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MANIFIESTO POR OTRA EDUCACIÓN EN TIEMPOS DE CRISIS

El Diario de la Educación, espacio periodístico español donde colaboro desde hace tres años, difundió el Manifiesto por otra educación en tiempos de crisis. 25 propuestas, obra del Foro de Sevilla. Lo firman José Gimeno Sacristán, Jaume Carbonell, Jaume Martínez Bonafé y Julio Rogero.

El Manifiesto comienza advirtiendo un riesgo; dice: Se pide al alumnado confinado que siga actuando como si estuviera en la escuela… al mismo ritmo y con mayor exigencia si cabe, como si nada pasase, cuando en realidad todo es diferente y más si tenemos en cuenta los desiguales contextos sociales y familiares.

Enseguida alienta: Todo lo que sucede nos exige una reflexión profunda y un posicionamiento claro… Nos parece urgente promover un espacio y un tiempo donde cuestionarnos, dialogar, reflexionar colectivamente y hacer un acercamiento racional a la pregunta por la educación que queremos hoy y en el futuro.

Por su trascendencia y espíritu reflexivo, comparto algunas de las propuestas, especialmente las que juzgo más cercanas a nuestra realidad y a los colectivos docentes mexicanos. Se dividen en dos tiempos: qué hacer en la situación actual y cómo construir el futuro.

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EFECTOS DEL CORONAVIRUS EN EDUCACIÓN

La Organización de Estados Iberoamericanos [OEI] publicó hace algunas semanas un informe muy breve que tituló “Efectos de la crisis del coronavirus en la educación”, realizado por Ismael Sanz, Jorge Sainz y Ana Capilla.

Se trata de una revisión documental de artículos muy actuales publicados en distintas revistas especializadas, para responder a las preguntas sobre los efectos de la pandemia en el aprendizaje de los alumnos, los salarios futuros de los estudiantes y en la tasa de abandono escolar.

Cada uno de los apartados muestra hallazgos de otros estudios acercándolos a las variables de la circunstancia que atravesamos. Valiosos para advertir que los efectos de la COVID-19 trascenderán el ciclo escolar y precisan acciones estratégicas en el presente y en los próximos meses.

Respecto a los aprendizajes de los estudiantes, la conclusión es que “si las actividades formativas online están bien ajustadas, la metodología y los contenidos son adecuados y el profesorado cuenta con la formación adecuada, los resultados no tienen por qué diferir de la educación presencial. Si no es el caso, la curva anterior puede ampliarse y aumentar la brecha de conocimientos”, por las ventajas que tienen los hogares con mayores posibilidades materiales y económicas, por las plataformas digitales usadas y familias con más alto nivel de escolarización.

En la segunda parte analiza cómo podría repercutir el parón de clases en los salarios promedio de los estudiantes afectados, cuando tengan entre 30 y 40 años; asunto ya investigado en Argentina por la huelga de docentes, a partir de lo cual estiman cuánto podría reducirse el salario anual en los estudiantes españoles, según los niveles de afectación.

El último apartado constituye una de las preocupaciones más extendidas, también con efectos diferenciales por condición socioeconómica: “hay que lograr, afirman, que los jóvenes, especialmente los de grupos de más riesgo, regresen a la escuela y permanezcan en el sistema cuando los centros escolares vuelvan a abrir”. Si el problema ya es crítico en el bachillerato mexicano, un desplome podría ser funesto en la concreción del derecho a la educación.

El informe de la OEI es inquietante. Invita a observar más allá de la punta del iceberg y comprender que en la escuela se jugarán ahora y en el futuro buena parte de la suerte de sectores sociales precarios. Recuerda que se demandarán apoyos decididos de las familias, pero también, acciones estratégicas de las distintas esferas gubernamentales.

La pandemia podría constituir la oportunidad no buscada pero formidable para potenciar las fortalezas del sistema educativo y resarcir rezagos añejos, como el peligro siempre latente de sumir en el atraso pedagógico a los más pobres.

¿Dónde está el equilibrio?

Hace días leí el comentario en redes sociales de una persona que no conozco. Era mujer, solo eso registré, además, por supuesto, del contenido. Confesaba estar harta de “romantizar” la pandemia.

No me había pasado por la cabeza la idea de lucrar emocionalmente así, declarándonos enamorados, de palabra o hechos, por una circunstancia que tiene al mundo convulsionado y se convertirá en uno de los momentos más terribles de la historia del siglo XXI, por lo menos de la primera mitad.

Romantizar la pandemia, si entendí el contexto, equivalía a tratar de suavizar la negrura de la noche, encontrar aspectos positivos, quizás cursis: recuerdo ahora el video genialmente diseñado por la Asociación del Futbol Argentino; el mensaje más simpático del director técnico catalán, Pep Guardiola; la canción que canta La Oreja de Van Gogh o los cortos de distintas ciudades; antes, los cantantes italianos mirando azoteas y calles vacías. Llamadas todas a la responsabilidad, a la cordura, a controlar la impaciencia; pero también de gratitud y solidaridad con quienes se juegan la vida todos los días en ocupaciones vitales.

Por otro lado, tenemos a la pandilla de instigadores, gatilleros que aprovechan todas las circunstancias para disparar a la cabeza de sus enemigos; infectados de intolerancia y con el instinto fratricida a flor de piel. Que no desaprovechan la menor oportunidad de agredir o insultar con palabras, porque tal vez de frente les sobra cobardía y tiran con frecuencia desde el anonimato.

En el medio o en los extremos habrá otras posiciones, pero apunto las dos que observo con más claridad y mayor número de partidarios. Si tengo que formarme, me sumo a los primeros, que toman las lecciones de lo que sucede y, a veces con nostalgia, se repiten: era tan fácil caminar tranquilamente, salir con amigos, tomar una copa, abrazarnos y besarnos, era tan fácil vivir sin este miedo a que, en cada instante, fuera de casa, cojamos un problema para nosotros y la familia.

¿Dónde está el equilibrio entre una y otra actitud? Depende. Depende de la escala de prioridades y valores, de la calaña de cada cual. Rehuyo a los segundos, casi por sistema. Y cada vez tengo más clara una lección personal imborrable de esta pandemia: eludir el olor de la sangre ajena, del odio a lo diferente como estrategia cotidiana.

No apuesto a esconder la cabeza; debemos estar informados, enterarnos, leer distintos medios, de México y otros países, atender la información oficial, cuestionarla cuando sea preciso. No se trata de la ingenuidad porque sí, pero tampoco del discurso de la amargura y el terror. La situación no es grata ni fácil; al velorio no precisamos simular dolor. Necesitamos valentía para enfrentarnos a lo desconocido y esperanza para darle vuelta a la desgracia.

Sí creo, como muchos, que esta pandemia nos hará distintos. A algunos, mejores; otros iguales o peores, todos con sus manías.

No creo en milagros, pero sí en la infinita capacidad de aprendizajes y resiliencia del ser humano.

¿Pocas o muchas tareas en casa?

Hace tiempo discuto el tema de las tareas escolares para casa. Soy partidario de revisarlas con lupa, de discernir su relevancia. El tema tiene alcances mundiales: en muchos países se analiza la pertinencia de atiborrar a los estudiantes. También están los otros, los sistemas educativos altamente estresantes, orientales, sobre todo, que convierten al alumnado en rehén de las rutinas en la escuela y fuera de ella.

En nuestro contexto, con un sistema educativo escolarizado, la cuarentena nos tomó en fuera de lugar y la improvisación entró a la cancha para tratar de rescatar el partido. Se vuelve más imperativo preguntarse por la relevancia de las tareas, es decir, de las actividades que hoy tienen los niños en el hogar.

En las oportunidades que abordo el tema con educadores, siempre repito: una tarea del alumno equivale a muchas tareas para el maestro. Es una perogrullada: el profesor que deja una tarea a 30 estudiantes [ya sé que en algunos niveles trabajan con 50 o más en el grupo], luego se convierte en 30 tareas, porque el maestro tiene la obligación profesional y ética de revisarlas una por una. Si tiene tres grupos, o cuatro, sus tareas se vuelven 90 o 120. Y si en cada tarea invertirá, pongamos, cinco minutos, entre la lectura y los comentarios que debe hacerle a cada uno, entonces, debe invertir 450 o 600 minutos, es decir, un montón de horas. ¿Es así como funciona la cosa o no?

La cuestión da para muchas reflexiones, pero solo quiero poner una más en la mesa, desde el punto de vista de los padres: por cada tarea enviada, debe recibirse una retroalimentación, por la forma o medio en que el profesor pueda hacerlo.

La fiebre de actividades puede provenir de la autoridad que se lo exige al profesor; por lo tanto, él debe prepararlas con más cuidado, como la mejor clase que no impartirá, pero que dejará aprendizajes en el grupo.

Repito: es preferible una tarea significativa, que produzca aprendizajes, a cinco por día nada más que para tenerlos ocupados, agotándolos y enseñándoles que la escuela, así sea en casa, es una institución de trabajos estériles e injustificados.

Frente al tema de las tareas, me resuenan las palabras de Paulo Freire: la educación debe ser un desafío intelectual, no canción de cuna.

 

 

Examen al Sistema Educativo Nacional

La suspensión de clases durante un mes, incluidas las dos semanas programadas por Santa y Pascua, podrían ser tiempo crucial para contener la propagación del coronavirus. A las vacaciones del periodo se sumarán diez días que luego, declaró el secretario de Educación, buscarán recuperarse.

El aprovechamiento escolar y los programas de estudio son secundarios frente a la prioridad máxima: la salud de niños y maestros, con sus familias, y toda la ciudadanía, por supuesto. Pero podría ser un examen durísimo al sistema educativo nacional en la materia de inclusión de las tecnologías en los procesos de enseñanza y aprendizaje.

Es verdad que la historia de la incorporación de las tecnologías a la escuela no ha sido precisamente exitosa, y que el país hizo inversiones cuantiosas, más o menos derrochadas, peor o mejor invertidas, pero no podríamos decir que los profesores, por ejemplo, son neófitos o ignorantes, no en el caso de Colima, aunque el riesgo de las generalizaciones es alto en un país tan grande y heterogéneo.

Los distintos programas del gobierno federal (Enciclomedia, Habilidades Digitales para Todos, computadoras personales y tabletas para cada estudiante, entre otros) han sembrado de equipos, de proyectos e ideas en las escuelas; también han provocado desaliento, frustración, enojo. Han sido ejemplo de buenas intenciones y malos resultados. ¿Pero, qué dejaron como aprendizajes en escuelas y maestros? Me parece una pregunta pertinente.

Es buen momento para que la Secretaría de Educación Pública desarrolle un programa que monitoree qué aprendieron los maestros durante las décadas pasadas, qué utilidad tienen los cursos, talleres, certificaciones, los equipos donados; y cómo y en dónde los alumnos podrán seguir estudiando con sus maestros a través de las plataformas conocidas.

El balance global tendrá claroscuros. México no construyó un sistema educativo aprovechando las ventajas de la virtualidad, la enorme expansión de los teléfonos celulares y la televisión de paga, o la propia estructura comunicacional del Estado (radio, televisión) para que, por esas vías, exista una propuesta pedagógica interesante, dinámica y potente. Un canal educativo con programación abierta, por ejemplo, para chicos de preescolar y primaria, para los maestros, que podrían aprender en programas inteligentes y bien producidos, con los técnicos y creativos mexicanos que suelen ser de lo mejor en el mundo.

El peor uso de los exámenes es solo para calificar estudiantes. Pero hoy, creo que este examen de cuánto avanzó el país en materia de uso de la tecnología educativa podría convertirse en un punto y aparte para construir con sentido. Por supuesto, la tecnología nunca funcionará en la escuela sin pedagogía.

Es buen momento, creo, para darle una dimensión inédita a la escuela mexicana, nueva y vieja, una que de verdad nos suba al avión del siglo XXI. Una que recoja aprendizajes, diagnostiqué y diseñe los proyectos para posibilitarlo.