Cuaderno

Es un espacio de reflexiones personales breves, sin periodicidad definida, no publicados en otros medios, escritos sólo para la página web.

Los muchachos de zinc

1507-1No creo en los libros de superación profesional. No los leo, pero tampoco los abomino, ni a sus lectores, que los convierten (a autores y libros) en fenómenos editoriales de ventas. Cada cual elige ser transeúnte de la páginas que desea, y ese es derecho inalienable de los lectores.

Sí creo, sin dudarlo, que hay otros libros que tienen como destino provocarnos reflexiones sobre la condición humana. Si alguien se supera o no, le apetece preguntarse o inquirir en su propia humanidad, es cosa ajena.

Los muchachos de zinc, escrito por la bielorrusa Svetlana Alexiévich, premio Nobel de Literatura 2015, es el texto más desgarrador que recuerdo en varios años. Probablemente después de Germinal, de Emile Zola, no tuve en las manos otro texto que me cimbrara en cada página de forma a veces tierna, pero casi siempre cruenta.

El subtítulo resume el contenido: Voces soviéticas de la guerra de Afganistán. Proscrita en su nacimiento, acusada ser producto de delirios ideológicos de la autora, la obra recoge voces de combatientes, enfermeras, madres, esposas, que retratan, conmovedoramente, la experiencia de haber sido parte de la invasión soviética o la dolorosa situación de las madres que vieron partir a sus hijos, mujeres y hombres, unos convencidos de la patria que defenderían, otros, contra su voluntad.

En las más de 200 páginas no hay reposo para la emoción, para la rabia, la perplejidad o la tristeza frente a otra estúpida guerra inventada por unos hombres que hicieron víctimas a dos pueblos, el invadido y el propio.

Si alguien quiere superar sus propias vanidades o superficialidades, este libro es un buen pretexto. Muestra magistral de literatura periodística, o del periodismo literario, escrito con sangre y compromiso, y ganas de no perder la memoria.

Lecturas provocadoras

Eugenia Rico, escritora española, en su cuenta de Twitter preguntó: ¿qué pasaría si los autores tuvieran que leer sus obras?

Provocación pura. Podríamos agregar otras interrogantes: ¿comprarían esa novela, ese libro de poesía si otro lo hubiera escrito?

La idea me gusta para extrapolarla al ámbito académico. ¿Qué sucedería si los profesores e investigadores tuvieran que leer sus libros, reportes de investigación, artículos científicos? ¿Los comprarían?

Lecturas para el silencio

Soy reacio a los libros de superación personal (incluyendo novelas de autores famosísimos). Pero no opino mal de quienes los leen. Por respetables razones lo harán y algo positivo obtendrán.

En cambio, soy más o menos asiduo a otros que convocan a la reflexión sobre la condición humana. Adviértase: no intento comprender al homo sapiens o su incierto futuro, menos tengo deseos redentores, por nadie o nada, aunque mi vocación educadora obliga a cierto optimismo.

Así llegó a mis manos Fluir. Una psicología de la felicidad, de Mihaly Csikszentmihalyi. Esta mañana, mientras escucho a lo lejos una máquina de podar pasto, encuentro muchas ideas que obligan a la reflexión. Y desearía seguir leyendo si no me esperaran varios compromisos laborales. Comparto tres de esos pensamientos inquisitivos:

¿Cuántas personas que usted conoce disfrutan con lo que están haciendo, cuántas están lo suficientemente satisfechas con lo que les ha tocado en suerte, cuántas no se lamentan del pasado y miran hacia el futuro con confianza?

Las raíces del descontento son internas…

Mientras que la humanidad ha incrementado colectivamente sus poderes materiales cientos de veces, no ha avanzado mucho en términos de mejorar el contenido de su experiencia.

Detengo la lectura unos minutos en cada párrafo para rumiar ideas, para responder (o tratar) las preguntas.

Espero que quien me lea, haga lo propio. Y para no interrumpirlos, callo, es decir, termino.

 

 

Carta a una amiga

He tenido una dura jornada laboral, desde las 8 y hasta ahora, que llego a casa. Cansado, sí; un poco aburrido, también. Sin haber comido todavía. Puesto a confesar liviandades: decepcionado. Me habría gustado que Italia ganara la partida a los alemanes, un poco prepotentes en la cancha, aunque menos que su economía.

Mientras pienso qué comeré, y no encuentro respuesta ni fuerzas, una imagen me bulle en la cabeza. Las palabras de una buena amiga revolotean, dolidas, enojadas, tristes, deprimidas, decepcionadas. Su mundo, también mío de alguna forma, no es el que quisiéramos. Pero cayó en ese pequeño bache en el que los humanos comemos la manzana del pecado de la desesperanza. Y allí está sumida. Me escribe y la leo en la noche. La releo en la madrugada, al amparo de la oscuridad. Casi me salta una lágrima,

Conocí ese mundo oscuro y frío, me convulsionó, casi me mató, pero sobreviví.

Quisiera escribirle para ayudarla, pero no puedo, no tengo un bálsamo; lo peor, no existe. Pienso que es mejor no decir nada que suene falso, simplón, irresponsable. Dejo la respuesta para otro momento.

Entre las sombras de la alacena encuentro la respuesta. Esta. Que no lo es. No es una contestación. Porque no la tengo, ni soy un hombro para llorar.

Solo pude decirle: aguanta, aguanta siempre y sigue caminando siempre, siempre siempre. Seguí: tus hijos, los míos, nuestros nietos habrán de ver otro mundo mejor. Y si no lo ven, habremos cumplido la obligación si somos capaces de contagiarles el entusiasmo y la rabia para que intenten cambiar el suyo.

Las lagrimas suelen ser el abono más fértil para parir nuevos sueños.

Coincidencias infames

SimonaEn algún punto de la carretera, en el viaje de regreso a Ciudad de México, apago la voz de Jorge Rojas que escuchaba una hora atrás. Abro El cazador de historias, con la emoción de quien acude al encuentro con objetos preciados, esta vez, la escritura que se desliza como aire tranquilo entre las ramas de los enormes árboles que dejamos a nuestro paso. Comencé el libro la semana pasada, pero voy a de poquito, escogiendo tres o cuatro páginas cada día, para no dejar de respirarlo, sin querer agotarlo todavía.

En la página 89 leo como título “La costurera”. Eduardo Galeano cuenta la historia de una mujer que cosía los mejores jubones en La Paz. Simona Manzaneda era, además de inigualable en su oficio, cómplice de quienes construyeron la liberta de la nación boliviana. Pero la delataron un día. Su castigo me resultó familiar, por lo sucedido a los maestros rapados. Así lo escribe: “Y le cortaron las trenzas y le raparon el pelo, y montada en un burro la hicieron desfilar, desnuda, por la plaza principal, y la fusilaron por la espalda después de aplicarle cincuenta latigazos”.

 

El hacedor de goles ha muerto

I. Cuando me acercaba al silbatazo final de la novela, exactamente en el capítulo 36, página 349, detuve la lectura, bebí lento y me pregunté: ¿cómo diablos va a resolverse el caso, es decir, cómo van a atrapar al Nathan, tan escurridizo como el Leo Messi de los slaloms prodigiosos o el Diego Armando Maradona del partido Argentina-Inglaterra en el mundial de México 86?

El final es inesperado. No hay desenlace totalmente feliz, no por ahora. Tampoco es empate. Tal vez, una suerte de tiempos extras en la batalla entre Mike León y Andrés Garnica contra el feroz y lastimado asesino a sueldo. El final es un punto y aparte, o puntos suspensivos: la promesa de una nueva historia en camino, escrita o escribiéndose. El reto es complicado: después de leer esta historia, no podemos esperar menos, ni el autor puede rebajar nivel.

II. Durante muchos años escondí mi afición al fútbol en el mundo académico, un poco fatuo y no menos superficial en gustos y poses. La cosa vergonzante no duró mucho. Pronto descubrí que muchos hombres que admiraba, en canchas de mi afecto, habían practicado fútbol o escrito sobre el deporte más hermoso del mundo, como le bautizó el inimitable narrador chileno Luis Omar Tapia.

José Alfredo Jiménez, Albert Camus o Eduardo Galeano, por mencionar algunos cracks, me ofrecieron la autoridad para aceptar mi afición al fútbol sin pudores. Pero no a cualquier fútbol, tengo que advertirlo. Soy, como Eduardo Galeano, limosnero del buen fútbol, ese que hoy navega a contracorriente de directores técnicos que pasarán a la historia pero personalmente no me gustan, como José Mourinho o Diego Simeone, partisanos, a veces heroicos, también austeros y tramposos cuando el empate o la victoria urgen, incluso por una derrota parca.

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