Cuaderno

Es un espacio de reflexiones personales breves, sin periodicidad definida, no publicados en otros medios, escritos sólo para la página web.

Cartas de amor

Se preguntó alguna vez: ¿cuándo escribí la última carta de amor? Sí, una carta en papel, hecha a mano, de esas que se emborronaban con emoción y luego se ponían en un sobre para hacerlo llegar, vía correo postal o amigos comunes, a la amada real o futura. O amado, en su defecto.

Los más jóvenes, si alguno me lee, difícilmente habrán conocido o experimentado esa maravillosa sensación. Ahora la cosa es más vertiginosa, no hay papel, todo es más fugaz y, me temo, menos placentero en los prolegómenos de las relaciones. Pero es pura hipótesis sin envidia. Una indescifrable joven colega, asidua a las cartas, me pregunta contundente: ¿y para qué se van a escribir cartas de amor, si todo el tiempo estamos conectados?

Las cartas de amor, conversaba hace días con una admirada amiga, son cosa del pasado, en definitiva. Tristemente. El mundo cambió, y sin pretender vueltas nostálgicas, perdió muchos de los encantos de épocas lejanas, como las que viví en mi pueblo: cartas iban, cartas de regreso; largo noviazgo para que las manos pudieran tocar partes más allá de lo visible, si había suerte, y otras costumbres rancias que contemporáneos tímidos entenderán.

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La poesía de Miguel Hernández

miguel-hernandez-edebeDesde que comenzó la andadura por las letras y hasta hoy, a sus 10 años, Mariana Belén elige los libros que lee. En viajes nunca me abstengo de regalarle uno que pueda gustarle, pero casi todos los selecciona ella. Juan Carlos, que apenas empieza a descifrar primeras palabras, pidió lo mismo. Y estoy de acuerdo: hoy Star Wars, ayer dinosaurios, mañana no sé.

Solo recientemente quebré el principio. La semana pasada elegí. Hoy vamos a leer este libro, le dije: La vida y poesía de Miguel Hernández. Contada a los niños por Rosa Navarro Durán con ilustraciones de Jordi Vila Delclós. No expliqué nada, solo mostré la portada y acordamos un capítulo ella, otro yo. Empecé y seguimos.

Es un libro corto, pero fuimos paso a paso durante dos noches. La tercera no llegué a la hora habitual. Tarde fui a su cuarto; dormía y apagué la lámpara. Nuestro libro estaba abierto en una página que todavía no leíamos. Avanzó sola. La mañana siguiente, camino al colegio, conversamos del libro espontáneamente. Me contó, sin preguntarle, detalles de la historia: el segundo viaje a Madrid, la aparición de Federico García Lorca y que Miguel (así lo dijo, con desparpajo, como si hablara de su hermano) fue amigo de Pablo Neruda. Me alegró su emoción y naturalidad.

Por la noche terminamos el libro. La historia llegó a los capítulos más dramáticos: las cárceles que lo aprisionaron, su amor por Josefina Manresa, los hijos, la enfermedad, la muerte. Esas últimas paginas las leímos con tristeza, acostados uno al lado del otro, enriqueciendo la lectura con las ilustraciones. Al cerrar la obra confesó: no me gustó el final, una vida así, tan triste, tan llena de dolor.

Le propuse culminar nuestra experiencia observando el DVD que Joan Manuel Serrat hizo al cumplirse los cien años del nacimiento del poeta. Era una apuesta. El resultado fue fantástico. Omitiré detalles. Al finalizar me preguntó: ¿podemos verlo de nuevo?

A pesar de ello, no sé si la repetiré. Huyo de los automatismos; además, estoy seguro que en estas tareas de la lectura es preferible confiar en el instinto, la sensibilidad, la libertad y el placer. Y dejar que cada niño construya sus propios vericuetos, porque ellos son más inteligentes de lo que suponemos los adultos.

 

 

Carta frente a la muerte

LágrimaLa muerte es, en ocasiones, conclusión necesaria. La única forma de resolver males prolongados y dolorosos; la solución casi deseada a la tortura que asesina de a poquito víctima y familia.

Fuera de esos casos, la muerte es muy mala noticia. Y terrible cuando el finado vivió pocos años.

En las semanas recientes me golpearon dos muertes de jóvenes. A ella la conocía bien. Fue mi alumna y luego la encontraba con frecuencia en su trabajo; siempre me recibía con un cariñoso “¡maestro!”, sonrisa franca y gesto efusivo. Con la misma alegría la saludaba y me despedía. Hasta que una noche leí el mensaje por Facebook de uno de sus compañeros. Me desgajó la noticia. Cansado de larga jornada laboral salí de inmediato a la funeraria. Su cuerpo no llegaba aún y ya no pude estar por compromisos al día siguiente. Lo lamenté, lo sigo sufriendo y hoy todavía no sé lo que sentiré cuando tenga que volver a la oficina donde Alejandra Rocha dejó enorme ausencia.

Anoche me enteré de otro fallecimiento. No le conocí, pero sentí el dolor de una persona que lo apreciaba y me informó la noticia con un triste “se fue al cielo”. La punzada me llegó por varios frentes: el sufrimiento ajeno, la esposa y, sobre todo, los hijos que perdieron el tronco que los asía. Porque esos hijos, como los míos, como todos los hijos del mundo, necesitan un padre (una madre, por supuesto) que los proteja, oriente, eduque, abrace y cada noche les repita que los ama. Ellos, los hijos de Mauricio, no tendrán más ese padre, solo recuerdos y enseñanzas. Él no disfrutará más el milagro de unos brazos alrededor de su cuerpo y unas manitas amorosas que lo acaricien.

Más ocio y sinceridad

Marco AurelioAl despertar, mientras preparaba el café, tomé un librito que voy leyendo un párrafo hoy otro mañana, en momentos así, de descanso o atendiendo tareas menores. Se llama Meditaciones, escrito por el romano Marco Aurelio, emperador filósofo, dice la contraportada. Entre paréntesis: no puedo menos que sonreír con leve ironía al compararlo con los pequeños emperadores de ahora.

En el párrafo de turno leí: “De Alejandro el platónico, (aprendí) el no repetir a menudo y sin necesidad, sea de viva voz, sea por escrito, que estoy muy ocupado; y no rechazar así, sistemáticamente, los deberes que las relaciones sociales imponen, pretextando un agobio de quehaceres”.

Recordé a tantos y tantos colegas, que siempre están ocupados, muy ocupados, que solo tienen tiempo para cosas productivas, como sesudos artículos o ponencias. Pensé que confesarlo (que se tienen muchas ocupaciones) hoy es sello de importancia. Si uno reconoce que no está ocupado, a pregunta expresa, estará admitiendo que es un flojo e irresponsable. Y puede ser, pero creo que la sinceridad también debería sentarse entre nosotros con más frecuencia, para las relaciones sociales y para el beneficio más estrictamente personal.

Mariano y Paulo Dybala

image Esta mañana ingresé a mi cuenta de Twitter para revisar tendencias. Repasé la larga lista y a la mitad me sorprendió encontrar el nombre de un futbolista argentino: Paulo Dybala. Me vinieron recuerdos gratos. En Córdoba, en el edificio de bulevar San Juan 64, conocí a Mariano Dybala, Marianito, como le apodaba nuestro amigo Aldo, el portero nocturno. Hermanos, por supuesto; Mariano, mayor.

En aquel tiempo, con menos de 20 años de edad, Paulo ya había sido comprado del Instituto de Córdoba por un modesto club italiano, el Palermo, y allí empezaba a anotar goles y llamar la atención de equipos importantes. No fueron suficientes los goles de Paulo y su equipo bajó a la segunda división, de donde regresó al torneo siguiente, con decisivos goles del delantero nacido en Laguna Larga, una población a 50 kilómetros de la capital cordobesa.

Esta temporada Paulo juega para el gigante italiano, la Juventus, y debutó en la selección argentina ya. Los augurios lo colocan muy pronto como estelar al lado de Leo Messi. Veremos.

Las menciones de Paulo en la red social me hicieron recordar a Mariano, con quien trabé una corta pero agradable amistad. Alguna vez cenamos en el balcón de mi departamento, y muchas horas transcurrieron en la puerta del edificio mientras hablamos de política, del fútbol, respondiéndoles preguntas sobre México y, más de una ocasión, de las ilusiones de Paulo.

En esta materia, nada me dará más gusto que verlo anotar el primer gol con la selección de su país e imaginar la cara feliz y orgullosa de Mariano.

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