiosa y considerada? ¿Por qué vamos a creer en ellos, los organizadores, los mismos que durante años y años afinaron estos intrascendentes mecanismos, monumentos de la demagogia nacional? ¿Por qué creer a quienes hicieron de la participación un acto vacío?

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LECCIONES DE LA REFORMA

Con su habitual sabiduría Philippe Meirieu escribe (“En la escuela hoy”, Barcelona, Octaedro/Rosa Senset, 2004): “¿A qué está sentenciada la pedagogía? A ‘ir haciendo con lo que tiene’ y ‘hacer con’ es, evidentemente, la única manera de ‘hacer’.” Sabias palabras que los reformadores, excepto en condiciones extraordinarias, no deben olvidar jamás. Por eso, hipotetizo, la reforma educativa mexicana está en extinción como proceso de revitalización de prácticas reales en los salones de clase. Por eso los profesores debemos entender que, si no estamos enganchados con los estudiantes, no hay reforma ni suceden los aprendizajes que pretendemos, y ellos aprenderán algo distinto a lo pretendido en el currículum. Me corrijo: eso sucederá de cualquier forma, quizá el matiz es por la distancia entre el documento y la realidad.

Sólo Dios, para quienes existe, puede hacer ‘sin’, es decir, crear de la nada. En las instituciones educativas eso es imposible y hay que transformar sin detenerse. Las metáforas son abundantes para ilustrarlo, como la de reparar el motor de una nave en movimiento, en el aire durante el vuelo, en el agua.

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ARGENTINA: PENAS AJENAS

Monumento_a_la_Bandera_50a_1No es pequeña pretensión la de

considerar que un rápido viaje por tierras de Italia

confiere el derecho de hablar de ellas a alguien más

que a unos amigos interesados y a veces

reticentes por haberse quedado.

José Saramago

Después de vivir unos meses en este país es imposible no sentirse conmovido por dos acontecimientos recientes y entrelazados. Uno tristísimo, el otro, que debiendo ser motivo de regocijo, se ensombreció; ambos dramáticos, de obligada reflexión para los gobiernos argentinos, sus políticos, la sociedad entera y los profesionales de la opinión, incluidos los académicos universitarios.

Por un lado, la ola de saqueos que comenzó en esta provincia de Córdoba, parecía la orden para aflorar un sentimiento reprimido por los sucesivos golpes que han recibido los ciudadanos de este país. Para mucha gente en la calle (no aludiré a los medios, a los gobernantes y opinadores), no hay duda: los saqueos tienen razones políticas, no sociales. Vamos a ver: es un poco difícil separar los ámbitos, pero intento decir que no fueron las motivaciones del hambre o la pobreza (que no están vencidas tampoco) las que condujeron a los saqueos, por lo saqueado y por el modus operandi documentado gráficamente. El móvil de los saqueos fueron las intenciones políticas ligadas a las ambiciones, a la pretensión desestabilizadora, el golpe al enemigo, la presión para negociar y sacar la mejor partida de cara a las elecciones presidenciales en 2015.

Como hecho social los saqueos en Córdoba (en el resto de las provincias seguí menos la información) son un fenómeno sociológicamente muy interesante, pero crudamente dramático. Mirando lo sucedido recordé pasajes de la estremecedora novela de Émile Zola, “Germinal”, cuando las masas de mineros y sus familias deciden irracionalmente aniquilar a sus opresores. Seguramente habría mucho más que decir, pero no quiero extenderme.

El segundo hecho debió ser motivo de celebración nacional: el 10 de diciembre, treinta años atrás, Raúl Alfonsín asumía la presidencia después de elecciones libres y cerraba el capítulo (o empezaba a cerrarlo, pues sigue abierto de muchas maneras) de una sangrienta dictadura que asesinó 30 mil personas. Entre paréntesis, la democrática presidencia de Felipe Calderón, en un año menos, sumó más de 50 mil muertos en la fallida guerra contra el narco. Aunque hubo festejos multitudinarios en Buenos Aires, en Córdoba, en el resto del país, los hechos de una semana atrás no podían ocultarse.

Cuando mi viaje por estos pagos empieza a terminar, no puedo menos que sentir gratitud y admiración por sus muchas bellezas, pero también reafirmo sus miserias. La argentina es una sociedad polarizada a extremos que fácilmente rayan en la violencia, así en el fútbol, en las calles, en las escuelas, en los medios o en la política. Cuánto ha contenido o incidido la educación es un tema que quisiera documentar, pero no hay tiempo.

Muchas veces he escuchado en estos meses una frase común en México: Argentina es un país rico que tendría que estar mejor. Es verdad, aquí como allá. Juegan en ambos casos nuestras historias políticas y nuestras sociedades. Dictaduras sangrientas, brutales crisis económicas y políticas en los últimos cuarenta años han dejado una Argentina en vilo que sale adelante a pasos más lentos que los deseables y posibles, pero se sostiene de la grandeza de su pasado, de ese pasado espléndido, cuando Buenos Aires era la París de este lado del mundo, no por la arquitectura bellísima, sino por las visiones e inspiraciones de entonces. Se sostiene del orgullo y el coraje, la rabia, a veces, de los argentinos que nacieron aquí o de aquellos cuyos padres y madres llegaron de todos los rincones del mundo.

No puedo sentirme ajeno frente a la violencia y la forma como los políticos argentinos conducen este país; menos por las formas en que los medios provocan una percepción caótica de los hechos, pero conociendo ya a muchos argentinos, no tengo duda de que su capacidad de resistencia y su amor propio les darán la fortaleza para resistir esta y las crisis por venir. Así soportaron una dictadura, así sobrevivieron y derrocaron malos gobiernos, así construirán una nación más justa, generosa y libre. Costará tiempo, pero vencerán.

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