Cuaderno

Es un espacio de reflexiones personales breves, sin periodicidad definida, no publicados en otros medios, escritos sólo para la página web.

Paulo Freire en su aniversario luctuoso

IMG_1711Paulo Freire murió el 2 de mayo de 1997. Su legado es tan vigente como entonces, aunque no es este el momento ni espacio para argumentarlo. Hoy quiero honrar su memoria recordando brevemente un pasaje que algunas veces he contado.

En 1996 propuse al rector de la Universidad de Colima, Fernando Moreno Peña, que le invitáramos y entregáramos el doctorado honoris causa. Con la mediación de Miguel Escobar Guerrero, profesor de la UNAM y colaborador de Paulo, me comuniqué vía telefónica y por fax con el educador más universal que nació en América Latina. Su respuesta fue positiva, como había intuido Miguel. En la imagen aparece la carta que envió Freire.

A pesar de las muchas veces que recibió la más alta distinción universitaria en instituciones de varias partes del mundo, Paulo Freire nunca fue homenajeado por una mexicana. La UdeC habría sido la primera y posiblemente la única. Su condición precaria de salud por un accidente y la agenda, no permitieron cumplir lo que habría sido uno de los momentos memorables en la historia de la máxima casa de estudios colimense.

Diez años después pudimos conmemorar la fecha con un magnífico encuentro realizado conjuntamente por la UNAM, la Universidad Pedagógica Nacional, la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y la de Colima, tres días en el DF y dos en Colima.

En mi vida profesional el pernambucano constituye un testimonio vital, pedagógico y político. En esta fecha, recordarlo es comprometerse a la lectura crítica de su obra y, a través de ella, a la lectura crítica de una realidad que sigue pintándose con tonos de injusticia y explotación para enormes franjas de la población, los desarrapados del mundo, como les describió en Pedagogía del oprimido.

¡Adiós a las marquesinas!

2215168984_f510932c3d_bEntre los mejores recuerdos infantiles, que no son abundantes (por falta de memoria, no por infelicidad), tengo los juegos y paseos por las calles del pueblo. En estos días los reviví mientras cultivo el hábito de caminar la colonia donde habito para distraerme y simular ejercicio físico.

Una imagen se me fijó: las marquesinas, esas prolongaciones de los techos en los hogares, habitualmente tan largas como la banqueta. Bajo ellas caminaba mañanas y tardes de la casa a la escuela primaria Eva Sámano de López Mateos, donde también funcionaba la Secundaria por cooperación 21, de la cual integré su última generación a principios de la década de 1980.

Las marquesinas eran seguro contra la lluvia y el sol. ¡Qué distinto ahora! Las marquesinas ahora no existen. Y como no hay, andar bajo el sol o con lluvia es imposible sin paraguas. Peor: con la epidemia violenta que nos azota, como no hay marquesinas, entonces nadie coloca focos afuera de sus casas. Todo mundo reclama seguridad, y es lícita la exigencia, pero nadie pone una vela que ilumine su oscura periferia. Y en navidad, lo recordarán los contemporáneos, allí en las marquesinas se colocaban focos de colores o adornos, lo mismo en septiembre por las fiestas patrias.

Hoy es distinto. No invoco la era de las cavernas, ni añoro conjugar mi vida en pretérito, pero esas calles, sus casas, los habitantes, convocaban a transitarlas, a recorrerlas, a convivirlas, a sentarse en el quicio mirando pasar el tiempo. Esas calles, aquellas casas, ese tiempo no conocieron el miedo que hoy muerde apenas cruzar la puerta en las noches.

*La imagen está tomada de https://www.flickr.com/photos/golden-emporium/2215168984

Historias argentinas para niños

9789870429012¿Viste la estupenda película “El secreto de sus ojos”? Sí, la ganadora del Oscar a la mejor película extranjera en 2010, que dirigió el multipremiado cineasta argentino Juan José Campanella. La cinta, con un elenco encabezado por Ricardo Darín, está basada en la novela del escritor (también argentino) Eduardo Sacheri: La pregunta de sus ojos.

Antes de pasar unos meses en Argentina, en 2013, jamás había leído al recientemente ganador del Premio Alfaguara de Novela 2016. En el frío invierno pampero lo descubrí en su faceta de escritor de temas futboleros: artículos periodísticos, entrevistas, redes sociales, y luego su libro La vida que pensamos. Cuentos de fútbol, dedicado al club cuya pasión heredó del padre: Independiente, uno de los grandes del fútbol sudamericano.

Mi siguiente eslabón con la pluma de Sacheri vino otra vez del cine. Ahora, una película infantil que se convirtió en fenómeno taquillero en su país: “Metegol”, nombre con el que se conoce a lo que en México llamamos “futbolito”. Sacheri fue responsable de la adaptación del cuento “Memorias de un wing derecho”, escrito por el rosarino Roberto Fontanarrosa. El director: Campanella.

¡Tres veces vimos la película Juan Carlitos y yo! La primera, a pocos días del estreno, en el Cine Gaumont de Buenos Aires; las otras dos, en Santa Fe. La última, por cierto, en los días finales de exposición, con entradas a un peso. El tema musical de la película, “Me vieron pasar”, es de Calle 13, y hasta la fecha Juan Carlos la sigue escuchando, cantando y repasando cuando algo no le sale del todo bien; entonces, recuerda que debe siempre levantarse de las caídas y reemprender el camino.

Ese es el preámbulo para contarles que hace tres noches Juan Carlitos me pidió que leyéramos un libro antes de dormir. Elegimos Equipo en peligro, del escritor nacido en Castelar, oeste del Gran Buenos Aires. Es otra historia de los bordó (o granates) y los rayados, los equipos de Metegol: el Capi, Beto, el coreano Park Lee, Lechuga, Melena, Liso, los mellizos Malparitti, Luigi y Mario (¡como los Bros!, dice mi hijo). Y allí vamos en la caminata nocturna por las letras, disfrutando el paseo; a lo que sumo el placer de verlo admirar las ilustraciones mientras escucha atento.

Para leer a los hijos no hay que tener un libro especial, pero sí existe, ya está conseguida la mitad de la victoria, el maravilloso momento de la intimidad en torno a la lectura.

 

Hijos como padres

photo_6Que un padre declare su amor en público no es extraño. Que para el mismo propósito use argumentos rebosantes de cursilería también entra en la norma. Que los hijos pongan al padre en su sitio, cuando así se precisa, es menos habitual; creo.

Mis hijos entran en esta última categoría y su cariñosa, justa insolencia, obliga al agradecimiento. Somos padres, no superiores ni amos en casa. Somos responsables, tenemos obligaciones, debemos cuidarlos, pero no a costa de convertirlos en eunucos de la ciudadanía que se ejerce con libertad responsable, la única existente.

Sentados a la mesa, un día normal, lunes tal vez, mis hijos escuchan el diálogo formal y las buenas noticias que el padre les cuenta. Al finalizar, Mariana, la mayor, sin contemplaciones, demuestra haber comprendido y agradece emocionada porque papá tendrá nuevas responsabilidades y “todos estamos contentos”. Al final lanza tiro directo: pero entonces dejáremos de verte todos los días, no comerás con nosotros ni leeremos juntos en la noche. Balbuceo una respuesta ante el obús.

Juan Carlos, sin fijar los ojos, comedor exquisito de lo selectivo, no tira a la gradas, solo al ángulo, como Messi en sus mejores tardes: pues sí, en tu nuevo trabajo serás el director general, pero en casa eres mi papá.

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Educar bajo presión

Carl HonoréCarl Honoré, periodista y escritor canadiense, escribió un best seller sobre el movimiento mundial que se extiende a diversos ámbitos: Elogio de la lentitud. Una pausada invitación a reflexionar sobre la condición humana, el tiempo y el sentido de la vida. El libro es altamente recomendable, por supuesto, aunque uno transcurra su jornada cotidiana lejos de las escuelas o el mundo de la enseñanza.

Contra el precepto máximo, lo leí de prisa, interesado en esos momentos por aplicar sus ideas a mis propias elaboraciones sobre una escuela diferente, en un tiempo donde priman la velocidad y la superficialidad, a veces el sinsentido.

Luego de escribir un comentario sobre la obra, Carl respondió en Twitter con gentileza y un perfecto español, que comprobé en nuestra conversación por mensajes directos. Le conté mi proyecto de escritura y recomendó que leyera otro de sus libros, dedicado especialmente al tema educativo: Bajo presión. Cómo educar a nuestros hijos en un mundo hiperexigente.

Es un interesante, ágil y documentado repaso sobre experiencias educativas en distintas partes del mundo desarrollado, en donde buscan revertir o replantear el lugar del tiempo y los exámenes, la primacía de cronos sobre kairós, el estudiante como persona o como rehén del currículum.

El capítulo 6, “Escuela: tiempo de pruebas”, fue escrito a partir de recoger lecciones en escuelas estadounidenses, británicas, finlandesas y australianas, principalmente. Sus conceptos y conclusiones son contundentes y merecen la atención de padres y escuelas. Aquí les comparto algunos:

-“…el argumento de que una mayor cantidad de exámenes y trabajos es el mejor modo de preparar a las mentes jóvenes para la vida en el siglo XXI comienza a estar desgastado”.  

-“El enfoque centrado en los exámenes puede trastocar las prioridades en la clase, desde luego, y propiciar que los profesores enseñen con vistas al examen en vez de promover el verdadero aprendizaje, la imaginación y la resolución de problemas”.

-“Una de las conclusiones que ha extraído PISA es que normalmente las mejores escuelas, públicas o privadas, poseen una elevada autoridad sobre su programa y presupuesto”.

Carl me sorprendió gratamente con ideas que resultaron reveladoras en la búsqueda de alternativas a la escuela rutinaria. En Finlandia, por ejemplo, los niños se descalzan en la escuela, como pueden andar en casa, para sentirse cómodos; o padres que en países desarrollados renuncian a clases particulares porque confían en los maestros y las escuelas públicas.

Aquí ideas de ese tipo son inusitadas, pero un día han de ser posibles, estoy seguro, aunque eso requerirá un cambio en las mentalidades, no solo de las escuelas y los maestros, también de los padres, lo cual es claro en el ejemplo que nos comparte de instituciones coreanas o japonesas donde los padres se opusieron a la suspensión de clases los sábados, una medida que pretendía aliviar la estresante vida estudiantil.

El séptimo capítulo se dedica a un tema de creciente importancia, aunque menos debatido de lo necesario en nuestro país: el tiempo de estudio y para las tareas en casa. Un asunto que podría ser más relevante con la medida que busca presidencia de la república al flexibilizar el calendario escolar. Al respecto, afirma Carl Honoré: “Los expertos están también replanteándose qué tipo de deberes es más efectivo. La mayoría recomienda aparcar las tareas más pesadas –los ejercicios de matemáticas y de ortografía– en favor de trabajos que estimulen a los niños a pensar en profundidad y reforzar la imaginación”.

No es fácil el cambio educativo, pero posible y necesario, como enseñara (y repito incesante) Paulo Freire.

 

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