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Lecciones infantiles

Apenas dejar mi mochila en el restaurante, la necesidad me enfiló al baño. Le propuse a Juan Carlos que me acompañara para lavarse las manos. Sin retruécanos, se paró y caminó a mi lado.

Entramos y fui al área de urgencias menores. Él se quedó en los lavabos y empezó cauteloso, mirando a un lado y otro, buscando las llaves de agua y jabón. Lo miré de reojo. Su pelo largo se movía cuando ejecutaba la operación sanitaria. Salí de lo mío y fui a lavarme las manos. Él seguía en lo suyo. Terminé y me puse a su lado. Seguimos los dos, él con lentitud, yo con hambre. Dejé que la llave se apagara y fui por las toallas de papel. Él continuaba. Sin pensarlo le dije: me gusta como lavas tus manos. Giró levemente su cabeza y sin inmutarse confesó: sólo veo las instrucciones para lavarse las manos. Mientras, su cabeza me invitaba a ver el cartel pegado en la pared, junto al espejo.

Fue una de las lecciones más vívidas de la pandemia. Una lección infantil que los adultos científicos consideran indispensable, pero el resto no atendemos.

Lecciones de lo inaceptable

Leo en Twitter que el fin de semana médicos de Jalisco protestaron ante la Secretaría de Salud para exigir la vacunación al personal de instituciones públicas y privadas. En automático hilé imágenes y notas. Recordé la declaración del gobierno federal: no hay vacunas para los médicos de hospitales privados. No me sorprende.

Desde hace tiempo leímos estadísticas elocuentes: el porcentaje de enfermos de COVID-19 que se recupera en clínicas privadas es muy superior al de las públicas. A un costo altísimo, por supuesto. La diferencia no es la competencia profesional de los médicos del ejercicio privado, sino las condiciones, lo sabemos.

Que el gobierno federal no vacune a los médicos de hospitales privados, que no vacune a todos sin distinción entre el ejercicio profesional en uno u otro sector es una medida irracional e indignante.

Presenciamos otra de las muestras fehacientes de la insensibilidad que dirige la batalla contra la pandemia.

 

Centenario de Paulo Freire

Para 2021 me había propuesto como objetivo la lectura de la obra completa de Paulo Freire. Lo inspira el centenario del nacimiento del educador brasileño y universal. Distintos compromisos lo postergaron tres meses. ¡Llegó el momento!

En un remanso de las tareas obligadas y ante la urgencia de empezar un proyecto que me llevará, calculo, por lo menos seis meses, decidí que es hora de abrir la primera página. Este fin de semana arrancaré. La agenda incluye la obra completa de Paulo, algunos textos sobre su pensamiento y un par de revistas especializadas que dedicaron sendos números a repasar distintos aspectos de su vida y pensamiento.

Empezaré con las dos revistas. Luego iré sin prisa, sin parar, con el tiempo disponible.

No tengo una meta concreta. Sólo leer, subrayar, emborronar un cuaderno negro tipo francés que espera ansioso. No sé qué resultará. ¡Sería fantástico escribir cien páginas!

El proyecto me ilusiona y desafía. Buenas horas aguardan.

Sábado lector

Después de dos horas de clase y dos más revisando sendas tesis de licenciatura, al mediodía abrí una pausa. La tarde, después del calor, fue de lectura. Avanzo lento pero divertido leyendo “Quijote”, de Salman Rushdie. En el primer centenar de páginas, un quinto del libro, no hay respiro ni desperdicio. A golpe de novelas el escritor nacido en Bombay se va convirtiendo en uno de mis autores favoritos de habla no hispana.

Me he prometido dedicarle el menor tiempo posible a las redes sociales y evitar la epidemia de intolerancia que domina el mundo político nacional y no conduce a ninguna parte. Menos redes y más lecturas son una forma de descanso activo que me sienta bien.

Marzo volando de prisa

En algún punto de marzo perdí la noción del tiempo. Más o menos la recobré esta mañana al detenerme en el calendario. Marzo se fue y me deja una estela de momentos y sensaciones.

Fue el mes más improductivo en dos años para mi página web. Apenas una entrada cada tres días.

A cambio, tengo en el escritorio la antepenúltima versión de mi nuevo libro que tiene por título tentativo La universidad que soñamos. El fin de semana, o la próxima, estará lista la tijera para la corrección.

Escribí menos, pero leí un poco más. Anoche comencé, sin saber que era la despedida del tercer mes, Quijote, una novela delirante de Salman Rushdie, actualización del Quijote manchego, a los tiempos en que las pantallas infinitas te comen el cerebro y consumen tiempos.

Jonas Jonasson, Jorge Larossa, Gabriela Mistral, Daniel Cassany y Ambrose Bierce fueron compañía agradable durante las semanas previas. Otras esperan.

La lectura es terapia; la escritura, placer. Privilegios ambas. Ojalá abril me regale unas cuantas horas más de las que se perdieron en marzo.