Blog

Adiós a La Medusa

Esta noche pasé por La Medusa, el restaurante que se ubicaba en Ignacio Sandoval. Se ubicaba, dije bien. Me sorprendió ver que está desmontada la terraza y cerrado. Otra víctima de la pandemia.

Lamenté el cierre por los buenos recuerdos en los poco más de 20 años en que, en ciertos momentos, lo visité.

Lo lamenté, sobre todo, por los probables desempleados que dejó y por su dueño, Memo Santana, a quien respeto y estimo.

Fue imposible no revivir momentos ahí o en su sede original, por Sevilla del Río.

En los años más recientes La Medusa se había convertido en sitio donde pasé muchas horas con Rubén Carrillo y, con frecuencia, nos encontramos para, entre mil temas, contarle de mis esbozos de libros y luego, cuando fructificaban, revisar las correcciones de estilo implacables que realizaba.

Puedo decirlo sin fatuidad: ahí se parieron las versiones definitivas de más de un libro y, por eso, a mi lamento, sumo una dosis de tristeza.

Días de gozo

Dentro de la tormenta, en la larga noche de dolor y muerte, hay días donde el Sol asoma con fuerza para calentarnos un poquito la piel y el corazón. Me pasa hoy. Luego de una semana de trabajo intenso, hemos terminado las pruebas finales para la edición que se imprimirá del libro Lecciones y reflexiones. Mi vida en el Instituto.

Gracias al apoyo invaluable de Rubén Carrillo, corrector y mentor en estas lides, la nueva versión del libro en sus dos formatos, digital de descarga abierta e impresa, en un tiraje personalísimo, tendrá una presentación mejorada con el ojo diestro.

Cierro así todas las actividades que implicaba la preparación editorial, abro algunas pocas para su difusión, y sigo en las tareas a que dedicaré la mayor parte del año.

En 2021 se cumplirán los cien años del nacimiento de Paulo Freire. Será un año de conmemoraciones en el mundo. En mi agenda anoté en primer lugar la relectura de su obra completa como proyecto central. Tal vez algún producto salga de la faena, entre tantas horas y apuntes.

Derechos del lector

De madrugada leo a Daniel Cassany. El libro se llama Laboratorio lector. En las páginas finales encuentro un pasaje familiar: los derechos imprescindibles del lector que propuso Daniel Pennac en 1992. Vale la pena recordarlos y compartirlos.
1. El derecho a no leer.
2. El derecho a saltarse páginas, si te aburren, e ir directamente a la parte que te interesa.
3. El derecho a no acabar un libro, si no te convence.
4. El derecho a releer, si te ha gustado mucho un libro.
5. El derecho a leer cualquier cosa, sea buena o mala.
6. El derecho a querer los libros de la infancia o la adolescencia (aunque sean cursis y de poca calidad o nos avergüencen).
7. El derecho a leer en cualquier lugar, sea ruidoso o lleno de gente o frío o caluroso.
8. El derecho a hojear, adelante y atrás, sin orden ni concierto.
9. El derecho a leer en voz alta, si quieres escuchar cómo suena un fragmento.
10. El derecho a callar, es decir, a no comentar, hablar, publicar un post después de haber leído un libro.

Sabina por Sabina

Afuera el mundo no marcha demasiado bien. La pandemia por COVID-19 sigue. La epidemia de estupidez crece. En Estados Unidos siguen las notas sobre el capitolio; en México, la intolerancia política en redes sociales ya puede reclamar ciudadanía. Hará huesos viejos, por las señales que van quedando. Las próximas campañas electorales lo constatarán.

Adentro es distinto. He pasado unas horas de la noche fría escuchando música. Diversa. Algunas de las voces de siempre, luego otras. Así llegué al Tributo a Sabina. Ni tan joven, ni tan viejo. Algunas canciones de Joaquín no me gustan en otras voces. Son pocas, en realidad, las voces que disfruto mientras cantan a Sabina. En esa lista pongo a Serrat, Ana Belén o Rozalén, por ejemplo.

Hoy agrego uno: Ismael Serrano, con la letra de Eclipse de mar. No sé si por la canción o por alguna circunstancia extraña, pero lo disfruté y repetí.

Pese a mis lealtades, sigo prefiriendo, sin dudarlo, a Sabina interpretando a Sabina. O a Sabina interpretando a José Alfredo Jiménez. Poco más.

Lista de propósitos para 2021

No soy afecto a las listas de propósitos cuando comienza un año. Si acaso, a veces, me propuse algunas metas que no escribí ni conté a nadie. Con frecuencia me fue mal en los balances.

Con los años uno va marcándose objetivos cada vez más profundos y sin temporalidad. O por lo menos, es mi caso.

Si hoy redactara una lista de buenas intenciones para compartir, me alcanzaría con los primeros dígitos.

Pondría, por ejemplo, leer mucho más y mejor. Escribir mucho mejor y un poquito menos. Perder poco tiempo en redes sociales e invertirlo más en meditar. Ejercitarme más y comer con austeridad. Opinar casi nunca de los otros, para juzgarme más severamente. Estar menos tiempo ante la pantalla y recorrer las calles de las ciudades donde habito. Y cosas por el estilo.

Cerraría mi lista con las palabras de Eduardo Galeano: vivir cada noche como si fuera la última y cada mañana como si fuera la primera.