Cuaderno

Es un espacio de reflexiones personales breves, sin periodicidad definida, no publicados en otros medios, escritos sólo para la página web.

Coincidencias infames

SimonaEn algún punto de la carretera, en el viaje de regreso a Ciudad de México, apago la voz de Jorge Rojas que escuchaba una hora atrás. Abro El cazador de historias, con la emoción de quien acude al encuentro con objetos preciados, esta vez, la escritura que se desliza como aire tranquilo entre las ramas de los enormes árboles que dejamos a nuestro paso. Comencé el libro la semana pasada, pero voy a de poquito, escogiendo tres o cuatro páginas cada día, para no dejar de respirarlo, sin querer agotarlo todavía.

En la página 89 leo como título “La costurera”. Eduardo Galeano cuenta la historia de una mujer que cosía los mejores jubones en La Paz. Simona Manzaneda era, además de inigualable en su oficio, cómplice de quienes construyeron la liberta de la nación boliviana. Pero la delataron un día. Su castigo me resultó familiar, por lo sucedido a los maestros rapados. Así lo escribe: “Y le cortaron las trenzas y le raparon el pelo, y montada en un burro la hicieron desfilar, desnuda, por la plaza principal, y la fusilaron por la espalda después de aplicarle cincuenta latigazos”.

 

El hacedor de goles ha muerto

I. Cuando me acercaba al silbatazo final de la novela, exactamente en el capítulo 36, página 349, detuve la lectura, bebí lento y me pregunté: ¿cómo diablos va a resolverse el caso, es decir, cómo van a atrapar al Nathan, tan escurridizo como el Leo Messi de los slaloms prodigiosos o el Diego Armando Maradona del partido Argentina-Inglaterra en el mundial de México 86?

El final es inesperado. No hay desenlace totalmente feliz, no por ahora. Tampoco es empate. Tal vez, una suerte de tiempos extras en la batalla entre Mike León y Andrés Garnica contra el feroz y lastimado asesino a sueldo. El final es un punto y aparte, o puntos suspensivos: la promesa de una nueva historia en camino, escrita o escribiéndose. El reto es complicado: después de leer esta historia, no podemos esperar menos, ni el autor puede rebajar nivel.

II. Durante muchos años escondí mi afición al fútbol en el mundo académico, un poco fatuo y no menos superficial en gustos y poses. La cosa vergonzante no duró mucho. Pronto descubrí que muchos hombres que admiraba, en canchas de mi afecto, habían practicado fútbol o escrito sobre el deporte más hermoso del mundo, como le bautizó el inimitable narrador chileno Luis Omar Tapia.

José Alfredo Jiménez, Albert Camus o Eduardo Galeano, por mencionar algunos cracks, me ofrecieron la autoridad para aceptar mi afición al fútbol sin pudores. Pero no a cualquier fútbol, tengo que advertirlo. Soy, como Eduardo Galeano, limosnero del buen fútbol, ese que hoy navega a contracorriente de directores técnicos que pasarán a la historia pero personalmente no me gustan, como José Mourinho o Diego Simeone, partisanos, a veces heroicos, también austeros y tramposos cuando el empate o la victoria urgen, incluso por una derrota parca.

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Paulo Freire en su aniversario luctuoso

IMG_1711Paulo Freire murió el 2 de mayo de 1997. Su legado es tan vigente como entonces, aunque no es este el momento ni espacio para argumentarlo. Hoy quiero honrar su memoria recordando brevemente un pasaje que algunas veces he contado.

En 1996 propuse al rector de la Universidad de Colima, Fernando Moreno Peña, que le invitáramos y entregáramos el doctorado honoris causa. Con la mediación de Miguel Escobar Guerrero, profesor de la UNAM y colaborador de Paulo, me comuniqué vía telefónica y por fax con el educador más universal que nació en América Latina. Su respuesta fue positiva, como había intuido Miguel. En la imagen aparece la carta que envió Freire.

A pesar de las muchas veces que recibió la más alta distinción universitaria en instituciones de varias partes del mundo, Paulo Freire nunca fue homenajeado por una mexicana. La UdeC habría sido la primera y posiblemente la única. Su condición precaria de salud por un accidente y la agenda, no permitieron cumplir lo que habría sido uno de los momentos memorables en la historia de la máxima casa de estudios colimense.

Diez años después pudimos conmemorar la fecha con un magnífico encuentro realizado conjuntamente por la UNAM, la Universidad Pedagógica Nacional, la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y la de Colima, tres días en el DF y dos en Colima.

En mi vida profesional el pernambucano constituye un testimonio vital, pedagógico y político. En esta fecha, recordarlo es comprometerse a la lectura crítica de su obra y, a través de ella, a la lectura crítica de una realidad que sigue pintándose con tonos de injusticia y explotación para enormes franjas de la población, los desarrapados del mundo, como les describió en Pedagogía del oprimido.

¡Adiós a las marquesinas!

2215168984_f510932c3d_bEntre los mejores recuerdos infantiles, que no son abundantes (por falta de memoria, no por infelicidad), tengo los juegos y paseos por las calles del pueblo. En estos días los reviví mientras cultivo el hábito de caminar la colonia donde habito para distraerme y simular ejercicio físico.

Una imagen se me fijó: las marquesinas, esas prolongaciones de los techos en los hogares, habitualmente tan largas como la banqueta. Bajo ellas caminaba mañanas y tardes de la casa a la escuela primaria Eva Sámano de López Mateos, donde también funcionaba la Secundaria por cooperación 21, de la cual integré su última generación a principios de la década de 1980.

Las marquesinas eran seguro contra la lluvia y el sol. ¡Qué distinto ahora! Las marquesinas ahora no existen. Y como no hay, andar bajo el sol o con lluvia es imposible sin paraguas. Peor: con la epidemia violenta que nos azota, como no hay marquesinas, entonces nadie coloca focos afuera de sus casas. Todo mundo reclama seguridad, y es lícita la exigencia, pero nadie pone una vela que ilumine su oscura periferia. Y en navidad, lo recordarán los contemporáneos, allí en las marquesinas se colocaban focos de colores o adornos, lo mismo en septiembre por las fiestas patrias.

Hoy es distinto. No invoco la era de las cavernas, ni añoro conjugar mi vida en pretérito, pero esas calles, sus casas, los habitantes, convocaban a transitarlas, a recorrerlas, a convivirlas, a sentarse en el quicio mirando pasar el tiempo. Esas calles, aquellas casas, ese tiempo no conocieron el miedo que hoy muerde apenas cruzar la puerta en las noches.

*La imagen está tomada de https://www.flickr.com/photos/golden-emporium/2215168984

Historias argentinas para niños

9789870429012¿Viste la estupenda película “El secreto de sus ojos”? Sí, la ganadora del Oscar a la mejor película extranjera en 2010, que dirigió el multipremiado cineasta argentino Juan José Campanella. La cinta, con un elenco encabezado por Ricardo Darín, está basada en la novela del escritor (también argentino) Eduardo Sacheri: La pregunta de sus ojos.

Antes de pasar unos meses en Argentina, en 2013, jamás había leído al recientemente ganador del Premio Alfaguara de Novela 2016. En el frío invierno pampero lo descubrí en su faceta de escritor de temas futboleros: artículos periodísticos, entrevistas, redes sociales, y luego su libro La vida que pensamos. Cuentos de fútbol, dedicado al club cuya pasión heredó del padre: Independiente, uno de los grandes del fútbol sudamericano.

Mi siguiente eslabón con la pluma de Sacheri vino otra vez del cine. Ahora, una película infantil que se convirtió en fenómeno taquillero en su país: “Metegol”, nombre con el que se conoce a lo que en México llamamos “futbolito”. Sacheri fue responsable de la adaptación del cuento “Memorias de un wing derecho”, escrito por el rosarino Roberto Fontanarrosa. El director: Campanella.

¡Tres veces vimos la película Juan Carlitos y yo! La primera, a pocos días del estreno, en el Cine Gaumont de Buenos Aires; las otras dos, en Santa Fe. La última, por cierto, en los días finales de exposición, con entradas a un peso. El tema musical de la película, “Me vieron pasar”, es de Calle 13, y hasta la fecha Juan Carlos la sigue escuchando, cantando y repasando cuando algo no le sale del todo bien; entonces, recuerda que debe siempre levantarse de las caídas y reemprender el camino.

Ese es el preámbulo para contarles que hace tres noches Juan Carlitos me pidió que leyéramos un libro antes de dormir. Elegimos Equipo en peligro, del escritor nacido en Castelar, oeste del Gran Buenos Aires. Es otra historia de los bordó (o granates) y los rayados, los equipos de Metegol: el Capi, Beto, el coreano Park Lee, Lechuga, Melena, Liso, los mellizos Malparitti, Luigi y Mario (¡como los Bros!, dice mi hijo). Y allí vamos en la caminata nocturna por las letras, disfrutando el paseo; a lo que sumo el placer de verlo admirar las ilustraciones mientras escucha atento.

Para leer a los hijos no hay que tener un libro especial, pero sí existe, ya está conseguida la mitad de la victoria, el maravilloso momento de la intimidad en torno a la lectura.

 

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