Cuaderno

Es un espacio de reflexiones personales breves, sin periodicidad definida, no publicados en otros medios, escritos sólo para la página web.

Los aprendizajes más valiosos

Muchos de los aprendizajes más valiosos no forman parte del currículum de la escuela; no hay maestros adultos o jóvenes para enseñarlos, tampoco existen exámenes o calificaciones que determinen quién aprueba y quién suspende. No hay libros de texto, materiales o dinámicas grupales para promoverlos. Y como resultan endiabladamente inasibles, tampoco se han inventado maestrías, doctorados, diplomados o universidades, creo.

La gran mayoría de esos aprendizajes forman parte de la vida cotidiana más tierna, ocurren en espacios grandes o pequeños, abiertos de preferencia, sin reloj en la mano ni dictaduras de la obligación; idealmente en grupo, aunque la soledad incita imaginación.

Me refiero a los aprendizajes que nos enseñan los hijos en sus primeros años:

la capacidad de sonreír, que en ellos alcanza un promedio per cápita imposible para la mayoría de los adultos;

la pasión por divertirse y jugar todo el tiempo sin parar por cansancio o hambre;

la curiosidad para probar lo que parece un misterio, en una tienda, en la casa, en aquello que entra bajo el ángulo de su mirada, o para reinventar lo que ya conocen y les aburrió;

la valentía y sencillez para perdonar agravios, pleitos y regaños, a sus padres y amigos;

la versatilidad para crearse mundos y personajes con una caja de cartón, un rincón oscuro, un palo o un puñado de juguetes;

la alegría de saltar cada vez que tienen un metro por delante, un pedazo de tierra, un poco de jardín.

Esos y muchos otros aprendizajes son los que mis hijos me prodigan casi a diario, aunque me temo que no aprobaría un improbable examen: ellos enseñan, no sé si aprendo.

Esos son los aprendizajes que hoy celebro en el cumpleaños 9 de mi maestro, Juan Carlitos, personificación de una perpetua y cotidiana invitación a vivir la vida a plenitud, así nomás.

 

Motivos para el optimismo en la universidad

La semana anterior asistí a la Universidad Autónoma de Yucatán para participar en la Segunda reunión del Consejo Consultivo del Sistema de Educación Media Superior, al cual fui invitado por su rector. Aunque la reunión fue la segunda, para mí fue la inicial, pues a la anterior solo pude asistir vía Skype, distante por otros compromisos.

Lo anecdótico es insustancial. No importa ni un poco el hecho, sino la constatación de que las universidades públicas buscan nuevos horizontes, con estrategias más o menos afortunadas, más o menos mediáticas, con acciones de mayor o menos trascendencia, pero que reflejan la necesidad de encontrar asideros o insumos inéditos para su tarea.

No puedo describir lo que la hace la UADY, porque el conocimiento no me autoriza, pero sé ahora de la estrategia en que estoy implicado, los consejos consultivos, siete en total, que somete a escrutinio crítico acciones y proyectos.

Mi balance está contaminado por afectos, pero estoy convencido de que no me convocaron para sentarme en primera fila a aplaudirles. En su discurso y actitudes leo apertura, sensibilidad para escuchar, ganas de aprender.

La sesión convocada con agenda y documentos a discutir tuvo una magnífica conducción. Los consejeros expresamos con absoluta libertad nuestros argumentos y propuestas. Ellas, mujeres en su mayoría, tomaron nota, preguntaron, resumieron.

En los muchos años de trayectoria en las universidades he participado en un número incalculable de reuniones. Pocas me causaron la misma impresión y emoción. El hecho obliga a colaborar con la máxima responsabilidad. Si los comentarios, sugerencias, críticas son tomados en cuenta, ya no es decisión nuestra, ni obligación de ellos.

La reunión me dejó motivos para seguir confiando en las posibilidades transformadoras de la universidad pública, lugar privilegiado al que cabría exigirle siempre compromiso indeclinable con sus funciones y con la sociedad que las sustenta.

Regreso a la escuela

¡Feliz regreso a clases!

Habrá niños y maestros que sufran el regreso a la escuela. Unos volverán con alegría, otros con resignación. Los sentimientos se repartirán en una paleta multicolor, pero quiero pensar, o creer, que para la mayoría el inicio del nuevo año escolar ilusiona por el paso adelante, el comienzo de otra etapa, el descubrimiento que aguarda (de amigos, maestros, otra escuela, temas, materias, juegos); que lo perciben como tiempo de oportunidades.

Quiero pensar, o por lo menos creer, que la gran mayoría de los profesores prepararon su aula y sus clases, sobre todo, para que el nuevo ciclo sea, desde el minuto uno, reconfirmación del oficio al que asisten cada mañana o cada tarde, del cumplimiento de su compromiso social.

Quiero imaginar que hoy todos los padres y madres asumimos el comienzo como la oportunidad para hacer mejor la tarea que les corresponde, esforzarse un poco más en el acompañamiento y exigir cuanto sea preciso.

Ojalá.

¡Feliz regreso a clases!

Verano sin curso

Apenas terminar el año escolar en la primaria, Mariana Belén y Juan Carlos, sin revisar la oferta de cursos de verano, fueron contundentes: no queremos curso de verano, ya estudiamos mucho, queremos descansar. Así nomás.

Las réplicas tibias no tuvieron éxito. Los cursos comenzaron hoy y ellos se quedaron en casa. No pasó nada ni nadie sucumbió con el desorden.

A las doce del día hablé con Mariana; recién despertaba. La decisión era o podría ser cuestionable, pero a los 12 u 8 años, los niños tienen ya capacidad para empezar a decidir cosas con responsabilidad: no hay cursos de verano, pero sí un poquito de lectura diaria; no hay cursos de verano, pero solo un número limitado de horas de pantalla; no hay cursos de verano, pero sí las tablas de multiplicar, y ejemplos por el estilo.

No es tan fácil la decisión, por supuesto, en casa también hay riesgos, como demuestran las estadísticas delincuenciales, pero tenemos que aprender a vivir con adversidades y prepararlos.

Las dos semanas de cursos de verano pasarán a su ritmo, los niños dormirán más de lo normal, se desvelarán a veces, se levantarán más tarde, se desordenarán con la comida, con el baño y así. Todo es posiblemente cierto, pero ya serán adultos, tendrán empleo, una rutina, responsabilidades; entonces no habrá espacio para la libertad de decidir si vas al trabajo o no. Hoy sí, hoy pueden y creo que tienen el derecho de decidir.

 

 

 

 

 

 

Twitter y la escritura terapéutica

A veces me tienta la idea de hacer una clasificación de los tuiteros en mi TL. Luego me acuerdo de lo bien que me hacen pasar muchos momentos y me retracto. En realidad, me pasa de todo, de lo bueno casi siempre, de lo no tanto a veces.

Uso Twitter con distintas intenciones: informativas (buena parte de las cuentas que sigo tienen esa motivación), pedagógicas, políticas, amistosas, humorísticas y poco más. Mis valoraciones tienen que ver con lo que busco y, en consecuencia, cuando no lo encuentro, pues dejo de seguir y ya está.

Entre los que poco soporto, pero a veces no puedo evitarlos, son los que se viven el día entero quejándose del montón de trabajo y de la falta de tiempo, y para dejarnos constancia, no dejan de tuitearlo. ¿Y qué carajos haces aquí?, se me antoja escribirles. Pero luego recuerdo: cada uno es como es. Y la escritura tiene una indudable función terapéutica. Tal vez escribir de los agobios del exceso laboral y la escasez de tiempo resulta contradictorio, mientras no dejan su cuenta de Twitter a un lado, pero podría serles una forma de salvar momentáneamente la angustia.

Otra clase de tuiteros que tampoco me simpatizan mucho son aquellos que van repitiendo fórmulas que exhiben agotamiento mental del tipo: “avísenle a @fulanitodetal que…”.

No quiero seguir y aborto las siguientes clases de tuiteros. Cada uno es cada cual, y si Twitter sirve para evitar el suicidio o el desahucio, ya cumplió su función con creces. Por fortuna, desconectarse sigue estando en nuestros dedos con un teclazo.

 

 

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