Cuaderno

Es un espacio de reflexiones personales breves, sin periodicidad definida, no publicados en otros medios, escritos sólo para la página web.

Gracias, MaBel

I.- Hoy tomé por asalto la sala de casa. Estaba cansado de mirar las mismas paredes y el paisaje duplicado en la ventana frontal, donde pasé días y horas encerrado, escribiendo dos artículos y otros compromisos, recuperándome también de malestares súbitos. Recostado en el sofá gris, entre dos enormes y tersos cojines tintos, levanté la cara para reflexionar las palabras que leía en un libro sobre la magia de la escritura; no concluí. Sentí una penetrante mirada. Estaba solo, o eso creía desde temprano; cuando caí en la cuenta, una leve sudoración me refrescó el cuello y erizó la piel. El silencio absoluto daba fe de soledad. Levanté la vista hacia donde venía esa extraña energía y encontré dos vivaces ojos luminosos, puntos de brillo feliz en una cara de casi niña. El rostro reflejaba alegría serena, ternura y amor. Cuando reconocí la cara observé pausadamente. Estaba a siete metros de mí, al pie de la escalera. Su pelo, del color de una noche cerrada caía sobre su hombro izquierdo descubierto; seguí su brazo hasta las manos, escondidas en el ramo inmaculado, un libro y una vela adornada con flores blancas trenzadas por un lazo. El fondo, estampado de rosas y lila, se desvanecía hacia la mitad del cuerpo, resaltaba la blancura del vestido, el largo pelo y los ojos pícaros que me habían distraído de la lectura. La reconocí y recorrí la foto otra vez, mientras respondía a su sonrisa.

II.- Las imágenes se volcaron en la memoria. Recordé las primeras escenas de aquella mañana de sábado, tú, vestida de un rosa mexicano con mangas y piernas más grande que el cuerpo prematuro. Recordé la ternura que inspiraste y reblandeció la rigidez, el temor de abrazarte por vez primera; el primer paseo por la calle en la romería del 12 de diciembre, diminuta en tu atavío para la ocasión, con tu padre orgulloso de sentir aquel calor que me calentaba el pecho. Leer más…

Los aprendizajes más valiosos

Muchos de los aprendizajes más valiosos no forman parte del currículum de la escuela; no hay maestros adultos o jóvenes para enseñarlos, tampoco existen exámenes o calificaciones que determinen quién aprueba y quién suspende. No hay libros de texto, materiales o dinámicas grupales para promoverlos. Y como resultan endiabladamente inasibles, tampoco se han inventado maestrías, doctorados, diplomados o universidades, creo.

La gran mayoría de esos aprendizajes forman parte de la vida cotidiana más tierna, ocurren en espacios grandes o pequeños, abiertos de preferencia, sin reloj en la mano ni dictaduras de la obligación; idealmente en grupo, aunque la soledad incita imaginación.

Me refiero a los aprendizajes que nos enseñan los hijos en sus primeros años:

la capacidad de sonreír, que en ellos alcanza un promedio per cápita imposible para la mayoría de los adultos;

la pasión por divertirse y jugar todo el tiempo sin parar por cansancio o hambre;

la curiosidad para probar lo que parece un misterio, en una tienda, en la casa, en aquello que entra bajo el ángulo de su mirada, o para reinventar lo que ya conocen y les aburrió;

la valentía y sencillez para perdonar agravios, pleitos y regaños, a sus padres y amigos;

la versatilidad para crearse mundos y personajes con una caja de cartón, un rincón oscuro, un palo o un puñado de juguetes;

la alegría de saltar cada vez que tienen un metro por delante, un pedazo de tierra, un poco de jardín.

Esos y muchos otros aprendizajes son los que mis hijos me prodigan casi a diario, aunque me temo que no aprobaría un improbable examen: ellos enseñan, no sé si aprendo.

Esos son los aprendizajes que hoy celebro en el cumpleaños 9 de mi maestro, Juan Carlitos, personificación de una perpetua y cotidiana invitación a vivir la vida a plenitud, así nomás.

 

Motivos para el optimismo en la universidad

La semana anterior asistí a la Universidad Autónoma de Yucatán para participar en la Segunda reunión del Consejo Consultivo del Sistema de Educación Media Superior, al cual fui invitado por su rector. Aunque la reunión fue la segunda, para mí fue la inicial, pues a la anterior solo pude asistir vía Skype, distante por otros compromisos.

Lo anecdótico es insustancial. No importa ni un poco el hecho, sino la constatación de que las universidades públicas buscan nuevos horizontes, con estrategias más o menos afortunadas, más o menos mediáticas, con acciones de mayor o menos trascendencia, pero que reflejan la necesidad de encontrar asideros o insumos inéditos para su tarea.

No puedo describir lo que la hace la UADY, porque el conocimiento no me autoriza, pero sé ahora de la estrategia en que estoy implicado, los consejos consultivos, siete en total, que somete a escrutinio crítico acciones y proyectos.

Mi balance está contaminado por afectos, pero estoy convencido de que no me convocaron para sentarme en primera fila a aplaudirles. En su discurso y actitudes leo apertura, sensibilidad para escuchar, ganas de aprender.

La sesión convocada con agenda y documentos a discutir tuvo una magnífica conducción. Los consejeros expresamos con absoluta libertad nuestros argumentos y propuestas. Ellas, mujeres en su mayoría, tomaron nota, preguntaron, resumieron.

En los muchos años de trayectoria en las universidades he participado en un número incalculable de reuniones. Pocas me causaron la misma impresión y emoción. El hecho obliga a colaborar con la máxima responsabilidad. Si los comentarios, sugerencias, críticas son tomados en cuenta, ya no es decisión nuestra, ni obligación de ellos.

La reunión me dejó motivos para seguir confiando en las posibilidades transformadoras de la universidad pública, lugar privilegiado al que cabría exigirle siempre compromiso indeclinable con sus funciones y con la sociedad que las sustenta.

Regreso a la escuela

¡Feliz regreso a clases!

Habrá niños y maestros que sufran el regreso a la escuela. Unos volverán con alegría, otros con resignación. Los sentimientos se repartirán en una paleta multicolor, pero quiero pensar, o creer, que para la mayoría el inicio del nuevo año escolar ilusiona por el paso adelante, el comienzo de otra etapa, el descubrimiento que aguarda (de amigos, maestros, otra escuela, temas, materias, juegos); que lo perciben como tiempo de oportunidades.

Quiero pensar, o por lo menos creer, que la gran mayoría de los profesores prepararon su aula y sus clases, sobre todo, para que el nuevo ciclo sea, desde el minuto uno, reconfirmación del oficio al que asisten cada mañana o cada tarde, del cumplimiento de su compromiso social.

Quiero imaginar que hoy todos los padres y madres asumimos el comienzo como la oportunidad para hacer mejor la tarea que les corresponde, esforzarse un poco más en el acompañamiento y exigir cuanto sea preciso.

Ojalá.

¡Feliz regreso a clases!

Verano sin curso

Apenas terminar el año escolar en la primaria, Mariana Belén y Juan Carlos, sin revisar la oferta de cursos de verano, fueron contundentes: no queremos curso de verano, ya estudiamos mucho, queremos descansar. Así nomás.

Las réplicas tibias no tuvieron éxito. Los cursos comenzaron hoy y ellos se quedaron en casa. No pasó nada ni nadie sucumbió con el desorden.

A las doce del día hablé con Mariana; recién despertaba. La decisión era o podría ser cuestionable, pero a los 12 u 8 años, los niños tienen ya capacidad para empezar a decidir cosas con responsabilidad: no hay cursos de verano, pero sí un poquito de lectura diaria; no hay cursos de verano, pero solo un número limitado de horas de pantalla; no hay cursos de verano, pero sí las tablas de multiplicar, y ejemplos por el estilo.

No es tan fácil la decisión, por supuesto, en casa también hay riesgos, como demuestran las estadísticas delincuenciales, pero tenemos que aprender a vivir con adversidades y prepararlos.

Las dos semanas de cursos de verano pasarán a su ritmo, los niños dormirán más de lo normal, se desvelarán a veces, se levantarán más tarde, se desordenarán con la comida, con el baño y así. Todo es posiblemente cierto, pero ya serán adultos, tendrán empleo, una rutina, responsabilidades; entonces no habrá espacio para la libertad de decidir si vas al trabajo o no. Hoy sí, hoy pueden y creo que tienen el derecho de decidir.

 

 

 

 

 

 

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