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Pandemia y juventudes

América Latina dejará de ser una sociedad juvenil en el año 2037, según las estimaciones del Centro Latinoamericano y Caribeño de Demografía. Seremos entonces naciones donde los adultos superen en número a los jóvenes y niños. Los retos cambiarán en muchos ámbitos, como educación, salud y empleo.

Una buena parte de los adultos de esa sociedad hoy son jóvenes. Jóvenes que viven en el continente más desigual y que en millonarias cantidades enfrentan desigualdades de distintos tipos.

La pandemia recrudeció las brechas y podría agudizar sus efectos. Ya está demostrado con amplia evidencia.

Si queremos una mejor sociedad en 20 años, es imperativo resolver las inequidades que nos atraviesan y podrían condenarnos al atraso por lo menos la mitad del siglo. No sólo en educación.

Ante esas realidades resulta más incomprensible la situación que enfrenta el sistema educativo mexicano con los presupuestos asignados para programas estratégicos. Es verdad que el gobierno federal destina enormes cantidades de dinero para becas a los jóvenes, pero no a las instituciones educativas o a políticas que permitirían mejorarlas; tampoco a la formación de maestros ni a la enseñanza de los niños más pobres, en cuyas manos estará jugándose, en buena medida, el futuro.

Por eso, me resulta incomprensible leer que el Tec de Colima requiere 13 millones del presupuesto estatal, pero sólo tiene contemplados 8 millones.

Pregunto. ¿La pandemia no dejó en claro todavía a gobernantes y políticos los distintos valores que tiene la educación? ¿Por qué se tiene que limosnear el presupuesto para educación?

Es en estas horas, al destinarse recursos económicos, cuando en definitiva se mide el valor que tiene la educación para quienes toman decisiones que afectan o benefician a las sociedades. Es ahora, no en los discursos ni documentos. Es en los presupuestos.

¿Importa la educación? Es decir, ¿importan presente y futuro? Lo demás es pura demagogia.

¿Transformación o demolición?

La semana pasada se aprobó el Presupuesto de Egresos de la Federación para el siguiente año. Se consumó una decisión predecible hace semanas, a pesar de las campañas para frenar algunos absurdos. Al final, ocurrieron los recortes brutales en áreas estratégicas del sistema educativo nacional.

Dos tijeretazos son muy sentidos y con repercusiones lamentables: la reducción del presupuesto de las escuelas normales en 60 por ciento y la eliminación del Programa Escuelas de Tiempo Completo.

En ambas pudo haber situaciones irregulares. Lo ignoro. Pero el argumento de eliminar la corrupción o lo insustancial no tiene cabida. Las razones expuestas por expertos e implicados encontraron puertas cerradas. La decisión estaba tomada. Diputados maestros que dan la espalda a la educación es incomprensible. Tendrían que volver a sus distritos y explicar la votación.

Los afectados por las decisiones de la Cámara de Diputados son incalculables. En principio, directamente, miles de estudiantes de escuelas normales; tres millones y medio de estudiantes beneficiados por el programa Escuelas de Tiempo Completo y muchos profesores que no tendrán en una sola sede su plaza.

Pero también salen revolcados en su credibilidad otros personajes, como el secretario de Educación Pública, Esteban Moctezuma. Acrobático, ahora dirá, imagino, que desapareció el programa pero no los apoyos. Las cuentas no cuadran. La cosa puede funcionar con tontos e ingenuos.

La cuarta transformación comienza a convertirse en una auténtica demolición, y podría ser plausible, porque el sistema educativo tiene desafíos estructurales, el problema es que no hay un proyecto alternativo claro, ni mejor.

La tragedia, la gran tragedia es que los transformadores no demuestran su capacidad de transformarse, ni mediana imaginación.

 

Volver a las escuelas: cómo y cuándo

El debate por la vuelta a las escuelas en estos tiempos de pandemia tiene dos posturas firmes: no a la presencialidad, hasta que haya condiciones sanitarias y laborales o vacuna; la otra, prolongar la modalidad remota de educación perjudicará más las posibilidades de los que menos tienen, es preciso, por lo tanto, volver a las aulas, pues distintas evidencias muestran que los niños no son el foco de propagación supuesto.

Se discute el tema en distintas latitudes; en México menos, pero ocurrirá en algún momento con fuerza.

Esta mañana leí el pronunciamiento de un grupo diverso de educadores argentinos; proponen un “acuerdo de concertación educativa” para que el 2021 sea mejor que 2019 y logremos el retorno seguro y con los aprendizajes adquiridos de estos meses.

Mariano Narodowski, uno de los promotores de la iniciativa, en su cuenta de Twitter plantea una idea sugerente para invitar a la lectura: proponer la vuelta a clases sin ideas y criterios concretos, para funcionarios concretos y escuelas concretas, no parece muy productivo. Así lo creo. El debate debe superar la grieta o fractura entre posiciones políticas y pedagógicas e instalarse en otra perspectiva. En México también aplica.

A continuación, por su valía para un debate con ideas, comparto en forma breve los 12 puntos de la iniciativa suscrita por un abanico creciente de personas con posturas divergentes, pero que suman a la necesidad de superar la situación que enfrentan Argentina y otros países del continente.

1. Todos queremos que las escuelas reabran y así regresar a la educación presencial.
2. La educación debe ser prioridad real, no una mera declaración.
3. La vuelta a clases requiere un consenso que incluya a todos los actores de la educación.
4. No queda margen para seguir descuidando la infraestructura sanitaria básica en las escuelas.
5. Es urgente garantizar las condiciones de conectividad y equipamiento para los sectores que no cuentan con ellas.
6. Es preciso mapear y movilizar todos los recursos para garantizar el derecho a la educación, priorizando a los sectores desfavorecidos.
7. La vuelta a la escuela no puede ser improvisada.
8. Los docentes conocen como nadie el territorio real. Es imprescindible que las decisiones incluyan también a directivos y docentes en los ámbitos de gestión y decisión, dado que las respuestas deberán ser diversas, según las características de cada institución.
9. El peor escenario es la autonomía escolar perversa, en la que cada institución y cada docente resuelven los problemas aisladamente y con muy escasos apoyos y acompañamiento
10. La escuela es también ese lugar en el que se detecta y actúa ante la vulneración de derechos.
11. Los problemas socio-pedagógicos emergentes requieren un abordaje que articule macro y micro políticas educativas.

La número doce la copio completa por su valor y convocatoria: “2021 tiene que ser mejor que 2019. No hay certezas; hay desigualdades y problemas socioeducativos que se arrastran desde hace mucho tiempo. Pero contamos, por un lado, con una enorme experiencia pedagógica y didáctica acumulada gracias al gran esfuerzo que realizaron los docentes este año en todas las escuelas del país, y por el otro con investigación en territorio desde universidades públicas, privadas e institutos de formación docente. Con esa materia prima se pueden dar respuestas nuevas para los desafíos que se nos imponen, esperando que la política educativa las promueva, las apoye, las acompañe y las potencie”.

Un debate educativo razonable, informado y al margen de las posturas pro o contra el gobierno federal (para salvar la “grieta”, dicen los colegas argentinos), es indispensable para que en el regreso a las escuelas aprobemos el examen de las lecciones que no está dejando, a manos llenas, la pandemia.

Candidatos a gobernador y la educación

En noviembre se aceleraron los pronunciamientos de quienes pretenden gobernar Colima los próximos seis años. También las encuestas que preguntan por las preferencias si ahora fueran las elecciones. Esos juegos que entretienen y, con frecuencia, embaucan.

Algunos aspirantes comenzaron su campaña desde cargos públicos hace meses o años. Es momento, ya, de que los ciudadanos examinemos mensajes, analicemos trayectorias y hechos para tomar buenas decisiones.

Los rebaños sólo tienen rutinas, porque así están programados, a seguir a su pastor, pero los ciudadanos tenemos libertad y voluntad para decir no, o sí, como juzguemos razonable.

No hay que tener bola de cristal para imaginar los dos grandes temas que ocuparán la atención: violencia e inseguridad y economía. Tiempo atrás lo padecemos, como el país, claro.

Lejos aparecerán otros, como la educación, más distantes la cultura o la construcción de una civilidad distinta para una entidad con características para ser ejemplar.

No es que la educación sea la solución directa de los problemas económicos o de la violencia, pero sí que la educación está en el fondo, junto a otros factores, para construir una economía vigorosa y lo más justa posible, y que son la educación y la cultura las que construyen la paz en las mentes y corazones de las personas, como así postula la Unesco. No hablo de abrazos y no balazos.

Es entendible el tercer o cuarto lugar que puede ocupar la educación para políticos como los que padecemos. Porque ella, la educación, no ofrece resultados inmediatos, como embellecer un jardín o develar una placa. La educación es siempre una apuesta por el futuro, es decir, por el mediano y largo plazos. Y los políticos no miran más allá de las próximas elecciones.

Por supuesto, hay que pensar un poquito y encontrar los proyectos que, repito, en mediano y largo plazos, redunden en la mejora de las condiciones de vida y desarrollo social.

Pienso, por ejemplo, convertir a Colima en una auténtica ciudad universitaria, reconocida en el país (no por nosotros mismos ni por nuestros invitados) porque aquí están las mejores facultades universitarias de, por ejemplo, Medicina, Bellas Artes, Arquitectura, Oceanología, Agronomía, y se vuelve un destino atractivo para los mejores estudiantes del país y de otros.

El mercado de los estudiantes de movilidad antes de la pandemia era uno de los más jugosos en la economía mundial. Tiene múltiples beneficios: calles peatonales, bares de estudiantes (no antros ni sitios para emborracharse), comedores, sitios para ejercitarse, residencias estudiantiles, museos, bibliotecas, centros digitales de aprendizaje, cineclubes, más valor a las personas y menos a los vehículos, transporte público limpio y eficiente, en fin.

No es fácil, pero tenemos esa opción, otras opciones. Usémoslas o sigamos así, en la medianía, en el Colima que vive más en nuestras fantasías e ilusiones, que el que pisamos cuando salimos a las calles.

La necesidad del encuentro pedagógico

Hace un mes comenzamos la agenda de presentaciones del libro Cuando enseñamos y aprendimos en casa. La pandemia en las escuelas de Colima, registro de múltiples voces de distintas procedencias y funciones diversas al interior del sistema educativo local.

A la fecha, acumulamos ocho eventos en instituciones educativas, el portal periodístico Educación Futura y en la Secretaría de Educación, donde arrancamos el periplo. Las satisfacciones son inmensas, aunque también hemos tenido penas en el viaje.

Cada una de las sesiones en pantalla, con sus diferencias, por naturaleza de auditorio y comentaristas, estuvo llena de buenos momentos. La última presentación, el sábado anterior, tuvo otras particularidades: fue presencial en el Seminario Diocesano de Colima, ese pequeño oasis al norte del estado, con una asistencia reducida pero muy receptiva y con formato más dialógico.

Comenzamos la mañana con la participación de tres estudiantes, Oscar, Heliodoro y Aldo, quienes leyeron sus opiniones en tonos distintos pero muy interesantes. Luego vino el diálogo con un puñado de preguntas de los estudiantes y del rector, el presbítero José Luis Torres Govea, atento con cuaderno y pluma a la mano.

La jornada, bien planeada por Juan Carlos Meza Romero, fue un encuentro pedagógico espléndido. Reencuentro con los otros, en torno a un fenómeno mundial que interpela de raíz la vocación magisterial y el sacerdocio de los ahí actuantes, pues ambos sufrimos los efectos que nos obligan a cuestionarnos por el sentido de nuestras labores.

Los meses de confinamiento pedagógico han dejado una estela de efectos negativos, unos temporales y otros que podrían ser estructurales, pero también nos han ofrecido posibilidades nuevas, que eludíamos o no habíamos visto, entre otras, para la valoración del diálogo frontal, de mirarnos a la cara al mismo tiempo y encontrarnos con diferencias, pero atados por las misiones, para reconocer que en el acto educativo, sin emoción, la posibilidad del aprendizaje y la buena educación se difuminan.