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¿El gran pecado de la escuela?

Leo en Alberto Royo (Contra la nueva educación) una crítica despiadada a la situación educativa española. Dispara contra una y otra ley, la del Partido Socialista y la del Popular. Asegura: “De los muchos errores cometidos, quizá rebajar el nivel de exigencia haya sido el más grave, una equivocación de la que nadie se ha hecho ni se hará responsable”.

La frase me suena y resuena. La marco en verde y escribo una nota al margen para ilustrar la probable utilidad. Pero me sigue dando vueltas y abro esta página del Cuaderno.

Advierto que en México, con la pandemia, nos podría estar sucediendo lo mismo. Expongo esbozos de ideas.

En aras de no fastidiar a los niños (y a los mamás) y adolescentes, se trata de no exigir demasiado, parece. De matar el esfuerzo individual, la exigencia intelectual. En cambio, se premia la conformidad: todos iguales… de mediocres.

Tengo algunas anécdotas. Sólo cuento una chiquita: el papá de un estudiante de bachillerato me pregunta por qué tienen tan pocas clases; que en primaria, dice, ven más a los profesores. Una anécdota no es suficiente, pero pregunté a varios y me confirman. Es así.

Es un error, creo. La educación facilona, plana, mediana, es aburrida, cansa, no desafía. Es una canción de cuna, como diría Paulo Freire. ¿Y si nos la imaginamos distinta? ¿Cómo un desafío intelectual, como un reto a los estudiantes? ¿No sería, incluso divertido, para ellos, y para los maestros?

Páginas adelante, Royo cita a Sócrates: “Nada resulta demasiado difícil para la juventud”.

Me gustaría discutirlo con otros colegas, con estudiantes, con madres y padres.

Días con magia

Algunas mañanas abro la puerta de mi estudio. A veces escucho, involuntariamente, las clases de Mariana, cuando no usa audífonos; o sus participaciones.

Así sucedió una mañana hace algunas semanas. Me sorprendió el tono y el contenido. Me asomé a la puerta con discreción y la vi absorta. La dejé y volví a mi silla. Al terminar la jornada le pregunté por aquello que había escuchado. Es un monólogo, me dijo. Me gustó, me gustó mucho, respondí. Aparentó no darle importancia. Entonces le propuse publicarlo. Se lo pedí para leerlo con calma y accedió.

Estuvo guardado en mi pantalla hasta que la semana pasada lo retomé. Corregí pocos detalles: alguna repetición, eliminé dos o tres palabras, puse un punto. La tarea normal de corrección. Se lo pasé y pedí su aprobación. Sí, si te parece, publícalo.

Hoy, en el portal de El Centinela, donde colaboro semanalmente, apareció y me sentí muy contento de ver su historia y luego, en Facebook, leer comentarios, palabras de aliento y felicitaciones para Mariana Belén.

No, no heredó nada mío. No tengo mayor mérito. Lo suyo fue creación pura. Lo mío es distinto. Es ella, sólo ella quien marcará metas y límites. Yo la seguiré, aplaudiré y festejaré cada pequeña o gran victoria. Seré el más orgulloso de los padres. Siempre. Y cuando el resultado sea distinto, estaré dos veces, las que sea necesario.

El caso Salgado Macedonio

Medianamente enterado de lo que sucede en el país, el ciudadano común conoce el caso de Félix Salgado Macedonio y su, por ahora, diluida candidatura al gobierno de Guerrero.

El tema me da para dos brevísimas reflexiones. La primera, en realidad, es una pregunta: ¿podemos, los ciudadanos no miembros de un partido, inmiscuirnos en sus decisiones internas? ¿Podemos, quienes no simpatizamos con éste o aquel partido tratar de tomar parte en sus decisiones? Entiendo aquello de “nada humano me es ajeno”, pero también, que tenemos ámbitos de actuación y derechos.

Desde la no militancia partidista, me da lo mismo si en Guerrero o Colima los partidos proponen a éste o aquella candidata. Es su decisión. No quiere decir que no me importa quién gobernará; soy el observador distraído e involuntario de una fiesta ajena, de un partido de fútbol de tercera división en Mozambique.

Mi respuesta es que la decisión interna de Morena, del PRI o el PAN, es de ellos, y ya verán las consecuencias en las urnas. Cuando me toque, votaré en consecuencia, anularé mi voto o me abstendré. O iré a ese partido, me inscribiré y lucharé con sus reglas.

La otra reflexión es, en realidad, una indignación interrogativa: ¿por qué un sujeto acusado de violación por dos o tres mujeres (según la fuente crece o disminuye el número) no puede ser juzgado ya y declarado culpable o no? Por qué la impunidad? ¿Es el fuero?

¿Y si Salgado Macedonio no es culpable después del juicio?

Sangría brutal en el sistema educativo

Esta mañana escuché las estimaciones de la organización Mexicanos Primero sobre el abandono escolar por la pandemia. En 6 millones calculan el número de estudiantes desconectados. La cifra aterra.

Por supuesto, México no es el único país que enfrenta el problema. Lo sufren los estudiantes y podrían padecerlo el resto de su vida, al verse impedidos del derecho a la educación. Las organizaciones internacionales, como Unesco o Unicef, observan con preocupación los saldos cruentos de la pandemia en América Latina.

El cálculo de Mexicanos Primero es peor que los escasos números proporcionados por el gobierno federal. Seguramente, como es habitual, dirán que tienen otros datos, pero no aparecen. Su ausencia agrava el panorama y funda sospechas.

Si las cifras de la organización privada se comprueban, el sistema escolar sufriría una terrible pérdida de incalculables daños personales y sociales. Equivaldría regresar a la matrícula de hace 20 años; o a borrar a todos los estudiantes de educación media superior.

Es el presente y el futuro lo que nos estamos jugando con las decisiones que se tomen sobre la escuela.

El Seminario de Cultura Mexicana

El 31 de marzo cumpliré 10 años de mi ingreso al Seminario de Cultura Mexicana corresponsalía Colima.

Tengo los detalles frescos del preludio. Me llamó el doctor Fernando Alfonso Rivas Mira para invitarme a desayunar. Estaría también el licenciado Carlos de la Madrid; secretario y presidente del Seminario, respectivamente.

Acepté gustoso, aunque con las inhibiciones de encontrarme con dos hombres a quienes respeto personal y profesionalmente. Desayunamos en el restaurante Los Olivos. Comimos y de ese momento tengo presente la frugalidad del licenciado de la Madrid. Si Rivas Mira, como se le conoce en la Universidad, me caía muy bien, el ex gobernador de Colima me pareció un hombre simpático, inteligente, mesurado.

Luego de los alimentos, intercambios protocolarios y demás, fueron al asunto: me dijeron que querían proponerme para ser parte del Seminario. Aclararon: ellos propondrían y los miembros del Seminario tendrían que aprobar de forma unánime. Acepté. Envié mi currículum y luego recibí la feliz noticia de que había sido aceptado.

En aquella noche del 31 de marzo presenté un discurso de ingreso que titulé: La universidad, entre el pasado y el futuro. En la primera fila miraba al rector y algunos funcionarios mientras hilvanaba mis ideas. Era una crítica a la universidad como institución social, y algunas ideas de lo que yo pensaba que tendría que ser la institución educativa de los siguientes años. No hablaba de una en particular, pero las alusiones fueron incómodas por fragilidad epidérmica.

Aquel recuerdo es imborrable. Así lo conservo. Ahora el Seminario, en Colima, cumple 63 años, y refrendo mi gratitud, donde esté, a Carlos de la Madrid, y a Fernando Alfonso Rivas Mira. Ser miembro es un gusto. Y haberlo sido por su intercesión, un privilegio.