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ESCUELA SIEMPRE EDUCADORA

 Cada vez lo tengo más claro. Un día llegará el anuncio, con bombos y platillos, del nuevo programa nacional de la Secretaría de Educación Pública. Se llamará “Escuela educadora” o, tal vez para enfatizarlo, “Escuela siempre educadora”.

No imagino si llegará más temprano que tarde, pero la tendencia es inevitable. Déjenme explicarlo breve, aunque parezca una insensatez o delirio, pero lo mismo pensé antes de los otros programas que le están allanando el camino al que apenas despunta en el horizonte intelectual de algún funcionario preclaro.

Escuela limpia, Escuela siempre abierta, Escuela segura son otros programas que constituyen el anticipo. Antes de esos programas, poco importaba, supongo, que las escuelas estuvieran sucias, cerradas o fueran inseguras. O no podían hacer nada. O no querían. El resultado es igual.

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LOS DIOSES BAJAN A LA TIERRA

foto-juan-roman-riquelme-se-apunta-al-superclasicoPocas cosas que quería no hice en Argentina. Entre las primeras de los menos importantes estaba un partido de fútbol en el estadio. El de Boca Juniors habría sido genial, pero no fue. Y no me pesa. Tal vez en el futuro próximo.

En Córdoba el equipo de primera era poco atractivo: Belgrano. Aunque ponían corazón en cada juego, no me provocaron sentimiento de adhesión. Talleres era mejor opción sentimental, pero estaba en segunda.

En Santa Fe el escenario no era más alentador. Colón estaba en segunda categoría y la pasó mal. Unión, en primera, tuvo que suspender partidos por boicot de sus jugadores que no recibían pago. Más que boicot, un gesto de dignidad.

En Buenos Aires, como en el resto del país, asistir a un estadio era un riesgo que debía calcularse bien. Casi nadie me incitaba a hacerlo sin un resguardo especial. Opté por la conservadora opción de ver algunos partidos en la tele. Y es que en Argentina el fútbol fanatiza como en pocos sitios del planeta, a tal grado que mientras estuve allí los equipos no podían tener el respaldo de sus aficionados en cancha ajena, por temor a los imprevisibles resultados del conflicto entre barras. ¿Dónde se habrá visto que un equipo, en su país, juegue sin un aficionado en la tribuna?

Hoy, en soledad, preparé mi comida y me dispuse a disfrutarla con la compañía de la tele. Encendí mi aparato y busqué un canal. Encontré el Boca Juniors contra Argentinos Juniors, en la Bombonera, el estadio de Boca, a pocos metros del inolvidable Caminito. Un partido con sabor especial: Argentinos, el equipo donde debutó Diego Armando Maradona; Boca, el equipo de sus amores.

El recuerdo del museo boquense y de las calles alrededor del estadio fue un mazazo,. Apenas elegir el canal me atropellaron las imágenes. Las remembranzas están frescas, vivas. Con el primer bocado una imagen me atrapó. Permítanme una digresión.  

Juan Román Riquelme es uno de los ídolos máximos del club del popular barrio de la Boca, de un talento extraordinario, abundante en esas tierras,  pero de un nivel superior al común. Compañero de selección de gente tan extraordinaria como Messi, pero que en uno de sus particulares arrebatos anunció su retiro de la selección nacional. Un genio que pudo escalar a otros niveles en clubes como Barcelona o el equipo argentino. No pocas veces acusado de indolente, a su treinta y tantos años es uno de los más queridos por su afición. Ídolo como pocos que vistieron al equipo Xeneize.

Pues hoy, apenas dos minutos después de encender la tele y elegir ese canal, vi una imagen que no deja de darme vueltas en la cabeza. A ver si soy claro. Colocado para disparar desde la esquina, Román, como lo llaman comúnmente, conversa con su habitual seriedad con un aficionado en la tribuna. La imagen es inusual. La cámara lenta nos permitió apreciar la tranquilidad del momento. Un señor de aspecto rechoncho, con la camisa boquense, habla con Román. Román responde y, de pronto, mira a su izquierda. Acerca su mano al alambrado donde un niño con el uniforme de Boca sujeta la malla. La mano de Román acaricia los dedos por instantes maravillosos para ese niño. Allí se me queda el gesto, inolvidable, tierno, el momento en que el ídolo baja del Olimpo para colocar los pies en la tierra.

¡Qué momentos imborrables! Instantes maravillosos en que los ídolos bajan a la tierra para rozar con sus manos mágicas a sus aficionados, a los mortales terrestres, para regalarles un momento inolvidable al niño, al padre, a quienes lo presenciamos.  

 

 

LA REFORMA EDUCATIVA Y LA PRIVATIZACIÓN

Lo único que podría detener el imparable crecimiento de la matrícula en las instituciones de enseñanza privada es una severa crisis económica. O una reforma legal de otro calado que, por lo pronto, está fuera del horizonte.

La reforma educativa, dicen sus defensores, no promoverá la privatización de los servicios educativos. Algunos opositores o críticos sostienen lo contrario. Los argumentos de uno y otro bando allí están, más o menos sólidos, más o menos falsos.

Es verdad que la reforma no propone expresamente privatizar las escuelas de sostenimiento estatal, y no ensalza la introducción de mecanismos de mercado en los centros escolares. Pero tampoco hace falta, no hizo falta en el pasado, ni en el futuro.

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LA LECTURA NO ES UN PLACER

La lectura no es un placer. Mi afirmación es políticamente incorrecta, pero de lo dicho estoy cierto y creo tener argumentos suficientes. También creo que es de dudosa eficacia pedagógica ese eslogan facilón de que la lectura es un placer. O por lo menos, del placer como preferirían experimentarlo todos aquellos que no suelen ser lectores habituales.

Lo diré desde el plano de la escuela: la lectura como placer es una experiencia infrecuente, cuando no, inexistente, ajena o desconocida para la gran mayoría de los estudiantes en las escuelas. Allí, por muchas razones, la lectura está preponderantemente asociada al estudio, al trabajo, al esfuerzo, al aburrimiento, al tiempo perdido, a la inutilidad, al para qué sin respuestas convincentes del enseñante.

Si la lectura fuera un deleite, y los mexicanos leyeran tan poquito como dicen las estadísticas y lo constatan las experiencias de los profesores, tendríamos razones para sustentar algunas hipótesis sobre la tontería o la flojera de los habitantes de este país, que no aprovechan la experiencia gratuita de montarse (metafóricamente) en un libro y disfrutar tanto o más que frente a un partido de fútbol, una telenovela, un programa de chismes o una cabalgata.

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ENLACE Y LAS UNIVERSIDADES

En su artículo “La suspensión de ENLACE: ¿un asunto de fe o de reflexión?”, Pedro Flores-Crespo, investigador de la Universidad Autónoma de Querétaro, preguntó: ¿quién ejerce la vigilancia y la contraloría social de las acciones que emprenden la SEP y el Instituto Nacional de Evaluación Educativa? La pregunta es pertinente e interesante.

En la actual visión político-educativa, la evaluación se constituyó en el timón de la nave, el mapa de navegación y el capitán; eso exige, desde una perspectiva medianamente democrática, que las acciones gubernamentales junto a las políticas públicas sean objeto de escrutinio riguroso. Si ellas fijan condiciones, establecen marcos normativos y supervisan, luego entonces son primeras responsables y no pueden excluirse a la hora de los juicios.

Por otra parte, Pedro Flores-Crespo advierte algunas ausencias en el debate por la denostada prueba y desliza un cuestionamiento al que quiero referirme de forma más extensa. Literalmente dice: “algunos rectores de universidades públicas prestigiadas ahora hacen mutis cuando en otro momento rechazaban tajantemente (la prueba) ENLACE”. No sé a qué rectores alude, sólo recuerdo una declaración del doctor José Narro afirmando que dicho examen no se aplicaría en la UNAM, pero es otra muy buena pregunta y habría que insistir: ¿por qué no dicen nada? El que calla no dice nada, interpreto, aunque no porque no lo piense o no tenga una postura.

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